jueves, octubre 30, 2008

Días de Aguadepanela

Al abuelo y sus 91 años
De repente, el invierno cayó sobre nuestros cuerpos como un manto helado. Y dejamos las mangas cortas y los zapatos ligeros para recibir una lluvia persistente y plácida que limpió las calles y los árboles. Fueron dos días de agua y niebla sobre los edificios tristes, sobre las plazas y parques solitarios. Pero también fueron días de recogimiento en el que redescubrimos la bondad de las cosas pequeñas, aquellas a las que siempre les canto en mis escritos y que se relacionan, por ejemplo, con la posibilidad de disfrutar de una tarde de sofá con una bebida caliente y música.
El martes pasado, después de pasar por una importante prueba de carácter académico que me dejó agotada en todos los sentidos, me maravillé con lo reconfortante que puede ser dejarnos llevar por el ronroneo de la lluvia, por su imagen gris, mientras se toma una aguadepanela caliente. Esta bebida es típica de Colombia y de otras regiones de América Latina. La panela es el jugo de la caña de azúcar que, mediante ebulliciones sucesivas, pierde humedad y se concentra para formar una masa blanda y dúctil que al enfriarse se solidifica en bloques.
Es un alimento altamente calórico que tuvo un cierto momento de gloria cuando los ciclistas colombianos (conocidos como escarabajos) que en la década de los ochenta participaban con relativo éxito en la vuelta a España y en el Tour de Francia, lo consumían para poder hacer frente a las complicadas pruebas de montaña. Comentarios aparte, en Colombia es un producto básico sobre todo dentro de los sectores populares en donde, de alguna manera, sustituye a la leche no por su contenido en nutrientes sino por la imposibilidad de adquirir ésta última.
Así, pues, además de ser un endulzante cien por cien natural es una bebida altamente reconfortante, que en mi caso particular remite también a los olores, sabores y colores de la infancia. Remite a la finca del abuelo, a la molienda (se relaciona con el hecho de moler la caña y todos los elementos y rituales que implica) cada ocho días; al sabor dulce del guarapo (zumo de la caña de azúcar); al calor de las enormes pailas (recipientes de aluminio en que se cocina el zumo de la caña para hacer la panela) y a los aromas inconfundibles de la miel caliente. También remite a madrugadas, a caminos de tierra roja, a canto de gallos, a flores de gualanday... Por ello, disfrutar de una aguadepanela un día de lluvia y frío es una de esas pequeñas cosas que hacen que los días merezcan la pena.
Sí, estás últimas tardes, han sido de aguadepanela.

domingo, octubre 26, 2008

Crisis

Desde hace algunos días la palabra crisis parece estar en todas partes. La leemos frecuentemente en los periódicos; la escuchamos en los telediarios y en las noticias de radio. Pero también en la tienda, el despacho, el banco, la plaza, el bar... La dice mi vecina de al lado y la cajera del supermercado cuando le pregunto cómo lleva el catarro "fatal y con esta crisis". Y seguro que también la pronuncia convencido el deudor moroso "no he podido pagar el recibo de este mes porque con esta crisis..." Y la dice también la mujer de la frutería “se ve que la gente ahora compra menos, claro, con esta crisis”. Y el hombre mayor que se sienta en un banco de la Plaza Ibiza mientras conversa con otro “mi hijo no ha podido viajar este año de vacaciones porque con esta crisis…”
¡Qué curioso! En todas estas expresiones la palabra crisis se asocia básicamente a una imposibilidad de: de comprar, de viajar, de consumir, ¿de vivir como ayer? Pero en el fondo también se advierte su efecto de excusa, de escudo para enfrentar la propia realidad. Es esa palabra mágica que en estos momentos sirve de disculpa para casi todo.
Pero ¿qué significa el término crisis? Si nos remitimos al
Diccionario de la Real Academia nos hallamos con algunas acepciones, todas ellas muy apropiadas para esa supuesta realidad crítica que los mass media se empeñan en construir día a día:
1. Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente.
2. f. Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales.
3. f. Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese.
4. f. Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes.
5. f. Juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente.
6. f. Escasez, carestía.
7. f. Situación dificultosa o complicada.

Yo realmente no siento esa macro crisis que supuestamente cae sobre nuestras cabezas como una ducha metálica. Mi vida continúa por los caminos de siempre. Compro lo mínimo –como de costumbre- y no tengo ni un céntimo en el banco. Y disfruto de las minucias cotidianas que no tienen precio porque son esenciales y están al alcance de cualquiera. Un precioso amanecer desde la ventana, un vino tinto, una canción que me llegue al alma, un poema, la risa de mi hija… Asumo mi crisis permanente desde otros puntos de vista: la necesidad de una escritura de calidad, la posibilidad de tener tiempo para hacer lo que me llena, la opción del vivir día a día con todo lo que ello implica.
Así que me da igual que los bancos se derrumben, que las bolsas coticen a la baja, que el grupo de los siete no invite a Zapatero, que el capitalismo más rancio estatice la banca…

viernes, octubre 17, 2008

Vidas cruzadas

A veces, por esas cosas que sólo pueden ocurrirnos en el amplio espectro de la calle, sucede que coincidimos con otras y otros en el mismo espacio tiempo de manera reiterada. Son esas situaciones azarosas que hacen que identifiquemos a los demás más allá de lo categorial para entrar en el terreno de un cierto reconocimiento visual, que aunque en primera medida parece ignorado por ambas partes implica un silencioso distinguimiento mutuo. Eso es exactamente lo que me ha sucedido en estos días en que por cuestiones laborales tengo que coger el metro y el tren de cercanías.
El primer caso es el de un hombre de mediana edad con el que coincido en la estación de metro cerca de casa. Me fijé en él por su apariencia de caricatura y porque siempre lleva puestos los audífonos a un volumen altísimo. Es de baja estatura, tiene el cabello largo y un poco rizado que a veces suele peinar en una desvencijada cola de caballo. También usa gafas y el otro día me fijé en sus uñas: las tiene sucias y desarregladas. Hemos coincidido muchas veces durante este mes. Es como si nos conociéramos. Así me he dado cuenta que justo cuando yo bajo a la estación del metro el ya está ahí con su mirada de pájaro. Casi siempre nos subimos al mismo vagón porque nos quedamos en la misma estación pero mientras él sale a la calle yo tomo el enlace que me lleva a mi lugar de trabajo; entonces el hombre detiene su marcha un momento para ver cómo yo paso la máquina registradora y me encamino a la vía del tren. En uno de esos encuentros azarosos dentro del vagón quedamos frente a frente y le miré directamente a los ojos como diciendo ¿Te conozco de algo?
El otro caso es el de una mujer de edad indeterminada. Es alta, tiene el pelo ondulado entre castaño y rubio y una piel de porcelana. Con ella coincido en el vagón del metro y después en el trayecto que hacemos para coger el ferrocarril y también dentro de éste. La última vez que coincidimos fue ayer: llevaba unas faldas largas negras y una blusa estampada con flores de un rosa pálido. Ya no leía "Los hijos de Lázaro" de Robert Mawson sino una revista que tenía doblada por la página 45. Me pareció una publicación científica, exactamente de geología. Aunque parezca tonto me habría decepcionado ver a esta mujer leyendo una de esas revistas del corazón. En efecto, en estos encuentros nó sólo me he hecho una imagen de ella sino que hasta podría adivinar su profesión no sólo por el tipo de lectura sino por un cierto aire de seguridad y displicencia que la acompaña.
Pues bien: el hombre, la mujer y yo hemos coincidido varias veces en el mismo vagón del metro. Uno al lado de las otras: la mujer absorta, aparentemente, en el texto; el hombre absorto, aparentemente, en mi presencia y yo absorta en mis observaciones y cavilaciones con respecto al uno y a la otra y deteniéndome en los detalles del entorno: un hombre duerme con la boca abierta, una pareja de jóvenes se besa con pasión, un hombre mayor habla por el móvil, dos chicas rien y hablan de salir el sábado de copas... No sé si el hombre y la mujer se han dado cuenta de estos encuentros azarosos. Al primero lo veo muy elemental pero seguro que la mujer no sólo lee las palabras sino también las imágenes, como yo. Pues bien, hoy no he visto ni al uno ni a la otra y he extrañado sus presencias anónimas en esta cotidianidad donde en un breve espacio/tiempo nuestras vidas se cruzan...

miércoles, octubre 08, 2008

María

María

Una mujer moldea figuras de arcilla
Para no repetir la historia
de siempre,
servidumbre cotidiana de los vencidos.
Sus manos buscan hendiduras
promontorios
ángulos
matices.

Repasa la historia de las horas:
la abuela de ojos verdes
sentada en el marco de la puerta
con sus tres hombres
y su risa siempre inocente;
la madre de mirada triste
agotada por un destino circular

de agua y de lentejas;
la hermana de padre perdida
en los recovecos de la vida
(su hija la busca con un hombre mayor
y su coche de muchos ceros a la derecha,
jura no repetir su historia);
La bisabuela fue bella y contundente
y no tuvo libertad
(cuando tenía 13 años la casaron con un
hombre de cabeza blanca y cinco hijos
que la ataba a la cama para que no se
escapara)
y murió de olvido en un geriátrico;
la amiga de libros y tertulias
vivió su propia noche atosigada por un
amor patológico de golpes y besos
y palabras como cuchillos.
Y así se repite el ciclo:
calladas y mustias
entre la rutina y el deber
entre la invisibilidad y la
muerte.

Una mujer moldea figuras

de arcilla
para no repetir la historia de
siempre.

Barcelona, noviembre de 2007
..............
María se bebe las calles es una bellísima canción interpretada por Pasión Vega, que se puede ver en Youtube y que habla justo de todas esas mujeres que un día despiertan y se dan cuenta de que otra vida es posible.


sábado, octubre 04, 2008

Samarkanda y poemas de Ó

Samarkanda es un lugar maravilloso donde es posible la armonía. Allí todo es antiguo y nuevo. Horizonte azul y cumbre vestida de primavera. Lugar de palabras y música y aromas. En ese espacio abierto y pleno habita Ó. Poetisa del silencio y la brevedad (Oriente y la luna perfilan su canto). Aquí van dos poemas de Ó que me han conmovido. Podéis verlos también en http://www.queeslavidaunailusion.blogspot.com/

Quidam

Un guerrero olmeca
reposa su cansancio de siglos
en el metro de Barcelona.

Ó

Adiós Nonnino

LLora, Ahmed el egipcio:
la música del bandoneón
empapó su hígado de nostalgia
por una ciudad que no conoce.

Ó