miércoles, abril 23, 2014

lunes, abril 21, 2014

En el Habana Riviera "Me alquilo para soñar"

"A  las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un maretazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral".
Así comienza el cuento "Me alquilo para soñar" que hace parte del libro Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez y lo traigo a colación porque una de mis pasiones es visitar, cuando puedo, los lugares que se mencionan en algunas obras  literarias emblemáticas. Así lo hice, por ejemplo, con Sostiene Pereira, recorriendo aquellas melancólicas calles de Lisboa que tan bien describe Tabucci -incluso probando la omelette a las finas hierbas con la cual desayunaba el protagonista-; o con La sombra del viento de Ruiz Zafón, que leí de un tirón en el verano de 2009  y me llevó a recorrer en solitario esas magníficas calles barcelonesas en las que transcurren algunas de las acciones más memorables de dicha novela. 
Y esa pasión comenzó con el cuento "Me alquilo para soñar".  
Corría el año 1995  y en lo mejor de mis veinte, decidí con una amiga viajar a la Ciudad de la Habana para asistir a un encuentro de educadores Latinoamericanos. Y para ello nos hospedamos en el emblemático hotel Habana Riviera.  En su terraza,  habitada en las tarde-noche por turistas europeos enrojecidos y ávidos de sexo,  leí una y otra vez  ese cuento mientras observaba el plácido mar Caribe a través de los ventanales. Tenía miedo de que en cualquier momento  un "maretazo colosal" me arrojara contra los muros del malecón, contra la calle plena de sol y me perdiera para siempre...  Y allí, en esa misma terraza, los enrojecidos turistas europeos ávidos de sexo, me miraban con sus ojos devoradores. ¡Me confundían con una prostituta cubana de aquellas que se apostaban en los vestíbulos de los grandes hoteles habaneros!   
Y en esa misma terraza tuve unas conversaciones estupendas con una artista cubana que pintaba en lienzo los mejores cielos de la isla y,  mientras desayunaba,  me deslumbraron unos ojos tan azules como el mar que saltaba por la ventana.  
Desde la habitación 403 del Habana  Riviera pude tener solo para mi  la intensidad del mar Caribe; todos los aromas, todas las visiones, todos los sueños que prosiguen. ¡Todas las palabras! 

miércoles, abril 09, 2014

¿Espacio Público en Bogotá?

En el marco del XI Congreso Latinoamericano de humanidades, Inteculturalidad y Exclusión en la Época de la Globalización, organizado por la Vicerrectoría de Universidad Abierta y a Distancia -VUAD- de la Universidad Santo Tomás, presenté la ponencia "La calle y sus fronteras (in)visibles: aproximación a algunos espacios urbanos de Bogotá".  Comparto  en esta bitácora el resumen de dicho trabajo de investigación:



                                                                               Resumen

En teoría, los espacios públicos urbanos son comarcas abiertas en donde es posible disfrutar del derecho de acceso universal al estilo kantiano y más allá, territorios de franca democracia en los cuales se ejerce una ciudadanía sin cortapisas. En ellos, supuestamente,  todas las personas somos iguales y por lo tanto podemos trasegarlos, ocuparlos, recorrerlos, vivirlos como nos apetezca. Sin embargo no siempre es así. O al menos no en el caso colombiano. Si bien es cierto que en Europa existe una noción de espacio público muy ligada a esa primera acepción de lugar de tránsito, de recorridos, de encuentros, es decir, lugar de apertura en todos los sentidos y por ello mismo  diseñado y acondicionado para dichos fines, en el contexto nuestro la realidad es otra. Ello se refleja  por un lado en la  poca importancia que se da a la construcción y mantenimiento de comarcas públicas para el acceso y disfrute de la ciudadanía y en aspectos como la falta de adaptación de los espacios urbanos a la variedad poblacional, esto es, a la singularidad de quienes practican y usan la ciudad: calles con aceras estrechas o sin rampas que permitan el acceso de personas mayores o con dificultades de movilidad, falta de cebras en cruces estratégicos, baches o agujeros en los espacios destinados a los tránsitos peatonales, suciedad, ausencia de bancos, etc.  

Pero existen otros factores aún más preocupantes. Uno de ellos es que  los territorios urbanos abiertos de nuestras ciudades parecen diseñados para una clase media general -blanca, joven, sana, masculina-; y otro, es que el espacio público en nuestro contexto es un elemento en construcción, esto es, un objeto amorfo al cual la polis no le ha dado la importancia que se merece. Y sumado a lo anterior hay otro aspecto no menos importante que no sólo condiciona el disfrute de los espacios abiertos sino que constituye en sí mismo una barrera casi insuperable: la sensación de que el espacio público está signado –irremediablemente- por el miedo, por  la idea real o infundada del peligro y la inseguridad.

Este trabajo es una primera aproximación a ciertos espacios públicos urbanos de Bogotá en los que se observa verdaderos obstáculos para los tránsitos, los encuentros, las esperas, las derivas de los y las urbanitas. Allí se evidencia, por ejemplo, cómo las personas mayores, las mujeres con niños pequeños, los individuos con alguna discapacidad física se ven en verdaderos aprietos para cruzar una calle, para subir a una cera, para acceder de manera fluida al sistema de transporte público. Y allí también se pone de manifiesto como en el reino de los vehículos los/as transeúntes son seres frágiles en sus trayectorias y recorridos urbanos. En este sentido la ciudad se convierte en un espacio de exclusión cuyas fronteras –algunas invisibles- impiden el acceso y el disfrute de esas comarcas urbanas de aparente democracia e igualdad.

Fotos: Marthacé