sábado, octubre 22, 2016

MAMÁ ROSITA – Parte II


Rosa, Rosita, Rosa, acunó mi infancia. Acarició mi vida con la fragancia de su mirada reverdecida, con el calor de su sonrisa y sus manos prestas a peinar mis cabellos y mis ilusiones.  Su presencia acompañó también los días de mi adolescencia y mi adultez. Fue testigo de mis primeros amores y mis penas inventadas cuando sólo era una muchacha romántica que leía a destajo para vivir otras historias, para trasegar otros caminos.  ¡Cuando yo  era una bella muchacha feliz!


Mamá Rosita 

Rosa, Rosita, Rosa fue mi cómplice. Mi compañera de viaje cuando iba a por ella hasta la casa de la tía Miriam donde pasaba largas temporadas. En esos trayectos me preguntaba por mis novios y me miraba con sus ojos pillines para sonsacarme información. Alguna vez corrió tras de mí en Paicol ante una inminente necesidad fisiológica. Entonces dije al conductor que ella necesitaba con urgencia un baño. Pero no era para Rosita, era para mí. 

Y cuando Rosa, Rosita, Rosa, estaba en casa, dormíamos en la misma cama. Me gustaba sentir su olor y su respiración. Aunque a veces me enfadaba con ella. Sobre todo cuando empecé a estudiar en la universidad y comencé a llegar tarde a casa. ¡Ella siempre me descubría!  ¿A qué hora llegó Martha anoche? Preguntaba mi madre. Como a las 12, respondía yo.  Eso es mentira, espetaba ella. ¡Llegó cuando ya cantaban los pajaritos!

Yo fui la escribidora de Rosa.  Bajo la excusa de que mi letra era muy bonita - cuestión que era mentira- ella hacía que me sentara a su lado para dictar esas largas cartas que daban cuenta de acontecimientos rutinarios, de preocupaciones, de alegrías, de las minucias de la vida cotidiana. Al principio yo lo hacía con desagrado pero luego, cuando fui más mayor, me parecía un ejercicio muy bonito. Sobre todo porque la tenía cerca de mí. 

Esta actividad que realizaba como mínimo una vez al mes,  empezaba cuando ella me pedía ir a la tienda del barrio a comprar el papel con tenues rayas horizontales azules y un sobre con marcas azules y rojas en sus costados.  
Marthica, ¿cuándo me va a escribir la carta para su tía?  Me preguntaba impaciente. El sábado, mamá Rosita, respondía yo.

-Mamá Rosita ¿Cómo empiezo la carta?
- Usted ya sabe, me respondía un poco molesta.

Y mi labor escritural siempre empezaba de la siguiente manera:

“Mi muy querida y estimada hija: las saludo cariñosamente  deseándole que se encuentre sin novedad que es lo único que mi pobre y triste corazón le puede desear a toda hora y momento que la recuerdo…”.
Esta fórmula se repetía una y otra vez. Al final,  ella se limitaba a decirme aquellas cosas relevantes que debía incluir en la misiva. ¡Y aveces yo  también ponía algunas cosas de mi cosecha!
Este ejercicio se convirtió casi en un ritual que duraba varias horas, pues no era posible equivocarse. Y si ello sucedía debía ir de nuevo a la tienda a comprar papel y un sobre de carta.

Rosa, Rosita, Rosa, tenía los ojos verdes. Era ágil y alegre y aun con 86 años enhebraba las agujas sin necesidad de gafas. Pero un día le diagnosticaron cáncer y poco tiempo después se fue sigilosa y tranquila, con el primer viento de junio.  Los pájaros acompañaron su viaje y el cielo mañanero de la canícula desplegó sus mejores galas.  Desde entonces habita en un espacio tiempo transparente e infinito.


Rosa, Rosita, Rosa, fue la Mama Grande en un cuerpo diminuto; fue el faro que acompañó los días luminosos de mi infancia y los de mis hermanas y hermanos. ¡Fue una mujer moderna que, sin buscarlo, rompió moldes e hizo lo que se le vino en gana! ¡Ella es el espejo en donde me miro para no empeñar mi pensamiento, mi hacer y mi ser!