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lunes, abril 21, 2014

En el Habana Riviera "Me alquilo para soñar"

"A  las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un maretazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral".
Así comienza el cuento "Me alquilo para soñar" que hace parte del libro Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez y lo traigo a colación porque una de mis pasiones es visitar, cuando puedo, los lugares que se mencionan en algunas obras  literarias emblemáticas. Así lo hice, por ejemplo, con Sostiene Pereira, recorriendo aquellas melancólicas calles de Lisboa que tan bien describe Tabucci -incluso probando la omelette a las finas hierbas con la cual desayunaba el protagonista-; o con La sombra del viento de Ruiz Zafón, que leí de un tirón en el verano de 2009  y me llevó a recorrer en solitario esas magníficas calles barcelonesas en las que transcurren algunas de las acciones más memorables de dicha novela. 
Y esa pasión comenzó con el cuento "Me alquilo para soñar".  
Corría el año 1995  y en lo mejor de mis veinte, decidí con una amiga viajar a la Ciudad de la Habana para asistir a un encuentro de educadores Latinoamericanos. Y para ello nos hospedamos en el emblemático hotel Habana Riviera.  En su terraza,  habitada en las tarde-noche por turistas europeos enrojecidos y ávidos de sexo,  leí una y otra vez  ese cuento mientras observaba el plácido mar Caribe a través de los ventanales. Tenía miedo de que en cualquier momento  un "maretazo colosal" me arrojara contra los muros del malecón, contra la calle plena de sol y me perdiera para siempre...  Y allí, en esa misma terraza, los turistas me miraban con ojos devoradores. Me confundían con alguna prostituta  cubana, de aquellas que se apostaban en los vestíbulos de los grandes hoteles habaneros.   
Y en esa misma terraza tuve unas conversaciones estupendas con una artista cubana que pintaba en lienzo los mejores cielos de la isla y,  mientras desayunaba,  me deslumbraron unos ojos tan profundos como el mar que saltaba por la ventana.  
Desde la habitación 403 del Habana  Riviera pude tener solo para mi  la intensidad del mar Caribe; todos los aromas, todas las visiones, todos los sueños que prosiguen. ¡Todas las palabras! 

miércoles, febrero 18, 2009

Gabriel García Márquez y yo

Era martes 17 de marzo de 1998. Estaba en el muelle internacional del Aeropuerto el Dorado de Bogotá, donde esperaba abordar el avión que me llevaría a una hermosa isla caribeña (iba de viaje de novios con mi recién estrenado marido) y entonces lo vi. Divisé su figura mayor que se aproximaba lentamente por el brillante pasillo. Le observé anonadada y con un nudo en la garganta, hasta que pude gritar su nombre más coloquial: Gabo, Gabo, Gabo. El hombre paró y entonces escribí el texto que reproduzco a continuación y que fue publicado en el periódico regional Diario del Huila. De esa experiencia, además del mencionado artículo y una preciosa foto que guardo como un tesoro, quedó un comentario-chiste que hacíamos a las personas más allegadas: “lo mejor de la luna de miel fue el encuentro con Gabriel, Gabriel García Márquez, por supuesto.”
Isa: esta entrada la he hecho por tí.

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Mi encuentro con el Nobel
Por Martha Cecilia Cedeño Pérez
Especial, Diario del Huila

Había soñado muchas veces con él. Había imaginado ese instante en el que pudiera mirarlo y por qué no, hablarle así la lengua se me durmiera de la emoción. Y, sin embargo, siempre llegaba a la conclusión de que era algo casi imposible para una persona como yo anclada en esta provincia oxidada de sol y de musgo endémico.
Recuerdo todavía los primeros cuentos que leí al filo de mi niñez con ojos devoradores y sorprendidos, queriendo beberme la vida en un sorbo tan grande como aquel ahogado hermoso que un día apareció en un pueblo solitario. Vinieron luego los libros del colegio –obligados- que para mi fueron el faro anunciador de muchas historias que perfilaron mi época de estudiante universitaria. De Ahí que haya recorrido casi todos sus libros no con el interés de la intelectual escrutadora sino con el ánimo de maravillarme con sus historias espléndidas.
Y de pronto él estaba ahí, a dos metros. ¡No podía creerlo! Gabriel García Márquez estaba al frente mío con su rostro tantas veces visto, tantas veces manoseado por los medios. En ese momento todo lo imaginado con respecto a él se eclipsó. La emoción y el terror se apoderó de mis manos, mi voz sólo alcanzó a decir “Gabo, Gabo,Gabo”, ante la que él volteó la mirada aún vital y ensortijada, pero con la displicencia que da la costumbre de ser siempre saludado por hombres y mujeres maravillados y medio torpes, como yo.
Era un martes 17 de marzo. Bogotá había amanecido radiante ese día. En el muelle internacional del aeropuerto El Dorado, los viajeros esperaban con cara de incertidumbre el anuncio de sus respectivos vuelos, casi siempre retardados. Eran las diez de la mañana. Justo el instante en que alcancé a divisar por el rabillo del ojo la figura mediana, envuelta en una chaqueta negra que hacía resaltar su cabello y bigote casi blancos. Ahí estaba el Nobel como cualquier mortal, frente a nuestros ojos, con su inseparable y estoica Mercedes, que al vernos se fue adelante, ya acostumbrada a estas faenas de un personaje que es invitado por Clinton a la Casa Blanca y a la vez es amigo íntimo de Castro.
Fueron cinco o quizá diez minutos. Lapso en el que, mientras le acompañábamos hasta la salita de espera donde había cola para abordar el vuelo hacía Ciudad de México, intercambiamos algunas palabras (aunque, para ser sincera, la única que habló fui yo). Al menos Gabo escuchó que aquí, en Neiva, hace un año se le hizo un homenaje en el marco del VI Encuentro Nacional de Escritores y que existimos jóvenes que bien o mal nos hemos encaminado por el sendero de las letras. Sus palabras fueron cortas y lacónicas. Aquello de que Gabo es un prepotente puede ser cierto, pero a mi no me importa: tuve la fortuna de ver su sonrisa franca, de escuchar su voz a pocos centímetros de mi rostro, de sentirlo rodeado por mis brazos como cualquier persona de músculos y nervios. Después de todo el encuentro con un Nobel ya es una maravilla y eso lo supera todo.

Neiva, domingo 24 de mayo de 1998


Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...