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lunes, noviembre 07, 2011


CUANDO LA MUERTE ES UNA IMAGEN*

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Abro los diarios digitales colombianos y me encuentro de lleno con una imagen contundente: la de un cadáver con los ojos abiertos, la boca girada hacia el lado izquierdo en una mueca de risa siniestra y el rostro hierático totalmente afeitado. Y a un costado de esta fotografía aparece otra: la de un hombre con gafas  y espesa barba tan negra como su pelo, vestido al estilo militar que en ese justo momento parece hablar con alguien. El fondo de la imagen está diluido pero hay tonos verdes, muchos tonos verdes. Sin duda fue hecha en la selva.
Hace pocos días me sorprendí con una imagen similar. El rostro hinchado y ensangrentado de un cadáver expuesto sin tapujos en las primeras planas de los principales diarios de España y el mundo.  La confirmación exacta de la batalla contra el mal.  El registro fehaciente del triunfo de la bondad universal.
Y entre esas imágenes hay otras que se agolpan en mi cabeza sin conmiseración. De crímenes, atentados, accidentes… Y todas tienen algo en común: se despliegan con descaro para que sean devoradas brutalmente por los ojos de quienes las contemplan.  Y los mirantes, todas y todas, participamos en un acto de necrofagia, alentados por el peso de la morbosidad, el señalamiento, el horror, la condena… Asistimos indemnes al banquete de la muerte ajena. Y podemos condolernos, asustarnos y a veces imaginar la magnitud del desastre, la anchura del terror.  Todo esto sin dejar de comer, de reír e incluso de creer en Dios. 
Pero hay imágenes de imágenes. Las dos que he mencionado anteriormente  tienen un rango superior porque corresponden a seres que en vida pertenecieron al mundo de los “malos”, de los completamente “malos”.  Hombres siniestros sin ningún atisbo de humanidad.  Tiranos, sanguinarios, guerrilleros, seguidores del gran putas.  La crueldad hecha hombre. No importa si alguna vez estuvieron vinculados  así fuese someramente al mundo de los “buenos”. Por alguna extraña razón estos especímenes fueron confinados en  el reino de la maldad por los siglos de los siglos.  
De ahí la importancia de mostrar hasta la saciedad sus rostros vencidos e impasibles que ya no pueden horadar el sistema de seguridad local, nacional y mundial. Cuerpos fracturados expuestos sin miramientos como constancia del triunfo absoluto de la razón, la justicia, el bien.  Cuerpos ateridos de seres malvados merecedores de todos los castigos habidos y por haber pues sus horrendos actos sólo se pueden juzgar con la muerte. Pero no basta acabar con ellos: hay que exponerlos como trofeos y, sobre todo, como advertencia. En este mundo sólo hay cabida para los “buenos”.
Cuando la muerte es una imagen todos nos convertimos en sus cómplices. 
.
*Columna de esta semana publicada  en el diario El Líder

domingo, septiembre 25, 2011

Violencia sexual contra las mujeres: un delito execrable*


La violencia sexual  contra las mujeres ha existido en todas las épocas históricas, aunque con diferente consideración. Hasta hace poco era percibida sólo como un agravio a la familia de la víctima en general y no como un crimen contra la mujer y por ello se quedaba en el ámbito de lo privado. En este tipo de agresión la mujer es considerada sólo como un objeto para satisfacer una serie de experiencias, fantasías y odios  del agresor. Es una actividad sexual desviada que busca el control y la opresión de la mujer y con ello la sensación, para el criminal, de estar en un nivel superior, de tener la fuerza con todas sus connotaciones.
La violencia sexual contra las mujeres, repugnante desde todos los puntos de vista,  se convierte en zonas de conflicto en un arma de guerra cotidiana. En un mecanismo para mantener satisfechas a las tropas regulares e irregulares que hacen parte del conflicto colombiano.  Así, por ejemplo, según Medicina legal, entre el año  2007 y el 2009 la Fuerza Pública colombiana fue responsable de 126 casos de violación, mientras la guerrilla, de 32; y los 'paras' y bandas, de 10. Cifra que seguramente no corresponde con la realidad porque muchas mujeres no se atreven a denunciar por miedo, por  ignorancia o porque en nuestro país este tipo de delito está tan “normalizado” que muchas féminas no se consideran agredidas. 
Sea como fuere,  la violencia sexual es una de las principales causas que encabezan el desplazamiento forzado de las mujeres en Colombia, concretamente dos de cada diez desplazadas se han visto obligadas a huir debido a este delito.
Según una encuesta de Oxfam y otras organizaciones no gubernamentales  realizada en 407 municipios, más de 94 mil mujeres fueron víctimas de abuso sexual entre el 2001 y el 2009. Y entre ellas más de 26 mil quedaron embarazadas. Embarazadas a las cuales también se les niega la opción del aborto porque en nuestro conservador y clerical  país aún no está legalizado no obstante la existencia de una práctica que muchas veces lleva a la muerte de las féminas. 
Y todo ello pese a la existencia de Leyes como  la 2257 de 2008 contra la violencia de género en la que se tipifican algunos delitos sexuales contra la mujer  y se reconoce la figura de ésta como víctima del conflicto armado. Pero ello no es suficiente. Es necesaria la adopción de medidas eficaces para enfrentar dicha situación creando canales efectivos de prevención, de denuncia, de acompañamiento y reparación y también, medidas contundentes contra los agresores. Cárcel sin contemplaciones para todos los criminales que vulneran a miles de niñas y mujeres colombianas, víctimas inocentes de una guerra endémica que parece no tener fin.

*Mi columna de hoy domingo en El Líder

domingo, agosto 21, 2011

Insomnio*


Martha Cecilia Cedeño Pérez
Poeta y antropóloga

“De fierro,
De encorvados tirantes de enorme fierro, tiene que ser la noche,
Para que no la revienten y la desfonden
Las muchas cosas que mis abarrotados ojos han visto,
Las duras cosas que insoportable la pueblan…”
Con estos versos empieza un excelente poema del maestro Borges cuyo título es toda una revelación: la insondable presencia de la vigilia cuyo abrazo letal nos confina en un mar de pensamientos, de sensaciones y de angustias.  La imposibilidad de dejarnos caer en las profundidades del sueño para escapar de esa realidad abarrotada de murmullos casi siempre opacos.   La presencia de un Dios perverso que nos priva de las bondades del inconsciente.  ¡Máximo castigo que nos quiebra los ojos y la razón!
Cuando el insomnio nos abraza, Cronos se alarga de manera desmesurada con sus segundos, sus minutos, sus horas transformadas en siglos o en instantes eternos de angustia. Y mirar el reloj sobre la mesita de noche es una tortura o, peor, un acto de masoquismo.  La constancia absoluta de que estamos pagando una condena que no nos merecemos. ¿Qué he hecho yo para estar despierta a estas horas de la madrugada? Pregunta de claro tinte judeocristiano de pecado-castigo que, sin embargo, permite rebelarnos contra lo inasible.
Hay una cosa aún más grave: en la vigilia los pensamientos se arremolinan en la nuca y en el entrecejo. Se apropian de nuestra cabeza y nuestro ser. Nos arañan con sus garras para expropiar recuerdos.  Nos extorsionan con sus imágenes reiterativas que vienen y van.  Invaden cada uno de nuestros espacios y tensan nuestros nervios en cada giro, en cada postura sobre la almohada convertida en una roca movediza. 
Y de nada sirve ejercitar la respiración,  asomarse al balcón,  leer un libro o ver una vieja película: Insomnio sigue allí despierto. Achacamos su contundencia a la luna llena.  O al café de la tarde, a los golpes de la cotidianidad, al fragor del clima. A cualquier cosa que justifique nuestra inoperancia en las artes del buen dormir.
A veces Insomnio es buen consejero y mientras nos acompaña podemos crear mundos, versos, músicas, amores… forjar lo inimaginable. Aunque siempre hay una realidad: los ojos marchitos con sus sombras oscuras en el rostro.
Insomnio es,  según Borges, “temer y contar en la alta noche las duras campanas fatales, es ensayar con magia inútil una respiración regular, es la carga  de un cuerpo que bruscamente cambia de lado, es apretar los párpados, es un estado parecido a la fiebre y que ciertamente no es la vigilia, es pronunciar fragmentos de párrafos leídos hace muchos años, es saberse culpable de velar  cuando los otros duermen, es querer hundirse en el sueño y no poder hundirse en el sueño, es el horror de ser y seguir siendo, es el alba dudosa”.
 ...
Columna de esta semana en el diario El Líder.

lunes, mayo 16, 2011

Inmigrantes y votos (I)*


Por Martha Cecilia Cedeño Pérez

Esta semana pensaba escribir sobre un tema relacionado con la obscena acumulación de la riqueza en poquísimas manos, a propósito de la última lista de la revista Forbes; pero, mientras repasaba los diarios digitales de aquí y de allá, me encontré con un titular más que llamativo: “El PP denuncia que los inmigrantes traen ‘enfermedades extirpadas’”

En esta noticia presentada en la home de un importante periódico catalán y uno de los tres más grandes de España, se vislumbra un debate de claros tintes políticos en los que, de nuevo, la inmigración es la protagonista.  Y lo es muy a su pesar porque la mayoría de personas extranjeras que por uno u otro motivo han elegido este país  para vivir, sólo quiere tener la oportunidad de construir un futuro mejor para sí y sus familias a través de su trabajo, su esfuerzo, sus conocimientos. Ni más ni menos. 

Por eso resulta tan ruin que ciertos partidos de la derecha española y catalana utilicen el tema de los y las inmigrantes para su propio beneficio, esto es, para conseguir votos en las próximas elecciones municipales del día 22 de mayo.   Con ello se estigmatiza aún más a una población vulnerable y señalada a la cual se le achaca gran parte de los problemas sociales que vive actualmente este país. 

Ese utilitarismo sectario, mezquino y obsceno es inaceptable desde todos los puntos de vista pues no sólo contribuye a atizar el fuego del racismo y la xenofobia sino que denigra a todo un colectivo humano ya bastante golpeado por las huellas de la partida, la crisis y la exclusión cuyo único delito es ser pobre (veamos: los grandes futbolistas extranjeros del sur que juegan en el Barça y el Madrid, por ejemplo, no lo son… ellos son ¡estrellas!) Y como si esto fuera poco, polariza aún más a una sociedad ya dividida entre los “nativos” y los de “fuera”, “los de aquí” y “los de allá”, “los propios” y “los extraños”, los “buenos” y los “malos”…

Esa noticia a la que me refiero en el primer párrafo no es un hecho aislado. Hace parte de un tinglado político perverso cuyo único fin es el señalamiento, la división, la fragmentación, la opacidad. Y para ello qué mejor arma que utilizar a los desterrados, a los eternos desheredados; a los que por su condición de precariedad y vulnerabilidad no pueden defenderse.

Por eso tampoco me extraña el cartel que vi ayer en una calle de mi barrio. “Primero los de casa. Vota Plataforma per Catalunya” pero sobre ese tema escribiré la semana que viene…

*Columna semanal, periódico El Líder 

miércoles, mayo 04, 2011

La tierra en Colombia: entre la sangre y la esperanza

Por: Martha Cecilia Cedeño Pérez*
Hace algunos días pasaron en la televisión española un informe sobre el problema de la tierra en Colombia. Allí presentaron el testimonio de varias mujeres y hombres víctimas del despojo por parte de los actores de la guerra. Personas humildes y trabajadoras que un día tuvieron que abandonar su parcela, su vida, sus ilusiones por obra y gracia de los grupos de salvajes que asolan nuestros campos y pueblos.
En ese mismo informe se mostraba cómo ya son más de cuatro millones las personas desplazadas y más de cinco millones de hectáreas las usurpadas a los campesinos y campesinas. Cifra que por otra parte difiere de la presentada en el último informe del Programa de Protección de Tierras y Patrimonio de la Población Desplazada (PPTD) publicado en enero de 2011 que habla de más de ocho millones de hectáreas sustraídas  impunemente a la población rural. 
Cuando vi dicho reportaje no pude de dejar de recordar a mi propia familia. A mi padre que a finales de la década de los años 70 tuvo que abandonar su finca de Belén de los Andaquíes por voluntad de un grupo de delincuentes. Así, ante las notas amenazantes, las intimidaciones, las reses muertas y, sobre todo, el miedo por la seguridad de su prole no tuvo otro remedio que vender por cuatro pesos su parcela y emigrar.  Dejar abandonada la tierra en la que  había puesto sus ilusiones, sus esfuerzos, su sudor y su aliento.  Abandonar por siempre ese fragmento de vida que jamás recuperó.
Y es que el problema de la tierra en Colombia viene de lejos. De hecho la mayoría de los  conflictos del siglo XX y XXI tienen su origen en la tenencia de la tierra que no sólo es clave en la productividad de la economía rural sino que históricamente ha sido una gran fuente de poder político y por ello mismo de conflicto social. 
La situación de guerra permanente que ha vivido el país en los últimos 50 años  ha dejado en un profundo estado de vulnerabilidad al campesinado, por no decir, en una crítica situación humanitaria. Pues éste ha sido casi siempre víctima inerme de una guerra atroz en la que entre otras cosas, la élite pretende defender su poder político y económico a costa los derechos fundamentales, económicos, sociales, culturales y ambientales de quienes trabajan y viven la tierra.
Y la solución a esos graves problemas pasa por una reforma agraria de amplio espectro que asegure una repartición justa de la tierra y brinde unas condiciones de vida dignas a toda la población rural.   El programa de  restitución de tierras a las víctimas del despojo es un primer paso en ese sentido; no obstante, si no se acompaña con políticas serias para modificar la estructura de la tenencia de la tierra en nuestro país,  no servirá de nada.
Fotos:
1. Paisaje desde el coche trayecto Pitalito - San Agustín
2 y 3. Heliconias y frutos de café en el Parque Arqueológico de San Agustín 
4. Finca típica de la zona sur del Huila, Parque Arqeológico de San Agustín
(Marthacé, septiembre de 2010) 
*Columna semanal periódico EL Líder, Caquetá, Colombia

lunes, febrero 21, 2011

Berlusconi y las mujeres


Parece que Berlusconi tiene un grave problema con las mujeres. Bueno, con las féminas y con el pueblo italiano.  Pero ese problema viene de lejos. Desde que este sinvergüenza  construyó su imperio económico y  se  adentró en la política de la peor manera, esto es, a base de corrupción, fraude y otras lindezas. Y ebrio de éxito se dio a la tarea, como muchos otros que detentan un poder desmedido,  de apropiarse de todo: de los medios, las conciencias, los cuerpos. Sobre todo de los cuerpos de jovencitas bellas y vulnerables.  Y todo ello bajo una impunidad a todas luces reprobable.
Ahora este espécimen italiano decadente, rezago de un machismo que aún habita en la cultura latina, se las tiene que ver con la justicia. Ya era tiempo de que pisara los tribunales pues  muchas personas no entendíamos cómo un pueblo con una tradición cultural tan importante viviera tanto tiempo idiotizado, adormilado, indiferente ante sus desmanes.  Pero no, no va a ser juzgado ni por corrupción, ni por fraude ni por abuso de poder. No. Es porque se pasó un poquito de la raya en sus reposadas fiestas seniles.  Al pobre Berlusconi se le fue la mano con la edad de una de sus acompañantes en sus rumbas de emperador verde. Y por eso, aunque tiene dos procesos pendientes -por corrupción y fraude fiscal- es por prostitución de menores (haber pagado los favores sexuales de Karima el Mahrour alias Ruby Robacorazones, inmigrante marroquí que en el momento de los hechos tenía 17 años) que se sentará en el banquillo el próximo  6 de abril.
Y hay que ver cómo son las cosas. No sólo su futuro judicial está en manos de tres mujeres, las magistradas Guilia Turri, Carmen D’Elia y Orsola de Cristofaro sino que miles de ellas se han tomado las calles para pedir su dimisión y rechazar su política machista y patriarcal. Esta revuelta ha  surgido de la sociedad civil y no de la oposición que en Italia es desvaída y cobarde. Así pues su futuro político también está en manos de las mujeres, las mismas a las que él ha objetualizado y vulnerado y que de ahora en adelante le harán muy difícil sus días como hombre público. ¿Qué pensara ahora este “experto en conquistas” como el mismo se denominaba?
No cabe duda: Berlusconi tiene un grave problema con las mujeres. En todo caso debería recordar un refrán que dice “Quien a mujeres hiere, de mujeres muere”.
Martha Cecilia Cedeño Pérez
Columna semanal, periódico El Líder

lunes, febrero 07, 2011

El fragor de la calle


Posted by admin on 6 febrero, 2011 in ColumnistasOpinión | 1 Comment

Martha Cecilia Cedeño Pérez
La calle nos recuerda una vez más que más allá de sus trazados, de los objetos que tatúan su rostro, de los tránsitos o emergencias que provoca, de las soledades y miserias que desvela, es la comarca por excelencia de la vida urbana.  Paradigma de la existencia moderna en cuyo seno la idea de acceso universal y por ello mismo de democracia configura una esencia hecha de fugacidades, negociaciones, conflictos, sucesos, tránsitos, percances, derivas…
Dicho en otras palabras: en la calle cualquier cosa puede suceder.  De la emergencia a la revuelta, del flechazo a la caída, de la fiesta al horror… Este espacio abierto a toda suerte de especulaciones prácticas también es un escenario para la circulación de ideas e información y para el ejercicio de la autonomía en sus más altas significaciones.
Por ello no resulta raro que a veces se convierta también en el lugar donde las agitaciones sociales alcanzan su máxima expresión, tal como ha quedado demostrado en los acontecimientos  recientes de Túnez  y Egipto, que seguramente no serán los últimos. En ese caso la calle funciona en su sentido más primigenio: ser el espacio en el cual se dirimen las cuestiones fundamentales de la existencia humana.
Y la miseria, el hambre, la violencia así como  el hastío, el asco,  la indignación de la gente por la iniquidad de sus gobernantes son un germen  prolífico para unir cuerpos y voces, para lograr esa conjunción de intereses que provocan manifestaciones, revueltas, transformaciones contundes. Allí, en la calle, las mujeres y hombres de a pie, tocados por el infortunio ocasionado no por el azar sino por dirigentes perversos, encuentran el lugar apropiado para expresar su inconformismo  a sabiendas de que no se están solos en ese acto de protesta cuyo contenido agita las manos y las conciencias.
Y mañana, en otras esquinas del mundo, la gente saldrá a la calle  de nuevo porque sólo en ella puede agitar la bandera del inconformismo, de la rabia. Sólo en sus recorridos y trazos se puede pensar en una noción de democracia real más allá de los intereses mezquinos de unos cuantos. Y es justo por eso que los administradores de la urbe tanto le temen; para ellos  es un lugar peligroso, oscuro, que debe ser controlado, vigilado y esterilizado del virus de la revuelta. Por fortuna esas intenciones de domesticación no pueden acabar con el espíritu libertario de ese espacio público por antonomasia.
En el fragor de la calle se tejen y consolidan las transformaciones de la ciudad y sobre todo, de aquellos seres que la habitan, la sueñan, la padecen, la recorren.  La calle es nuestra, gritan hoy las voces opacadas del mundo.
*Antropóloga y poeta
Columna semanal, diario El Líder

martes, febrero 01, 2011

El color de los muertos

La muerte representa el final de un camino que una quisiera siempre natural, es decir, el colofón normal de una vida de luchas, sueños, esfuerzos, alegrías y todo aquello que configura nuestro trasegar por el mundo. En ese sentido la muerte no es ni más ni menos que la culminación de un proceso y el comienzo de otro que ignoramos por completo. Pero una cosa distinta son los muertos. Aquellos cuerpos ateridos y plácidos en su condición de no-ser. Efigies marchitas tan iguales en su condición de objetos sin ánima y sin embargo, algunas veces, tan distintos por las circunstancias de su existencia y la de quienes los lloran.

Colombia es un país en el que morir de viejo, de cansancio, de agobio, es decir, de muerte natural es casi un milagro. Los datos nos muestran las cifras de la sinrazón: miles de hombres, mujeres, niñas y niños víctimas de un conflicto atroz y endémico. Seres inocentes con las vidas rotas, acalladas, abatidas por la iniquidad de unos cuantos bárbaros que se atribuyen el poder de decidir sobre las vidas humanas a través del horror. En ese sentido todos nuestros muertos son iguales o deberían serlo. Y como tal las personas encargadas de velar por la seguridad y bienestar de los ciudadanos y ciudadanas tendrían que tratarlos. Pero no siempre es así a tenor de las noticias y las columnas publicadas en los periódicos del país que consulto por Internet en las que se refleja, en efecto, que aquí los muertos poseen un color más allá de la piel.
En nuestro país los muertos tienen un tono distinto a aquel propio de los difuntos. Se clasifican en categorías pero no en el sentido primigenio como el de nuestros aborígenes prehispánicos que los jerarquizaban en virtud de su papel dentro de la comunidad y su nivel de conocimientos, sino en virtud de la posición social y económica. Así, por ejemplo, un muchacho asesinado en un barrio marginal de Florencia o de Bogotá es un dato más en las cifras de la violencia y en todo caso una situación perdida (en los diarios se dirá que pertenecía a una pandilla urbana o a un grupo guerrillero). No se investigará a fondo el suceso y mucho menos se ofrecerá recompensa para atrapar a los criminales que lo perpetraron. Distinta sería la suerte de este cuerpo horadado (y de miles más) si en lugar de pertenecer a la periferia fuese miembro de la altas esferas de la sociedad. Entonces no se escatimarían esfuerzos para encontrar a los culpables para darles el castigo merecido. En nuestro país el color de los muertos va más allá de la palidez hierática: es una cuestión de poder.
Columna publicada el día 23 de enero en el diario El líder

domingo, diciembre 19, 2010

Europa, la gran devoradora*

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Antropóloga

En la mitología griega Europa era una fémina seducida y violada por Zeus quien, valiéndose de su poder para transformarse, se convirtió en un manso toro para lograr sus nefastos objetivos; sólo así pudo llevarla hasta la isla de Creta y engendrar con ella tres hijos. En la actualidad este nombre remite a un continente añejo y contradictorio que durante los últimos años se ha convertido en un gran devorador de recursos propios y ajenos. Pues no sólo está consumiendo el doble de lo que producen sus tierras y sus mares sino que con ello está haciendo que se pierda la biodiversidad con la consecuente degradación del suelo, el agua, los hábitats y el bienestar humano en general.  Así lo demuestra la Agencia Europea del Medioambiente (Aema) en su cuarto informe global sobre la salud ecológica de este continente.
Dicho documento menciona, entre otras cosas, que hay un incremento en la demanda de recursos naturales para alimentar, vestir, alojar y transportar a la población y cómo ello produce una presión descomunal sobre los ecosistemas. Lo anterior se traduce  también en un hecho bárbaro: cada europeo consume un promedio 16 toneladas de materiales y genera 6.000 kilos de basura al año.  Y como para suplir esta voracidad ya no cuenta con recursos propios mira, sin vergüenza,  hacia los ajenos.  Así Europa se ha convertido en un gran importador de productos como cereales, forraje,  maderas, etc., contribuyendo con ello a los graves procesos de desforestación y empobrecimiento de países tropicales como el nuestro. Asimismo importa más de la mitad del pescado que consume, ejerciendo una presión enorme sobre este recurso allende sus fronteras.
Esta voracidad consumista se agrava con el uso de plaguicidas y sustancias químicas que alteran la función endocrina de las personas y de materiales pesados utilizados en plásticos, tejidos, cosméticos, colorantes, envases de alimentos, aparatos electrónicas, etc. que se asocian a malformaciones, problemas de desarrollo neuronal, obesidad, cáncer, entre otras patologías.
La lectura del informe de Aema produce escalofríos pues demuestra la insostenibilidad de un modelo de desarrollo basado en la sobrexplotación de los recursos naturales para dar abasto a un consumo desaforado.  Y a la par con ello, muestra también la falta de de compromiso de quienes gestionan los estados europeos para incrementar políticas serias que promuevan formas de desarrollo más sostenibles y respetuosas con el medio ambiente. En últimas se trata  de acabar con ese Estado de Bienestar perverso y devorador y  crear una nueva conciencia en donde se retome aquella máxima de “menos es más”, en el que todas las personas puedan disfrutar de una calidad de vida en armonía con las posibilidades del entorno.
Por ahora esta Europa es  seducida sin miramientos por el dios del Consumo. ¡Jamás será reina de Creta!
*Columna publicada el domingo 12 de diciembre en el periódico El Líder (su página Web aún sigue en mantenimiento...)
Imagen tomada del blog Encuentos 

viernes, noviembre 26, 2010

¡Mamá, quiero ser reina!

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Antropóloga

Es un lugar común decir que Colombia  es una  nación de reinados. Los hay de todos los motivos y colores y en distintas esferas, desde la nacional hasta la particular o local. Pero ¿qué concepciones subyacen en la proliferación de estos eventos, dejando de lado el clásico planteamiento de que es un mecanismo para evadir a la población de los intríngulis de nuestra compleja realidad cotidiana con la vieja premisa de que a la gente hay que ofrecerle, sobre todo, circo?  Y ¿Por qué no hay reinados de hombres? Quiero decir eventos en los que en lugar de mujeres que muestran sus atributos físicos sean varones los que lo hagan. Resulta cuanto menos interesante pensar en esa posibilidad. ¿Qué se valoraría en un reinado, en versión masculina, ya no de belleza sino de la ganadería, del turismo, del café,  de la panela, por ejemplo? ¿Bajo qué parámetros se medirían las virtudes masculinas. ¿Se destacaría la altura, el porte, la manera de caminar, la dureza de las abdominales, la sonrisa, la seguridad? ¿Se pediría a los candidatos que desfilaran en pequeñísimos trajes de baño para apreciar mejor sus “encantos”? O, acaso, ¿se establecerían otros baremos para medir  su competitividad en esos campos?
Sin duda lo que subyace en esta clase de eventos es un reflejo de esa cultura patriarcal tan arraigada en nuestro país. Cultura en la que cada día se refuerzan unos  roles de género asociados a uno y otro sexo con el fin de mantener la desigualdad estructural entre hombres y mujeres.  Los reinados son una prueba perversa de esa realidad: por un lado, reproducen de manera descarada unos parámetros que perpetúan la concepción de la mujer como un ser pasivo, expuesto a las miradas y por ello mismo a los juicios, cuya única función es la de ser un mero objeto decorativo que, como tal, debe tener  dos virtudes fundamentales: ser bella y, por tanto, deseable. Y por otro lado, a través de los medios de comunicación, se abona el terreno para que desde muy pequeñas a las niñas se les inocule el virus de los reinados o, más bien, el de la belleza física como el único camino para triunfar y ser el centro del mundo. La expresión “¡Mamá, quiero ser reina!” es una prueba contundente de lo lejos que aún estamos de la igualdad, de la paridad elemental entre mujeres y hombres en todos los campos de la vida social. Esa frase es un lastre que nos conmina aún más en la esfera de la dependencia y la subordinación.
* Columna publicada en el Periódico caqueteño El Líder el domingo 22 de noviembre de 2010. 
Ilustración: dibujo realizado por Luna del Mar cuando tenía 5 años.

lunes, noviembre 15, 2010

In-migrantes

Mi columna de esta semana en El Líder:

Desde Barcelona

In-migrantes

Son muchas las personas que cada día cruzan el umbral de lo conocido para intentar una nueva vida allende las fronteras de lo propio, lo cercano, lo que configura el mundo primero. Gente de aquí y de allá que trashuma casi siempre de manera forzada los límites físicos de su contexto particular por motivos diversos que pueden ir de la violencia al amor, de la pobreza al mejoramiento del nivel académico, de la búsqueda ontológica a la precariedad material, del hastío a la necesidad de abrirse a nuevas perspectivas. Y en esa aventura en la que se abandona la calidez de lo propio se consumen las horas, los días, los años casi siempre sin encontrar una casa, un lugar en el que sea posible reconstruir las ilusiones.
Las personas migrantes son seres intersticiales pues se mueven entre dos mundos: el que se deja y al que se llega. Entre lo cercano y lo ajeno, lo conocido y lo extraño. Son seres que como dice aquella preciosa canción de Facundo Cabral sienten irremediablemente el desarraigo de no ser de aquí ni ser de allá. Seres condenados a navegar entre dos aguas y que en determinados contextos sociales ni siquiera son considerados ciudadanos con plenitud de derechos. Son los huidos, los desplazados, los exiliados, los parias que arrastran el estigma de la partida forzada.
Pero no sólo es migrante aquella persona que trasciende las fronteras de su país, lo es también la que se ve forzada a abandonar su pedazo de tierra dejando tras de sí años de trabajo y sueños enredados en los caminos. La misma que llega a la urbe con un morral de incertidumbres en la espalda para agrandar la periferia de los desheredados. La misma que día tras día vemos en los parques de nuestras ciudades con los ojos tristes de la desesperanza, con el andar pausado de la impotencia.
Hombres, mujeres, niñas y niños desplazados sin remedio por la guerra, por el hambre, por la angustia, por la constancia absoluta de que el mundo, como titula Ciro Alegría una de sus novelas, es ancho y ajeno. Y es que en la actualidad, según las estadísticas de Acnur a finales de 2009, 43.3 millones de personas estaban en situación de desplazamiento forzado en todo el mundo, la cifra más alta desde mediados de la década de los 90. En Colombia que comenzó a registrar a los desplazados internos en 1997, son más de 3,3 millones los desplazados internos, las víctimas de la sinrazón que ven cómo sus sueños se hunden río abajo. Todas y todos somos de alguna manera migrantes pero cerramos los ojos ante una realidad que está en la esquina de nuestra calle.
*Antropóloga

domingo, noviembre 07, 2010

Otras imágenes del Papa en Barcelona

El jueves pasado salí rapidamente del curso de Documental i gènero que estoy realizando en la Escola de la Dona para dirigirme al Centro Cultural Pati Llimona  cuando me encontré con una manifestación en la  Plaza Sant Jaume. Al principio no sabía de que se trataba (sí, estaba desinformada) pero sólo con apreciar algunos de los carteles me enteré del asunto: era una manifestación anti venida del Papa.
Confieso que me gustó encontrarme con ese acto porque justo el día anterior había escrito mi columna para el periódico El Líder sobre esa temática (ver la entrada anterior de este blog), aunque sin mojarme mucho porque en mi tierra primera todavía persiste una visión clerical fuertemente arraigada. Y si, no quiero ser muy "frentera" en esos asuntos, por el momento.
Pues bien, hoy al leer  las noticias de La Vanguardia en su versión digital he recordado los textos que aprecié el jueves en ese acto público y no dejo de pensar en el profundo sentido de verdad y reinvindicación que hay en ellos: "El condón salva. El Papa condena"; "Separación Iglesia-Estado ¡Ya!"; "A pedófilos y cómplices bajo capa clerical, ¡Pena civil ejemplar!"; "Un infierno real: el Vaticano, Guantánamo mental".  
Y me inquieta el títular con el que abre hoy La Vanguardia:  "Visita histórica del Papa a Barcelona para dedicar la Sagrada Familia" y luego en el lead se apunta lo siguiente: "Benedicto XVI ha cargado duramente contra el aborto y la eutanasia y ha pedido apoyo del estado a la natalidad y a la mujer". Sin duda, este Papa sigue en su posición recalcitrante con respecto a temas tan sensibles para todas y todos. Es una persona  que por una parte, cierra los ojos ante la corrupción y perversidad de algunos miembros de la  Iglesia  y por otra,  condena con un fanatismo inusitado temas vitales como  el aborto, el matrimonio homosexual, el uso del preservativo, la eutanasia, etc. Es esa doble moral la que molesta y vulnera  y la que, de ninguna manera, se puede aceptar.
Fotos: Martha C. Cedeño





sábado, noviembre 06, 2010

Barcelona y el Papa

Aunque a simple vista parezca que la sociedad española es esencialmente laica, no lo es. Si bien es cierto que la injerencia de la iglesia católica en la vida política actual no es comparable con la que hubo durante la dictadura franquista cuando estuvo en contubernio con el régimen, todavía no existe una independencia del Estado con respecto a cualquier confesión religiosa. Y ello implica no sólo la financiación de la iglesia con dineros públicos, la excesiva influencia de ésta en la educación, el mantenimiento de los privilegios de los que goza desde el siglo pasado sino también la intrusión en asuntos políticos de algunos de sus dignatarios más importantes. En los últimos años, por ejemplo, muchos de ellos han expresado su desacuerdo con medidas como el matrimonio homosexual, el aborto, el uso del preservativo etc.

Y en comunidades autonómicas como la de Cataluña con una amplia tradición de resistencia eso no gusta nada. Y no gusta porque se considera un giro al pasado y a la derecha que no se puede permitir de ningún modo. La iglesia debe dedicarse a sus labores evangelizadoras sin participar en la vida política, se dice aquí. Pues bien, este fin de semana llega el Papa a Barcelona. Estará los días 6 y 7 de noviembre con la intención de consagrar el templo de la Sagrada Familia, uno de los monumentos más importantes de la ciudad diseñado por el arquitecto Antonio Gaudí.

Así que ya se han empezado a limpiar y adornar las calles por donde pasará, a tener a punto los sitios que pisará y algunas personas particulares cuyas casas están sobre el recorrido papal han puesto en alquiler sus balcones a precios elevados. Y a la par con ello también se han creado plataformas en contra de la venida del papa. Así mientras los políticos avalan ese acontecimiento otros sectores de la población la rechazan no sólo por los costes económicos sino por sus implicaciones ideológicas. No entienden cómo una sociedad tan beligerante, independiente y de izquierdas como ésta acepta la visita de una persona cuyas posturas con respecto a temas sociales trascendentales dejan mucho qué desear.

Yo no pienso ir a verlo. Respeto las posturas de unos y otros pero no dejo de pensar en una frase que escribió en el tablero mi profesor de quinto de primaria de una escuelita de la vereda Bajo Pueblitos de Belén de los Andaquíes: “El Papa es el primer explotador de la tierra”. Entonces no sabía a qué se refería. Hoy ya lo sé. Pero si mi hija que tiene 10 años quiere ir a verlo seguro que la acompañaré, no sin antes decirle un par de cosas muy importantes.

(Mi columna de esta semana en el  periódico El Líder)

sábado, octubre 30, 2010

Para construir espacio público

Os comparto mi columna "Desde Barcelona" que escribo semanalmente para el  periódico El Líder, del Departamento del Caquetá, Colombia.


Para construir espacio público

Resulta inquietante la manera cómo en América Latina y Colombia se concibe el espacio público por parte de quienes dirigen el destino de las ciudades. Salvo contadas excepciones lo ven como un espacio que debe tener ciertas características formales adaptadas sobre todo a las necesidades del tránsito vehicular y, también, como un territorio que debe ser controlado, vigilado y, si hace falta, construido de acuerdo a unos ítems indiscutibles y en los cuales no participa la ciudadanía.
Existe la creencia generalizada que se construye espacio público cuando se pavimenta una calle o cuando se persigue y se saca a los vendedores ambulantes del centro de la ciudad. Y lo mismo se piensa cuando se amplía una acera para permitir más fluidez de los tránsitos peatonales pero se olvida hacer gradas o rampas para poder bajar del andén sin morir en el intento. Dicen los políticos que piensan en el espacio público cuando reforman un parque sin tener en cuenta las necesidades de la gente que lo usa, que lo transita, que lo vive. Y que se interesan por este tópico cuando gastan cantidades impresionantes de dinero en diseñar nuevas estrategias para limpiar este territorio de formas y seres indeseables.
Pero se equivocan. Construir espacio público significa, sobre todo, retomar los presupuestos básicos que lo definen; esto es, concebirlo como una comarca accesible para todas las personas. Un territorio abierto, despojado de obstáculos que impidan que aquellos seres que lo comparten (extraños, conocidos de vista o conocidos) puedan transitar por ellos con libertad y en igualdad de condiciones y en donde sea posible no sólo las derivas, los cruces sino también los encuentros y los azares. Si partimos de esa premisa encontramos que en nuestro contexto no existe un espacio público como tal sino un territorio fragmentado y caótico en el que reinan los vehículos. No existe un espacio pensado para los y las urbanitas pues por una parte, la calles, los pocos parques, los lugares comunes no están acondicionados debidamente para el acceso de todas las personas (mayores, individuos con alguna discapacidad física o motora, mujeres con cochecitos de bebé, etc.). Y por la otra, no existe una voluntad política para construir un espacio público democrático y abierto en el que sea posible también la circulación de ideas, de cuerpos, de pasos, de opiniones, de miradas…
*Doctora en antropología social y cultural.

sábado, octubre 23, 2010

Mi columna de esta semana

"La vida a través de los ojos de la infancia" así se titula mi columna de esta semana y versa sobre  una bella experiencia: la Escuela Audiovisual Infantil, de Belén de los Andaquíes, Caquetá, Colombia.  Podéis leerla aquí:
http://www.ellider.com.co/?p=1465

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...