No obstante tengo algo claro: la poesía es aquella que habita esos resquicios que resisten a la miseria cotidiana, a la perversidad humana, a la sinrazón. O más bien, es la que nos permite resistir y creer pese a todo. Y en esa noche brava de tormenta también existía la poesía. ¡Nunca un cielo encapotado fue tan bello y tan terrible al mismo tiempo!
La poesía también es emergencia y coincidencia. Como la que acabo de tener cuando leo el blog de mi amiga Osorio y encuentro que ha hecho exactamente lo que yo iba a realizar esa noche: transcribir esos micropoemas que me envía - sms- en el momento más necesitado. Entonces una sonrisa aflora y el día se hace leve. Gracias por tus poemas, Osorio.
Y si, ¡hoy la primavera se cuela
por los jirones del invierno!
Osorio 03/07
Y había una poesía en las huellas
de las almas antiguas de los pasajeros
en tránsito
Osorio 03/007
Divagaciones sobre la ciudad, sus calles, sus multitudes en perpetuo trance y sus individuos sonámbulos. Relatos sobre cuerpos en movimiento y paisajes efímeros; elogio a la mirada, a la poesía de lo cotidiano, a la vitalidad de los bordes y otros asuntos...
sábado, marzo 24, 2007
Celebración tardía
El otro día estaba escribiendo una entrada para celebrar a mi modo el día de la poesía cuando de repente una tormenta empezó a entrar por la ventana. Flashes gigantes iluminaban el cielo que instantes después rugía con fuerza y rabia. Las palabras iban y venían en un intento desesperado por terminar mi escrito antes de que las espuelas de la tormenta se clavaron en mi nuevo ordenador. Y nada. No pude escribir porque un estruendo certero se llevó la luz y tuve que desistir de mi empeño. Pasaron los días y entre texto y texto no me había sentado a terminar lo que empecé esa noche.
jueves, marzo 01, 2007
Presintiendo a Lisboa
Aquellas eran noches de impotencias
que desaparecían al filo de las horas
-Pessoa siempre nos miraba, en silencio,
desde el muro-.
Era fácil ser feliz entonces
y recorrer las calles de vino
con sus sombras mágicas
y sus discursos y sus movimientos.
No era la Lisboa presentida
con sus aromas añejos
Era otra ciudad anudada a un río silencioso
y ligero con nombre de mujer:
Magdalena
Era una promesa oxidada en los bancos
del parque
abiertos al soplo de la tarde
donde a hurtadillas inventábamos el amor.
Aquellas eran noches de canícula
y deseo
¡Cómo quisimos entonces que fuera
Lisboa con su cintura de mar!
que desaparecían al filo de las horas
-Pessoa siempre nos miraba, en silencio,
desde el muro-.
Era fácil ser feliz entonces
y recorrer las calles de vino
con sus sombras mágicas
y sus discursos y sus movimientos.
No era la Lisboa presentida
con sus aromas añejos
Era otra ciudad anudada a un río silencioso
y ligero con nombre de mujer:
Magdalena
Era una promesa oxidada en los bancos
del parque
abiertos al soplo de la tarde
donde a hurtadillas inventábamos el amor.
Aquellas eran noches de canícula
y deseo
¡Cómo quisimos entonces que fuera
Lisboa con su cintura de mar!
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