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domingo, marzo 29, 2026


Experiencias OVNI  (1)


He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas que me han pasado y que acompañaré con imágenes o vídeos, si es el caso. Lo haré antes de que olvide por completo los detalles o que pierda las hojas -o el móvil- en las que he anotado los aspectos más relevantes.


El puro del volcán


En octubre de 2018 participé en el VI Congreso de Ciencia y Arte del Paisaje: Entornos desde el Interior, celebrado en Guadalajara, México. En aquel entonces vivía en Bogotá, Colombia, y trabajaba como profesora titular en la Universidad Pedagógica Nacional y en la Universidad Antonio Nariño. El 20 de octubre llegué a Ciudad de México, donde pasé algunos días antes de viajar a Guadalajara.

El congreso fue, como siempre, extraordinario: ponencias brillantes, amistades que se afianzaban desde el encuentro anterior en Querétaro, buena comida y un antiguo convento que hizo de hotel y refugio. Una experiencia plena, en todos los sentidos.

La tarde del sábado 27 de octubre tomé el vuelo de regreso. Llegué muy temprano a Ciudad de México, pero mi vuelo a Bogotá no salía hasta la una de la madrugada. Durante la espera entablé conversación con un hombre que también viajaba a Bogotá, profesor de la Universidad de Caldas. Hablamos de muchas cosas y el tiempo se hizo más llevadero. Al abordar, descubrí que mi asiento estaba en primera clase —aún hoy no sé por qué, pues la universidad había comprado, como siempre, el billete más económico—. Cuando el profesor me vio instalada allí, comentó con una sonrisa: «Qué suerte tienes de que la universidad te pague primera clase». Yo respondí con otra sonrisa, mientras él se despedía diciendo que iba a buscar su asiento en «turista pobre».

El vuelo transcurrió con calma hasta que bordeamos Panamá —lo sé porque suelo mirar el mapa para orientarme—. Eran cerca de las cinco de la madrugada. La mujer sentada a mi lado, junto a la ventana, dormía profundamente desde el despegue; yo, en cambio, no había pegado ojo. De pronto, el avión comenzó a sacudirse con cierta violencia. Las turbulencias duraron poco y, al entrar en territorio colombiano, la calma regresó. Ya clareaba. Bajo nosotros se insinuaban el verde espeso de la selva y las crestas de las montañas. Me sorprendía que la mujer siguiera dormida, inmóvil, ajena a todo.

Como la fila de atrás estaba vacía —de hecho, en primera clase solo viajábamos nosotras y una pareja—, me cambié a un asiento junto a la ventana para ver el amanecer. Fue entonces cuando la vi: una montaña perfectamente cónica, blanca, imponente. No supe si era el Nevado del Tolima o el Santa Isabel. Estaba a mi izquierda, resplandeciente bajo los primeros rayos de sol.

Mientras la contemplaba, absorta, algo llamó mi atención. Una de las pocas nubes parecía desplazarse sobre el nevado. Era tubular y de un tono marrón. Al principio no me resultó extraña, pero enseguida advertí que avanzaba con una velocidad inusual, dejando atrás a otras nubes altas, perfectamente horizontal. Entonces lo supe: aquello no era una nube.

Me quedé mirándola, hipnotizada, con un nudo en la garganta. ¿Qué era eso? ¿Qué demonios era eso? Era enorme. Un puro gigantesco, oscuro, sucio. Tenía la misma forma de un objeto que mi padre había avistado en 1978. Sentí, al mismo tiempo, miedo y una extraña felicidad. Las manos me temblaban. No podía apartar la vista. Pensé en grabarlo, pero el móvil estaba en el bolso, en el compartimento delantero.

Cuando reaccioné, ya había desaparecido.

Regresé a mi asiento, saqué el teléfono y anoté en el bloc de notas todo lo que recordaba. Incluso hice un boceto apresurado. Pocos minutos después aterrizamos.

En la fila de inmigración volví a encontrarme con el profesor. Le conté lo sucedido, por si él también había visto algo. Su respuesta, entre risas, me dejó sin palabras: «Eso era un bollo de mierda del nevado».

En ese momento avancé hacia el control de pasaportes y no volví a dirigirle la palabra.

Es la primera vez que cuento esta experiencia. Hasta ahora, solo tres personas de mi familia la conocían.

Le pedí a la IA que hiciera una ilustración del objeto que vi esa madrugada de octubre, con base en la descripción aportada.  Copilot  hizo ésta que os presento a continuación. No es exactamente lo que observé pero sí una aproximación bastante acertada. Me parece necesario destacar que el objeto en todo momento mantuvo una configuración "sólida", es decir,  no mostró ningún tipo de disolución. Mientras que en esta ilustración su cola parece difuminarse.  





miércoles, noviembre 02, 2016

EL PLEBISCITO: IRAS Y PAZ


Por: Ananías Osorio V.

Docente

Los resultados del plebiscito mostraron que pudo más el cerebro emocional que el racional. El emocional operó en el NO al acumular todo tipo de iras: iras de orden económico, político, militar, social y religioso. Operó en el SI al acumular todo tipo de triunfalismos: Colombia, paraíso terrenal a partir del 3 de octubre. La mezquindad de lado y lado frente a la Paz fue latente. En ese mar de iras,  triunfalismos y mezquindades, el cerebro racional quedó atrapado en los anhelos de paz de millones de ciudadanos  generosos y en  las entrelineas de las 297 páginas del acuerdo.  La emocionalidad no dejó actuar a la inteligencia, hasta el punto que ambos bandos no previeron un plan B, bandos que de paso solo representan  menos de una tercera parte del potencial electoral.
¿Y el resto de la población? ¡Pues una parte, atrapada  en la  angustia asistencial no la dejó pensar ni actuar en ningún sentido, y la otra, le importó un bledo!
Una vez más queda demostrada la necesidad de una educación centrada en la formación de ciudadanía y con altos procesos cognitivos para dejar de ser un país de cafres.

jueves, junio 23, 2016

Los últimos estertores de la guerra

El pasado miércoles 22 de junio, mientras daba los últimos toques a mi look de proletaria ilustrada,   escuché la noticia más importante de los últimos 60 años: ese día era el último de la guerra en Colombia. Una guerra que ha bañado, literalmente, los campos y las ciudades de muerte.  Una confrontación demencial que ha acabado con la vida de cientos de miles de personas y  ha expulsado a millones de ellas de sus tierras, sus casas, sus  sueños.   

Una "guerra de baja intensidad" -como suelen llamarla algunos- que según el Centro de Memoria Histórica  desde 1958 hasta el 2012 mató a  258.000 personas. Y que ha ocasionado otra serie de situaciones de dolor tal como se puede percibir en las siguientes estadísticas del organismo antes mencionado:

-Entre 1970 y 2010 ocasionó el secuestro de 27.023
-Entre 1981 y 2012  produjo 16.340 casos de muertes selectivas y 23161 víctimas
-Entre 1988 y 2012 ocasionó 716 casos de acciones bélicas con 1344 víctimas, 5138 ataques a bienes civiles, 95 casos de atentados terroristas con 1566 víctimas
-Entre 1985 y 2012 produjo 1982 casos de masacres con un resultado de 11751 víctimas; en ese mismo lapso también se produjeron 25007 desapariciones forzadas, 1754 víctimas de violencia sexual y  4.744.046 víctimas de desplazamientos forzados
-Entre 1988 y 2012, las minas antipersona dejaron un saldo de 2119 muertos y 8070 lesionados y en ese mismo lapso 5156 personas fueron víctimas de reclutamiento ilícito.

Una guerra que mató a mis amigos Rafael, Liliana, Alberto... Que desapareció a  Tarcisio, aquel muchacho de ojos garzos; que llevó  a uno de mis tíos y a muchos de mis compañeros de universidad, manigua arriba; que expulsó a mi padre del campo caqueteño dejando tras sí el río, el maíz y los sueños...

Una guerra que esculpió los días de mis hermanos y míos con el recuerdo de aquella toma guerrillera de Belén de los Andaquíes con sus muertos arrumados en el parque infantil del pueblo con sus piernas y sus risas destrozadas y el olor a pólvora en el ambiente y el miedo en las tripas...

Una guerra que nos escupió a muchas personas fuera de las fronteras para reunirnos en Barcelona, en Madrid, en París, en New York...

Una guerra infame que nunca debió empezar y que hoy puede hilar su derrota pese al empeño e indiferencia de muchos; a la insensibilidad  de una mayoría que ha naturalizado el conflicto; a las armas que han anidado también en las palabras y el corazón...


sábado, julio 25, 2015

PAÍS DE CAFRES Y MISÓGINOS

Estoy harta, enfadada e indignada.  Y lo estoy desde que vivo en este país, en esta ciudad, uno de los peores lugares para las mujeres. Me da igual que algunas personas que conozco opinen lo contrario: Colombia y Bogotá son contextos agresivos, nefastos, atroces para nosotras. Son espacios que  nos escupen su odio para mantenernos presas del miedo a través de las estrategias perversas de esa cultura patriarcal tan arraigada en esta sociedad.
He ahí el despliegue de una violencia inusitada y brutal contra nosotras. Violencia sistemática cuyo propósito es destruir, marcar, someter, desaparecer, castigar. Tatúan nuestros rostros, vulneran nuestros cuerpos, matan nuestros sueños, nos convierten en botín de guerra y con ello en todo lo indeseado, en la maleza a cortar. En nosotras los malditos descargan todo su rencor.  Es como si quisieran borrarnos del mundo de un manotazo con toda la saña y la sevicia posible.
O si no, cómo se explican estas aterradoras cifras -según Sisma Mujer: en el 2012, 47.620 mujeres fueron agredidas por su pareja o expareja; cada media hora una mujer fue víctima de violencia sexual en el país y cada mes 1.508. En el mismo año 138 fueron asesinadas por su pareja o expareja y en ámbitos asociados a la violencia política, la violencia sexual contra las mujeres  aumentó en  un 81,69 % comparado con el año 2011, de tal suerte que al uno de noviembre del 2013, las mujeres representan el 84,9% de las víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado colombiano.
En ese mismo orden, las mujeres representan el 51% de las víctimas del desplazamiento forzado, lo que significa que 2.632.427 mujeres colombianas han sido víctimas de este flagelo; el 51,4 % de las víctimas de amenaza en el país; el 43,8 % de las víctimas de tortura; el 46,8 % de las víctimas de la desaparición forzada  y el 46,7 % de las víctimas de homicidio en el país (Sisma Mujer).
Y siguiendo con este hermoso panorama, en el Boletín Epidemiológico (¿?) Información de Violencia contra la Mujer, de Medicina Legal, se presentan las  cifras correspondientes a los meses de enero y febrero de 2015, entre las cuales se encuentra: 126 homicidios,  735 casos de violencia contra niñas y mujeres adolescentes en el marco de la violencia intrafamiliar;  6269 casos  de violencia de pareja y 2631 exámenes médico legales por presunto delito sexual en contra de mujeres de los cuales  540 casos ocurren en Bogotá. En esta ciudad cada treshoras una mujer es agredida sexualmente, según Medicina Legal. Sumado a lo anterior está el hecho de las agresiones sexuales que ocurren en el sistema de Transmilenio sin que hasta el momento se hayan adoptado medidas eficaces para brindar una seguridad mínima a todas las mujeres que utilizamos este servicio de transporte urbano. 
Así pues,  la situación en la que nos encontramos las mujeres en este país y en esta ciudad es más que preocupante: es aterradora. Nuestra vulnerabilidad alcanza niveles insospechados y todo ello con la anuencia de las instituciones del Estado que no toman medidas contundentes que nos protejan y nos  permitan vivir en igualdad y en libertad.  Y una se pregunta si ésta es otra estrategia para que permanezcamos en una condición de indefensión total que permita la prolongación  del statu quo, que nos condena hasta el fin de los tiempos a la subordinación, al miedo y al silencio.

¿Cómo no estar -entonces- harta, indignada y enfadada con una sociedad  indiferente, sorda y perversa, que nos castiga por el hecho de ser mujeres? A veces siento vergüenza de haber nacido en un país como éste. País de cafres* y misóginos.
*Para usar una expresión de Darío Echandía de hace más de 50 años. ¡Cuánta razón tenía entonces aunque creo que se quedó corto...! 

sábado, marzo 29, 2014

"Cinc Plans" - Cinco Planos- en el VIII Encuentro Hispanoamericano de Cine y Vídeo Independiente

En el marco del  VIII Encuentro Hispanoamericano de Cine y Vídeo Independiente: Contra el silencio todas las voces, se presentará el próximo 3 de abril en la ciudad de México DF, mi cortometraje "Cinc Plans". Esta película habla sobre las consecuencias del conflicto armado colombiano en las mujeres no a través de la entrevista, ni la presentación de imágenes ensangrentadas,  sino a través de la metáfora del sonido y la expresión que conforman una solo cuerpo semántico. 
Estoy muy feliz que en otros territorios se reconozca mi modesto trabajo producto del esfuerzo personal y de la colaboración de mi familia, cosa que aún no ha sucedido en mi país de origen. Bueno, pero así son las cosas.  
Seguiré con esta pasión por contar historias desde el lenguaje audiovisual y seguramente para ello volveré a Barcelona, lugar que no solo amo sino que también me ha abierto las puertas de la poesía, del arte y la creación.  Y  vendrán otras realizaciones de la mano de mi amigo Javier Requena con el cual ya tenemos algunos planes.  
Os dejo la programación, por si alguien de ciudad de México desea asistir a la proyección de mi cortometraje

  


sábado, marzo 24, 2012


El Quimbo ¿”Fuerzas oscuras” o simple criminalización de la protesta? *ImprimirE-mail
POLITICA Y GOBIERNO
Domingo, 11 de Marzo de 2012 22:14
Crónica de un desastre anunciado: informe detallado sobre los antecedentes del conflicto que se agudizó durante las últimas semanas. El gobierno llevaba años de dar bandazos y los huilenses llevaban años de hacer diligencias, hasta que el primero decidió usar la violencia.

Por William Fernando Torres**


Semanas calientes El desvío del río Magdalena, el pasado 3 de marzo, para seguir construyendo la hidroeléctrica de El Quimbo, llevó al punto de no retorno a la confrontación entre las comunidades afectadas y la transnacional Emgesa-Enel.
Por su parte, el gobierno nacional, que tiene el deber constitucional de ejercer como mediador y árbitro en estos enfrentamientos, ha atizado el fuego por intermedio de sus altos funcionarios:
  • El 27 de febrero en Popayán, el presidente Santos sostuvo que el proyecto iba a generar “energía limpia, energía necesaria” y respaldó el desalojo policial de quienes pedían la suspensión de las obras.
  • Cinco días después, el 3 de marzo, insistió en que el gobierno nacional no permitiría que algunas personas “con intenciones políticas” bloquearan la construcción de la hidroeléctrica.
  • Según el alcalde de Paicol, el ministro del Interior autorizó el desalojo de las comunidades que protestaban contra el avance del proyecto a finales de febrero [1].
  • El ministro de Minas señaló que el documental “El video que el gobierno colombiano no quiere que veamos” era un montaje.
  • El del Medio Ambiente acusó al profesor de la Universidad Surcolombiana, Miller Dussán, de orientar las protestas y recordó que era hermano del exsenador del Polo Democrático, Jaime Dussán. Además indicó que estudiantes de esta institución se presentaban como representantes de los campesinos, aunque no tenían “que ver con el proyecto”, y que por tanto allí había intereses “que no eran del todo claros” [2].
  • Sólo falta ahora que se los acuse de estar movilizados por las FARC, como lo viene haciendo el ejército desde 1980 –durante su bombardeo a El Pato– cuando los campesinos protestan en la zona.
También los organismos de control tomaron cartas en el asunto:
  • La Fiscalía anunció, el mismo 3 de marzo, que investigaría si se habían presentado amenazas, desplazamientos y daños al medio ambiente.
  • La Contraloría General decidió indagar al Ministerio del Medio Ambiente por la posible violación de normas y por las presuntas irregularidades que se habrían presentado en la adjudicación del proyecto.
  • Al día siguiente, la Procuraduría General nombró una comisión para estudiar el problema.
  • Y un día después, el Alcalde de Bogotá informó que la ciudad tenía el 51 por ciento de las acciones del proyecto hidroeléctrico y envió funcionarios a inspeccionar las obras de El Quimbo con “el ánimo de atender las demandas hechas por la población de esta zona del país”.
Oscuros antecedentes
William_Fernando_Torres_Santos_limpiaEl presidente Santos sostuvo que el proyecto iba a generar “energía limpia, energía necesaria”.
¿Qué bicho habrá picado a los huilenses — a quienes el prejuicio borbónico–centralista suele considerar como lentos y despreocupados — para agitarse ahora defendiendo intereses particulares y oscuros, impedir el desarrollo de su propia región y afectar el interés general? ¿Por qué tanta atención de los poderes centrales sobre un asunto que parecía un problema propio de un departamento periférico?
Por su parte, los pobladores de la zona a inundar, otros habitantes del departamento, ambientalistas, columnistas y universitarios tienen su propia versión sobre el asunto.
Entre los datos gruesos que la memoria local guarda sobre la confrontación, figura en primer lugar el hecho significativo de que en 1997 el Ministerio del Medio Ambiente se negó a entregar el proyecto hidroeléctrico en una subasta — en la que pujaron tres empresas — porque reduciría la producción agrícola y pesquera que la zona de El Quimbo aportaba al Huila.
No obstante, el gobierno Uribe desconoció el concepto anterior: subastó de nuevo el proyecto a un solo proponente — Emgesa — y a la vez declaró los terrenos de utilidad pública, saltándose el ya célebre requisito de la consulta previa a los directamente afectados, lo que exigía un año de trámite y que tan solo se efectuó durante el segundo semestre de 2008.
Por su parte, la empresa ganadora pagó los estudios de impacto ambiental, pero –al parecer– no tramitó la licencia requerida en la Corporación Autónoma del Alto Magdalena (CAM), y más bien se dedicó a seducir a habitantes y políticos con dádivas y ofertas.
Mientras tanto, en el Huila creció el debate y la tensión sobre el tema. Este se polarizó entre quienes se convirtieron de la noche a la mañana en abanderados “del progreso y el desarrollo” y quienes llamaron la atención sobre las pérdida de la soberanía sobre los recursos hídricos del país y las consecuencias negativas que podría traer la hidroeléctrica en el mediano y largo plazo.
William_Fernando_Torres_AsoquimboEl  ministro de Minas señaló que el documental “El video que el gobierno colombiano no quiere que veamos” era un montaje.
La discusión puso en evidencia los desastres en lo productivo, laboral, ambiental y social que había producido otro proyecto fracasado: la Represa de Betania, inaugurada en 1987. Expertos en temas ambientales —como la Fundación El Curíbano— denunciaban que los estudios presentados no tenían en cuenta la depredación de la fauna y de la flora. En cambio, otras firmas consultoras especializadas en medio ambiente respaldaron el proyecto, desconociendo olímpicamente los estudios de 1997.
Por su lado, Uribe vino a Neiva a zanjar el debate muy a su manera: simplemente sentenció que “El Quimbo va, porque va”. Y en tono paternal, recomendó a su auditorio aprender a negociar.
El Ministerio del Medio Ambiente estableció las condiciones que Emgesa debía cumplir para obtener la licencia, pero como esta las consideró abusivas, demandó ante el Tribunal de Cundinamarca. También amenazó con retirarse del negocio, porque no se estaba cumpliendo las promesas de la tan publicitada política de confianza inversionista. En fin, el Minambiente y la empresa acabaron por pactar una conciliación extrajudicial, que no admitió el Tribunal, por cuanto no habían consultado previamente a quienes podrían afectar.
Uribe entonces firmó el decreto 2820 de 2010, el broche de oro, exactamente dos días antes de terminar su mandato, que reglamentó el Título VIII de la Ley 99 de 1993 sobre licencias ambientales.
Entre otras normas, el gobierno despojó de un plumazo a las Corporaciones Autónomas Regionales y demás autoridades ambientales de la competencia para “otorgar permisos, concesiones o autorizaciones ambientales, cuando éstos formen parte de un proyecto cuya licencia ambiental sea de competencia privativa del Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial”. Este parágrafo del artículo 3 dejó el camino abierto a Emgesa.
Una olla a presión
William_Fernando_Torres_PetroEl Alcalde de Bogotá informó que la ciudad tenía el 51 por ciento de las acciones del proyecto hidroeléctrico y envió funcionarios a inspeccionar las obras.
Ante la gravedad de la situación, las comunidades integradas en la Asociación de Afectados por la Hidroeléctrica El Quimbo (Asoquimbo) reaccionaron de inmediato. Denunciaron que los terrenos en donde se construye la represa presentan fallas geológicas y pueden causar una catástrofe de grandes dimensiones; añadieron que los trabajos en desarrollo habían destruido patrimonio arqueológico y que además habían descargado los desechos sobre el río. Pero, sobre todo, argumentaron que la compra de tierras que estaba adelantando Emgesa rompía las cadenas productivas y ocasionaba el desplazamiento de los pobladores.
En respuesta a estas demandas, durante el segundo semestre de 2011, el Minambiente, la Corporación Autónoma del Magdalena (CAM) y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) suspendieron la obra de manera preventiva.
Por su parte, el Ministerio expidió la Resolución 1096 del 14 de junio de 2011, para evitar el desalojo de los habitantes y la destrucción de las cadenas productivas, garantizando “medidas compensatorias”. Sin embargo, días más tarde, consideró legal que Emgesa comprara fincas para reasentar allí a habitantes de la zona a inundar, aunque no valoró el impacto sobre las cadenas productivas ni las medidas compensatorias. Pero este apoyo no vino solo: entre septiembre de 2011 y enero de 2012, los ministros de Minas declararon de utilidad pública 34.204 hectáreas adicionales a las 8.500 otorgadas en 2008, con lo que –según Miller Dussán– depreciaron las tierras porque de los entre 28 a 60 millones que valían, las redujo a entre 2 y 20 millones.
Estas decisiones agotaron la paciencia de las comunidades. Pues, en 2008 y sin esperarlo, recibieron la noticia de que ya no podían habitar y trabajar en las tierras que vivían; luego, Emgesa no les aclaró bien si merecían restitución o compensación; más tarde, fueron al parlamento a debatir su problema, y después volvieron para aclarar la cuestión de la licencia ambiental.
Como las respuestas fueron gaseosas, se echaron a la calle, y en ella han venido recibiendo numerosas solidaridades –nacionales e internacionales– de quienes están convencidos que el proyecto de El Quimbo no es un asunto particular sino de todos, pues está en juego el medioambiente, la calidad de vida y la sobrevivencia del planeta, en especial, 20 años después de la Cumbre de Río. Los columnistas abanderados del “progreso y desarrollo” a cualquier precio y guardan silencio; entretanto, las voces que lo rechazan se han vuelto mayoritarias.
Ahora se sumaron a la protesta los habitantes inconformes del occidente y el centro oriente huilense. Los primeros, por la demora en restaurar el puente del Paso del Colegio –cuya estructura, según ellos, la ha debilitado Emgesa–, y que alarga sus viajes en dos horas por carreteras destapadas. Los segundos, por las exploraciones de la petrolera Emerald Energy en el Páramo de Miraflores, un ecosistema estratégico del Huila. Con ellos, Asoquimbo convocó un Paro Regional desde el 3 de enero de 2012.
Esta movilización sentó en la mesa a representantes del gobierno nacionales y regionales, a los organismos de control, a los alcaldes y a la propia Emgesa. Pero no encontraron salidas viables porque los funcionarios de Medio Ambiente y la gobernadora del Huila consideraron que las comunidades no habían cumplido con no bloquear las vías; por tanto, pusieron como condición para asistir y negociar que la protesta se retirara de las cercanías a las obras ellos y ella “debían actuar como gobierno, y el gobierno era uno solo”. Los de Asoquimbo sostienen, por su parte, que han estado realizando protestas pacíficas y han sido agredidos por fuerzas oficiales.
Campo de batalla, figurado y literal
En suma, esta crónica recuerda la larga tradición de entrega de recursos naturales a las transnacionales desde 1905 con la Concesión De Mares y la Concesión Barco, hasta la feria de títulos mineros del gobierno anterior.
No solo se ha dejado de ejercer la soberanía nacional y el gobierno ha fallado en su papel de mediador y árbitro en las diferencias entre ciudadanos, sino que se han demorado las decisiones o ignorado las peticiones de los habitantes, pero sí se ha aceptado introducir reformas legales para favorecer a firmas transnacionales.
En cierta forma se ha vuelto a las estrategias en desuso de la Guerra Fría: estigmatizar a quienes protestan o exigen respeto por sus derechos vigentes, señalándolos con epítetos o con alusiones malintencionadas, que violan los derechos de expresión, de asociación y a la intimidad, pero sobre todo que criminalizan la protesta. (Ver artículo de Jorge Andrés Hernández, en esta misma edición de Razón Pública, donde analiza el caso de El Quimbo desde la perspectiva de la filosofía política liberal).
Los partidarios del proyecto han querido mostrarse como defensores del interés general frente al particular, cuando en este caso no es muy claro si la energía que pueda producir El Quimbo va a “garantizar la seguridad energética que el país requiere a futuro” –como sostiene Emgesa–, cuando antes ha anunciado que buena parte de ella se va a vender al extranjero.
Así las cosas, puede ocurrir que campesinos, trabajadores y pequeños propietarios de la zona de El Quimbo repitan la misma tragedia de los desplazados por la Represa de Betania: que se rompan los tejidos de afecto que han construido a lo largo de sus vidas y terminen trabajando en unos nuevos oficios que no dan sentido a sus vidas.
William_Fernando_Torres_BetaniaUn proyecto que fracasó: la Represa de Betania, inaugurada en 1987. Progreso a costa de la depredación de la fauna y de la flora.
El movimiento social de El Quimbo ha venido madurando desde septiembre de 2008. Tiene en sus memorias las luchas campesinas que dieron en los setentas –integrados en la ANUC– para acceder a la tierra, las de los noventas por la condonación de las deudas agrarias debidas a la crisis del café –y en la que ganaron una ley nacional–, y las que realizaron para que les pagaran los cultivos de uso ilícito que habían sustituido. Es decir, demostraron que tenían capacidad de iniciativa política propia y unos intereses nada oscuros. Ahora se han integrado en Asoquimbo y trabajan en sus ejes organizativo, político, comunicativo y jurídico.
A muchos de ellos no se les escapa que este megaproyecto no sólo continúa la venta de los recursos naturales a los apetitos del capitalismo salvaje, sino que puede ser otra estrategia del gobierno para militarizar zonas próximas a donde la confrontación es más aguda.
De allí que el sorpresivo respaldo que les anuncia la FARC –con un inusual discurso lírico ambientalista y que ellos no han pedido–, les deje a algunos la impresión de que gobierno y guerrilla están a punto de convertir al Huila en campo de batalla.
¿Será que los organismos de control tienen el poder necesario para resolver este pleito a favor de los intereses generales sobre el medio ambiente y de los habitantes más vulnerables? O ¿se librará aquí otra guerra por el agua, como la de 2000 en Cochabamba, que ha sido ejemplo para los movimientos antiglobalizadores?


* Universidad Surcolombiana.
**Artículo tomado de http://www.razonpublica.com/index.php/politica-y-gobierno-temas-27/2792-el-quimbo-ifuerzas-oscuras-o-simple-criminalizacion-de-la-protesta.html

lunes, noviembre 07, 2011


CUANDO LA MUERTE ES UNA IMAGEN*

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Abro los diarios digitales colombianos y me encuentro de lleno con una imagen contundente: la de un cadáver con los ojos abiertos, la boca girada hacia el lado izquierdo en una mueca de risa siniestra y el rostro hierático totalmente afeitado. Y a un costado de esta fotografía aparece otra: la de un hombre con gafas  y espesa barba tan negra como su pelo, vestido al estilo militar que en ese justo momento parece hablar con alguien. El fondo de la imagen está diluido pero hay tonos verdes, muchos tonos verdes. Sin duda fue hecha en la selva.
Hace pocos días me sorprendí con una imagen similar. El rostro hinchado y ensangrentado de un cadáver expuesto sin tapujos en las primeras planas de los principales diarios de España y el mundo.  La confirmación exacta de la batalla contra el mal.  El registro fehaciente del triunfo de la bondad universal.
Y entre esas imágenes hay otras que se agolpan en mi cabeza sin conmiseración. De crímenes, atentados, accidentes… Y todas tienen algo en común: se despliegan con descaro para que sean devoradas brutalmente por los ojos de quienes las contemplan.  Y los mirantes, todas y todas, participamos en un acto de necrofagia, alentados por el peso de la morbosidad, el señalamiento, el horror, la condena… Asistimos indemnes al banquete de la muerte ajena. Y podemos condolernos, asustarnos y a veces imaginar la magnitud del desastre, la anchura del terror.  Todo esto sin dejar de comer, de reír e incluso de creer en Dios. 
Pero hay imágenes de imágenes. Las dos que he mencionado anteriormente  tienen un rango superior porque corresponden a seres que en vida pertenecieron al mundo de los “malos”, de los completamente “malos”.  Hombres siniestros sin ningún atisbo de humanidad.  Tiranos, sanguinarios, guerrilleros, seguidores del gran putas.  La crueldad hecha hombre. No importa si alguna vez estuvieron vinculados  así fuese someramente al mundo de los “buenos”. Por alguna extraña razón estos especímenes fueron confinados en  el reino de la maldad por los siglos de los siglos.  
De ahí la importancia de mostrar hasta la saciedad sus rostros vencidos e impasibles que ya no pueden horadar el sistema de seguridad local, nacional y mundial. Cuerpos fracturados expuestos sin miramientos como constancia del triunfo absoluto de la razón, la justicia, el bien.  Cuerpos ateridos de seres malvados merecedores de todos los castigos habidos y por haber pues sus horrendos actos sólo se pueden juzgar con la muerte. Pero no basta acabar con ellos: hay que exponerlos como trofeos y, sobre todo, como advertencia. En este mundo sólo hay cabida para los “buenos”.
Cuando la muerte es una imagen todos nos convertimos en sus cómplices. 
.
*Columna de esta semana publicada  en el diario El Líder

domingo, octubre 30, 2011

El Bien Común*


Hoy se llevan a cabo elecciones en Colombia  para escoger Gobernadores, Diputados, Alcaldes, Concejales y Ediles de las Juntas Administradoras Locales. Es un ejercicio concreto de la democracia participativa cuya base reposa en la posibilidad de que la gente, las personas de a pie, el pueblo  en general, elija a quienes los representará de la mejor manera, a quienes lucharán en todo caso por los intereses comunitarios y no  por los particulares.
Dicho de ese modo suena magnífico pues nos hace pensar en ese profundo convencimiento democrático en nuestro país. Faltaría más. Y también en una cierta tradición en donde supuestamente se está a la búsqueda del bienestar social.  Y no cabe duda de que los candidatos y candidatas, en sus respectivas campañas, se esfuerzan en  señalar los problemas a resolver esbozando medidas para ello.  Señalan y prometen. En principio todos se afanan por convertirse en adalides  y portavoces de los necesitados y en  los estandartes del progreso. ¿Qué más se puede pedir?
Pero algo falla en todo esto.    Y ese algo tiene que ver con la noción que nuestros políticos y políticas tienen del Bien Común -o su total desconocimiento-,  un concepto complejo sobre el cual se han llenado páginas y páginas desde hace mucho tiempo.  En economía su significado clásico apunta hacia la noción de riqueza o propiedad común; en el aspecto  social y filosófico al bienestar y bien común. En este último sentido connota entre otras cosas, planteamientos tan básicos como que  deriva de la naturaleza humana y es superior a cualquier individuo, que redunda en provecho de todos, esto es, su profunda orientación hacia los derechos de las personas en general tanto en las exigencias del cuerpo como las del espíritu.   El Bien Común obliga al Estado pues la razón de ser de cuantos gobiernan radica por completo en éste y por ello deben actuar en consecuencia, esto es, respetando su naturaleza.
Todo esto suena muy bonito, especialmente cuando vamos a la realidad y leemos  noticias  sobre el “trabajo efectivo” de nuestros gobernantes, muchos de ellos investigados/as  por corrupción  pura y dura con todos sus matices. ¡Justo al antinomia del bien común! Ellos y ellas laboran arduamente no por el bienestar de la sociedad que los eligió sino por la de sus propios bolsillos. ¡Una vergüenza!
Nuestros gobernantes no tienen la menor idea de lo que significa trabajar  por el bienestar de la gente y comprometerse íntegramente en lograr mejoras en la calidad de vida de la comunidad. Tampoco tienen sentido de la transparencia, la responsabilidad, el respeto, la ética.  Nuestros gobernantes ignoran el sentido último del Bien Común.
Ojalá que hoy la gente sepa escoger a sus representantes para no repetir aquello de que tenemos los gobernantes que nos merecemos…
*Columna en El Líder

domingo, octubre 23, 2011

¿El epílogo de ETA?*

Por Martha Cecilia Cedeño Pérez
ETA (Euskadi Ta Askatasuna) expresión euskera que se podría traducir al castellano como País Vasco y Libertad, acaba de anunciar la dejación de las armas después de 53 años de violencia y más de 800 muertos. En el comunicado afirma entre otras cosas que “estamos ante una oportunidad histórica para dar una solución justa y democrática al secular conflicto político” y  reconoce que “frente a la violencia y la represión, el diálogo y el acuerdo deben caracterizar el nuevo ciclo”.
Dos enunciados  clarificadores en los que subyace la aceptación de la aridez de su lucha para alcanzar esos objetivos independentistas a punta de disparos y bombas.  Acepta sin miramientos el fracaso de sus métodos extremos articulados  para horadar el Statu Quo y las mismas entrañas de la sociedad vasca y española.  Acepta que después de 53 años de terrorismo sólo ha conseguido llenar la vida cotidiana de zozobra y miedo. Y de muchas víctimas. La mayoría inocentes y otras de su mismo círculo. Víctimas propias y ajenas.
Ese reconocimiento se torna explícito al anunciar el cese definitivo de la actividad armada, haciendo un llamado a los gobiernos de España y Francia para abrir espacios de diálogo. Con ello también ETA muestra su  compromiso “claro, firme y definitivo” en la construcción de un proceso de paz real y en la resolución de las consecuencias de ese largo y crudo conflicto.
Esta es la mejor noticia de los últimos tiempos para una sociedad hastiada del terrorismo,  de la zozobra, de la amenaza permanente. Una buena nueva esperada y anhelada durante muchos años pero hasta ahora bastante esquiva. ¿Cuándo podremos los colombianos y colombianas despertarnos con una noticia similar? ¿Cuándo tendremos la certeza de la construcción de caminos alternativos para  poner fin a esa violencia atroz que nos conmina a la muerte, al exilio, a la desesperanza? ¿Cuándo se enterarán los “señores” de la guerra que el terror, la represión, la amenaza, la tortura, el secuestro y todos esos mecanismos perversos del conflicto sólo producen asco y repulsión? Con su barbarie sólo se erige la muerte, todas las muertes.
La cuestión es bastante clara. La única manera para allanar el camino en búsqueda de una resolución al conflicto colombiano es el diálogo, la voluntad de sus distintos actores para sentarse a negociar con todas las cartas puestas sobre la mesa. No hay otra alternativa.  El desangre que la violencia ha ocasionado en el seno de la sociedad colombiana jamás podrá repararse pero sí es factible detenerlo para trazar un futuro sin miedos y sin muertes.
ETA acaba de anunciar el cese de su actividad armada. ¿Cuándo lo harán las bandas terroristas de nuestro país?
*Columna de El Líder de esta semana
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AQUÍ VA EL VÍDEO DEL COMUNICADO DE ETA



domingo, octubre 16, 2011

El verdadero rostro del TLC *


Martha Cecilia Cedeño Pérez

El verdadero  rostro del TLC
El Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Colombia y Estados Unidos, aprobado por el Congreso de este último hace unos días, es uno de los pactos más vergonzosos de la ya triste historia de expoliación y saqueo que ha padecido Colombia desde tiempos inmemoriales.
En teoría, un tratado de libre comercio es un acuerdo mediante el cual dos o más países pactan las reglas o normas para realizar un intercambio de productos, servicios e inversiones, sin restricciones y bajo condiciones de transparencia y equidad, cosas que por supuesto no tienen nada que ver con lo que subyace a este tratado que vulnera la soberanía nacional, el derecho fundamental que tiene todo pueblo a dirigir sus propios destinos y a gestionar sus propios recursos pensando siempre en el bienestar de su población. Este tratado que acaba de sellar el gobierno colombiano y cuyo proceso de negociación fue sólo una falacia –el gobierno aceptó todas las exigencias estadounidenses sin rechistar-, está hecho a la medida de los intereses norteamericanos y de las grandes multinacionales que succionan la riqueza y la sangre –metafórica y literalmente hablando-, de Colombia.
Dentro de las implicaciones reales de dicho tratado se pueden mencionar, entre otras, la exposición de la producción nacional a la competencia desleal con los monopolios estadounidenses;  la sujeción del país a los vaivenes del mercado y sin control sobre sus propios movimientos internos; el aumento de las importaciones y disminución de las ya menguadas exportaciones, pues los EU no eliminarán la protección de su economía ni sus subsidios a la producción agrícola, con las funestas consecuencias para este importante sector de la economía colombiana.
Y otras implicaciones colaterales son la intensificación de la política de guerra total con la que, desde el mandato de Uribe, se ha querido solucionar el conflicto colombiano y todo lo que ello implica; la apropiación directa o indirecta, por parte de las empresas estadounidenses, de los recursos biológicos, genéticos o de los conocimientos tradicionales de los que son propietarios el Estado colombiano y los grupos étnicos de la nación colombiana.
Con el TLC el gobierno de EU tiene el camino expedito para imponer, controlar, arrasar (como ya lo ha demostrado la calamitosa experiencia mexicana),  y para agudizar las condiciones de inequidad en la distribución de la riqueza y acabar con cualquier esperanza de redención de la compleja realidad colombiana.
En últimas, el ganador de este pacto perverso es Estados Unidos que podrá exportar sus excedentes, controlar la economía colombiana, explotar la mano de obra barata de la población y apoderarse de sus recursos naturales, incluyendo la biodiversidad, el agua y los conocimientos ancestrales.
¡Viva el TLC!
*Mi columna en El Líder de esta semana.

domingo, octubre 02, 2011

Lo que el Quimbo se llevará*


Hace poco tiempo aprecié en Facebook un vídeo que el periodista Melquisedec Torres compartió en red. Se trataba de un testimonio duro y conmovedor sobre las implicaciones silenciosas del  embalse de El Quimbo, un proyecto hecho a la medida de la voracidad de los empresarios y  los políticos. Un  contubernio perverso en países como el nuestro en donde lo que menos importa es el bien común.

En dicho reportaje las personas más afectadas por dicho esperpento (pescadores, pequeños campesinos, gente sin recursos) hablaban con profundo dolor  sobre lo que significa abandonar a la fuerza su mundo conocido, el lugar de la experiencia cotidiana, el espacio en donde han trazado su recorrido vital con  sus sumas y sus restas.
Ellos y ellas cuyas voces son opacadas por los destellos de un proyecto que aumentará las arcas sobre todo de la transnacional Emgesa, la punta del iceberg de la segunda colonización española, son las verdaderas víctimas de este tinglado. Unas víctimas sin poder, sin recursos, sin presencia en ningún sentido de la palabra.  ¡Qué importa arrancarlas de su lugar!  ¡Qué importa anegar sus tierras para borrar también los perfiles de su pasado, su presente y su futuro!  ¡Qué importan sus voces de descontento y la de todas aquellas personas que resisten y luchan cada día para que ese proyecto no se lleve a cabo!
Y más allá ¡Qué importa inundar una de las mejores tierras del Huila si en el destello de sus futuras aguas plateará San Dinero para unos cuantos escogidos, los mismos de siempre!  ¡Qué importa la transformación del paisaje, el exterminio de la fauna y de la flora, el arrasamiento sin contemplaciones de una tierra hermosa y próspera!
Nada de esto importa  ni tiene sentido para quienes desde las alturas del poder establecen los derroteros generales del bienestar no del común como se supone en la democracia, sino del particular, es decir, el de sus bolsillos.  Ni el ecocidio, ni la violencia empleada para sacar a la gente de su parcela y su modo de vida, ni el clamor de miles de ciudadanos y ciudadanas opuestas a la realización de este arrasamiento humano y paisajístico.
La urdimbre de intereses políticos y económicos parece imperar una vez más sobre aquellos de las personas y los grupos humanos.  En nuestro país bajo la excusa del desarrollo se han cometido y se cometen las atrocidades más delirantes.  Y gran parte de la violencia que vivimos desde hace muchísimo tiempo deviene de esa particular manera de trabajar por “el bien común”.
Ojalá que las voces y las movilizaciones de la gente del Huila y otros lugares, sea escuchada. Ojalá que la presión social provoque la   paralización de las obras y la anulación de un proyecto sin respeto  por la vida ni el territorio.
Me sumo a la proclama de la plataforma contra este proyecto: ¡El Quimbo ni se expropia, ni se inunda, ni se vende!
*Mi columna de esta semana en El Líder 

domingo, septiembre 25, 2011

Violencia sexual contra las mujeres: un delito execrable*


La violencia sexual  contra las mujeres ha existido en todas las épocas históricas, aunque con diferente consideración. Hasta hace poco era percibida sólo como un agravio a la familia de la víctima en general y no como un crimen contra la mujer y por ello se quedaba en el ámbito de lo privado. En este tipo de agresión la mujer es considerada sólo como un objeto para satisfacer una serie de experiencias, fantasías y odios  del agresor. Es una actividad sexual desviada que busca el control y la opresión de la mujer y con ello la sensación, para el criminal, de estar en un nivel superior, de tener la fuerza con todas sus connotaciones.
La violencia sexual contra las mujeres, repugnante desde todos los puntos de vista,  se convierte en zonas de conflicto en un arma de guerra cotidiana. En un mecanismo para mantener satisfechas a las tropas regulares e irregulares que hacen parte del conflicto colombiano.  Así, por ejemplo, según Medicina legal, entre el año  2007 y el 2009 la Fuerza Pública colombiana fue responsable de 126 casos de violación, mientras la guerrilla, de 32; y los 'paras' y bandas, de 10. Cifra que seguramente no corresponde con la realidad porque muchas mujeres no se atreven a denunciar por miedo, por  ignorancia o porque en nuestro país este tipo de delito está tan “normalizado” que muchas féminas no se consideran agredidas. 
Sea como fuere,  la violencia sexual es una de las principales causas que encabezan el desplazamiento forzado de las mujeres en Colombia, concretamente dos de cada diez desplazadas se han visto obligadas a huir debido a este delito.
Según una encuesta de Oxfam y otras organizaciones no gubernamentales  realizada en 407 municipios, más de 94 mil mujeres fueron víctimas de abuso sexual entre el 2001 y el 2009. Y entre ellas más de 26 mil quedaron embarazadas. Embarazadas a las cuales también se les niega la opción del aborto porque en nuestro conservador y clerical  país aún no está legalizado no obstante la existencia de una práctica que muchas veces lleva a la muerte de las féminas. 
Y todo ello pese a la existencia de Leyes como  la 2257 de 2008 contra la violencia de género en la que se tipifican algunos delitos sexuales contra la mujer  y se reconoce la figura de ésta como víctima del conflicto armado. Pero ello no es suficiente. Es necesaria la adopción de medidas eficaces para enfrentar dicha situación creando canales efectivos de prevención, de denuncia, de acompañamiento y reparación y también, medidas contundentes contra los agresores. Cárcel sin contemplaciones para todos los criminales que vulneran a miles de niñas y mujeres colombianas, víctimas inocentes de una guerra endémica que parece no tener fin.

*Mi columna de hoy domingo en El Líder

miércoles, mayo 04, 2011

La tierra en Colombia: entre la sangre y la esperanza

Por: Martha Cecilia Cedeño Pérez*
Hace algunos días pasaron en la televisión española un informe sobre el problema de la tierra en Colombia. Allí presentaron el testimonio de varias mujeres y hombres víctimas del despojo por parte de los actores de la guerra. Personas humildes y trabajadoras que un día tuvieron que abandonar su parcela, su vida, sus ilusiones por obra y gracia de los grupos de salvajes que asolan nuestros campos y pueblos.
En ese mismo informe se mostraba cómo ya son más de cuatro millones las personas desplazadas y más de cinco millones de hectáreas las usurpadas a los campesinos y campesinas. Cifra que por otra parte difiere de la presentada en el último informe del Programa de Protección de Tierras y Patrimonio de la Población Desplazada (PPTD) publicado en enero de 2011 que habla de más de ocho millones de hectáreas sustraídas  impunemente a la población rural. 
Cuando vi dicho reportaje no pude de dejar de recordar a mi propia familia. A mi padre que a finales de la década de los años 70 tuvo que abandonar su finca de Belén de los Andaquíes por voluntad de un grupo de delincuentes. Así, ante las notas amenazantes, las intimidaciones, las reses muertas y, sobre todo, el miedo por la seguridad de su prole no tuvo otro remedio que vender por cuatro pesos su parcela y emigrar.  Dejar abandonada la tierra en la que  había puesto sus ilusiones, sus esfuerzos, su sudor y su aliento.  Abandonar por siempre ese fragmento de vida que jamás recuperó.
Y es que el problema de la tierra en Colombia viene de lejos. De hecho la mayoría de los  conflictos del siglo XX y XXI tienen su origen en la tenencia de la tierra que no sólo es clave en la productividad de la economía rural sino que históricamente ha sido una gran fuente de poder político y por ello mismo de conflicto social. 
La situación de guerra permanente que ha vivido el país en los últimos 50 años  ha dejado en un profundo estado de vulnerabilidad al campesinado, por no decir, en una crítica situación humanitaria. Pues éste ha sido casi siempre víctima inerme de una guerra atroz en la que entre otras cosas, la élite pretende defender su poder político y económico a costa los derechos fundamentales, económicos, sociales, culturales y ambientales de quienes trabajan y viven la tierra.
Y la solución a esos graves problemas pasa por una reforma agraria de amplio espectro que asegure una repartición justa de la tierra y brinde unas condiciones de vida dignas a toda la población rural.   El programa de  restitución de tierras a las víctimas del despojo es un primer paso en ese sentido; no obstante, si no se acompaña con políticas serias para modificar la estructura de la tenencia de la tierra en nuestro país,  no servirá de nada.
Fotos:
1. Paisaje desde el coche trayecto Pitalito - San Agustín
2 y 3. Heliconias y frutos de café en el Parque Arqueológico de San Agustín 
4. Finca típica de la zona sur del Huila, Parque Arqeológico de San Agustín
(Marthacé, septiembre de 2010) 
*Columna semanal periódico EL Líder, Caquetá, Colombia

martes, febrero 01, 2011

El color de los muertos

La muerte representa el final de un camino que una quisiera siempre natural, es decir, el colofón normal de una vida de luchas, sueños, esfuerzos, alegrías y todo aquello que configura nuestro trasegar por el mundo. En ese sentido la muerte no es ni más ni menos que la culminación de un proceso y el comienzo de otro que ignoramos por completo. Pero una cosa distinta son los muertos. Aquellos cuerpos ateridos y plácidos en su condición de no-ser. Efigies marchitas tan iguales en su condición de objetos sin ánima y sin embargo, algunas veces, tan distintos por las circunstancias de su existencia y la de quienes los lloran.

Colombia es un país en el que morir de viejo, de cansancio, de agobio, es decir, de muerte natural es casi un milagro. Los datos nos muestran las cifras de la sinrazón: miles de hombres, mujeres, niñas y niños víctimas de un conflicto atroz y endémico. Seres inocentes con las vidas rotas, acalladas, abatidas por la iniquidad de unos cuantos bárbaros que se atribuyen el poder de decidir sobre las vidas humanas a través del horror. En ese sentido todos nuestros muertos son iguales o deberían serlo. Y como tal las personas encargadas de velar por la seguridad y bienestar de los ciudadanos y ciudadanas tendrían que tratarlos. Pero no siempre es así a tenor de las noticias y las columnas publicadas en los periódicos del país que consulto por Internet en las que se refleja, en efecto, que aquí los muertos poseen un color más allá de la piel.
En nuestro país los muertos tienen un tono distinto a aquel propio de los difuntos. Se clasifican en categorías pero no en el sentido primigenio como el de nuestros aborígenes prehispánicos que los jerarquizaban en virtud de su papel dentro de la comunidad y su nivel de conocimientos, sino en virtud de la posición social y económica. Así, por ejemplo, un muchacho asesinado en un barrio marginal de Florencia o de Bogotá es un dato más en las cifras de la violencia y en todo caso una situación perdida (en los diarios se dirá que pertenecía a una pandilla urbana o a un grupo guerrillero). No se investigará a fondo el suceso y mucho menos se ofrecerá recompensa para atrapar a los criminales que lo perpetraron. Distinta sería la suerte de este cuerpo horadado (y de miles más) si en lugar de pertenecer a la periferia fuese miembro de la altas esferas de la sociedad. Entonces no se escatimarían esfuerzos para encontrar a los culpables para darles el castigo merecido. En nuestro país el color de los muertos va más allá de la palidez hierática: es una cuestión de poder.
Columna publicada el día 23 de enero en el diario El líder

miércoles, diciembre 22, 2010

¡Felices compras!*

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Antropóloga
Se aproximan las fiestas de fin de año y con ellas toda la parafernalia de un magno acontecimiento: el baile del consumo.  El jolgorio de la compra alentada por los mecanismos de la publicidad que invade casas, calles, pueblos, ciudades y aquellos rincones donde  llega cualquier medio de comunicación. Y también por las luces que adornan las esquinas y los establecimientos comerciales que nos llaman con su perverso artificio.  De esa manera las personas somos avasalladas sin contemplación por una serie de mensajes que nos recetan remedios contra la infelicidad, los embates de la vejez, la enfermedad, la crisis, el desamor,  la flaccidez, el cansancio, la monotonía… Cada día nos levantamos con unas supuestas necesidades que se deben cubrir  con urgencia. Vivimos en el reino la compra y no importa si vivimos en Neiva, en Barcelona o en Florencia.  No tenemos alternativa: consumir o morir, parece ser el lema de estos nefastos tiempos de globalización.
Se podría pensar que en época de crisis, de desempleo, de tragedias propiciadas por las condiciones precarias en las que vive gran parte de la  población colombiana, ese afán desaforado por adquirir objetos menguaría. Pero no es así. Basta con situarnos frente a la puerta de algún establecimiento comercial de nuestra ciudad para darnos cuenta de la cantidad inusitada de personas que salen con bolsas de compra.  Hombres, mujeres y niños con caras de satisfacción porque a partir de ahora serán más felices. Sus días serán espléndidos pues han adquirido aquellas cosas que tanto necesitaban.  No importa si se tiene o no posibilidades adquisitivas: siempre se puede prestar un poco de dinero, pagar con tarjeta de crédito, sacar de aquí o de allá. Y si, por desgracia, no es posible, las fiestas se convierten en la peor época del año, se pintan con la desdicha  de la miseria. 
Lejos quedan aquellos tiempos en los que a las fiestas de Navidad y Año Nuevo las rondaba ese espíritu de la alegría que instaba a compartir las cosas sencillas: un plato de Nochebuena, un caja de galletas con aquel vino tinto dulzón que hace mucho tiempo no pruebo, unos tamales, un trago de aguardiente que eleva los ánimos, el abrazo de la familia reunida, la música con su “arbolito lindo de navidad” y  el clásico “faltan cinco pa’las doce”. Eran otros tiempos en que se podía ser feliz sin llenar la bolsa de la compra. Entonces se pensaba que lo más importante era tener a las personas queridas a nuestro lado para disfrutar juntas de esos pequeños placeres  que hacen que la vida tenga sentido.  ¡Felices compras!  
*Artículo publicado en el periódico El Lider, Departamento del Caquetá, Colombia, el domingo 19 de diciembre.

viernes, noviembre 26, 2010

¡Mamá, quiero ser reina!

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Antropóloga

Es un lugar común decir que Colombia  es una  nación de reinados. Los hay de todos los motivos y colores y en distintas esferas, desde la nacional hasta la particular o local. Pero ¿qué concepciones subyacen en la proliferación de estos eventos, dejando de lado el clásico planteamiento de que es un mecanismo para evadir a la población de los intríngulis de nuestra compleja realidad cotidiana con la vieja premisa de que a la gente hay que ofrecerle, sobre todo, circo?  Y ¿Por qué no hay reinados de hombres? Quiero decir eventos en los que en lugar de mujeres que muestran sus atributos físicos sean varones los que lo hagan. Resulta cuanto menos interesante pensar en esa posibilidad. ¿Qué se valoraría en un reinado, en versión masculina, ya no de belleza sino de la ganadería, del turismo, del café,  de la panela, por ejemplo? ¿Bajo qué parámetros se medirían las virtudes masculinas. ¿Se destacaría la altura, el porte, la manera de caminar, la dureza de las abdominales, la sonrisa, la seguridad? ¿Se pediría a los candidatos que desfilaran en pequeñísimos trajes de baño para apreciar mejor sus “encantos”? O, acaso, ¿se establecerían otros baremos para medir  su competitividad en esos campos?
Sin duda lo que subyace en esta clase de eventos es un reflejo de esa cultura patriarcal tan arraigada en nuestro país. Cultura en la que cada día se refuerzan unos  roles de género asociados a uno y otro sexo con el fin de mantener la desigualdad estructural entre hombres y mujeres.  Los reinados son una prueba perversa de esa realidad: por un lado, reproducen de manera descarada unos parámetros que perpetúan la concepción de la mujer como un ser pasivo, expuesto a las miradas y por ello mismo a los juicios, cuya única función es la de ser un mero objeto decorativo que, como tal, debe tener  dos virtudes fundamentales: ser bella y, por tanto, deseable. Y por otro lado, a través de los medios de comunicación, se abona el terreno para que desde muy pequeñas a las niñas se les inocule el virus de los reinados o, más bien, el de la belleza física como el único camino para triunfar y ser el centro del mundo. La expresión “¡Mamá, quiero ser reina!” es una prueba contundente de lo lejos que aún estamos de la igualdad, de la paridad elemental entre mujeres y hombres en todos los campos de la vida social. Esa frase es un lastre que nos conmina aún más en la esfera de la dependencia y la subordinación.
* Columna publicada en el Periódico caqueteño El Líder el domingo 22 de noviembre de 2010. 
Ilustración: dibujo realizado por Luna del Mar cuando tenía 5 años.

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...