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miércoles, diciembre 22, 2010

¡Felices compras!*

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Antropóloga
Se aproximan las fiestas de fin de año y con ellas toda la parafernalia de un magno acontecimiento: el baile del consumo.  El jolgorio de la compra alentada por los mecanismos de la publicidad que invade casas, calles, pueblos, ciudades y aquellos rincones donde  llega cualquier medio de comunicación. Y también por las luces que adornan las esquinas y los establecimientos comerciales que nos llaman con su perverso artificio.  De esa manera las personas somos avasalladas sin contemplación por una serie de mensajes que nos recetan remedios contra la infelicidad, los embates de la vejez, la enfermedad, la crisis, el desamor,  la flaccidez, el cansancio, la monotonía… Cada día nos levantamos con unas supuestas necesidades que se deben cubrir  con urgencia. Vivimos en el reino la compra y no importa si vivimos en Neiva, en Barcelona o en Florencia.  No tenemos alternativa: consumir o morir, parece ser el lema de estos nefastos tiempos de globalización.
Se podría pensar que en época de crisis, de desempleo, de tragedias propiciadas por las condiciones precarias en las que vive gran parte de la  población colombiana, ese afán desaforado por adquirir objetos menguaría. Pero no es así. Basta con situarnos frente a la puerta de algún establecimiento comercial de nuestra ciudad para darnos cuenta de la cantidad inusitada de personas que salen con bolsas de compra.  Hombres, mujeres y niños con caras de satisfacción porque a partir de ahora serán más felices. Sus días serán espléndidos pues han adquirido aquellas cosas que tanto necesitaban.  No importa si se tiene o no posibilidades adquisitivas: siempre se puede prestar un poco de dinero, pagar con tarjeta de crédito, sacar de aquí o de allá. Y si, por desgracia, no es posible, las fiestas se convierten en la peor época del año, se pintan con la desdicha  de la miseria. 
Lejos quedan aquellos tiempos en los que a las fiestas de Navidad y Año Nuevo las rondaba ese espíritu de la alegría que instaba a compartir las cosas sencillas: un plato de Nochebuena, un caja de galletas con aquel vino tinto dulzón que hace mucho tiempo no pruebo, unos tamales, un trago de aguardiente que eleva los ánimos, el abrazo de la familia reunida, la música con su “arbolito lindo de navidad” y  el clásico “faltan cinco pa’las doce”. Eran otros tiempos en que se podía ser feliz sin llenar la bolsa de la compra. Entonces se pensaba que lo más importante era tener a las personas queridas a nuestro lado para disfrutar juntas de esos pequeños placeres  que hacen que la vida tenga sentido.  ¡Felices compras!  
*Artículo publicado en el periódico El Lider, Departamento del Caquetá, Colombia, el domingo 19 de diciembre.

domingo, diciembre 19, 2010

Europa, la gran devoradora*

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Antropóloga

En la mitología griega Europa era una fémina seducida y violada por Zeus quien, valiéndose de su poder para transformarse, se convirtió en un manso toro para lograr sus nefastos objetivos; sólo así pudo llevarla hasta la isla de Creta y engendrar con ella tres hijos. En la actualidad este nombre remite a un continente añejo y contradictorio que durante los últimos años se ha convertido en un gran devorador de recursos propios y ajenos. Pues no sólo está consumiendo el doble de lo que producen sus tierras y sus mares sino que con ello está haciendo que se pierda la biodiversidad con la consecuente degradación del suelo, el agua, los hábitats y el bienestar humano en general.  Así lo demuestra la Agencia Europea del Medioambiente (Aema) en su cuarto informe global sobre la salud ecológica de este continente.
Dicho documento menciona, entre otras cosas, que hay un incremento en la demanda de recursos naturales para alimentar, vestir, alojar y transportar a la población y cómo ello produce una presión descomunal sobre los ecosistemas. Lo anterior se traduce  también en un hecho bárbaro: cada europeo consume un promedio 16 toneladas de materiales y genera 6.000 kilos de basura al año.  Y como para suplir esta voracidad ya no cuenta con recursos propios mira, sin vergüenza,  hacia los ajenos.  Así Europa se ha convertido en un gran importador de productos como cereales, forraje,  maderas, etc., contribuyendo con ello a los graves procesos de desforestación y empobrecimiento de países tropicales como el nuestro. Asimismo importa más de la mitad del pescado que consume, ejerciendo una presión enorme sobre este recurso allende sus fronteras.
Esta voracidad consumista se agrava con el uso de plaguicidas y sustancias químicas que alteran la función endocrina de las personas y de materiales pesados utilizados en plásticos, tejidos, cosméticos, colorantes, envases de alimentos, aparatos electrónicas, etc. que se asocian a malformaciones, problemas de desarrollo neuronal, obesidad, cáncer, entre otras patologías.
La lectura del informe de Aema produce escalofríos pues demuestra la insostenibilidad de un modelo de desarrollo basado en la sobrexplotación de los recursos naturales para dar abasto a un consumo desaforado.  Y a la par con ello, muestra también la falta de de compromiso de quienes gestionan los estados europeos para incrementar políticas serias que promuevan formas de desarrollo más sostenibles y respetuosas con el medio ambiente. En últimas se trata  de acabar con ese Estado de Bienestar perverso y devorador y  crear una nueva conciencia en donde se retome aquella máxima de “menos es más”, en el que todas las personas puedan disfrutar de una calidad de vida en armonía con las posibilidades del entorno.
Por ahora esta Europa es  seducida sin miramientos por el dios del Consumo. ¡Jamás será reina de Creta!
*Columna publicada el domingo 12 de diciembre en el periódico El Líder (su página Web aún sigue en mantenimiento...)
Imagen tomada del blog Encuentos 

jueves, diciembre 09, 2010

Las políticas del cuerpo

A partir de la segunda mitad del siglo XX se acelera la cultura del consumo en las sociedades industrializadas. Desde entonces aparecen tendencias que contribuyen al aumento de la percepción del cuerpo como un eje central de desarrollo personal; dentro de éstas se pueden nombrar, por ejemplo, el incremento de la valoración del deporte y el ocio en detrimento de la valoración de la ética del trabajo, la integración de las culturas transgresoras en el consumo de masas con la consecuente comercialización de la rebelión y el erotismo y la reciente sexualización de la cultura.  Cabe mencionar también la aparición de las nuevas tecnologías que hacen posible la difusión masiva de imágenes,  el desarrollo de la cultura visual contemporánea y la consecuente creación de un mundo de ensueño en el que se vende la idea de que a través del consumo se puede alcanzar la satisfacción personal en todos los niveles.

Por todo ello, en la actualidad la identidad personal ya no es heredada o estática sino que se ha convertido en un problema reflexivo (Giddens, 1995); es decir, la identidad se ha transformado en una actividad que exige un esfuerzo y una reflexión constantes, ya que se basa en una narrativa sobre la propia existencia, el rol social y nuestro estilo de vida.  Así que la importancia del cuerpo para señalar la pertenencia social comporta también un interés por las elecciones de consumo como una forma de identificación personal.

Todo ello nos hace pensar que las personas somos trabajadoras corporales e invertimos una cantidad considerable de dinero y tiempo para convertir nuestro cuerpo en un producto social aceptable, siguiendo las directrices que definen el cuerpo “normal” dentro de una sociedad.  Por tanto, una dimensión de la existencia corporal humana es política puesto que se convierte al cuerpo en un espacio para el sometimiento y la disciplina, pero también para la resistencia. Es decir, en el área del cuerpo se regula la identidad pero en éste también se problematizan y se expresan cuestiones conflictivas de matices políticos y personales.

La antropología nos muestra que todas las sociedades humanas buscan una respuesta al desorden mediante la clasificación sistemática de la realidad. Frente al riesgo, la incertidumbre y la contradicción, los seres humanos intentamos comprender un orden que nos oriente y nos regule.  En esta búsqueda el cuerpo se convierte en un  “símbolo natural” (Douglas, 1975), es decir, deviene en metáfora de un orden social y político a través del cual se representan y comunican reglas y límites.
Imagen: "Otras rutas", obra pictórica de Lina María Cedeño Pérez

jueves, enero 07, 2010

Reflexión post fiestas

Y se acabaron las fiestas. ¡Qué bien! Confieso que ya estaba un tanto harta de comidas, publicidad, luces, buenos deseos, árboles de navidad... y toda esa parafernalia que nos convierte en títeres de un sistema en el que la felicidad es equivalente al nivel de compra que puedas tener. En esas condiciones la armonía sólo se puede hallar en aquel perfume que te hace más mujer o más hombre, en el licor x que exalta los sentidos como ningún otro, en la joya que confirma tu clase y buen gusto... Es decir, en aquellos objetos que supuestamente aseguran tu presencia en el mundo. Por fortuna hay cosas esenciales que no se compran y que tienen que ver con algo tan sencillo como la amistad, la compañia, el compartir con la gente que quieres y para ello sólo se necesita una sonrisa, un abrazo, una palabra a tiempo. Se acabaron las fiestas y la vida continúa con sus más y sus menos, con sus giros y vaivenes, con todos sus temblores... ¡Bienvenida, cotidianidad elemental!
Foto: Resaca de reyes (Martha C. Cedeño P.)

domingo, octubre 26, 2008

Crisis

Desde hace algunos días la palabra crisis parece estar en todas partes. La leemos frecuentemente en los periódicos; la escuchamos en los telediarios y en las noticias de radio. Pero también en la tienda, el despacho, el banco, la plaza, el bar... La dice mi vecina de al lado y la cajera del supermercado cuando le pregunto cómo lleva el catarro "fatal y con esta crisis". Y seguro que también la pronuncia convencido el deudor moroso "no he podido pagar el recibo de este mes porque con esta crisis..." Y la dice también la mujer de la frutería “se ve que la gente ahora compra menos, claro, con esta crisis”. Y el hombre mayor que se sienta en un banco de la Plaza Ibiza mientras conversa con otro “mi hijo no ha podido viajar este año de vacaciones porque con esta crisis…”
¡Qué curioso! En todas estas expresiones la palabra crisis se asocia básicamente a una imposibilidad de: de comprar, de viajar, de consumir, ¿de vivir como ayer? Pero en el fondo también se advierte su efecto de excusa, de escudo para enfrentar la propia realidad. Es esa palabra mágica que en estos momentos sirve de disculpa para casi todo.
Pero ¿qué significa el término crisis? Si nos remitimos al
Diccionario de la Real Academia nos hallamos con algunas acepciones, todas ellas muy apropiadas para esa supuesta realidad crítica que los mass media se empeñan en construir día a día:
1. Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente.
2. f. Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales.
3. f. Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese.
4. f. Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes.
5. f. Juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente.
6. f. Escasez, carestía.
7. f. Situación dificultosa o complicada.

Yo realmente no siento esa macro crisis que supuestamente cae sobre nuestras cabezas como una ducha metálica. Mi vida continúa por los caminos de siempre. Compro lo mínimo –como de costumbre- y no tengo ni un céntimo en el banco. Y disfruto de las minucias cotidianas que no tienen precio porque son esenciales y están al alcance de cualquiera. Un precioso amanecer desde la ventana, un vino tinto, una canción que me llegue al alma, un poema, la risa de mi hija… Asumo mi crisis permanente desde otros puntos de vista: la necesidad de una escritura de calidad, la posibilidad de tener tiempo para hacer lo que me llena, la opción del vivir día a día con todo lo que ello implica.
Así que me da igual que los bancos se derrumben, que las bolsas coticen a la baja, que el grupo de los siete no invite a Zapatero, que el capitalismo más rancio estatice la banca…

domingo, diciembre 10, 2006

El Consumo

Es diciembre. Desde hace varias semanas lo es, sobre todo aquí, en Barcelona. El calendario así lo refleja y las luces que estallan en la calle desde la última semana de noviembre, también, y la marabunta que dócil se apresta al derroche más placentero del año. Diciembre es la apoteosis de la sociedad de consumo.

Hace dos días los periódicos regionales hacían eco del temporal que afectó este largo puente de la Inmaculada y de cómo la gente lo aprovechó para abarrotar las grandes superficies comerciales. Al mal tiempo buena compra, parece ser el lema de una gran mayoría de seres marcados por ese ímpetu casi salvaje que los lleva irremediablemente de tienda en tienda.

Ciencias como la antropología deberían ocuparse más a menudo de esa especie tan común en el primer mundo que tiene comportamientos similares y que acude en masa a desocupar sus bolsillos. Aquí va un ejercicio simple de etnografía callejera:

"Sábado 9 de diciembre. 6:00 de la tarde. Entrada del Centro Comercial La Farga, L'Hospitalet de Llobregat, Barcelona. Hace frío. Parece que por fin, después de un otoño más caluroso de lo normal arriban los primeros vientos del invierno. Desde los bancos de la entrada del centro comercial se puede divisar la calle y el semáforo que está justo al frente, donde hay muchísima gente esperando que se ponga verde. Todas las personas que esperan de este lado de la calle llevan varias bolsas de compra identificadas con marcas populares (aquí no vemos a Valentino, ni a Carolina Herrera, ni a Chanel... esta ciudad todavía parece una urbe obrera pese a estar en las goteras de Barcelona). Se les ve felices: ríen, hablan, fuman y cuando cambia el semáforo cruzan rápidamente la calle. Las bolsas de Zara se contonean alegres como sus dueños/as. Las personas que esperan del otro lado se apresuran a cruzar la calle. Hombres y mujeres jóvenes y mayores se preparan para dar el salto a la felicidad. Entran al centro comercial dispuesto para la ceremonia del consumo: luces navideñas por doquier coronadas por un arbol gigante parpadeante, escaparates dispuestos para el ojo con maniquis espléndidos que muestran las últimas tendencias de una moda accesequible a una gran mayoría que seguramente no gana más de 100 euros al mes. Todo absolutamente todo en un sólo lugar. Y por supuesto no faltan las caras de arrobamiento. El detenerse frente al escaparate, dar un pequeño rodeo para comprobar detalles y finalmente entrar a la tienda. Mirar el género, los jerseys -ahora que llega el frío porque los de la temporada pasada ya no me van... y salir con la expresión del deber cumplido. Y desde el banco se observan los cuerpos en movimiento que se cruzan en los pasillos, sus bolsas que se tocan, los ojos que brillan. Cuerpos de hombres y mujeres que parecen interactuar en una armonía asombrosa en mismo espacio/tiempo. Aquí no hay conflicto ni diferencia. Los extranjeros se confunden con los nativos -llevan las mismas bolsas de compra-, los padres dialogan con sus hijos, los maridos con las mujeres, las mujeres con los niños, los novios se besan mientras compran, los ancianos observan desde los bancos ¿recordarán aquel tiempo no muy lejano de precariedad? Estoy segura que sí..."

Esto es diciembre en el primer mundo donde cosas tan elementales como solidaridad, compañía, familia, justicia, reponsabilidad... parecen reposar justo en el fondo de la bolsa de la compra.

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...