La Revista Nodo es una publicación semestral de la Facultad de Artes de la Universidad Antonio Nariño, de la cual tengo el honor de ser editora. El pasado mes de junio salió a la luz el número 28; un monográfico cuyo título es Ciudad, espacio público y género en América Latina y que contó con la colaboración de la doctora Juliana Marcús, profesora de la Universidad de Buenos Aires, como editora invitada. Se puede leer aquí:
Divagaciones sobre la ciudad, sus calles, sus multitudes en perpetuo trance y sus individuos sonámbulos. Relatos sobre cuerpos en movimiento y paisajes efímeros; elogio a la mirada, a la poesía de lo cotidiano, a la vitalidad de los bordes y otros asuntos...
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martes, agosto 11, 2020
jueves, agosto 08, 2019
LA MUJER PÚBLICA, ¿TIENE GÉNERO EL ESPACIO PÚBLICO?
Acaba de publicarse en la Revista NODO de la Facultad de Artes de la Universidad Antonio Nariño, el artículo "La mujer pública ¿Tiene género el espacio público?", escrito a cuatro manos con el profesor de la Universidad de Barcelona, Manuel Delgado Ruiz, PhD. Se puede leer aquí.
miércoles, mayo 23, 2018
MUJERES, ESPACIO PÚBLICO Y LÚDICA
Por: PhD. Martha
Cecilia Cedeño Pérez
Universidad Antonio Nariño
Universidad Pedagógica Nacional
La
relación mujer espacio público es compleja pues, entre otras cosas, revela las
subordinaciones y exclusiones que se pueden apreciar en la sociedad mayor. Y
esto es así porque tal como lo analiza Arent en su paradigmático libro La condición humana (1996), desde la
misma antigüedad griega se establecieron los ámbitos de lo público y lo privado como esferas que
marcan irremediablemente la vida cotidiana de hombres y mujeres. En este caso responde a una dicotomía que
fragmenta el mundo y las formas de percibirlo y de aproximarse a él; y que hace
parte de esa suerte de taxonomización de
la realidad que alcanza su punto más álgido en aquella de cuerpo-espíritu cuya
enunciación queda definitivamente revelada en el reparto de lo uno para la
ciencia y lo otro para la religión.
En
el caso de la esfera pública, según la autora antes mencionada, corresponde a
aquel lugar en el cual se dirimen las cuestiones de más importancia para la
sociedad y es por lo tanto la comarca del bios
politikos, de la visibilidad en todos los sentidos, de la publicitación. Es
el espacio en el cual la vida se despliega con su dinamismo y trascendencia a
la vista de todos. Es el lugar del
discurso, de la palabra, de la elección, de la producción, de la libertad; allí puede escucharse y sentirse la presencia
y la voz de un ser que -¡oh sorpresa!- es masculino. El ámbito privado en cambio, corresponde a
aquel mundo de las necesidades primarias, el de la reproducción y de lo oculto.
Esto todo aquello que no se ve y permanece bajo las cuatro paredes del dulce
hogar. Y es justamente en ese reino
donde se ha confinado a las mujeres de manera sistemática.
Ahora
bien, en lo que respecta a la esfera pública burguesa de la cual habla Habermas
(1992) se debe mencionar que sus perfiles se erigen en la revolución industrial y nacen de una mirada netamente masculina. Y ello se evidencia en la concepción y
consolidación de una ciudad que parece estar dispuesta para satisfacer las
necesidades materiales y de libertad de un varón, joven, sano y blanco y de un
modelo específico de familia: la heteropatriarcal. Es decir, fue construida con
base en una diferenciación sexual en la cual las mujeres son encapsuladas en el
ámbito de lo privado con todo lo que ello implica en términos de igualdad, de inclusión
y de posibilidad de incidir en los aspectos más importantes de la sociedad.
Y
aún hoy, pese a todos los avances que
las mujeres han logrado en diversos ámbitos, esa división limita su ser y su
hacer en el ámbito público en lo que atañe tanto a su dimensión física como política.
En la primera, es evidente que las féminas tienen verdaderos problemas
para disfrutar de los espacios abiertos de la ciudad ya sea porque a la hora de
construirlos no se ha pensado en sus necesidades e intereses ni en las del grueso de la población - niños y niñas,
personas mayores o con problemas de movilidad-, ni en los aspectos formales que
faciliten los usos y los tránsitos; sino que también en ese espacio las mujeres
sufren de múltiples violencias que operan como una estrategia para impedir su
acceso a esas comarcas, es decir, como diques de contención para el ejercicio
de su libertad. Y en la segunda, las
mujeres a nivel general aún no pueden acceder a la política en igualdad de
condiciones; no ocupan aquellos puestos de poder en donde se toman –y se
ejecutan- decisiones fundamentales en la vida de una nación como tampoco ocupan
posiciones relevantes en el ámbito de la ciencia, la economía, la tecnología,
la investigación…
Esas
desigualdades estructurales están encajadas inexorablemente en una sociedad que
tiene bien engrasados sus dispositivos para que se sigan reproduciendo. Así
desde una temprana socialización en la familia y posteriormente en la escuela,
los niños y las niñas van entendiendo cuál es el lugar que se les tiene
preparado. Y empieza muy pronto: desde
la selección del color de su vestuario –incluso antes de nacer-, pasando por
los juegos y los juguetes; el modelamiento del carácter, de los gustos; el uso
de la lengua… hasta llegar a estadios mayores en los que, por ejemplo, se elige
una carrera que en el caso de las mujeres casi siempre está relacionada con esa función de cuidadoras a
las que naturalmente se las ha asociado.
Y
todo lo expuesto anteriormente, se evidencia en el espacio público urbano. Por ello quizá a la hora de indagar sobre las prácticas y
usos femeninos en las comarcas urbanas de la ciudad hay muy poca información.
Es como si no importara tal asunto o lo que es peor, se diera por descontado
que en esos escenarios todo el mundo –hombres y mujeres- hace lo mismo de la misma
forma. Nada raro si se tiene en cuenta
que, como ya se ha dicho, la ciudad ha sido concebida y construida desde una
perspectiva claramente masculina. Así
que, por ejemplo, el uso lúdico de algunas comarcas urbanas sea sobre todo una
cuestión relacionada con prácticas de los varones. Por ello resulta interesante
el estudio de Vilanova y Soler (2008)
titulado “Las mujeres, el deporte y los espacios públicos: ausencias y
protagonismos” en donde se asume que el
uso y la percepción del espacio tiene una carga cultural de género en el hecho
de que el espacio público se ha considerado siempre como un ámbito masculino y
ello incide en la manera en que las mujeres lo viven y la practican. Y se
evidencia en la ausencia de las mujeres que practican alguna actividad
deportiva en dicho ámbito. Las autoras
revelan que en el sector de Barcelona estudiado por ellas ese tipo de actividad
es llevada a cabo, principalmente, por los varones. La pregunta que surge aquí
es ¿a las féminas no les gusta realizar actividades deportivas en las comarcas
públicas?
El
trabajo antes mencionado es uno de los pocos que aborda la relación
ciudad-género-lúdica. No obstante sí hay estudios que tratan el tema del juego
y de la creación en el medio urbano pero desde una perspectiva bastante
aséptica e indiferenciada. Dentro de ellos se puede resaltar el de Corbal (2010), “La plaza es la plaza. Juego y espacio público”,
cuyo objetivo es “discutir las observaciones realizadas en torno a la
definición espacial de plaza, la delimitación del espacio de juego, así como
también la apropiación que hacen del mismo, los niños, en sus actividades
lúdicas, y reflexionar, acerca de las mismas, siguiendo como eje la relación
entre juego y espacio” (p. 2), pero sin abordar dichas temáticas desde una
perspectiva de género que permita vislumbrar percepciones, usos y prácticas
diversas. En ese mismo sentido se puede mencionar el de Rodríguez Cortés (2015)
“La Ciclovía en Bogotá un espacio público de re creación y ocio: ambiente,
salud y ciudadanía”, que desde una mirada histórica hace un repaso de lo que ha
sido esta iniciativa de 1995 al 2013 bajo los pilares de cultura ciudadana, salud colectiva y cuidado
ambiental, pero sin definir una mirada crítica y de género que permita
vislumbrar esos tres elementos desde enfoque más amplio y complejo.
Ahora
bien en lo que respecta a esa noción de la ciudad como lugar de lo lúdico
merece la pena mencionar el trabajo de Colomer Rubio & De Luca (2014) que
aborda esta temática mediante la comparación de tres realidades urbanas
(Palermo, Valencia y Génova) que sufrieron modificaciones importantes en su
espacio urbano para dar origen a una ciudad ligada a lo lúdico. El de Cardona Rendón (2008) “Espacios de ciudad y estilos de vida. El
espacio público y sus apropiaciones”, en donde se parte del hecho de que los
espacios públicos que son usados para el
ocio, los deportes, la recreación y el desplazamiento cotidiano engloban nexos
entre el espacio físico - espacio social
que evidencian lógicas de interacción entre distintos agentes sociales; aquí
tampoco se retoma la perspectiva de género para mirar como ese campo abierto en
el cual se evidencian prácticas de todo tipo –dentro de las cuales están las
lúdicas- habla también de usos disimiles, de formas de uso distintas entre los
hombres y las mujeres.
En
este mismo sentido está el estudio Monkobodzky
(2014) titulado “Las prácticas lúdicas en un parque público: Relaciones entre
el espacio y el juego”, una tesis de grado que trata la relación entre este
tipo de práctica y el espacio en el cual se llevan a cabo. En ese sentido el
autor aborda el vínculo entre el espacio y el juego, teniendo como objeto de
estudio un parque público. Hay un
aspecto interesante y es que en este estudio se refleja cierto interés por
abordar estas actividades teniendo en cuenta aspectos como la diversidad de
usuarios/as, la edad y el género, que de alguna u otra forma condicionan o
determinan la realización de dichas
prácticas lúdicas.
En
un terreno más amplio que abarca la mirada de la ciudad como un espacio lúdico
merece la pena mencionar el interesante trabajo de Stevens (2007), The Ludic City, en donde toca la
relación entre lo lúdico y el mundo urbano, especialmente en el capítulo Play
and The Urban Realm. En dicho apartado el autor define la noción de juego a
partir de que éste involucra acciones que no son instrumentales, que hay
condiciones y reglas específicas que separan el juego de la vida cotidiana, que
el juego involucra actividades en las cuales la gente prueba y expande sus
límites (competición, oportunidad, simulación y vértigo); y que el juego en la
ciudad implica encuentros con extraños (p. 27).
En
el trabajo “La ciudad lúdica: interpretación creativa de los espacios urbanos a
través del juego. Ciudades creativas” de Abad (2011), se aborda el tema de las
acciones lúdicas o de juego que
corresponde a “actividades placenteras y de recreación que no están vinculadas
a la producción eficaz del negocio y que son susceptibles de generar dinámicas de
encuentro y oportunidades de comunicación” (p. 3) y que buscan la
resignificación de los espacios urbanos a través del juego. En tal sentido el
espacio lúdico no es un espacio físico sino un espacio simbólico en el cual
también se re-crea la ciudad con todo lo que ello implica.
Otro
estudio interesante es el de Ipiña García
(2016) “El espacio público
dedicado al ocio en el siglo XXI y la búsqueda de los oasis urbanos”, que aborda la manera en que las plazas, los
parques y los jardines se convierten en puntos de encuentro social a partir de
la realización de actividades
recreativas y lúdicas. El objeto
de dicho estudio es analizar los factores físicos, sociales y culturales que
permitan el fomento de los usos y usuarios.
Los trabajos enunciados hasta aquí son una
pequeña muestra del interés por abordar el tópico del juego en la ciudad pero
sin el componente de género. De hecho solo uno de ellos –el de Vilanova y Soler
(2008)- se enfoca en el estudio de la práctica deportiva de las mujeres en
algunos espacios públicos de Barcelona. Esta escasez de información al respecto
denota el poco interés en estudiar las prácticas femeninas en los espacios
públicos y en concreto aquellas que tienen que ver con las actividades deportivas. Es
como si las féminas no utilizaran el espacio público también de manera lúdica
no solo jugando en los lugares formalizados para ello (canchas de básquet o
fútbol) sino en aquellos que son apropiados y resignificados mediantes usos alternativos
como la realización de juegos populares, montar en bicicleta, la práctica del patinaje o de actividades
consideradas masculinas como el monopatín, por ejemplo.
En
resumidas cuentas es cierto que hay ausencia de mujeres en las prácticas deportivas
urbanas pero eso no significa que éstas no utilicen la ciudad en dicho sentido.
Y esa invisibilidad seguramente tiene su
origen en aspectos relacionados con la conformación de los espacios públicos,
con las sensaciones de seguridad e inseguridad y, más allá, con el hecho de que esa comarca aún es
considerada netamente masculina. No obstante, es claro que el acto de vivir y
ocupar la urbe de distintas maneras –entre las cuales está la deportiva- es una
forma de apropiarse de la ciudad en general y de reforzar la percepción de
libertad.
Referencias bibliográficas
Abad,
J. (2001) La ciudad
lúdica: interpretación creativa de los espacios urbanos a través del juego.
Ciudades creativas. Revista Creatividad y
Sociedad, no. XVIII.
Arendt,
H. (1996) La condición humana.
Barcelona: Paidós
Cardona
Rendón (2008) “Espacios de ciudad y
estilos de vida. El espacio público y sus apropiaciones”. Revista
Educación física y deporte, n. 27–2. (pp. 39-47) Funámbulos Editores
Colomer
Rubio, J.C. & de Luca, L. (2014): "De la ciudad industrial a la ciudad
lúdica. Algunas reflexiones en torno a Valencia, Palermo y Génova
(1960-2000)" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la
ciudad como espacio plural, vol. 6, núm. 1, pp. 35-56. En:
Corbal,
P. (2010). La plaza es la plaza. Juego y espacio público en la ciudad de La
Plata. VI Jornadas de Sociología de la
UNLP. Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias
de la Educación. Departamento de Sociología, La Plata.
Habermas,
J. (1992) "L'espace public",
30 ans après. In: Quaderni, n°18, pp.
161- 191
Ipiña
García (2016) El espacio público dedicado al ocio en el
siglo XXI y la búsqueda de los oasis urbanos. Estoa No. 9 / Vol. 5 / Julio – Diciembre 2016
Monkobodzky,
S. (2014). Las prácticas lúdicas en un parque público: Relaciones entre el
espacio y el juego [en línea]. Trabajo final de posgrado. Universidad Nacional
de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. En Memoria
Académica.
Disponible
en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/tesis/te.1000/te.1000.pdf
Rodríguez
Cortés, A. B. (2015) La Ciclovía en Bogotá un espacio público de recreación y
ocio: ambiente, salud y ciudadanía. Revista
Impetus - Universidad de los Llanos - Villavicencio, Meta. Colombia vol.9
N°1
Vilanova,
A. & Soler, S. (2008) Las mujeres,
el deporte y los espacios públicos: ausencias y protagonismos. Apunts Educación física y deportes. 1er
trimestre 2008 (pp. 29-34)
martes, julio 29, 2014
La calles y sus fronteras (in)visibles
Me place compartir la ponencia La calle y sus fronteras (in)visibles: aproximación a algunos espacios públicos de Bogotá, presentada en el XI Congreso Latinoamericano de Humanidades, Interculturalidad e Inclusión en la época de la Globalización. Este evento se llevó a cabo en abril del año en curso y fue organizado por la Universidad Santo Tomás -Vicerrectoría de Universidad Abierta y a Distancia VUAD- de Bogotá.
Lo podéis leer aquí
miércoles, abril 09, 2014
¿Espacio Público en Bogotá?
En el marco del XI Congreso Latinoamericano de humanidades, Inteculturalidad y Exclusión en la Época de la Globalización, organizado por la Vicerrectoría de Universidad Abierta y a Distancia -VUAD- de la Universidad Santo Tomás, presenté la ponencia "La calle y sus fronteras (in)visibles: aproximación a algunos espacios urbanos de Bogotá". Comparto en esta bitácora el resumen de dicho trabajo de investigación:
Resumen
Pero existen otros factores aún más
preocupantes. Uno de ellos es que los
territorios urbanos abiertos de nuestras ciudades parecen diseñados para una
clase media general -blanca, joven, sana, masculina-; y otro, es que el espacio
público en nuestro contexto es un elemento en construcción, esto es, un objeto
amorfo al cual la polis no le ha dado la importancia que se merece. Y sumado a
lo anterior hay otro aspecto no menos importante que no sólo condiciona el
disfrute de los espacios abiertos sino que constituye en sí mismo una barrera
casi insuperable: la sensación de que el espacio público está signado –irremediablemente-
por el miedo, por la idea real o
infundada del peligro y la inseguridad.
Este
trabajo es una primera aproximación a ciertos espacios públicos urbanos de
Bogotá en los que se observa verdaderos obstáculos para los tránsitos, los
encuentros, las esperas, las derivas de los y las urbanitas. Allí se evidencia,
por ejemplo, cómo las personas mayores, las mujeres con niños pequeños, los
individuos con alguna discapacidad física se ven en verdaderos aprietos para
cruzar una calle, para subir a una cera, para acceder de manera fluida al
sistema de transporte público. Y allí también se pone de manifiesto como en el
reino de los vehículos los/as transeúntes son seres frágiles en sus
trayectorias y recorridos urbanos. En este sentido la ciudad se convierte en un
espacio de exclusión cuyas fronteras –algunas invisibles- impiden el acceso y
el disfrute de esas comarcas urbanas de aparente democracia e igualdad.
Fotos: Marthacé
Fotos: Marthacé
miércoles, diciembre 05, 2012
Polis arrasadora *
Y en este afán de domesticación utiliza todos los mecanismos a su alcance. Uno de ellos es el arrasamiento, es decir, el de echar por tierra todo aquello que no se aviene con su estricto sentido de la “construcción y mejoramiento” del espacio público. Y bajo este lema destruye casas antiguas, monumentos, árboles… todo aquello que a su modo de ver no caza con su “legítimo” anhelo de transformación espacial. Y lo hace de una manera atroz: sin tener en cuenta las necesidades, las opiniones, los deseos, las experiencias de quienes con su orgía de prácticas llenan de sentido y de movimiento la ciudad: las personas que la viven, la sienten, la experimentan cada día.
El máximo objetivo de la polis parece ser controlar todos los espacios urbanos de tal manera que las acciones de quienes le dan sentido, no perturbe su ideal de armonía y civilidad. Y así estamos: destruyendo todo aquello que huela a pasado, a memoria, a esa vida urbana que continuamente se des-borda.
*Mi columna de esta semana en La Nación
Foto: Edificio Nacional de Neiva. (Juan Carlos Ruiz, Neiva, agosto de 2010)
miércoles, octubre 10, 2012
¿Espacio público?*
Hace unos días observé en un barrio de Neiva una situación que me dejó asombrada: la invasión descarada de las aceras. Esto es, la extensión de las rejas con las cuales se protegen las casas más allá del perímetro permitido. Una práctica, por lo visto, bastante usual en algunos sectores de la ciudad y que consiste en apropiarse indebidamente de una porción de espacio público concebida para el tránsito peatonal.
Y esa situación, que en Europa sería impensable no sólo por la conciencia de la gente sobre lo público y lo privado sino también por las rígidas normas al respecto, me llevó a retomar una reflexión que comencé hace algún tiempo, sobre la noción de espacio público que se usa en nuestro contexto.
A nivel general está claro que en América Latina aún estamos lejos de ese concepto de espacio público que la urbanista y humanista Jane Jacobs, en su paradigmático libro Muerte y vida de las grandes ciudades , avizoró como tierra general, es decir, como un territorio cuya condición fundamental es ser accesible a todas las personas. Y por ello mismo, por decirlo de alguna manera, una comarca abierta y libre, patrimonio de las y los urbanitas y no de unos cuantos individuos que lo utilizan para fines privados.
También estamos lejos de considerarlo como el lugar de la acción –como diría Isaac Josep-, de los tránsitos, de la democracia. Pues en nuestras ciudades el espacio público es, ante todo, el reino de los vehículos y la desidia. Y, cómo no, el reino del miedo según qué franjas horarias y qué áreas de la ciudad. Y, sí: el reino de las apetencias políticas no para intentar una construcción de su sentido teniendo en cuenta las peculiaridades de nuestra realidad sino para usufructuarlo a través de planes urbanísticos que no tienen en cuenta las condiciones y necesidades de nuestro contexto.
Y Neiva no es la excepción. Aquí se ha intentado construir espacio público a través de la ampliación de algunas aceras céntricas (sin hacer las rampas que permitan el acceso de personas en sillas de ruedas, personas mayores, carritos de bebé, etc.), la peatonalización de ciertas calles y la implementación de mobiliario urbano (situando bancos al sol inclemente), la “limpieza” del microcentro (expulsando por la fuerza a vendedores y vendedoras ambulantes sin ofrecerles otras alternativas laborales); la construcción de puentes elevados… Todo esto sin pensar, por supuesto, en las particularidades sociales, económicas y ambientales de nuestra ciudad.
Así pues, no me extraña que unos cuantos individuos extiendan hasta las aceras el espacio privado de sus casas y no me extraña el desinterés de las autoridades municipales por regular y sancionar ese tipo de práctica. ¿Podemos hablar, entonces, de espacio público?
*Mi columna de esta semana en La Nación
sábado, octubre 30, 2010
Para construir espacio público
Os comparto mi columna "Desde Barcelona" que escribo semanalmente para el periódico El Líder, del Departamento del Caquetá, Colombia.
Para construir espacio público
Resulta inquietante la manera cómo en América Latina y Colombia se concibe el espacio público por parte de quienes dirigen el destino de las ciudades. Salvo contadas excepciones lo ven como un espacio que debe tener ciertas características formales adaptadas sobre todo a las necesidades del tránsito vehicular y, también, como un territorio que debe ser controlado, vigilado y, si hace falta, construido de acuerdo a unos ítems indiscutibles y en los cuales no participa la ciudadanía.
Existe la creencia generalizada que se construye espacio público cuando se pavimenta una calle o cuando se persigue y se saca a los vendedores ambulantes del centro de la ciudad. Y lo mismo se piensa cuando se amplía una acera para permitir más fluidez de los tránsitos peatonales pero se olvida hacer gradas o rampas para poder bajar del andén sin morir en el intento. Dicen los políticos que piensan en el espacio público cuando reforman un parque sin tener en cuenta las necesidades de la gente que lo usa, que lo transita, que lo vive. Y que se interesan por este tópico cuando gastan cantidades impresionantes de dinero en diseñar nuevas estrategias para limpiar este territorio de formas y seres indeseables.
Pero se equivocan. Construir espacio público significa, sobre todo, retomar los presupuestos básicos que lo definen; esto es, concebirlo como una comarca accesible para todas las personas. Un territorio abierto, despojado de obstáculos que impidan que aquellos seres que lo comparten (extraños, conocidos de vista o conocidos) puedan transitar por ellos con libertad y en igualdad de condiciones y en donde sea posible no sólo las derivas, los cruces sino también los encuentros y los azares. Si partimos de esa premisa encontramos que en nuestro contexto no existe un espacio público como tal sino un territorio fragmentado y caótico en el que reinan los vehículos. No existe un espacio pensado para los y las urbanitas pues por una parte, la calles, los pocos parques, los lugares comunes no están acondicionados debidamente para el acceso de todas las personas (mayores, individuos con alguna discapacidad física o motora, mujeres con cochecitos de bebé, etc.). Y por la otra, no existe una voluntad política para construir un espacio público democrático y abierto en el que sea posible también la circulación de ideas, de cuerpos, de pasos, de opiniones, de miradas…
*Doctora en antropología social y cultural.
martes, agosto 18, 2009
Miradas agresoras
Hablaba hace algunos días con Manuel Delgado acerca la aún problemática relación mujer-espacio público. Comentábamos sobre la manera como las féminas nos vemos expuestas a todo tipo de atenciones indeseadas, a miradas y piropos que casi siempre tienen connotaciones insospechadas. Entonces recordé las veces que me he sentido realmente agredida a causa de algunas de estas acciones. Aquí va un caso:
La mujer acaba de subir al metro y descubre que sólo hay un asiento libre en medio de tres hombres jóvenes. Después de hacer una mirada panorámica para ver si queda algún lugar disponible decide sentarse, no con cierta indisposición, en ese único puesto. Mientras lo hace siente las miradas inquisitivas de los varones. Una vez allí descubre que en los asientos que están enfrente van otros cuatro hombres, tres jóvenes y uno mayor. La mujer lleva el bolso y el ordenador encima de sus piernas y se sopla con un abanico mientras realiza una exploración visual del lugar siguiendo aquellas normas básicas de la copresencia en espacios cerrados, esto es, no fijar la mirada en ningún rostro en particular ni mucho menos mirar directamente a los ojos, evitar en la medida de lo posible el contacto corporal (se comprime sobre sí para no rozar el brazo desnudo del hombre que va a su derecha y la pierna, demasiado abierta, del que va a su izquierda). Estos simples gestos de convivencia, sin embargo, no los siguen los ocupantes de los asientos cercanos. Así que ella empieza a sentir tres pares de ojos clavados en su escote. Seis ojos que sin miramientos la intimidan y la agreden. Y la mujer siente cada vez más rabia e indignación. Pero falta lo peor: el hombre que está sentado enfrente dice algo, en su idioma, al que va a la derecha de la mujer (parecen que son amigos y del mismo país) y la miran mientras sonríen. "Están hablando de mí, serán cabrones estos tíos". Ella los mira con desprecio y altivez pero no les dice nada porque sería dar importancia a un tipo de varón cuya masculinidad no es sino la suma de sus imaginarios atrofiados en los que priman ideas preconcebidas de que las mujeres, todas las mujeres, somo en esencia accesibles y más allá, de que todas las féminas estamos en posición de sumisión e indefensión respecto de los varones.
martes, febrero 10, 2009
Las rutas femeninas
Hacía algunos días no actualizaba este blog por un factor simple: tenía el ordenador estropeado. Creo que le entró uno de esos virus que dejan a estas máquinas tan modernas en jaque. Y a mi también. Es increíble cómo llegamos a depender de un artilugio de éstos, especialmente aquellas personas que nos dedicamos a chapucear las palabras. Así que fueron unos días de ayuno creativo. Pero hoy no quiero hablar de este tema sino de uno que siempre me ha interesado y en el que me faltó ahondar en la tesis doctoral: la relación de las mujeres con el espacio público. Relación que va más allá del hecho de salir y disfrutar de la calle. Concierne a otros factores que tienen que ver con la situación de subordinación e indefensión de las féminas desde tiempos inmemoriales. Y ello alude a los mecanismos de socialización y educación en los que se van definiendo los roles de género. Allí se modelan los patrones de feminidad y masculinidad. Se trazan las líneas generales que caracterizan el devenir de unas y otros y su nexo con lo exterior, con la calle. Así, a las mujeres se nos relaciona con lo interior, con lo íntimo, con lo privado y a los hombres con lo exterior, con lo público, lo que va más allá de las paredes de la casa. Ella se dedica a las tareas reproductivas (sí, ahora también a las productivas pero sin abandonar las primeras) y él a las productivas (las cosas no han cambiado mucho, nos basta con echar una mirada a las estadísticas y hablar con la vecina de al lado que tiene dos hijos, trabaja fuera y dentro de la casa…).Y esa situación, como no podía ser de otra manera, también se evidencia a nivel general en la vida urbana. No es que las mujeres no ocupemos la calle, sí que lo hacemos, pero casi siempre es para continuar con nuestra labor doméstica. Así que las rutas femeninas casi siempre son circulares y responde a las necesidades interiores o privadas. Podríamos hablar de la ruta del colegio, la ruta de la compra, la ruta del médico… aunque se podría hablar también de la ruta del parque y la ruta del trabajo “productivo” para aquellas féminas que laboran fuera de casa. ¿Existe la ruta del placer callejero o, mejor, la de la diversión? Aquella que nos permite usar nuestro tiempo propio (¿tenemos, acaso, tiempo propio?) como se nos venga en gana, lejos de las cuatro paredes de la casa. La ruta de la deriva (suena a paradoja pero no lo es), aquella en la que podemos disfrutar de la calle por el simple placer de hacerlo, dejándonos llevar por ésta sin prisas ni aprehensiones? ¿Existe la ruta de lo público como construcción social que habla de igualdad, de equilibrio, de participación veraz de las mujeres en todas las esferas de la vida cotidiana?
(Bueno, quería escribir una entrada sobre una ruta que hice la semana pasada por el barrio de la Barceloneta, en el marco del curso "Planificació urbanistica amb perspectiva de gènere" que estoy haciendo en el Espai Francesca Bonnemaison, pero como veis ha salido otra reflexión. En todo caso, queda pendiente …)
Foto: pintura "Intersticios urbanos" de Lina María Cedeño Pérez
sábado, enero 31, 2009
La película
Eran las 9 de la mañana de un día cualquiera de noviembre. Hacía frío pero la calle estaba iluminada por un sol espléndido que levantaba los espíritus dormidos o tristes. Llevaba a mi Luna al cole muy de prisa (como siempre). Parecía una jornada repetitiva y sosa pero algo nos llamó la atención: justo la calle de en frente del colegio estaba precintada. Pensé que había sucedido alguna desgracia y que, por ese motivo, los Mosos d'Esquadra habían tomado esa medida. No obstante pudimos advertir que en los bordes de la calle había una cantidad inusitada de furgonetas blancas que hasta ese momento nunca habíamos visto por esos lares. Una de ellas estaba con las puertas traseras abiertas de par en par. Nos detuvimos un momento para observar lo que había dentro: escaleras metálicas, focos de iluminación, cables, cajas de herramientas, cuerdas, cascos, rollos de papel higiénico, chubasqueros... Parece una ferretería, comentó Luna. Estábamos intrigadas porque queríamos saber qué pasaba o había pasado, qué emergencia había brotado, y lo más importante: qué nuevas cosas podían pasar. Y luego, observamos atónitas cómo, casi en la puerta del colegio, una de estas furgonetas se había convertido en un kiosco: uno de los techos laterales estaba subido lo que dejaba al descubierto una especie de mostrador con diversos productos: zumos, bocadillos, agua... Y dentro había un hombre con un delantal blanco preparando alguna cosa que no alcancé a distinguir. Pero no habían clientes. Nadie compraba. Y ¿ahora que pasa aquí? La nena subió a su salón mientras yo me detenía en el entorno buscando pistas para entender ese evento que intuía fuera de lo común aunque todo pareciera normal. Y entonces divisé una furgoneta con un letrero "grabaciones xy".
Cuando volví a la una de la tarde por la nena, está me comentó emocionada: "Mamá están grabando una película aquí en el cole y en el kiosco dan bocadillos gratis; la peli se llama Las Pelotas". Pero mi hija y yo no éramos las únicas intrigadas con los extraños movimientos y objetos que habían en esa calle. Mientras esperaba que ella saliera, las otras madres y padres comentaban todo tipo de cosas: "He visto al Bayona, que estaba por aquí"; "Están grabando una pelí"; No, es una serie de televisión que dan por la TDT", "Han cogío al cole para hacé una grabación", dice una de las personas mayores.
Pasaron unos días y de un modo u otro todas y todos nos acostumbramos un poco a ver las furgonetas, el kiosco en la puerta del cole, los hombres que llevaban cables. Pero no veíamos a los actores ni a gente que estuviese por allí en la grabación. "Mama: graban en el patio del cole cuando nos vamos todos los niños y niñas pero hoy he visto por la ventana de mi clase cómo lo hacían. Había una cámaray un micrófono con un palo muy largo y unas personas que corrían. Y hay un coche donde hay ropa y maquillaje. Es una pasada". Pero de un momento a otro todo volvió a la normalidad. Bueno, hasta la semana pasada.
El lunes la calle estaba nuevamente precintada con sus furgonetas blancas. En lugar del kiosco habían puesto una serie de toldos en la calle peatonal contigua al colegio con mesas y asientos para un montón de personas. Ni qué decir de la expectación que esto causaba en los transeúntes cotidianos y esporádicos, ni en quienes todos los días estamos allí por nuestros hijos. "Están montando un comedor para los de la peli"; "Aquí se van a reunir todos los actores", "Se están despidiéndo porque acaban la película". A las tres de la tarde todos los asientos estaban ocupados y un murmullo de voces y risas brotaba del comedor provisional. Hasta la acera del cole llegaba el aroma de los platos que, desde afuera, se intuían generosos y sabrosos. "Marc, que no te asomes ahí que están comiendo y a tí te gusta gastar bromas", "Pues debe ser una película muy importante", "Qué morro, mami ¿ les dan comida gratis?".
El martes la misma historia con un matiz. Justo a las 12:55 un grupo de músicos empezó a tocar. Cuatro hombres y una chica vestidos de charros. Los violines sonaban asombrados mientras tejían los acordes de "si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida, si nos dejan..." . Los ojos y oídos atentos. Fueron pocos minutos de fiesta, no porque dejasen de tocar sino porque debíamos ir a casa.
Al final armé una historia hecha de fragmentos que no me he preocupado por confirmar: están haciendo una serie de televisión que se llama Las Pelotas (me parece un nombre poco probable pero...). Uno de los escenarios es, efectivamente, el patio del cole de mi hija que se utiliza después de las cinco de la tarde. Sin embargo, el escenario principal es una casa que está en una calle próxima. La serie habla sobre un grupo de chavales que va al instituto y...
Lo importante no es lo que "de verdad" ocurre sino la historia que cada una de las personas, que de una forma u otra hemos tenido un contacto tangencial con aquello, nos hemos montado. Lo básico es, en efecto, lo que parece. La emergencia, los sobresaltos, la expectación, la sorpresa que ese hecho ha despartado. En este caso la calle se ha convertido en escenario no sólo de una serie de televisión sino de varias historias yuxtapuestas pero también complementarias. Relatos que hacen parte de la historia que hila la existencia cotidiana y que habla del panorama infinito de posibilidades y especulaciones que se nutren y visibilizan en el espacio público.
viernes, octubre 17, 2008
Vidas cruzadas
A veces, por esas cosas que sólo pueden ocurrirnos en el amplio espectro de la calle, sucede que coincidimos con otras y otros en el mismo espacio tiempo de manera reiterada. Son esas situaciones azarosas que hacen que identifiquemos a los demás más allá de lo categorial para entrar en el terreno de un cierto reconocimiento visual, que aunque en primera medida parece ignorado por ambas partes implica un silencioso distinguimiento mutuo. Eso es exactamente lo que me ha sucedido en estos días en que por cuestiones laborales tengo que coger el metro y el tren de cercanías.
El primer caso es el de un hombre de mediana edad con el que coincido en la estación de metro cerca de casa. Me fijé en él por su apariencia de caricatura y porque siempre lleva puestos los audífonos a un volumen altísimo. Es de baja estatura, tiene el cabello largo y un poco rizado que a veces suele peinar en una desvencijada cola de caballo. También usa gafas y el otro día me fijé en sus uñas: las tiene sucias y desarregladas. Hemos coincidido muchas veces durante este mes. Es como si nos conociéramos. Así me he dado cuenta que justo cuando yo bajo a la estación del metro el ya está ahí con su mirada de pájaro. Casi siempre nos subimos al mismo vagón porque nos quedamos en la misma estación pero mientras él sale a la calle yo tomo el enlace que me lleva a mi lugar de trabajo; entonces el hombre detiene su marcha un momento para ver cómo yo paso la máquina registradora y me encamino a la vía del tren. En uno de esos encuentros azarosos dentro del vagón quedamos frente a frente y le miré directamente a los ojos como diciendo ¿Te conozco de algo?
El otro caso es el de una mujer de edad indeterminada. Es alta, tiene el pelo ondulado entre castaño y rubio y una piel de porcelana. Con ella coincido en el vagón del metro y después en el trayecto que hacemos para coger el ferrocarril y también dentro de éste. La última vez que coincidimos fue ayer: llevaba unas faldas largas negras y una blusa estampada con flores de un rosa pálido. Ya no leía "Los hijos de Lázaro" de Robert Mawson sino una revista que tenía doblada por la página 45. Me pareció una publicación científica, exactamente de geología. Aunque parezca tonto me habría decepcionado ver a esta mujer leyendo una de esas revistas del corazón. En efecto, en estos encuentros nó sólo me he hecho una imagen de ella sino que hasta podría adivinar su profesión no sólo por el tipo de lectura sino por un cierto aire de seguridad y displicencia que la acompaña.
El primer caso es el de un hombre de mediana edad con el que coincido en la estación de metro cerca de casa. Me fijé en él por su apariencia de caricatura y porque siempre lleva puestos los audífonos a un volumen altísimo. Es de baja estatura, tiene el cabello largo y un poco rizado que a veces suele peinar en una desvencijada cola de caballo. También usa gafas y el otro día me fijé en sus uñas: las tiene sucias y desarregladas. Hemos coincidido muchas veces durante este mes. Es como si nos conociéramos. Así me he dado cuenta que justo cuando yo bajo a la estación del metro el ya está ahí con su mirada de pájaro. Casi siempre nos subimos al mismo vagón porque nos quedamos en la misma estación pero mientras él sale a la calle yo tomo el enlace que me lleva a mi lugar de trabajo; entonces el hombre detiene su marcha un momento para ver cómo yo paso la máquina registradora y me encamino a la vía del tren. En uno de esos encuentros azarosos dentro del vagón quedamos frente a frente y le miré directamente a los ojos como diciendo ¿Te conozco de algo?
El otro caso es el de una mujer de edad indeterminada. Es alta, tiene el pelo ondulado entre castaño y rubio y una piel de porcelana. Con ella coincido en el vagón del metro y después en el trayecto que hacemos para coger el ferrocarril y también dentro de éste. La última vez que coincidimos fue ayer: llevaba unas faldas largas negras y una blusa estampada con flores de un rosa pálido. Ya no leía "Los hijos de Lázaro" de Robert Mawson sino una revista que tenía doblada por la página 45. Me pareció una publicación científica, exactamente de geología. Aunque parezca tonto me habría decepcionado ver a esta mujer leyendo una de esas revistas del corazón. En efecto, en estos encuentros nó sólo me he hecho una imagen de ella sino que hasta podría adivinar su profesión no sólo por el tipo de lectura sino por un cierto aire de seguridad y displicencia que la acompaña.
Pues bien: el hombre, la mujer y yo hemos coincidido varias veces en el mismo vagón del metro. Uno al lado de las otras: la mujer absorta, aparentemente, en el texto; el hombre absorto, aparentemente, en mi presencia y yo absorta en mis observaciones y cavilaciones con respecto al uno y a la otra y deteniéndome en los detalles del entorno: un hombre duerme con la boca abierta, una pareja de jóvenes se besa con pasión, un hombre mayor habla por el móvil, dos chicas rien y hablan de salir el sábado de copas... No sé si el hombre y la mujer se han dado cuenta de estos encuentros azarosos. Al primero lo veo muy elemental pero seguro que la mujer no sólo lee las palabras sino también las imágenes, como yo. Pues bien, hoy no he visto ni al uno ni a la otra y he extrañado sus presencias anónimas en esta cotidianidad donde en un breve espacio/tiempo nuestras vidas se cruzan...
miércoles, junio 04, 2008
La mirada
Una de las cosas más interesantes con las que una se puede encontrar al estudiar el espacio urbano - o sólo al trasegarlo- es la gestión de la mirada. Si, la manera como la administramos para orientarnos y para emitir señales que permitan los tránsitos fluidos de los/as copresentes en un espacio dado. Gestionarla de modo tal que se convierta en un mecanismo de comunicación básico y no en lo contrario, esto es, en un marco de ambigüedades. Goffman llamaba muy lúcidamente a esa capacidad de gestión que todas las personas tenemos "inatención civil", que no es otra cosa que utilizar la mirada cómo una prótesis para la convivencia. Mirar de manera educada y correcta para no incomodar a quien se tiene delante cuando se cruza una calle, cuando se va en el metro o se comparte un banco, etc.Pero la línea de la inatención civil es muy fácil de cruzar. Para el caso quiero hablar sobre una experiencia personal.
Esta mañana, tuve que desplazarme hasta una calle céntrica de Barcelona para realizar algunas gestiones de cara a mi próximo viaje a América, gestiones que por otra parte no pude realizar por el entramado burocrático terrible que se vive aquí -bueno y en otros territorios también-, así que cogí el metro. Un medio de transporte eficaz y rápido que no me agrada mucho: detesto los olores que a veces suelen acompañar los recorridos y la congestión de cuerpos que según qué horas se torna casi insoportable. Por suerte no iba muy lleno. Me pude sentar tranquilamente y quise sacar del bolso un libro de Benedetti que he recuperado estos días, pero inexplicablemente no lo llevaba, así que me dediqué a uno de los oficios que más me gusta: mirar -una pasión de antropologas/os y otros especímenes. Y en ello estaba cuando un hombre que acababa de subir al metro se sentó justo en el asiento de enfrente. Así que quedamos cara a cara. Me fijé en él muy sutilmente, esto es, haciendo gala de una inatención civil, mirar sin obstruir: era grande, tenía una panza prominente e iba vestido con una camisa hawaiyana. Llevaba gafas y parecía no tener más de 40 años. Yo le miraba de reojo cuando en un instante nuestros ojos se cruzaron. Así que desvié la mirada hacia la ventana. Y ahí empezó mi calvario. A partir de ese momento el buda tropical, como le bauticé, no dejaba de mirarme. Sentía sus ojos interfiriendo en mi campo de visión. Y yo no sabía dónde mirar, ni qué hacer. "Plaza de Sants" decía la grabación que anuncia las estaciones y el hombre seguía ahí mirándome de frente, incomodándome. Y tuve ganas de decirle "¿qué miras?" o simplemente de mirarle sostenidamente con rabia pero no pude hacerlo. Fui incapaz. Sólo esperaba que se quedase en alguna estación para liberarme de sus ojos de ratón. Cuando escuché "Diagonal" sentí un alivio porque era la estación donde me quedaba. En el momento de levantarme dirigí la mirada hacia el hombre y ahí estaba con una media sonrisa, como despidiéndose, después de haberme arruinado el viaje.
Y entonces reflexioné sobre lo dificil que es gestionar la mirada en según qué espacios. El hombre seguramente pensó que le estaba mirando con algún interés, supongo que no antropológico, y por ello se dedicó a buscar mis ojos, a fijarse en mi cara. En este caso la inatención de urbanidad o inatención civil simplemente no llegó a cristalizarse. Fue simplemente eso: una retórica de aquellos que nos dedicamos a observar lo que sucede, lo que pasa, en el espacio público.
Foto: Ojos de Luna (Martha C. Cedeño P.)
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