sábado, julio 25, 2015

PAÍS DE CAFRES Y MISÓGINOS

Estoy harta, enfadada e indignada.  Y lo estoy desde que vivo en este país, en esta ciudad, uno de los peores lugares para las mujeres. Me da igual que algunas personas que conozco opinen lo contrario: Colombia y Bogotá son contextos agresivos, nefastos, atroces para nosotras. Son espacios que  nos escupen su odio para mantenernos presas del miedo a través de las estrategias perversas de esa cultura patriarcal tan arraigada en esta sociedad.
He ahí el despliegue de una violencia inusitada y brutal contra nosotras. Violencia sistemática cuyo propósito es destruir, marcar, someter, desaparecer, castigar. Tatúan nuestros rostros, vulneran nuestros cuerpos, matan nuestros sueños, nos convierten en botín de guerra y con ello en todo lo indeseado, en la maleza a cortar. En nosotras los malditos descargan todo su rencor.  Es como si quisieran borrarnos del mundo de un manotazo con toda la saña y la sevicia posible.
O si no, cómo se explican estas aterradoras cifras -según Sisma Mujer: en el 2012, 47.620 mujeres fueron agredidas por su pareja o expareja; cada media hora una mujer fue víctima de violencia sexual en el país y cada mes 1.508. En el mismo año 138 fueron asesinadas por su pareja o expareja y en ámbitos asociados a la violencia política, la violencia sexual contra las mujeres  aumentó en  un 81,69 % comparado con el año 2011, de tal suerte que al uno de noviembre del 2013, las mujeres representan el 84,9% de las víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado colombiano.
En ese mismo orden, las mujeres representan el 51% de las víctimas del desplazamiento forzado, lo que significa que 2.632.427 mujeres colombianas han sido víctimas de este flagelo; el 51,4 % de las víctimas de amenaza en el país; el 43,8 % de las víctimas de tortura; el 46,8 % de las víctimas de la desaparición forzada  y el 46,7 % de las víctimas de homicidio en el país (Sisma Mujer).
Y siguiendo con este hermoso panorama, en el Boletín Epidemiológico (¿?) Información de Violencia contra la Mujer, de Medicina Legal, se presentan las  cifras correspondientes a los meses de enero y febrero de 2015, entre las cuales se encuentra: 126 homicidios,  735 casos de violencia contra niñas y mujeres adolescentes en el marco de la violencia intrafamiliar;  6269 casos  de violencia de pareja y 2631 exámenes médico legales por presunto delito sexual en contra de mujeres de los cuales  540 casos ocurren en Bogotá. En esta ciudad cada treshoras una mujer es agredida sexualmente, según Medicina Legal. Sumado a lo anterior está el hecho de las agresiones sexuales que ocurren en el sistema de Transmilenio sin que hasta el momento se hayan adoptado medidas eficaces para brindar una seguridad mínima a todas las mujeres que utilizamos este servicio de transporte urbano. 
Así pues,  la situación en la que nos encontramos las mujeres en este país y en esta ciudad es más que preocupante: es aterradora. Nuestra vulnerabilidad alcanza niveles insospechados y todo ello con la anuencia de las instituciones del Estado que no toman medidas contundentes que nos protejan y nos  permitan vivir en igualdad y en libertad.  Y una se pregunta si ésta es otra estrategia para que permanezcamos en una condición de indefensión total que permita la prolongación  del statu quo, que nos condena hasta el fin de los tiempos a la subordinación, al miedo y al silencio.

¿Cómo no estar -entonces- harta, indignada y enfadada con una sociedad  indiferente, sorda y perversa, que nos castiga por el hecho de ser mujeres? A veces siento vergüenza de haber nacido en un país como éste. País de cafres* y misóginos.
*Para usar una expresión de Darío Echandía de hace más de 50 años. ¡Cuánta razón tenía entonces aunque creo que se quedó corto...! 

domingo, julio 12, 2015

MI VERSIÓN DE SAN FERMÍN

Seguro que Pamplona  -Iruña, en vasco- es una ciudad serena los días previos y posteriores a los Sanfermines. Así se puede evidenciar en sus calles y plazas dispuestas  para los tránsitos y los encuentros, en su arquitectura reposada y humana fácil de apreciar, en su disposición general que le confiere cercanía y un profundo sentido estético. Y también en su dimensión: es un pueblo grande cuya población no supera los 200.000 habitantes. ¡Quién lo creyera! 
Pero durante la fiesta de los Sanfermines su población se multiplica, sus calles se convierten en hervideros humanos de dificil tránsito, las plazas y parques en lugares atiborrados de jolgorio, risa, licor; y ¡cómo no! en hoteles al aire libre donde el turismo mochilero duerme los excesos.  La fiesta lo subvierte todo: el ánimo, la ropa, las palabras, las prácticas, las relaciones sociales. Ella se convierte en el espacio irredento de las posibilidades. ¡Cómo me gusta esa suerte de revolución temporal que trastoca los ámbientes y espíritus y nos acerca al placer dioníasico, al hedonismo más puro  y necesario!
Todo eso lo viví en Iruña durante dos cortísimos días en los que me harté de música, recorridos, desvelos, visiones, con la imagen siempre latente de los toros.  Ellos los reyes del jolgorio.  Los encierros se convierten en el núcleo de la fiesta. Aquello que reúne, motiva, impulsa, agiliza y dispara los sentidos. Debo confesar que no me hacen tanta gracia como a mi hija que cada año, desde que era muy pequeña, los sigue por la tele. Nunca he entendido esa pasión desmesurada por ellos. Ha de ser  alguna cuestión mítica o una información que se ha colado en los genes producto de algún antepasado navarro. Sea como fuere, durante los últimos dos años, a ella no le ha importado esperar hasta la 1 de la madrugada para verlos (hay 7 horas de diferencia horaria entre Colombia y España).  Por suerte, en esta ocasión los ha podido apreciar en vivo y en directo. ¡Una pasada!  dijo.
Llegamos a Pamplona sin mapa en mano y con ganas de bebernos la ciudad. Es una maravilla poder andar por cualquier urbe sin temor en el cuerpo, sin ese miedo atávico que te inmoviliza y te hace desconfiar hasta de tu sombra. Para mí es uno de los placeres más elevados. ¡Y necesarios! Deambular por la calle de esa manera me hace sentir libre, ligera, segura, dueña del mundo.  Cuestión que solo he experimentado en algunas ciudades europeas, en Argentina y Cuba. 
Llegar sin mapas tienes sus ventajas: te vas por cualquier calle y de repente te encuentras con alguna de esas maravillas que te dejan sin aliento; trazas el camino sobre la marcha con los sentidos abiertos y haces de la incertidumbre un mundo de posibilidades. ¡Nunca sabes que te espera al doblar una esquina, al recorrer una callejuela, al sentarte en un banco de alguna plaza desde el cual puedes extasiarte con la vida que pasa ante los ojos! ¡Cómo me gusta la incertidumbre, el azar, lo imprevisto!  No puedo dejar pasar mi deuda con Morín. 
Y así, mi hija y yo, recorrimos palmo a palmo el casco histórico de Iruña y tropezamos con  conciertos de Jazz,  con música en plazas y parques, con juego pirotécnicos, con concursos de deportes populares. Fue estupendo asistir al  Campeonato Navarro de Levantamiento de Yunque, el XVI Trofeo San Fermín de Motosierras y la  Exhibición de Harrijasotze. ¡Y ver la cara de sorpresa de mi hija!  Aprendimos qué es un yunque, qué son cortes con motosierras (aquí debo decir que no pude evitar pensar en las atrocidades que se cometieron con ellas en Colombia en la época dura de los paramilitares) y el levantamiento de piedras. ¡Un fortachón levantó 9 veces una de 150 kilos! ¡Son rudos estos navarros!
Lo único realmente planeado fue el asunto del encierro. Veríamos los toros de la ganadería Valdefresno. Para ello, desde las 5:30 horas estuvimos apostadas justo en la calle Estafeta, sí la misma donde hay una curva de 90º que hace el espectáculo en la tele: los toros resbalan peligrosamente y eso le gusta a la gente. Mola ver el dolor ajeno y el peligro ¿no?  En esas largas horas de espera  y frío pudimos apreciar el montaje diligente de los vallados, la   horda de guiris borrachos, los preparativos para la carrera, el llenado de los balcones, la belleza de hombres y mujeres, la convivencia armónica entre extraños en tiempos de jolgorio...Y a las  8:00  en punto, el paso de los astados. 2 minutos y 25 segundos de duración, reseñaron los periódicos, pero desde mi lugar de observación -a ras de suelo- solo fueron unos cuantos segundos. Ví sus siluetas contundentes, sus patas fuertes, su recia estampa recortada por las maderas del vallado  y delante de ellos a un montón de hombres y mujeres corriendo desaforados, seguro que ebrios de adrenalina (y algunos, además, de licor). ¿Y eso es todo? El rostro de mi hija, iluminado,  hizo que mi ¿frustración? por la brevedad de la visión desapareciera, y en su lugar,  llegara una cierta armonía, una felicidad nítida que hizo que trasegáramos entre risas el recorrido hasta llegar a la plaza de toros. ¡Todo parecía condensarse en una estética rotunda y  plena  de la fiesta!   
Y allí, nos dijimos que este sería nuestro primer San Fermín pero no el último, pues hay una fuerza más allá de la razón que te impulsa a repetir.   

"Uno de enero, dos de febrero,
tres de marzo, cuatro de abril,
cinco de mayo, seis de junio
siete de julio, ¡SAN FERMÍN!

Zaragoza, 12 de julio de 2015

miércoles, julio 08, 2015

Zaragoza, arde


Sabía de los fríos zaragozanos  y su cierzo maldito, pues durante muchos años he estado por estos lares visitando a mi hermana pequeña; pero no había sentido en carne propia la canícula que funde los ánimos, las fuerzas y las neuronas. Hasta esta semana, claro.  Y eso que tengo experiencia con las altas temperaturas en no pocos sentidos, pero sobre todo porque viví durante mucho tiempo en Neiva. Una ciudad colombiana cuyas calles reverberan a las dos de la tarde. Allí es normal que los termómetros marquen 38 grados a las 10 de la mañana y que el calor se te meta en los huesos y te haga perder cualquier atisbo de ligereza y te conmine sin piedad a la modorra y te lleve a buscar el mejor sitio para poder evadir el tirabuzón ardiente cuando no tienes aire acondicionado en casa.  El calor te escupe debajo de la cama, en la hamaca, en el patio, en la esquina del salón y sientes que no puedes evadirlo así te duches mil veces. Es sofocante y agotador e impide que hagas cualquier cosa  con diligencia: te condena sin remedio a la lentitud. Ello explicaría, de alguna manera, el carácter parsimonioso, ligado a la inercia, de buena parte de la población de esta ciudad. 
Pues bien, pensé que ya había vivido todo en este aspecto hasta volver a Zaragoza –después de tres años- y toparme de lleno con una “ola de calor”. En principio no le di mucha importancia pues creí –ingenua- que con mi experiencia vital en el Valle de las tristuras –así le llamaron los conquistadores españoles al lugar donde se sitúa Neiva-, con los recorridos por el desierto de la Tatacoa y  con tantos veranos en Barcelona, ya estaba curada de espantos en este sentido.  ¡El calor no me afectaría en lo más mínimo!
Pero ¡qué equivocada estaba!  El suplicio empezó el mismo día de mi llegada a Zaragoza, una vez bajamos –mi hija y yo-  del AVE una bocanada de aire ardiente cruzó nuestros rostros. ¡Jo, qué calor, mama! Y unas calles antes de llegar a casa, un termómetro callejero marcaba 39 grados.  Y esto no es nada, dijo mi hermana, dicen que la cosa irá a peor en los próximos días.  Vale, vale, respondí incrédula. Y así pasaron cuatro días tatuados por el infierno. De día escondidas en casa hasta que el calor bajaba un poco, entonces aprovechábamos para salir por ahí a comer un helado y tomar la fresca en la Gran Vía; y de noche, nos acostábamos  tarde y abríamos todas las ventanas  para promover corrientes de aire. Y todo ello funcionó a medias hasta el pasado lunes.  Día fatídico. Aproveché la mañana para trabajar –no estoy de vacaciones-, bueno hasta las 10, hora en que el sofoco  hizo cerrar el ordenador y el pensamiento y expulsó la ropa y los sentidos.  Y entonces me pregunté qué putas hacía en este infierno cuando tenía el frío bogotano y la montaña y el cielo encapotado  (no, no quise volver a Bogotá, pero eché de menos su temperatura amable). Y la noche fue peor. Henos a la 1 de la madrugada en la terraza hablando tonterías y mirando la calle, abajo, iluminada con transeúntes solitarios/as desplazándose con lentitud y la luna que absorta empezaba e emerger de los edificios. No refrescó en toda la noche como presagio de un martes ardiente que nos abofeteó sin compasión desde la primera hora.

El periódico de Aragón advertía que se alcanzarían temperaturas extremas y que posiblemente se batiría el record de 2009 (43.1º en el aeropuerto de Zaragoza).  La cosa no pintaba nada bien. ¿Qué haremos? Decidimos ir a la piscina y comer allí, al menos tendríamos el agua a mano para darnos un chapuzón cuando el calor arreciera. Y así lo hicimos. Debajo de un árbol el tiempo transcurría con lentitud mientras seguíamos la noticia de la ola de calor: a las 5  y 30 de la tarde el termómetro marcaba 44.5 grados. ¡Joder! Esto es como abrir un horno. Sientes el aire caliente en el rostro y no puedes respirar y luego te mareas y piensas que vas a desfallecer y que esto es una de las cosas más horribles que has experimentado en la vida. Desde las 2 hasta las 8 de la tarde el tiempo fue un libro malísimo, cerezas heladas, cierzo infernal, chapuzones en el agua infestada de gente sofocada… Y la constancia absoluta de nuestra fragilidad e impotencia. ¡Pobres seres de nervios y piel expuestos a la intemperie!

Y sí: es la última vez que vengo a Zaragoza en verano.

jueves, julio 02, 2015

CRÓNICA DE UN RECITAL POÉTICO

El recital Dones i versos (Mujeres y versos) comenzó hace algunos meses, justo en aquel momento en que escribí a   Jordi Canal director de la biblioteca de la Bòbila de L'Hospitalet de Llobregat, para explorar la posibilidad de realizar un acto conjunto allí, como ya lo habíamos hecho otras veces.  La idea le pareció estupenda. Bueno, debo decir que con este señor mantenemos una relación alimentada con complicidades, sonrisas y afectos durante muchos años.  Jordi es una persona magnífica y un gran conocedor de la novela negra; no en vano es el artífice del premio L'H Confidencial, uno de los más importantes de este género en hispanoamérica.  Allí comenzó todo. 

Y a miles de kilòmetros empecé a dar cuerpo a la idea. ¿A quiénes invitaría? me pregunté ¡A algunas de mis amigas!  Y así empecé a contactar a las tres bellas poetas que me acompañarían en el recital: Pilar Osorio, Amàlia Sanchís y Pura Salceda.  Y todo ello gracias a la mediación de Internet y sus formas.  ¡Es fantástico cómo puedes traspasar las fronteras del tiempo y el espacio a través de este mecanismo!  Lo demás quedó en manos de Jordi. 
Luego vinieron mis gestiones en Bogotá con las universidades en que trabajo para el permiso académico, cuestión dispendiosa y un tanto agotadora que por suerte finalizó de manera positiva -aunque debo mencionar que estaba dispuesta a viajar así fuese con una excedencia (licencia no remunerada) por tres semanas-; el trabajo a destajo para dejar todo listo (notas de mis estudiantes, informes, asesorías a grupos de investigación, etc.) y, sí, hacer las maletas.   Pero soy tozuda y siempre logro lo que me propongo. Así que después de un trayecto agotador, llegué por fin a mi amada Barcelona -más ardiente que nunca- para reencontrarme con gente a quien quiero mucho.


Y llegó el esperado martes 30 de junio. El calor asfixiante. Los poemas a leer.  El metro. El arribo a la biblioteca -Jordi está  en vacaciones, me dijeron-. La espera.   El encuentro con las otras poetas. La incertidumbre, ¡No hay nadie, leeremos para las cuatro! Saldremos a por bebida fría. La búsqueda infructuosa. Agua en lugar de cava...  Y abrir la puerta del auditorio antes vacío para encontrar  un recinto totalmente lleno. Mujeres y hombres esperando nuestras palabras con ojos generosos.  Y todo se iluminó para nosotras.
La tarde se llenó de magia y palabras plenas de emoción. ¡Ni que lo hubiéramos preparado!  Las cuatro nos encontramos en los versos cadenciosos, profundos y bellos.  Y el público nos acompañó de manera atenta y generosa. Creo que hubo una conexión nítida entre nosotras para hacer del instante la constancia inequívoca de esa armonía universal que nos conecta con las estrellas y las arenas del desierto.
Y después del recital vinieron los comentarios, la calle calurosa, el bar el Sueño, las cañitas, las tapas, las risas, los recuerdos, los abrazos y la promesa de encontrarnos de nuevo el año que viene en un evento que durante un día entero congregue poetas de aquí y de allá. Lo hablaré con Jordi, seguro le gusta la idea y haremos algo así como un Encuentro  Internacional de Poesía.



Agradezco a Esther Morán,  Natali Boo, Felipe Sérvulo, Sixta Tulia Arango y  Domingo Sánchez Castello por hacer las magníficas fotos que acompañan esta entrada.

jueves, enero 29, 2015

Esas pequeñas patrias

ESAS PEQUEÑAS  PATRIAS*


   El apátrida aguarda
el íntimo suicidio 
de un deseo.
Efi Cubero, “Bajo la turbiedad”

Por: Martha Cecilia Cedeño Pérez

Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche,  dice José Martí en uno de sus poemas más emblemáticos. Se da por descontado que la noción de patria a la que alude el poeta va más allá de la “tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”, según la Real Academia Española (RAE). Se refiere, sin duda, al espacio de los afectos más profundos; a esa geografía sentimental cuyas aristas perfilan  elementos esenciales de la condición humana. Y ello significa por un lado que  no está  ligada a un marco físico de límites bien definidos y por el otro, que tenemos la opción de elegir ese territorio de los apegos y, por tanto, que las fronteras –todas las fronteras- son absurdas.  Los únicos límites deben ser aquellos que decida el sentimiento. Va de viaje con el viento/decretando la abolición de las fronteras/ dice el poeta Juan Manuel Roca.
Por eso, quienes hemos tenido la opción de vivir en lugares distintos y lejanos los unos de los otros, experimentamos, a veces, esa enorme fractura de no poder fusionarlos en uno solo. Sufrimos la inmensa desazón de la nostalgia, del deseo y la añoranza.  De querer estar siempre en ese espacio otro allende los mares, las montañas, los desiertos. De extrañar lo dejado atrás, temporal o definitivamente. Dejé palomas tristes junto a un río/ caballos sobre el sol de las arenas/ dejé de oler la mar, dejé de verte,  nos dice Alberti.  Y por ello también exclamamos con Maruja Vieira Esta noche de lluvia mis palabras te buscan/ por la casa desierta, donde faltan mis pasos.  Y recordamos con Ángel González que  Siempre, después de un viaje/ una mirada terca se aferra a lo que busca,/ y es un hueco sombrío, una luz pavorosa/tan sólo lo que tocan los ojos del que vuelve.
Y nos anudamos a esas pequeñas patrias sin remedio. En el caso de quien esto escribe ellas están ligadas irremediablemente a los contornos, a las visiones y aromas de  Colombia y España. Ambas forman un todo complejo y profundo que hace olvidar la idea de nación como un territorio rígido al cual se debe pertenecer porque sí. Están ligadas sin duda a la poesía de sus  orillas, a la luz iridiscente del trópico y el Mediterráneo, a las fragancias de los gualandayes y los cerezos, a los sabores del asado huilense y el lechazo castellano, al jugo de guanábana y la horchata, a la “berraquera” colombiana y el seny catalán,  al bambuco y el flamenco; a Neiva y Barcelona… A los amaneceres de púrpura y oro de las dos y a los hondos afectos arraigados en ambos costados del mundo.
Son esas patrias cálidas y cercanas las que conforman nuestra esencia de manera irremediable. En ellas se condensa el mundo con sus pliegues, sus intersticios, sus sombras, sus vértices y vórtices. Ellas nos habitan y nos permiten transitar y explayarnos por las esquinas de la vida, pese a saber –o quizá por ello-, que Así, incombustible/gira el planeta en su órbita infernal/ y fugazmente intuimos en su elipse/la inefable verdad del universo, tal como lo enuncia el poeta hispano colombiano Antonio María Flórez.  


                                                                 Bogotá, noviembre 13 de 2014

*Artículo publicado en la revista Ventana Abierta, Asociación de Amigos de la  Cultura Extremeña, Don Benito, diciembre de 2014