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domingo, agosto 15, 2010

Amores Urbanos en la Feria Internacional del Libro de Bogotá

Hoy será presentado mi poemario Amores urbanos en la 23ª Feria Internacional del libro de Bogotá, gracias al empeño de mi  cuñado y hermano Melquisedec Torres Ortíz. El acto será a partir de la 18:00 horas en Corferias, Sala José Eustasio Rivera, Pabellón A.
La noticia sobre este evento también se puede leer en el diario La Nación de Neiva, Huila, Colombia, en el siguiente link: http://www.lanacion.com.co/category/cultura/
Allí estaré virtualmente gracias a las tecnologías de la información y comunicación mientras tengo la oportunidad estar de cuerpo presente el último día de la Feria, que será el 23 de agosto.
Gracias a todas las personas e instituciones que han hecho posible mi participación,  a pesar de la distancia, en ese importante evento cultural.

Sobre Amores urbanos dice su prologuista Josep Anton Soldevila:
 
"Estamos ante un libro importante, que trata de temas que son significantes cada uno por sí mismo y de los que Martha Cecilia Cedeño nos habla de la misma forma en que se presentan en la vida, unidos indisolublemente. Sin embargo, con el extraño poder de la poesía – de la buena poesía – consigue que contemplemos sus rostros diferenciados: cada uno con su peso, su pena y su sonrisa, sus interrelaciones y sus abismos.
Y todo ello amarrado a un estilo sobrio, contenido, que busca y encuentra la palabra precisa, que rechaza el adjetivo innecesario pero a la vez usa un lenguaje sumamente rico.
Un libro de clarividencia y emoción".

Para estar presente en dicho evento he realizado el siguiente vídeo, que será mostrado esta tarde  en Corferias.

viernes, agosto 06, 2010

Amores urbanos

Ya tengo en mis manos mi segundo poemario Amores urbanos. Decir que estoy feliz suena a lugar común, a frase clisada; por ello prefiero expresar que me siento satisfecha, llena de una profunda emoción y esperanza por la materialización de este segundo retoño literario que contiene versos escritos en Barcelona durante los últimos diez  años. 

Palabras envueltas en los vapores de la calle y la piel, en el movimiento incesante de los cuerpos, de las esquinas, de las visiones más allá de los perfiles de los edificios. 

Palabras escritas en la soledad de las madrugadas con el frío rasgando las ventanas y las manos huérfanas sobre el teclado mezquino. En la nostalgia de los días grises en el sofá,  con una manta y un café con aroma de trópico. En las noches insomnes con los sueños enredados en la almohada. En los días anodinos de casa con oficios repetidos al infinito. En las horas transparentes en que todas las cosas parecen flotar en el aire de la armonía y también en aquellas  horas aciagas en las que la desesperanza y el hastío son lo único cierto...
Palabras, palabras y más palabras que no hubiesen podido ver la luz sino hubiese contado con el apoyo incondicional de los seres espléndidos que me rodean. Juan Carlos y Luna del Mar, mis amores; Isabel mi amiga con su ánimo constante y su soporte material y Lina María, mi hermana e ilustradora magnífica del libro.  Pero también debo agradecer a mi hermana Mariela, a mi amiga Pilar, a mi cuñado Melqui, por sus palabras a tiempo y su confianza en mis versos.
Y por supuesto a mi editora Amalia Sanchís, al poeta Josep Anton Sodevila por su estupendo prólogo sin conocerme casi de nada, a Manuel Delgado Ruiz por algunos motivos y sus bellas palabras de presentación.
El libro se pondrá a la venta en algunas librerías de Barcelona y L'Hospitalet de Llobregat, ciudades en donde será presentado a finales de este año. Y también se podrá aquirir a través de Internet (ya informaré sobre ello).
Además espero presentar Amores urbanos en mi país, Colombia, en el mes de septiembre, aprovechando que estaré allí  una temporada.
Esta noche, sin duda, dormiré con la felicidad rozando mis cabellos.
...
Martha Cecilia Cedeño Pérez, Amores urbanos, Parnass Ediciones, Barcelona, Agosto de 2010.

domingo, agosto 01, 2010

Poemas de Carme Raichs

EL SILENCI

Vius a dins el Silenci,
reps les hores del dia
quan ben mut, sense rostre,
et besa enamorat.
I t'ensenya el sentit
des noves simfonies
per crear-te un nou viure
que et renovi el paisatge.
Has rebut del Silenci
el regal d'ombres-llum.
El Silenci et revela
la grandesa de l'ésser,
la clau per a gaudir
del teu món lliurement!

Carme Raichs, Atura't, Abadia, Manresa, 2009


GOTES DE HAIKUS

Gotes de Haikus
fan un mar de silenci
amb llum de lluna.
...

A dins la fosca,
si encetes un somriure...,
estripes núvols.

...

com es navega
en aquest mar del viure
si no hi ha calma?

...

Idees bones;
il-lusions que es cremen
al foc de l'aigua.

...

Neixen paraules
per ser ventres ben fértils
plens de respostes.

...

Soledad blava:
el temps  s'enduu les fulles
en aigües grogues.

...

La barca lluita
en ones encrespades.
La calma plora.


Carme Raichs, Blau, Abadía, Maçaners, 2006

lunes, julio 26, 2010

No den de comer a los pelícanos (poesía)

No den de comer a los pelícanos  es el primer libro de Pilar Osorio Morán, una poeta de altos vuelos y una persona estupenda.  A Pili la conocí a finales del siglo pasado (noviembre de 1999)  cuando yo era una  recién llegada del trópico que empezaba mi andadura por el doctorado de Antropología del Espacio y el Territorio, dirigidido por Manuel Delgado, en la Universidad de Barcelona.
Con ella, además de compartir las clases de doctorado, empezamos a gestar una amistad que  desde entonces ha ido a más. Aún recuerdo aquellas reuniones espléndidas con nuestro grupo de amigas entre las cuales estaba  también Gabriel de la Peña, Pilar Larramona y Helena Casanovas. ¡Cómo olvidar esa pasión por el espacio público y la vida que contiene en las palabras ardientes de Manuel y nuestra reacción ante una temática que para la mayoría era novedosa! ¡Y aquellos encuentros en la terraza de la casa de Pili en los primeros veranos del nuevo siglo con Luna pequeñita pero con muchas ganas de regar las plantas!
Y la vida siguió su curso y luego descubrí que Pili escribía bellos y breves poemas. Palabras esenciales, depuradas de todo aquello que nos distrae y nos encamina por senderos equivocados. Palabras sin ripios ni estridencias. Poesía pura. Canto a las minucias cotidianas, a lo que está a la altura de los ojos y casi nunca vemos; a la profundidad de las superficies en las cuales movemos nuestros pasos. Como en estos poemas que publica en su precioso libro:

Tierra

Los jueves me convierto en isla:
tortugas milenarias me visitan.

....

Nocturno

El sonido de los segundos, en la noche,
acoge el tiempo, que tal vez, vivimos.


Canto que tampoco olvida los carámbanos de dolor cotidiano que cada día nos circundan con sus rostros  a veces repetidos, a veces cercanos y ajenos como esos soles negros plenos de orfandad:

Malaika

Los sábados, los ángeles
son negros,
venden bolsos en asfalto,
recuerdan
cielos infinitos.

....

Horror cotidiano

Era el último día de sol:
El diluvio comenzó
justo despues
de tomarse el café con leche.


Poemas sugerentes que nos dejan con los sentidos atentos para capturar lo que apenas se insinúa en los bordes depurados de las palabras:

Tiempo líquido

Los límites de los días
se deslizan por mi espalda.

...

B1

Rompí aguas en el lecho de hospital:
Parí el hijo de hembra ajena.

Pilar nos regala un libro breve, hecho de fogonazos en los que se cuece la vida con todos sus más y sus menos.  Libro que también se puede conseguir en Internet en la siguiente dirección:

lunes, julio 12, 2010

El equipaje de la memoria (II)

Otro pasaje recóndito de nuestra vida en el alto pueblo andino, es la existencia de una extraña maleta de viaje que descubrí debajo de una de las camas de las habitaciones de huéspedes. Era de cuero marrón y estaba atada con dos cuerdas del mismo color. Cuando se lo mencioné a mamá, lo primero que me dijo fue que de ninguna manera se me ocurriera abrirla porque seguramente pertenecía a los antiguos dueños de la casa y que lo consultaría con papá para hacer las pesquisas respectivas. No entendía a qué pesquisas se refería pero desde ese momento toda mi atención se concentró en saber qué cosas habían dentro de ella.

Me obsesionaba la idea de hurgar en los secretos que allí pudiesen estar escondidos a la espera de que alguien, yo, los devolviese a la luz. Sé que mis padres preguntaron a los vecinos sobre la persona propietaria de la maleta y que éstos les dijeron que seguramente pertenecía a una mujer joven que había sido profesora del colegio durante muchos años y que un día, sin despedirse siquiera, se había marchado. Me parece que hasta le dijeron cómo se llamaba. Silvia. Silvia sin apellido. Una mujer solitaria que un día había llegado de no se sabe dónde a dar clases de geografía a los niños y niñas de secundaria. Era muy bonita y tenía un cabello lacio que le llegaba a la cintura, decía la vecina con los ojos entornados como intentando reconstruir un pasado imaginado. Entonces mamá le hablaba de la maleta y ella respondía No creo que vuelva por aquí; esa mujer se marchó hace mucho tiempo. Yo lo escuchaba todo y mientras, cada día, visitaba la habitación de la maleta, justo aquella que quedaba en un recodo de la casa, la más pequeña con una ventana con vistas al patio del melocotonero. Me agachaba con sigilo para mirarla con su vientre abultado lleno de cosas misteriosas.

 La curiosidad que sentía era cada vez mayor. Al principio sólo la miraba pero poco a poco la fui tocando con la idea de halarla de una de sus cuerdas hasta que comprobé que pesaba demasiado. No podía moverla lo suficiente como para sacarla y desplegarla ante mis ojos; por ello un día, sin que mis padres tuviesen la más mínima idea de mis intenciones, le pedí ayuda a mi hermano que aunque era menor que yo había dado muestras de tener mayor fortaleza física. Al principio él se negó a ayudarme por miedo al jefe de la casa. Si papá se entera me pegará, decía. Al final lo convencí después de prometerle que le daría dinero para que se comprara aquellos cómics de Tarzán y Tintín que tanto le gustaban. Con su ayuda pude mover un poco la maleta hasta situarla al mismo nivel del borde de la cama y aunque parecía muy densa habían ciertas hendiduras que delataban que no estaba tan llena como parecía en un comienzo. Abrirla resultó más fácil de lo que pensaba pues las cuerdas tenían un sistema similiar al de los cinturones corrientes.  

No lo hagas Alba, si papá se entera nos castigará y yo diré que tú me obligaste. Con mucha ansiedad desaté las cuerdas y levanté poco a poco la maleta. Sentía un extraño cosquilleo en el cuerpo como si un millón de hormigas lo estuviesen recorriendo. No lo hagas Alba, repetía mi hermano a punto de llorar pero yo lo ignoraba por completo. No me importaba que mis padres me castigaran y que no me dejasen salir durante una semana a jugar en la calle con mis amiguitas. Ahora sólo existía ese bendito artilugio marrón esperándome. Un vaho extraño salió como un suspiro y se asentó en mi cara. Mi hermano, con un gesto extraño de excitación en el rostro, se agachó junto a mí para ver su contenido. Sentía curiosidad y un poco de miedo pues pensaba que allí también podría haber bichos y alimañas horribles. Con suma lentitud acabé de levantar la tapa superior de la maleta para ver su vientre. A primera vista parecía estar llena de papeles y de revistas viejas en las que aparecían reinas de belleza, modelos y actrices de cine. En una de las portadas estaba una jovencísima Brooke Shields vestida con unos vaqueros ajustados con la cremallera abierta casi hasta la frontera del pubis. Volví a meter las revistas que había sacado y ajusté las cuerdas con suavidad antes de deslizar la maleta debajo de la cama con la ayuda de mi hermano.

Solamente habíamos visto revistas y papeles pero no nos habíamos atrevido a hurgar con las manos más allá, a mirar en el fondo. Nos daba miedo encontrar algo raro pero también ser sorprendidos por mamá y peor aún, por papá. Sentía una extraña frustración, una desolación monumental que me quitó las ganas de todo. Sin embargo, al tiempo, tenía la certeza de que debajo de esos papeles viejos había algo más. Sin saberlo a ciencia cierta ahora sentía mucha curiosidad por saber de quién era esa maleta y por qué coleccionaba esas revistas viejas que a mí no me decían nada. Así que al día siguiente, cuando mis padres salieron de casa, nos dimos a la tarea de sacar de nuevo la maleta. La extrajimos completamente de debajo de la cama de modo que pudiésemos tener mayor comodidad para hurgar en su interior. Sacamos las revistas y otros papeles y cuando estábamos a punto de dejarlo todo porque no había nada, encontramos muy al fondo una extraña caja de color rojo. Al principio pensamos que era un joyero pleno de alhajas y cosas por el estilo. En mi imaginación alborotada ya brillaban tesoros espléndidos en forma de anillos, cadenas y diademas adornadas con esmeraldas y diamantes. Al verla mi hermano y yo nos miramos con ojos expectantes. Tomé la caja con delicadeza y me di cuenta de que no tenía ningún tipo de seguro. La abrí con el corazón a punto de escaparse por la boca. Y lo que vimos nos dejó sin aliento: en lugar de joyas brillantes había una pequeña pistola que no sabíamos si era de verdad, un frasquito transparente con un polvo metálico de color gris y la foto en blanco y negro de una mujer con unos profundos ojos oscuros y un pelo increíblemente liso y largo. Muchos años más tarde, cuando era estudiante universitaria y me apasioné por el cine, vi la imagen de Ali MacGraw en un cartel, entonces recordé aquella vieja fotografía: la mujer tenía la misa estampa de la actriz de Love Story.

Un viento frío corrió por mis manos y cerré la caja asustada. Alba, déjalo, yo creo que esa arma es de verdad, si papá se entera nos castigará. Gritó mi hermano con la voz a punto de romperse en una cascada de lágrimas. Cerré la caja de golpe y metí los papeles y revistas sin organizarlas, tal como los agarraba del suelo. Sentí un pánico enorme. Y si esa mujer volvía a buscar su extraño tesoro y se diera cuenta de que alguien había hurgado entre sus cosas. No quería ni imaginarlo, seguro que mi hermano me chivaría y entonces mis padres me echarían la bronca y me dejarían sin poder salir de casa; sólo podría ir al colegio y tendría que pasar el resto de mi vida encerrada en ese hotel de medio pelo, ayudando a mamá como improvisada camarera. Era muy extraño que una profesora tuviese un arma escondida pero y ¿si era de mentiras? A lo mejor era de juguete y la tenía allí para regalársela a alguien a algún familiar, sin embargo, era maciza y pesada... Así que cerramos la maleta como pudimos y la empujamos hasta el fondo y me prometí a mi misma no volver a tocarla. Pasaría por la habitación y no me volvería a fijar en ese extraño personaje marrón que seguro tendría más cosas ocultas. Y si el arma era de verdad ¿Por qué la tendría esa mujer de cabello largo? ¿Habría matado a alguien con ella y por eso se había ido sin despedirse un día cualquiera de noviembre? No lo sabía. De hecho jamás lo supe.

Pasaron varios días sin ceder a la tentación de la dichosa maleta pero sí hablaba de ella. A mamá le dije en una ocasión que sería bueno abrirla para ver qué había dentro, A lo mejor encontramos la dirección de la mujer y le escribimos para que pase a recogerla o para que nos la regale. Pero mamá se oponía tajantemente a semejante violación de la intimidad. Me dijo que no se podían abrir las cosas ajenas así aparecieran debajo de la cama y no tuviesen un dueño conocido, cosa que yo jamás entendí porque si la mujer se había marchado hacía tanto tiempo no iba a volver por unos papeles y una pistola que a lo mejor era de mentiras. Estaba segura que nunca sabríamos de quién era la maleta y de que terminaríamos abriéndola cualquier día con la avenencia de mis padres. Pese a la prohibición y a mi promesa interna de no volver a tocarla, una tarde después de llegar del colegio volví a mis andadas. Como pude la saqué de su escondrijo y empecé a leer algunas de las revistas sin darme cuenta que, a mis espaldas, estaba mi padre observándome con enfado ¿Pero qué diablos haces, Alba? Escuché su voz de trueno y de un salto me quedé de pie como una estatura de yeso. Nada. ¿Cómo qué nada? ¿No te dijimos que no podías tocar esa maleta? Pero si sólo hay papeles y un frasquito con pólvora y una foto de una mujer de cabello largo y una pistola. ¿Qué? Mi padre me miró con sus ojos de fuego y entonces me di cuenta de que la había cagado sin remedio. ¿Una pistola? ¿Pero qué estás diciendo, niña? Entonces mi padre me apartó de un empujón y se agachó mientras halaba la maleta por la cuerdas y la dejaba totalmente al descubierto y empezó a vaciarla tirando papeles por todos los lados hasta dar con la caja roja en donde estaban esas cosas tan raras que yo había mencionado. La abrió con curiosidad y se encontró con la silueta plateada de la pistola. La agarró con cuidado mientras la miraba por todos los lados comprobando no sé qué cosa. Le sacó el tambor con precaución para observar el compartimiento de las balas. No está cargada, dijo aliviado. Luego hubo un silencio que a mí se me antojó eterno. Es una pistola calibre 22 corto, de las que usan las mujeres, espetó con el tono de quien lo sabe todo. Después de mirarla de nuevo por cada uno de sus costados la depositó en la caja y cogió el frasco de vidrio con el contenido gris. Tienes razón, parece pólvora, dijo mientras lo abría y lo olía haciendo un gesto de aprobación. Por último tomó la foto de la mujer y la ojeó por un instante. Parece muy joven. A partir de hoy queda prohibido tocar de nuevo esta maleta, la llevaré a mi habitación mientras decidimos qué hacer con lo que hay dentro, gruñó. ¿Pero en qué estamos? ¿No me habías dicho que no se podía abrir y ahora te la llevas y dejas entrever que se hará alguna cosa con el contenido? Pensé con rabia y desconsuelo. Iré a la estación de policía para que hagan las comprobaciones del arma, dijo grave, mientras cerraba la maleta dejando en el suelo un montón de revistas. Y ¿qué hacemos con esto? Pregunté. Se pueden tirar a la basura. Vaya destino más triste para unas revistas en las que seguro habrían muchas cosas interesantes para leer. Las puse dentro de una bolsa de plástico y las llevé a mi habitación, así podría ojearlas con tranquilidad antes de ponerlas en la papelera. Las leí todas de cabo a rabo, eran publicaciones frívolas sobre mujeres ataviadas con trajes espléndidos que hacían parte de un mundo brillante y lejano. Pero también habían otros textos en los que se contaban historias en apariencia reales sobre hombres valientes que se convertían en héroes de la vida cotidiana. Estos fueron los que más me gustaron y los que conservé durante mucho tiempo pese a las constantes mudanzas a las que nos sometía mi padre sin miramientos.

Al final, la maleta terminó vacía, debajo de uno de los cuartos de alquiler con la cajita roja en donde sólo dejamos el frasquito de pólvora y la foto de la mujer con sus ojos de azabache. Papá entregó la pistola a la policía, aún no entiendo porqué y la historia de la maleta se convirtió en una anécdota más de nuestros desplazamientos de aquí para allá. No sé si la mujer regresó al pueblo. Imagino que no. De lo contrario sólo hubiese encontrado una maleta triste y saqueada esperándola con su imagen en blanco y negro de actriz desvalida. Y al poco tiempo nosotros volvimos a marcharnos con la misma celeridad con la que habíamos llegado…
.
Amaranta Güell
Barcelona , mayo de 2008

lunes, julio 05, 2010

El equipaje de la memoria (I)

Mi amiga Amaranta Güell me ha pedido que publique esta narración escrita hace algunos años. No me he podido negar. La presentaré en dos partes porque es un poco larga. A mi me ha gustado y no lo digo motivada por el afecto sino por la emoción que me ha producido su lectura.
Aquí va.



El equipaje de la memoria

A la mama


Nos marchamos con la misma celeridad descomunal con la que habíamos llegado. De repente nos vimos encerrados en una casa calurosa en la que apenas había un patio interior con un gran árbol, el único vestigio de aquel edén amplio y claro en el que pasé los años más ligeros de mi vida. Ahora vivíamos en un pueblo en el que mi labor de exploradora se limitaba a una sola calle desvencijada, justo la de enfrente de casa. En eso consistía mi libertad. Lo supe justo cuando mamá nos advirtió que no podíamos salir solos porque Aquí la vida aquí es muy distinta, hay mucha maldad ahí afuera, nos dijo compungida.
Con nuestro desplazamiento al pueblo papá tuvo que contratar a un hombre para que se encargase de administrar la finca y pese a ello cada ocho días tenía que bajar hasta allí para ver cómo marchaban las cosas. Mamá pasaba mucho miedo pues temía que le pegaran un tiro y lo dejasen abandonado en uno de esos caminos por los que no hacía presencia ni Dios. Al poco tiempo el individuo contratado abandonó su trabajo porque, según él, desde un comienzo recibió cartas con graves amenazas Y yo no voy a arriesgar mi vida por estar cuidando algo que no es mío, dijo altivo. A partir de ahí papá volvió a hacerse cargo de todo lo relacionado con la finca, tema que ya se estaba convirtiendo en verdadero dolor de cabeza especialmente para mamá que vivía en una completa zozobra cada vez que él tenía que desplazarse hasta allí por algún motivo. Pasaron unos cuantos meses antes de venderla por cuatro céntimos; no fue suficiente que estuviese situada en un valle bendecido con las mejores aguas, con prados lozanos para el ganado y prósperos campos de cultivo.
En ese pedazo de tierra abierta todo crecía con furia como si desde abajo atizaran un fuego que envolvía a las plantas para que se desarrollaran de manera desaforada, como poseídas por un afán de ser vistas, acariciadas, tocadas, aprovechadas. Tampoco fue suficiente la casa levantada sobre columnas de madera en una colina imponente desde la que se tenían unas vistas afortunadas. Ciento ochenta grados de horizonte plagado de suaves hondonadas, de bosques prodigiosos, de valles fértiles, de caminos vigilados por las siluetas agrestes de la montaña. Todo, todo, al alcance de los ojos. No fue suficiente la belleza ni la extensión ni la productividad de la tierra de nuestros sueños, todo nuestro patrimonio, para venderla por un precio que atendiese a los elementos mínimos de una justicia universal.
Padre ya era un huido a la fuerza, un ser amenazado que quedaba a la intemperie, una más de las millones de personas que se ven obligadas a dejarlo todo en aras de la sobrevivencia básica. Nos quedamos de la noche a la mañana sin la frescura de los amaneceres, sin el canto del viento entre los árboles, sin los amigos de la escuela, sin las cabañas que hacíamos en los bosques cercanos, sin los charcos de agua y de barro. Abandonamos la libertad absoluta de los días, la apertura inmensa del campo para encerrarnos en una casa sin ventanas, sin espejos en los cuales mirar las madrugadas. Y fue así como lo perdimos todo, dice aún madre con la mirada nostálgica. Pero nuestra vida en el pueblo sólo duró un año porque papá cambió la casa por un hotel en un lugar lejano y frío de los andes; fue como mudarse a otro país, a otro mundo.
Aún recuerdo el viaje y mis primeras lágrimas en aquel quejumbroso camión que nos llevó con todos nuestros trastos a ese lugar gélido entre montañas. Fueron dos días de carreteras polvorientas y de paisajes agrestes, planos, profundos, verdes, nuevos. Dos días de cansancio e incertidumbre, de imaginarnos cómo sería nuestro nuevo hogar, ese lugar que papá había dibujado como un paraíso. Es muy frío y la casa es grandísima, con muchas habitaciones, bueno, es un hotel, y tiene un patio inmenso sembrado de manzanos, melocotoneros y calabazas. Y el colegio queda a dos minutos, y hay una iglesia y montañas muy, muy altas y una cascada y un mercado los domingos, y, y, y… Él sólo veía bellezas en un lugar en el que durante los pocos meses que estuvimos siempre nos sentimos extraños, habitantes pasajeros de una región desconocida en que la gente se vestía con trajes oscuros y con pesadas chaquetas y ruanas. Era demasiado.
Al principio el frío nos mantenía atados a la cama hasta que papá nos despertaba con su voz de trueno con un Ya es hora de levantarse y ello significaba desprendernos de las mantas para sentir el hielo demoledor agujereando hasta el último de los huesos (sólo recuerdo haber sentido un frío semejante treinta años después en Frankfurt). Pero lo más terrible venía cuando teníamos que ducharnos casi a la intemperie con un agua gélida que bajaba directamente de la montaña nevada; es una de las peores experiencias por las que he pasado, una verdadera tortura que comenzaba con los cubos de hielo rodando por la espalda y terminaba en los pies amoratados y casi dormidos. Pero el frío también tenía sus cosas buenas como por ejemplo que podíamos comer frutas y verduras frescas que antes no habíamos probado o la sensación extraña de vestirnos con ropa de abrigo y de ponernos zapatos cerrados con unos calcetines gordísimos algo nuevo para nosotros acostumbrados a andar sin nada en los pies por las veredas y los prados.
De mi paso por aquel pueblo alargado de una sola calle, rodeado de jardines y de montañas imponentes, persisten algunos recuerdos gratos. Uno de ellos es una nívea granizada de finales de enero que dejó el poblado y los alrededores completamente cubiertos de blanco. Fue mágico. Llovían unas gotas enormes y sólidas que poco a poco lo cubrieron los árboles, las macetas, los amplios pasillos de casa. Mis hermanos y yo corríamos sorprendidos por el patio sintiendo las bolas de hielo que nos golpeaban con desesperación; padres nos llamaban al orden pero nosotros desoíamos sus voces y nos lanzábamos bolas de granizo mientras corríamos de aquí para allá entre los manzanos y melocotoneros. Hicimos también castillos, casas, carreteras y un refresco de granizo; queríamos conocer el sabor de esas gotas congeladas de formas irregulares. Las probamos y las olimos intentando hallar aromas que nos remitieran a aquellos mundos conocidos que acabábamos de abandonar pero en nuestra mente de niños esta granizada se antojaba casi un milagro, uno de esos acontecimientos mágicos que solamente suceden una vez en la vida pero que permanecen intactos en los intersticios de la memoria.
Barcelona, mayo de 2008

domingo, marzo 21, 2010

Antología Mayor de Poesía Huilense

El Grupo Región y Cultura dirigido por el maestro Luis Ernesto Lasso Alarcón acaba de publicar el libro Antología Mayor de Poesía Huilense en donde honra la labor poética de figuras tan significativas como José Eustasio Rivera, Sylvia Lorenzo, Ricardo Castaño, Luis Ernesto Luna, Julián Polanía Pérez, Orinzon Perdomo, Yineth Angulo y Martha C. Cedeño. En ese texto bellamente editado se rinde homenaje a la palabra de poetas consagrados/as y de otras figuras cuya obra está en construcción. Aquí va una muestra de la selección:

1. José Eustasio Rivera (Tierra de Promisión, 1921)
Soy un grávido río, y a la luz meridiana
ruedo bajo los ámbitos reflejando el paisaje;
y en el hondo murmullo de mi audaz oleaje
se oye la voz solemne de la selva lejana.


Flota el sol entre el nimbo de mi espuma liviana;
y peinando en los vientos el sonoro plumaje,
en las tardes un águila triunfadora y salvaje
vuela sobre mis tumbos encendidos de grana.

Turbio de pesadumbre y anchuroso y profundo,
al pasar ante el monte que en las nubes descuella
con mi trueno espumante sus contornos inundo;

y después, remansando bajo plácidas frondas,
purifico mis aguas esperando una estrella
que vendrá de los cielos a bogar en mis hondas.

2. Sylvia Lorenzo (Del sol de los venados, 1996)

Impronta

Estoy sola conmigo y miro atrás.
París es todo aquello que soñara:
amarillo de otoño y luna clara
sobre un momento de Pigalle no más.
Se me inunda la estancia de la Piaff
igual que ayer, pero sin sombra avara
que me nuble la luz que ambicionara
sobre el vaso de vino de mi paz.

Sigue la Piaff con su rojizo sobre
y el alma gusta ese dulzor salobre
de lo que pudo ser ya tan lejano.
Pero siempre es así, porque en la vida
¿Quién no lleva punzante y escondida
la espina de una rosa entre las manos?

3. Ricardo Castaño (Creo en el sol, 1993)

Otra vez

Volvieron a brotar los manantiales
en medio del desierto
y en el espacio
vacío ya de estrellas de otros tiempos
(los agujeros negros de las estrellas muertas)
se unieron halcones y palomas
para escribir con luces renovadas,
mil palabras de amor
y este mi corazón alucinado
ha vuelto a vivir.
Canta y perdona
trabaja, lucha y crea
Me volví a enamorar
¡Maldito sea!

4. Luis Ernesto Luna (Memorias del silencio, 1988)

Vamos
dame el volante, sus juegos de sorpresa
que todos los caminos conducen a la muerte.
Dame el viento: el vacío del pájaro
que escapa de las manos:
dame sus alas enloquecidas, la aventura
Inviolada.
Dame los horizontes de la errancia,
los itinerarios sin destino.
Vamos
Dame el comando de la nada.
Mi corazón irremediable viaja en un accidente.


5. Julián Polanía Pérez (Narración de los rostros vivientes)

Las corporaciones públicas
especulando los acontecimentos públicos,
y he aquí que un hombre de la barra
como un gran cóndor de la más grande altura
de los Andes
hinca el pico en la cabeza de los aburridos ediles,
y les dice:
se inventan privilegios de piedra y honores de bronce
otorgados en el hirsuto goce de la gran papelería;
y las palabras van de manos a blasones de falsa alfarería
como hermosas prostitutas lanzándose al sosiego.

El erial de los presidentes
sirve de silencio al agrio perfume
que preside en las alcobas de sus campañas
de conquista de conciencias
don su labor de brujos;
la muchedumbre les rinde soberbia
como al Dios de las cosechas en oriente
la borrachera de los vendimiadores …
pero allí sobre la plaza pública
el canto de las gentes se abulta
-Oh Zaratustra- cebado en su propia sangre.
Entre especies humanas sitiadas de sospechas
el fraile en abstracción de materias populares;
y en el estuario de las hojas palpitantes
sobre el piso apuñalado de los arados
los elementales hombres ateridos de ignorancia
abominan del poder.


6. Orinzon perdomo (Aquellas pequeñas cosas, 2001)

El libro

Mariposa
capaz de sostener
en vilo
los sueños del mundo
en su vuelo interior.
Mariposa
que da fe
de la eternidad del hombre
y de los astros.
Fantasmagoría de siempre
que sabe ser
a la vez
nieve y ceniza
sembrando entre sus páginas
una ronda de niños
un camino de duendes
que guarda para siempre
el sabor de los secretos
y el silencio del canto
.

7. Yineth Angulo


Telar de palabras

Dolor, mueca que arrincona
y me obliga a jugar la vida
a armar este rompecabezas de muerte
a hincar el día con mis manos ciegas.
Este dolor que me arrebata
como un saludo en ayunas
o un ronquido al filo de la navaja
Este dolor que no busca salvarme
pero desenreda con sus finas agujas
una a una mis palabras.

8. Martha Cecilia Cedeño Pérez (Versos en Claroscuro, 2009)

Me llamó tanagra de rizos encendidos
y la risa se hizo aliento
ondas donde Clío durmió su siesta
de medio siglo.
Me llamó tristeza, desvarío
y el tiempo fue breve,
soplo de luz
que se llevó el hastío.

En: Antología Mayor de Poesía Huilense, Región y Cultura, Neiva, 2010

miércoles, enero 20, 2010

Un cuento imprescindible: La cenicienta que no quería comer perdices

Hace pocó cayó en mis manos un texto precioso que replantea la visión de todos aquellos cuentos en los que se refuerza la imagen de la mujer, de todas las mujeres, como personas pasivas, sumisas, en espera siempre del principe azul y del final aquel de "fueron felices y comieron perdices". El cuento al que me refiero los desmonta a todos y habla de mujeres de carne y hueso que dicen basta y andan descalzas y asumen sus propias alegrías y fracasos. Habla de mujeres de tallas reales y pelos de más y bocas sin pintar y ojeras y vientres sin moldear.
Es un texto que destila ironía, humor y compromiso, imprescindible para nosotras, para nuestros hijos e hijas, para ellos, para todas las personas conscientes de que la igualdad se teje en las luchas cotidianas, en esos pequeños triunfos que nos devuelven la confianza en nosotras mismas, en nuestras posibilidades. El texto al que me refiero se llama La cenicienta que no quería comer perdices, escrito por Nunila López y bellamente ilustrado por Myriam Cameros se puede leer y bajar en la siguiente página
:
http://www.mujeresenred.net/IMG/pdf/lacenicientaquenoqueriacomerperdices.pdf
Ahora también es posible conseguirlo en formato tradicional, publicado por el grupo Planeta y prologado por Maruja Torres.

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