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jueves, abril 12, 2012

DEPREDADOR*

Por: Amaranta Güell
"Diagonal". Se abren las puertas.  Baja  y sube mucha gente en estampida.  Hombres y mujeres de toda laya. Se acomodan como pueden en los pocos asientos libres o en los espacios dejados por los cuerpos rígidos. Leen, miran, hablan. En medio de  tantas unidades vehiculares en reposo, una mujer se fija en las estaciones pintadas sobre la puerta, una pareja de jóvenes se apretuja sin disimulo; un hombre alto y de ojos claros vestido con una americana azul, lee un libro; una señora de pelo rubísimo con una bolsa de la compra, habla por el móvil; una mujer con un carrito de bebé mira a su hijo dormido;  una estudiante universitaria charla con una compañera…
"Hospital Clinic". La mujer que permanece pegada a la puerta mirando el esquema de las estaciones, señala una de ellas con el dedo y asiente con la cabeza. Es muy alta. Su figura espléndida llama la atención de todo el pasaje. Hombres y mujeres por igual. Tiene el pelo largo hecho en trencitas y reunido en una coleta. Está de espaldas y de ella sólo parece distinguirse su culo enorme.  Una protuberancia que se antoja dura  y altiva en los vaqueros ceñidos. Un foco de atención cuyas características tiene a más de un varón al filo del paroxismo.
"Entença". Queda un par de asientos libres y  la mujer se dirige a uno de ellos. Un hombre mayor que desde hacía un buen rato la venía mirando, también. Debe tener más de 65 años. Posee un bigote cómico y una panza prominente. Va vestido con pulcritud pero sin presunciones. Parece un tipo normal con hijos y nietos y una señora de pelo teñido esperándolo en casa. Sus ojos brillan. Ha decidido un abordaje sin contemplaciones.
"Sants Estació" Es un depredador, no cabe duda. Un viejo zorro. El hombre está muy cerca de la mujer y la mira de manera descarada. Su corazón late a mil por minuto. Las palpitaciones mueven su chaqueta marrón. La respiración entrecortada retumba en todo el vagón y se explaya por las catenarias.

"Plaza de Sants".  El depredador la sigue mirando aunque de vez en cuando gira su cabeza hacia otro lado, para disimular quizá. La mujer es hermosa, de boca y labios generosos. No tiene más de 30 años.  Ella se ha dado cuenta de la atención inusitada que ha despertado en el viejo pero guarda la calma.  De repente mira hacia el lado donde está el hombre pero evita detenerse en esa cara que lleva allí, a su costado. Hace como si no existiera. No cabe duda: ella ya se ha dado cuenta del acecho y el hombre está próximo a dar el siguiente paso.


"Badal". La mujer bosteza y el hombre la mira, arrobado. Sus miradas se encuentran. ¿Tienes sueño? Pregunta él sin contemplaciones. Ella le mira y responde algo. El depredador hace un apunte gracioso relacionado con el sueño. La chica sonríe.
"Collblanc". El hombre hace el gesto de levantarse. Imagina que la mujer también lo hará. Pero no, se queda tranquila en su asiento. Él le pregunta si esa es su parada y  ella responde que es Pubilla Casas. La chica tiene acento caribeño. El hombre  se ofrece acompañarla pero  ella dice que no es necesario, que vive hace más de 15 años aquí y no se perderá. Pero lo dice sin contundencia. Ella lo mira, parece no disgustarle del todo.
"Pubilla Casas". La mujer coge el bolso y se levanta, el hombre hace lo mismo. Se abre la puerta.  Bajan. En el andén titubean un poco sobre la dirección a tomar.  Se deciden por la salida de la calle Josep Molins. El tren reanuda su marcha. La pareja camina lentamente.  El hombre ríe y sus ojos brillan como ascuas...

* Con este relato participo en la 6ª Edició Concurs On Line de TMB, Sant Jordi ens inspira. 

viernes, diciembre 05, 2008

Delirio

A mis amigas de palabras y a todas aquellas personas que las buscan
Ese día, después de pensar inútilmente durante tanto tiempo en el libro que nunca escribiría, se sentó, por fin, frente al ordenador y con rapidez vertiginosa comenzó a teclear como una condenada. Había pasado demasiados días revolcándose en su dolor postizo y en su hiperbólica falta de voluntad. En la envidia inmensa que le producía leer en los periódicos y diarios digitales los logros de aquellas personas que un día fueron sus amigas y que ahora ganaban premios a diestra y siniestra. Le carcomía la frustración de sentirse en la más absoluta inmovilidad pese a que diez años atrás era considerada una promesa de las letras. Entonces era bella y altiva y no había ningún congreso literario o científico que se le resistiese ni ninguna reunión de escritores y bohemios a la que no acudiera para asombrar con sus versos y con su mirada. Ella lo sabía y sin ninguna muestra de vergüenza se adentraba en las conversaciones de los iniciados, de los intelectuales avezados que se sentían halagados con su presencia impetuosa y dulce al tiempo, y sobre todo con sus coqueteos descarados que los mantenía a todos, sin saberlo, a punto de sucumbir. Era la admirada muchacha, una cuasi figura de las letras que ahora se aferra a los recuerdos y a una novela que nunca escribirá. Eso no significa que no piense en ella. De hecho en todo momento está hilando historias, inventando la obra maestra que algún día la pueda sacar de la precariedad descomunal en la que vive desde siempre. Sus noches en vela se pueblan de personajes que vienen y van, perfiles de viajes, de acciones que comienzan cuando se acuesta en la cama y terminan cuando vencida por el cansancio se queda dormida con las manos dobladas hacia dentro. Y también escribe o más bien imagina cuentos portentosos en los recorridos del metro, las caminatas por el parque, los minutos de descanso en su trabajo como administrativa, los instantes de sordidez frente a la tele o cuando prepara con diligencia la comida del domingo mezclando colores y sabores como si estuviese pintando un cuadro comestible. Escribe uno y mil comienzos. Una y mil historias ridículas y cursis y grandes y épicas. Y ninguna la convence. O, mejor, ninguna de ellas desbloquea el resorte de la inmovilidad que la mantiene atada sin misericordia a la pasividad de las palabras; a la envidia inmensa que la carcome por dentro cuando descubre el triunfo, por insignificante que sea, de alguno de sus conocidos y conocidas. No cabe duda que los concursos son una mierda, el fallo ya se conoce antes de que el jurado lo emita, todo es una pantomima, una cruel representación para dejar a los de siempre o a los amigos de los de siempre. Por eso no creo en ellos ni me presento a ellos. ¿Te acuerdas de Camilo Alce? Pues acaba de ganar un premio de una bienal de novela: o su obra es muy buena o el jurado es muy malo o ha sido comprado.
Historias, historias, cuentos falsos que recrea con un cinismo impúdico para confirmar no su falta de talento, que lo tiene; sino su falta de voluntad para el trabajo creativo. Historias que no son sino extensiones de su pobre vida dedicada a la contemplación del éxito ajeno, a la inercia de no poder escribir porque trabaja dentro y fuera de casa porque tiene que llevar a los niños al colegio porque hace frío porque hace calor porque me siento mal. Y así día tras día va aplazando ese momento que acaricia desde los 20 años. Roza con los dedos las posibilidades sin atreverse a realizarlas y cuando, por fin, un día se despierta con la voluntad agudizada se dice convencida que hoy si se sentará a escribir esa historia que tiene detenida en su garganta como un sollozo. Y va a la cocina y se prepara un café suave y lo sirve en un vaso transparente y se sienta frente al ordenador y lo enciende y entonces se dice que primero abrirá el correo para ver si me ha escrito alguien o para encontrar aquella señal que lleva esperando desde siempre; señal, marca, huella que un día aparecerá como por arte de magia pero no sabe exactamente de qué se trata ni que asunto cambiará con ello. Así que se sienta frente el ordenador y abre sus cinco correos que empieza a ver uno por uno, con parsimonia. Poco a poco va borrando los mensajes basura de grupos contestatarios, páginas de autoayuda, publicidad de móviles, disfrute de estas navidades comprando en el Corte Inglés, alguien te busca, pasa esta cadena para que tengas diez años de buena suerte... y los spam, malditos intrusos, que se multiplican. Con desgano descubre que le ha escrito su amiga de juventud y entonces decide escribirle antes de empezar con la historia largamente pensada. Y ya son las once del día y tengo que parar para recoger un poco la casa, limpiar el polvo, hacer las camas y la comida, para después ir a buscar a los niños al colegio. Y ya se ha ido la mañana y hoy tampoco he escrito nada pero no importa, mañana me levanto más pronto y seguro que alcanzo a escribir un par de páginas porque ahora si estoy animada, ahora sí voy a empezar a contar todo lo que llevo dentro.
Martha Cecilia Cedeño Pérez

sábado, octubre 13, 2007

Ángela

Angela es alta, tiene labios carnosos y un cuerpo armónico de curvas vertiginosas. Camina ritmicamente por las calles y mientras lo hace muchos ojos la miran, la recorren, la inquieren. Ella se desplaza despacio, segura, con la frente altiva. Parece no importarle que todos y todas se fijen en su figura aunque, en el fondo, le gustaría pasar desapercibida. Le encantaría poder ejercer el derecho a la indiferencia, al anonimato, a que nadie repare en ella; a ser un cuerpo más que se desplaza entre los vericuetos de la calle, del parque, de las esquinas...
Porque Ángela es como cualquiera. Trabaja, compra en el super, se pone camisetas de Zara, decora el piso con Ikea (¡la república independiente de tu casa!), y lleva a su hija al parque. Bueno, a ella también le gustan las tapas y durante el verano se sienta en una terraza de barrio y disfruta de unos chocos, unos boquerones, un cochinillo. Angela hace las mismas cosas que hacemos todos y todas. Ah, se me olvidaba decir que a Ángela también le descuentan el IRPF... bueno, trabaja y contribuye al desarrollo del país. Pero Ángela no puede, no debe, pasar desapercibida...
Ayer, Ángela, fue hasta un conocido centro comercial. Allí se encontró con unos amigos y realizó algunas compras para su hija. Después de un rato decidió volver a casa. Estaba un poco cansada, así que lo mejor era coger el metro, pensó. Angela caminaba con parsimonia; las bolsas que llevaba en la mano se balanceaban al compás de sus pasos. El viento movía con delicadeza su pelo negrísimo que horas antes la peluquera había puesto en su sitio. Ángela, estaba contenta, en casa la esperaba Mireia, su nena. ¡Seguro que le quedarían preciosos los jerseis que había comprado para ella!.
Angela llega a la estación y baja los escalones con cuidado (había llovido hace poco y estaban todavía mojados). De repente una voz altisonante la detiene.
-Quitate de aquí, negra, déjame pasar. Ángela levanta la mirada y observa a una mujer de unos 60 años, con el pelo teñido de rubio y unos ojos marrones vidriosos.
-Señora, pase usted por ahí. Dice señalándole el gran espacio que hay justo a la derecha de la mujer.
-¿No me vas a dejar pasar?
-Pero si tiene usted todo ese espacio, señora. Yo estoy bajando por la derecha, por mi derecha.
La mujer chilla y mientras lo hace un hombre que la acompaña -seguramente su marido-, se abalanza sobre el cabello de Ángela, tirándolo con fuerza.
- Por que no os marchaís a vuestro país, negra. ¡Iros todos de aquí!
Grita el hombre descompuesto mientras los demás transeúntes miran la escena, miran a Ángela como si no pasara nada.
-Vamos a llamar a la policía, negra miserable. Fuera de aquí todos vosotros. ¡No os queremos!
Ángela se defiende como puede. Mueve las bolsas alrededor suyo para protegerse y gira hacia su izquierda para soltarse de las manos del hombre que tira con fuerza su pelo (Ángela recuerda que en la mañana se ha puesto las extensiones y le han costado mucho), cuando lo hace deja el espacio a la mujer que la mira con odio mientras lanza toda clase de improperios sobre la chica.
Una vez libre de la acción de la pareja de desquiciados, Ángela acaba de bajar los escalones con rapidez. Le tiemblan las piernas y la voz. Se siente vulnerada, vejada, impotente. No acaba de entender la situación, la agresión inesperada que ha sufrido sin más. Sin buscarla. Sólo por ser. Ángela no puede evitarlo y llora. Y siente la mirada acusadora de la gente, sus ojos plenos de desdén.
Ángela llora.
Ángela quisiera caminar por las calles sin que nadie la viera, Ángela piel de azabache quisiera ser invisible, Ángela mujer quisiera ir al trabajo, al parque, al metro, al super y ser otra más... Ángela no reclama su derecho a la diferencia, Ángela reclama su derecho a la Indiferencia, su derecho a Ser, su derecho a Estar.
.....................
(Ángela existe -me ha contado su caso-. Pero Ángela, además, metaforiza a los advenedizos, a los extranjeros "exóticos", a los "inmigrantes" de segunda, a aquellos que venimos de los países del sur: maltratados, explotados, vulnerados, saqueados... Ángela mujer negra africana... ¡cuatro veces discriminada!)

lunes, agosto 20, 2007

Primer Mundo

Las calles relucían después del fuerte aguacero que, de forma precipitada, cayó sobre la ciudad. Las aceras limpias de cacas de perro y de escupitajos estaban casi desiertas; sólo un hombre se desplazaba con paso ligero entre los coches aparcados. El sol todavía no se había ocultado del todo así que era posible percibir la transparencia del aire y de los árboles, livianos de polvo y smoke. ¡Es una tarde estupenda! Pensó la mujer que minutos antes había salido corriendo del call center donde laboraba como recepcionista telefónica, y que ahora caminaba solitaria y feliz esquivando los charcos de agua. Avanzaba con rapidez mientras cruzaba la avenida y tomaba la recta que la llevaría hasta su casa. El puente del ferrocarril, el parque, la estación de metro, otra avenida y un requiebro de calles. El mismo recorrido que había hecho durante el último año con sus pensamientos, sus frustraciones y la certeza de estar trasegando un camino infinitamente repetido. Cavilaciones que se detuvieron de repente: ante ella, justo antes de llegar a la esquina de su casa, al pie de los contenedores, había una pareja que parecía estar poniendo allí la basura. Eran jóvenes y vestían de manera modesta pero no parecían gente de afuera. A medida que se acercaba a se dio cuenta de que estaban hurgando entre los desperdicios. La chica mantenía el contenedor abierto mientras el hombre iba sacando cosas: pack de yogures, bolsas de ensaladas, trozos de pan... que introducía rápidamente dentro de una bolsa colgada de su hombro. Cuando la mujer pasó junto a ellos bajó la mirada y alargó el paso, no quería que la lluvia la pillara en plena calle y sin paraguas...

Foto: pintura "Paisaje Urbano" de Lina María Cedeño Pérez

martes, junio 13, 2006

Martes 13

¡ESTOY INDIGNADA! ¡NO HAY DERECHO! ¡ES UNA VERGÜENZA!
Acabo de llegar de la Subdelegación del Gobierno Civil de Barcelona donde, después de una odisea interminable, pude tramitar mi autorización de regreso porque viajo la semana que viene a Colombia. Un trámite que se realiza en 5 minutos y para el que tuve que hacer un cola de 9 horas. Estoy muy enfadada, muy "cabreada" como se dice vulgarmente aquí. Os cuento la historia para que os hagáis una idea de la manera como tratan a los extranjeros no comunitarios en España:
A las 8 en punto de la mañana llegamos a la sede de la Subdelegación de Gobierno en la Barceloneta. Hace fresco y se siente el salitre en la cara porque justo a 10 minutos de allí está la playa y sus chiringuitos con guiris (turistas comunitarios) hambrientos de sol. Hay 323 personas delante de nosotros y todo el día por delante. "A las 11 o 12 ya habremos salido", escucho a una mujer que le dice a su acompañante. La cola apenas se mueve. A las 9 hemos avanzado 5 metros. Algo es algo. Pasa una mujer apuntando a los que estamos en la cola, nos toca el número 323 y 324 respectivamente.
A las 10 hemos avanzado apenas nada y empezamos a mirar hacia adelante donde unos hombres se quieren colar. La gente les grita y los obliga a salirse de la cola. Todavía hace un poco de fresco aunque el sol empieza a ponerse justo encima de los hermosos edificios donde están las oficinas de extranjería. Se siente un fuerte olor a cloaca y guardado, y por un momento recuerdo las calles oxidadas de la Habana Vieja. Huele igual.
Ha pasado otra hora y no nos hemos movido. "No es posible que no avancemos nada, llevamos desde las 6 de la mañana y esto no se mueve", dice una señora con acento ecuatoriano. Hace hambre y sed. Me siento en la acera de cara al sol donde otros hombres y mujeres ya están puestos. Me empiezo a impacientar porque he de pasar por mi hija al cole antes de la 1 de la tarde y seguro que no alcanzamos a realizar el trámite. Llamo al colegio para avisar que ella se queda al comedor.
A la 1 de la tarde nos hemos movido otros 5 metros. ¡No vamos ni en la mitad! ¡Esto no puede ser! ¡Es una putada! Alguna gente se va y otra saca los bocadillos para comer. Nos es justo que nos traten así. Tengo mucha hambre y mi marido me compra un bocadillo. Ahora el sol pega fuerte y hemos de protegernos la cabeza con periódicos.
A las 2 de la tarde estamos en el mismos sitio. ¡Esto no es posible! repito una y otra vez. Estoy muy enfadada. No es posible que este país trate así a la gente que viene a trabajar, a los hombres y mujeres que hacen los oficios que los nativos no quieren hacer, a los que con su esfuerzo están contribuyendo a la riqueza de este país... Esta ley de extranjería es una mierda. Todo el mundo pensaba que cuando el PP se fuera del gobierno las cosas iban a cambiar. Pero se han equivocado. En el gobierno "socialista" se ven las mismas cosas, las mismas colas de seres desprotegidos y a la intemperie, en todos los sentidos de la palabra. "Pagamos los impuestos, cotizamos a seguridad social, tenemos los mismos derechos y nos tratan de esta manera..." dice una bella chica con acento argentino.
Es verdad. Nos tratan como a ciudadanos de segunda. A las 4 de la tarde hemos avanzado otro poco y ya estamos dentro de la valla de la recta final. El sol calienta como un condenado. Hay unos hombres que se quieren colar. Un grupo de chicas les gritamos y no permitimos que lo hagan. "Me voy, me siento muy mal, esto es una mierda", digo y la voz se me quiebra. Estoy a punto de llorar. No hay derecho. Mujeres embarazadas, niños pequeños, gente mayor, hombres y mujeres en la más absoluta intemperie. Esto cada vez se pone peor. Vienen dos guardias de seguridad y nos dicen que no alcanzaremos a llegar, que nos vayamos. La gente no hace caso y se apretuja como puede para meterse dentro de la valla. Casi me hacen caer y siento que me voy a desmayar. Bebo un poco de agua. ¡Esto es inhumano! Dice la chica argentina que está detrás de mi. Otras mujeres opinan lo mismo. Todas decimos lo mismo.
Por fin, después de soportar sol, el olor de las cloacas y de las axilas de unos hombres árabes, los apretujones, las miradas extrañadas de los transeúntes (oiga, si señor, esto es la otra España: la de los extranjeros de segunda), llegamos a la puerta.
A las 5 menos 15 nos hacen pasar dentro. ¡Despúes de casi 9 horas! ¿No sería más fácil que saliera alguien a dar los turnos? ¿Por qué no ponen más empleados? ¿Por qué no se inventan otro sistema para que la gente pueda hacer sus trámites sin hacer esas colas eternas? ¿Por qué no empiezan por tratar a la gente que llega de una manera más humana?
A las 5 y 30 tengo el papel la autorización en la mano, han tardado en hacerlo 5 minutos. NO HAY DERECHO. ESTO ES UNA VERGÜENZA. ¿ANTE QUÉ ORGANISMO PUEDE UNA DENUNCIAR ESTO? Por lo pronto escribo en caliente y con rabia.
Yo hice la cola porque me negué a pagar 70 euros a un abogado para que me hiciera este trámite. Es que, paradógicamente, aquí reina la doble moral: tratan a los inmigrantes como a ciudadanos a medias pero se enriquecen con ellos. Así ganan las empresas, los buffets de abogados, todos los que hacen negocio con las necesidades (o desgracias) de otros...
NO PUEDO QUEDARME CALLADA. !ESTO ATENTA CONTRA LOS DERECHOS FUNDAMENTALES! !ESTO ES UNA VERGÜENZA! ¡OH, ESPAÑA, QUE PENA QUE PASE ESTO AQUÍ, TU QUE HAS SIDO UNA VIEJA EMIGRANTE POR NATURALEZA!
Martha Cecilia Cedeño Pérez
Barcelona, junio de 2006.

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...