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viernes, julio 13, 2018

POEMAS EN TRÁNSITO (OCEÁNICO)




Este poemario nace como un mensaje de texto (SMS) en un tiempo en el que aún no existía WhatsApp ni las redes sociales. En un momento en que era necesario nombrar y compartir la belleza y la maravilla de lo nuevo cuando se estaba lejos. Primero fue en Cuba, luego Grecia, Alemania, Colombia, Argentina, México… Y siempre Barcelona y sus calles y sus amores perdidos y su luz clarividente. Y también Bogotá con sus montañas y sus caminos y sus lluvias grises. Así se gestó este libro: a partir de mensajes que mi entrañable amiga Pilar y yo nos enviábamos, con sus respuestas y sus silencios.


Y el resultado es un texto simbiótico en el que interactúan las palabras y las músicas de la una y de la otra, sin que al final se sepa quién escribió qué.  ¡Y esa era la idea! Lograr una armonía en el fondo y en la forma; en el sentir y el decir; en la ausencia y la presencia; en la melancolía y la esperanza. En ese sentido este poemario no es otra cosa que “cartas transoceánicas de amor-amistad que nos permiten vibrar con las vivencias que se desarrollan en lo subterráneo así como en la superficie. Cartas que encierran una pregunta y una respuesta o una respuesta y una pregunta que se responden, indistinguibles, en cada uno de los poemas”, tal como lo indica la profesora de la Universidad de Barcelona Rosmarí Torrens Guerrini, prologuista del libro.
Y todo ello para constituir un poemario “de palabras que viajan en horizontal de lado a lado del océano, ofreciendo tanto a las autoras como a sus lectores una luz de esperanza hecha de briznas pequeñas que nacen en la tierra fértil o en un río impermanente que, sin embargo, ofrece, en su infinitud, algunas posibilidades” (Torrens, 2017).

Sobre el Atlántico
 mi ser es leve y frágil,
nube quebradiza 
horizonte abajo.
Con afilada hoja corto mis raíces,
y con ellas, liana firme,
trenzo mis rizos indomables.



Las personas que estén interesadas en adquirir este libro pueden hacerlo desde cualquier lugar del mundo en Amazon, en el siguiente link:

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Poemas en tránsito (Oceánico). Bogotá: BigGaia, 2018

martes, marzo 21, 2017

La estética de la muerte

Sensibilización cultural es una de las clases que oriento en una universidad colombiana. En principio ésta se concebía como una asignatura netamente teórica; no obstante, si nos atenemos a su nombre, su esencia no reposa en un concepto sino en el aura de los sentidos, en la posibilidad de acercarse efectivamente al mundo del arte y la cultura.  Por ello, con un par de profesores  que también orientan dicha disciplina en otros grupos, nos dimos a la tarea de replantear su naturaleza y sacar al estudiantado del aula. Lo primero que hicimos fue llevarlos al Museo de Arte Moderno de Bogotá para que apreciaran la exposición De la línea al espacio.  Fue una experiencia magnífica porque algunos/as  nunca habían ido a un museo. Por increíble que parezca era su primera vez en un lugar de esas características. Ese día el clima se alió con nosotras y permitió disfrutar de una jornada de arte y cielos despejados.

La última actividad que realizamos fue un paseo al Cementerio Central de Bogotá,  que yo tampoco conocía.  El propósito fundamental era reflexionar sobre la estética de la muerte, sobre esa dimensión que desconocemos - y tememos- pero que enuncia la esencia de la vida.  De esa manera nos aproximamos a un lugar de una inquietante belleza cuyas formas responden a un eclecticismo desaforado, a una manera de percibir las distintas aristas de la realidad. Aquí van algunas imágenes que hablan sobre ello:

Tumba de Carlos Pizarro 

Tumba de las hermanas Bodmer 

Tumba de Julio Garavito 

Tumba del escritor José Eustasio Rivera 


Con mi estupendo grupo de estudiantes 





Fotos: Martha Cecilia Cedeño Pérez 

sábado, julio 25, 2015

PAÍS DE CAFRES Y MISÓGINOS

Estoy harta, enfadada e indignada.  Y lo estoy desde que vivo en este país, en esta ciudad, uno de los peores lugares para las mujeres. Me da igual que algunas personas que conozco opinen lo contrario: Colombia y Bogotá son contextos agresivos, nefastos, atroces para nosotras. Son espacios que  nos escupen su odio para mantenernos presas del miedo a través de las estrategias perversas de esa cultura patriarcal tan arraigada en esta sociedad.
He ahí el despliegue de una violencia inusitada y brutal contra nosotras. Violencia sistemática cuyo propósito es destruir, marcar, someter, desaparecer, castigar. Tatúan nuestros rostros, vulneran nuestros cuerpos, matan nuestros sueños, nos convierten en botín de guerra y con ello en todo lo indeseado, en la maleza a cortar. En nosotras los malditos descargan todo su rencor.  Es como si quisieran borrarnos del mundo de un manotazo con toda la saña y la sevicia posible.
O si no, cómo se explican estas aterradoras cifras -según Sisma Mujer: en el 2012, 47.620 mujeres fueron agredidas por su pareja o expareja; cada media hora una mujer fue víctima de violencia sexual en el país y cada mes 1.508. En el mismo año 138 fueron asesinadas por su pareja o expareja y en ámbitos asociados a la violencia política, la violencia sexual contra las mujeres  aumentó en  un 81,69 % comparado con el año 2011, de tal suerte que al uno de noviembre del 2013, las mujeres representan el 84,9% de las víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado colombiano.
En ese mismo orden, las mujeres representan el 51% de las víctimas del desplazamiento forzado, lo que significa que 2.632.427 mujeres colombianas han sido víctimas de este flagelo; el 51,4 % de las víctimas de amenaza en el país; el 43,8 % de las víctimas de tortura; el 46,8 % de las víctimas de la desaparición forzada  y el 46,7 % de las víctimas de homicidio en el país (Sisma Mujer).
Y siguiendo con este hermoso panorama, en el Boletín Epidemiológico (¿?) Información de Violencia contra la Mujer, de Medicina Legal, se presentan las  cifras correspondientes a los meses de enero y febrero de 2015, entre las cuales se encuentra: 126 homicidios,  735 casos de violencia contra niñas y mujeres adolescentes en el marco de la violencia intrafamiliar;  6269 casos  de violencia de pareja y 2631 exámenes médico legales por presunto delito sexual en contra de mujeres de los cuales  540 casos ocurren en Bogotá. En esta ciudad cada treshoras una mujer es agredida sexualmente, según Medicina Legal. Sumado a lo anterior está el hecho de las agresiones sexuales que ocurren en el sistema de Transmilenio sin que hasta el momento se hayan adoptado medidas eficaces para brindar una seguridad mínima a todas las mujeres que utilizamos este servicio de transporte urbano. 
Así pues,  la situación en la que nos encontramos las mujeres en este país y en esta ciudad es más que preocupante: es aterradora. Nuestra vulnerabilidad alcanza niveles insospechados y todo ello con la anuencia de las instituciones del Estado que no toman medidas contundentes que nos protejan y nos  permitan vivir en igualdad y en libertad.  Y una se pregunta si ésta es otra estrategia para que permanezcamos en una condición de indefensión total que permita la prolongación  del statu quo, que nos condena hasta el fin de los tiempos a la subordinación, al miedo y al silencio.

¿Cómo no estar -entonces- harta, indignada y enfadada con una sociedad  indiferente, sorda y perversa, que nos castiga por el hecho de ser mujeres? A veces siento vergüenza de haber nacido en un país como éste. País de cafres* y misóginos.
*Para usar una expresión de Darío Echandía de hace más de 50 años. ¡Cuánta razón tenía entonces aunque creo que se quedó corto...! 

martes, julio 29, 2014

La calles y sus fronteras (in)visibles


Me place compartir  la ponencia La calle y sus fronteras (in)visibles: aproximación a algunos espacios  públicos de Bogotá, presentada en el  XI Congreso Latinoamericano de Humanidades, Interculturalidad e Inclusión en la época de la Globalización. Este evento se llevó a cabo  en abril del año en curso y fue organizado por la Universidad Santo Tomás -Vicerrectoría de Universidad Abierta y a Distancia VUAD- de Bogotá.

Lo podéis leer aquí




viernes, julio 25, 2014

Salvaje Bogotá: crónica de un asalto

La tarde se antojaba estupenda después de una mañana gris, pasada por una llovizna menuda y tonta.  Y luego de una jornada laboral de reuniones y  lecturas en inglés y catalán sobre la vida urbana (Setha Low y Manuel Delgado) para la ponencia que llevaré a Córdoba –Argentina- en octubre, me pareció magnífica la idea de salir  con mi hermana y mi cuñado a una reunión en el centro de la ciudad.    Lo acompañaríamos a un encuentro con algunas personas de una comunidad indígena.  Nos sentíamos estupendamente pese a que justo cuando llevábamos cinco minutos en el coche, otro conductor nos advirtió de que íbamos “pinchados”.  Así que la única solución fue detenernos y buscar un hombre para que cambiara la rueda. El asunto duró 10 minutos pero  la cita era a las 6 de la tarde, eso significaba que íbamos con retraso. Llegamos al Centro Internacional a las 6:20.  Habíamos quedado en el café Oma, un sitio precioso con vistas al espléndido Cerro de Monserrate. Todo parecía perfecto, incluso mi familia comentó sobre las transformaciones de esa zona de Bogotá, antaño insegura, fea, desangelada. Y yo me sentía  casi feliz, incluso reconciliada con esta ciudad canalla.  Acabada la reunión, el delicioso café, el batizado de arequipe, la limonada de coco…  salimos a por el coche y mientras, hablamos de cenar en uno de los restaurantes de los alrededores. Mi cuñado dijo que esa zona se llamaba el punto G, cuestión que me hizo mucha gracia, pregunté por qué y mi hermana dijo “G de gasto, todo aquí es muy costoso”. Así que decidimos tomar  la avenida circunvalar pero antes  de llegar allí  pasamos por la otrora plaza de toros Santamaría. Pregunté qué se haría con ella ahora que no cumplía con su función primera. “Será un espacio cultural”,  dijo mi cuñado, a lo que yo comenté el caso de la Plaza de toros Las Arenas de Barcelona, ahora convertida en un magnífico, espléndido, inmarcesible, templo del consumo: un centro comercial.  Seguimos por la misma vía hasta alcanzar la calle 32 – el café donde estábamos está situado en la calle 23- . Pregunté en qué sector estábamos y mi hermana dijo en la Perseverancia “mejor dicho persecución”.  La verdad en pocos minutos habíamos pasado de una ciudad espléndida a otra sórdida y ruin.  Solo nueve calles bastaron para dejar el “primer mundo”  y entrar al “cuarto mundo”.  El paisaje urbano había cambiado de manera radical. ¿Estás seguro que por aquí se llega a la circunvalar? Pregunté. “Si, si, por aquí es”, respondió mi cuñado. Llegamos a la esquina justo antes de tomar la calle 32. Se debía doblar a la derecha para alcanzar la avenida circunvalar.  Nos enfilamos hacia ella y justo cuando el coche empezaba la  cuesta un hombre salido de la nada  se para al frente, abre sus brazos y se abalanza sobre el capó. Acto seguido aparecen otros dos hombres que se ponen  al lado del conductor y en la ventanilla trasera justo donde voy yo. Éste último es rubio y lleva una barba hirsuta, golpea el cristal con las manos unidas, mira mi bolso, me mira… grito, mi hermana y yo gritamos. El cristal de seguridad empieza a dibujar fractales. Siento un miedo nítido, inmenso; siento terror.  “Vámonos de aquí”, gritamos.  Estamos en una cuesta. Tres hombres salvajes rodeándonos. La gente pasa, mira y no hace nada. El coche no tiene la suficiente potencia para enfilarse cuesta arriba y llevarse al atacante.  “Vámonos de aquí”. El hombre sigue golpeando los cristales. Pasan unos segundos interminables. Mi cuñado da reversa. El vehículo rueda hacia abajo. Tengo miedo de que estos malandros nos sigan pero no es así.  El coche sigue rodando una calle, dos, vemos tres policías, paramos, los llamamos, acuden, contamos todo, los cristales fractalizados, cae una llovizna, hace frío, mis piernas tiemblan, siento impotencia, rabia; me siento vulnerada; pienso en un arma ¡pienso en un arma!, si tuviésemos una abriríamos la ventanilla y ¡zas! No puede ser. Esto es salvaje. Esta puta ciudad es salvaje. 
Los policías –tres hombres muy  jóvenes-  toman los datos y nos dicen  que, efectivamente, tienen conocimiento de que en esa calle pasa esa clase de cosas. ¡Y no hacen nada!  ¡Nos han asaltado a media calle de un CAI (Centro de Atención Inmediata de la Policía Nacional)! Después de todo este procedimiento nos advierten que debemos ir a otro CAI para ver las fotos de los posibles atacantes. Vamos allí aún con el miedo en el cuerpo. En el trayecto hablamos sobre la escoria de la sociedad, sobre cómo una sociedad tan desigual como ésta propicia este tipo de comportamientos delictivos; hablamos sobre lo desprotegidos/as que estamos la gente de a pie; hablamos sobre la necesidad de tener un arma, algo que permita defendernos; hablamos sobre la mentira de esta ciudad, de este país; y si, hablamos sobre “limpieza social” y todas esas cosas que suenan tan terriblemente fascistas y oscuras.   Llegamos al CAI, hablamos con los polis, vemos las fotos. Todas las imágenes, efectivamente, son de tipos horribles, inmundos, feos. Es como si la actividad a la que se dedican hubiese marcado sus rostros de manera permanente para convertirlos en inmediatos sospechosos de lo peor. Y más allá, esos rostros feos, deformes, asimétricos también reflejan la huella de la exclusión, la rabia, el descontento, el abandono.  Son los deshechos de una sociedad afincada sobre la injusticia, la desigualdad, la violencia, la desidia.  Vemos las fotos y todos podrían ser. Todos. Hasta cuando llegamos a un rostro moreno y enjuto, con ojos de loco. “Este se puso delante del coche”.  Sí, allí estaba él, mirando de frente a la cámara, con los ojos desorbitados. Después de unas cuantas fotos más, llegamos a la imagen del rubio, el que golpeó los cristales con un punzón hasta fracturarlos. Faltó muy poco para que lograra su cometido, para que metiera sus manos y se llevara mi bolso y para que, quizá, nos amenazara con un cuchillo…  Era él aunque no tenía barba, ni hirsuta ni frondosa. Pero era él, Samuel, Pedro, Alexander, José, cualquiera de esos hombres con rostro marcado por la delincuencia, podría ser…  Regresamos a casa ¡por la circunvalar! El miedo en el cuerpo, la impotencia, la rabia, el asco. El miedo. El miedo. No volveré a llevar mis documentos en el bolso, no portaré mis gafas RB, ni las tarjetas... no estaré tranquila nunca más. ¡El miedo! ¡El miedo! ¡El miedo! ¡Esta ciudad es una mierda!

miércoles, abril 09, 2014

¿Espacio Público en Bogotá?

En el marco del XI Congreso Latinoamericano de humanidades, Inteculturalidad y Exclusión en la Época de la Globalización, organizado por la Vicerrectoría de Universidad Abierta y a Distancia -VUAD- de la Universidad Santo Tomás, presenté la ponencia "La calle y sus fronteras (in)visibles: aproximación a algunos espacios urbanos de Bogotá".  Comparto  en esta bitácora el resumen de dicho trabajo de investigación:



                                                                               Resumen

En teoría, los espacios públicos urbanos son comarcas abiertas en donde es posible disfrutar del derecho de acceso universal al estilo kantiano y más allá, territorios de franca democracia en los cuales se ejerce una ciudadanía sin cortapisas. En ellos, supuestamente,  todas las personas somos iguales y por lo tanto podemos trasegarlos, ocuparlos, recorrerlos, vivirlos como nos apetezca. Sin embargo no siempre es así. O al menos no en el caso colombiano. Si bien es cierto que en Europa existe una noción de espacio público muy ligada a esa primera acepción de lugar de tránsito, de recorridos, de encuentros, es decir, lugar de apertura en todos los sentidos y por ello mismo  diseñado y acondicionado para dichos fines, en el contexto nuestro la realidad es otra. Ello se refleja  por un lado en la  poca importancia que se da a la construcción y mantenimiento de comarcas públicas para el acceso y disfrute de la ciudadanía y en aspectos como la falta de adaptación de los espacios urbanos a la variedad poblacional, esto es, a la singularidad de quienes practican y usan la ciudad: calles con aceras estrechas o sin rampas que permitan el acceso de personas mayores o con dificultades de movilidad, falta de cebras en cruces estratégicos, baches o agujeros en los espacios destinados a los tránsitos peatonales, suciedad, ausencia de bancos, etc.  

Pero existen otros factores aún más preocupantes. Uno de ellos es que  los territorios urbanos abiertos de nuestras ciudades parecen diseñados para una clase media general -blanca, joven, sana, masculina-; y otro, es que el espacio público en nuestro contexto es un elemento en construcción, esto es, un objeto amorfo al cual la polis no le ha dado la importancia que se merece. Y sumado a lo anterior hay otro aspecto no menos importante que no sólo condiciona el disfrute de los espacios abiertos sino que constituye en sí mismo una barrera casi insuperable: la sensación de que el espacio público está signado –irremediablemente- por el miedo, por  la idea real o infundada del peligro y la inseguridad.

Este trabajo es una primera aproximación a ciertos espacios públicos urbanos de Bogotá en los que se observa verdaderos obstáculos para los tránsitos, los encuentros, las esperas, las derivas de los y las urbanitas. Allí se evidencia, por ejemplo, cómo las personas mayores, las mujeres con niños pequeños, los individuos con alguna discapacidad física se ven en verdaderos aprietos para cruzar una calle, para subir a una cera, para acceder de manera fluida al sistema de transporte público. Y allí también se pone de manifiesto como en el reino de los vehículos los/as transeúntes son seres frágiles en sus trayectorias y recorridos urbanos. En este sentido la ciudad se convierte en un espacio de exclusión cuyas fronteras –algunas invisibles- impiden el acceso y el disfrute de esas comarcas urbanas de aparente democracia e igualdad.

Fotos: Marthacé

lunes, febrero 18, 2013

Llevo días sin escribir nada.  Podría decir que  debido a tantos cambios espaciales ocurridos en mi vida durante los últimos siete meses, he perdido el norte de la palabra. El maremagnum de circunstancias, de adaptaciones, de experiencias encontradas, de incertidumbres, de nostalgias, de redescubirmientos me tiene confinada en una especie de inercia que sólo me permite pensar en las cuestiones prácticas fundamentales. Estoy en una suerte de limbo creativo. No he hecho otra cosa que corregir por enésima vez  una novela que terminé de escribir hace casi tres años. 
Y me culpo por ello. 
Pero también me repito una y otra vez que me estoy llenando de motivos, de experiencias, de sensaciones, que  luego me permitirán tornar al camino de la creación con el ardor de siempre, con la pasión de siempre.
Eso espero. 
Por ahora disfruto también de la fotografía, otro de los fuegos que me alimentan y que me abstraen de una realidad exhuberante a la cual aún no me acostumbro.
Mientras regresan las palabras disfruto de atardeceres como éstos:







Fotos: Atardecer desde el cerro de Monserrate. (Marthacé, 2013)

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...