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sábado, agosto 27, 2016

MAMÁ ROSITA – Parte I

Rosa, Rosita, Rosa

Tenía los ojos verdes. Dos farolillos encendidos que hablaban en un roce de párpados.  Eran juguetones y dulces. Brillaban con la sabiduría de una vida hecha desde las márgenes.  Y así fue, en efecto, desde su nacimiento -en  un lluvioso octubre-  ocurrido en los albores del siglo XX,  en una tierra estéril y triste.   
Su madre Sara supo que estaba de parto cuando un torrencial se deslizó por sus piernas e inundó la casa. Entonces como pudo avisó a la partera de esos contornos para que le ayudase en la tarea fundamental y siempre sorprendente de traer un nuevo ser a un mundo para nada claro, sobre todo para Rosa cuyo camino estaría signado por ser una hija “natural”, una “bastarda”. La hija no reconocida de un terrateniente casado y con una prole magnífica que seguramente heredaría su fortuna. 

Rosa. Rosita. Rosa.

Sería siempre la hija de una mujer casquivana que no tuvo ningún remilgo en acostarse con su “patrón” a sabiendas de que tenía una mujer a la que había desposado en medio de una gran pompa y miles de flores encendidas.   La malvada Sara, su madre, jamás sintió el peso inmenso de los deseos de éste, ni sus manos hediondas, ni los acechos descarados en la cocina, ni las persecuciones por las labranzas de cacao cuando ella marchaba a su modesta casa después de un largo día que comenzaba a las 6 de la mañana y terminaba cuando el sol se ocultaba detrás de las crestas azuladas de las montañas. Sara jamás sintió el hormigueo de la violencia, de la desesperanza, de la vulnerabilidad, del hambre corriendo por sus tripas.
En una cultura patriarcal y pastoril, Sara era también una propiedad de su “patrón”. Por ello éste ejercía su “derecho” a seducirla y someterla; en su imaginario ella  era un objeto más que hacía parte de su colección de propiedades.  Sara era una vaca. Una yegua. Un bello animal de carga.
Así que el mundo para Rosa, Rosita, Rosa, fue oscuro desde que abrió los ojos. Creció en medio de las necesidades y con apenas 8 años ya debía hacer los trabajos de la casa y otros supuestamente destinados a los varones: recolectar leña, sembrar y limpiar las cosechas de yerbajos y malezas.
No tuvo esperanza, Rosa. Por ello, al final de la adolescencia repitió la historia de su madre. Una copia perfecta: misma situación aunque otro protagonista, misma relación desigual entre patrón-amo y sirvienta-esclava.  Y de esa situación de dominación que se prolongó por varios años, nacieron dos hijos, que tampoco obtuvieron el apellido del padre; cuestión que a la larga no hizo falta. ¿Para qué llevar a cuestas la  historia de un patán, un malnacido?
Después de un tiempo Rosa, Rosita, Rosa,  se dio cuenta que la vida era otra. Entonces conoció a un arriero de ojos azules que hacía largos  viajes por los Andes colombianos para transportar mercancía. Era propietario de una recua de mulas por tanto poseía una cierta riqueza en una época en que en el país no habían carreteras y el transporte hacia los lugares céntricos debía hacerse a través de viejos caminos reales de la conquista y la colonia y a través del río Magdalena.
Y durante una temporada Rosa fue feliz. Conoció la ternura de las manos y la posibilidad de soñar bajo las estrellas en los cálidos campos de San Juan.  Pero su hombre marchó de nuevo  en un trayecto  de ida y vuelta que tomaba tres meses y nunca regresó. Ella lo esperó paciente durante mucho tiempo hasta que un día le dijeron que se había despeñado por un abismo andino casi una década atrás.  Entonces miró a su hija de 9 años y vio en sus  ojos la transparencia del cielo en abril.

Rosa. Rosita. Rosa

Conoció el amor cuando ya había deshojado 40 calendarios y su esperanza no era más que un racimo de plátanos, un saco de yucas, una huerta elemental.  Y sus hijos. Levantados al filo de la precariedad y la ausencia. Por ello, cuando vio a Abelardo supo que era el inicio de todo. Y así fue, hasta que 30 años después éste murió en la selva, abrazado a su cintura. Desde entonces ella vivió largas temporadas  con su hija menor.  Y pudo ver cómo nacían nietos y nietas en otras condiciones, con padres  y madres solícitas que acunaban esperanzas pese a las vicisitudes cotidianas y las garras terribles de la necesidad.

jueves, junio 23, 2016

Los últimos estertores de la guerra

El pasado miércoles 22 de junio, mientras daba los últimos toques a mi look de proletaria ilustrada,   escuché la noticia más importante de los últimos 60 años: ese día era el último de la guerra en Colombia. Una guerra que ha bañado, literalmente, los campos y las ciudades de muerte.  Una confrontación demencial que ha acabado con la vida de cientos de miles de personas y  ha expulsado a millones de ellas de sus tierras, sus casas, sus  sueños.   

Una "guerra de baja intensidad" -como suelen llamarla algunos- que según el Centro de Memoria Histórica  desde 1958 hasta el 2012 mató a  258.000 personas. Y que ha ocasionado otra serie de situaciones de dolor tal como se puede percibir en las siguientes estadísticas del organismo antes mencionado:

-Entre 1970 y 2010 ocasionó el secuestro de 27.023
-Entre 1981 y 2012  produjo 16.340 casos de muertes selectivas y 23161 víctimas
-Entre 1988 y 2012 ocasionó 716 casos de acciones bélicas con 1344 víctimas, 5138 ataques a bienes civiles, 95 casos de atentados terroristas con 1566 víctimas
-Entre 1985 y 2012 produjo 1982 casos de masacres con un resultado de 11751 víctimas; en ese mismo lapso también se produjeron 25007 desapariciones forzadas, 1754 víctimas de violencia sexual y  4.744.046 víctimas de desplazamientos forzados
-Entre 1988 y 2012, las minas antipersona dejaron un saldo de 2119 muertos y 8070 lesionados y en ese mismo lapso 5156 personas fueron víctimas de reclutamiento ilícito.

Una guerra que mató a mis amigos Rafael, Liliana, Alberto... Que desapareció a  Tarcisio, aquel muchacho de ojos garzos; que llevó  a uno de mis tíos y a muchos de mis compañeros de universidad, manigua arriba; que expulsó a mi padre del campo caqueteño dejando tras sí el río, el maíz y los sueños...

Una guerra que esculpió los días de mis hermanos y míos con el recuerdo de aquella toma guerrillera de Belén de los Andaquíes con sus muertos arrumados en el parque infantil del pueblo con sus piernas y sus risas destrozadas y el olor a pólvora en el ambiente y el miedo en las tripas...

Una guerra que nos escupió a muchas personas fuera de las fronteras para reunirnos en Barcelona, en Madrid, en París, en New York...

Una guerra infame que nunca debió empezar y que hoy puede hilar su derrota pese al empeño e indiferencia de muchos; a la insensibilidad  de una mayoría que ha naturalizado el conflicto; a las armas que han anidado también en las palabras y el corazón...


viernes, julio 25, 2014

Salvaje Bogotá: crónica de un asalto

La tarde se antojaba estupenda después de una mañana gris, pasada por una llovizna menuda y tonta.  Y luego de una jornada laboral de reuniones y  lecturas en inglés y catalán sobre la vida urbana (Setha Low y Manuel Delgado) para la ponencia que llevaré a Córdoba –Argentina- en octubre, me pareció magnífica la idea de salir  con mi hermana y mi cuñado a una reunión en el centro de la ciudad.    Lo acompañaríamos a un encuentro con algunas personas de una comunidad indígena.  Nos sentíamos estupendamente pese a que justo cuando llevábamos cinco minutos en el coche, otro conductor nos advirtió de que íbamos “pinchados”.  Así que la única solución fue detenernos y buscar un hombre para que cambiara la rueda. El asunto duró 10 minutos pero  la cita era a las 6 de la tarde, eso significaba que íbamos con retraso. Llegamos al Centro Internacional a las 6:20.  Habíamos quedado en el café Oma, un sitio precioso con vistas al espléndido Cerro de Monserrate. Todo parecía perfecto, incluso mi familia comentó sobre las transformaciones de esa zona de Bogotá, antaño insegura, fea, desangelada. Y yo me sentía  casi feliz, incluso reconciliada con esta ciudad canalla.  Acabada la reunión, el delicioso café, el batizado de arequipe, la limonada de coco…  salimos a por el coche y mientras, hablamos de cenar en uno de los restaurantes de los alrededores. Mi cuñado dijo que esa zona se llamaba el punto G, cuestión que me hizo mucha gracia, pregunté por qué y mi hermana dijo “G de gasto, todo aquí es muy costoso”. Así que decidimos tomar  la avenida circunvalar pero antes  de llegar allí  pasamos por la otrora plaza de toros Santamaría. Pregunté qué se haría con ella ahora que no cumplía con su función primera. “Será un espacio cultural”,  dijo mi cuñado, a lo que yo comenté el caso de la Plaza de toros Las Arenas de Barcelona, ahora convertida en un magnífico, espléndido, inmarcesible, templo del consumo: un centro comercial.  Seguimos por la misma vía hasta alcanzar la calle 32 – el café donde estábamos está situado en la calle 23- . Pregunté en qué sector estábamos y mi hermana dijo en la Perseverancia “mejor dicho persecución”.  La verdad en pocos minutos habíamos pasado de una ciudad espléndida a otra sórdida y ruin.  Solo nueve calles bastaron para dejar el “primer mundo”  y entrar al “cuarto mundo”.  El paisaje urbano había cambiado de manera radical. ¿Estás seguro que por aquí se llega a la circunvalar? Pregunté. “Si, si, por aquí es”, respondió mi cuñado. Llegamos a la esquina justo antes de tomar la calle 32. Se debía doblar a la derecha para alcanzar la avenida circunvalar.  Nos enfilamos hacia ella y justo cuando el coche empezaba la  cuesta un hombre salido de la nada  se para al frente, abre sus brazos y se abalanza sobre el capó. Acto seguido aparecen otros dos hombres que se ponen  al lado del conductor y en la ventanilla trasera justo donde voy yo. Éste último es rubio y lleva una barba hirsuta, golpea el cristal con las manos unidas, mira mi bolso, me mira… grito, mi hermana y yo gritamos. El cristal de seguridad empieza a dibujar fractales. Siento un miedo nítido, inmenso; siento terror.  “Vámonos de aquí”, gritamos.  Estamos en una cuesta. Tres hombres salvajes rodeándonos. La gente pasa, mira y no hace nada. El coche no tiene la suficiente potencia para enfilarse cuesta arriba y llevarse al atacante.  “Vámonos de aquí”. El hombre sigue golpeando los cristales. Pasan unos segundos interminables. Mi cuñado da reversa. El vehículo rueda hacia abajo. Tengo miedo de que estos malandros nos sigan pero no es así.  El coche sigue rodando una calle, dos, vemos tres policías, paramos, los llamamos, acuden, contamos todo, los cristales fractalizados, cae una llovizna, hace frío, mis piernas tiemblan, siento impotencia, rabia; me siento vulnerada; pienso en un arma ¡pienso en un arma!, si tuviésemos una abriríamos la ventanilla y ¡zas! No puede ser. Esto es salvaje. Esta puta ciudad es salvaje. 
Los policías –tres hombres muy  jóvenes-  toman los datos y nos dicen  que, efectivamente, tienen conocimiento de que en esa calle pasa esa clase de cosas. ¡Y no hacen nada!  ¡Nos han asaltado a media calle de un CAI (Centro de Atención Inmediata de la Policía Nacional)! Después de todo este procedimiento nos advierten que debemos ir a otro CAI para ver las fotos de los posibles atacantes. Vamos allí aún con el miedo en el cuerpo. En el trayecto hablamos sobre la escoria de la sociedad, sobre cómo una sociedad tan desigual como ésta propicia este tipo de comportamientos delictivos; hablamos sobre lo desprotegidos/as que estamos la gente de a pie; hablamos sobre la necesidad de tener un arma, algo que permita defendernos; hablamos sobre la mentira de esta ciudad, de este país; y si, hablamos sobre “limpieza social” y todas esas cosas que suenan tan terriblemente fascistas y oscuras.   Llegamos al CAI, hablamos con los polis, vemos las fotos. Todas las imágenes, efectivamente, son de tipos horribles, inmundos, feos. Es como si la actividad a la que se dedican hubiese marcado sus rostros de manera permanente para convertirlos en inmediatos sospechosos de lo peor. Y más allá, esos rostros feos, deformes, asimétricos también reflejan la huella de la exclusión, la rabia, el descontento, el abandono.  Son los deshechos de una sociedad afincada sobre la injusticia, la desigualdad, la violencia, la desidia.  Vemos las fotos y todos podrían ser. Todos. Hasta cuando llegamos a un rostro moreno y enjuto, con ojos de loco. “Este se puso delante del coche”.  Sí, allí estaba él, mirando de frente a la cámara, con los ojos desorbitados. Después de unas cuantas fotos más, llegamos a la imagen del rubio, el que golpeó los cristales con un punzón hasta fracturarlos. Faltó muy poco para que lograra su cometido, para que metiera sus manos y se llevara mi bolso y para que, quizá, nos amenazara con un cuchillo…  Era él aunque no tenía barba, ni hirsuta ni frondosa. Pero era él, Samuel, Pedro, Alexander, José, cualquiera de esos hombres con rostro marcado por la delincuencia, podría ser…  Regresamos a casa ¡por la circunvalar! El miedo en el cuerpo, la impotencia, la rabia, el asco. El miedo. El miedo. No volveré a llevar mis documentos en el bolso, no portaré mis gafas RB, ni las tarjetas... no estaré tranquila nunca más. ¡El miedo! ¡El miedo! ¡El miedo! ¡Esta ciudad es una mierda!

sábado, marzo 29, 2014

"Cinc Plans" - Cinco Planos- en el VIII Encuentro Hispanoamericano de Cine y Vídeo Independiente

En el marco del  VIII Encuentro Hispanoamericano de Cine y Vídeo Independiente: Contra el silencio todas las voces, se presentará el próximo 3 de abril en la ciudad de México DF, mi cortometraje "Cinc Plans". Esta película habla sobre las consecuencias del conflicto armado colombiano en las mujeres no a través de la entrevista, ni la presentación de imágenes ensangrentadas,  sino a través de la metáfora del sonido y la expresión que conforman una solo cuerpo semántico. 
Estoy muy feliz que en otros territorios se reconozca mi modesto trabajo producto del esfuerzo personal y de la colaboración de mi familia, cosa que aún no ha sucedido en mi país de origen. Bueno, pero así son las cosas.  
Seguiré con esta pasión por contar historias desde el lenguaje audiovisual y seguramente para ello volveré a Barcelona, lugar que no solo amo sino que también me ha abierto las puertas de la poesía, del arte y la creación.  Y  vendrán otras realizaciones de la mano de mi amigo Javier Requena con el cual ya tenemos algunos planes.  
Os dejo la programación, por si alguien de ciudad de México desea asistir a la proyección de mi cortometraje

  


martes, octubre 30, 2012

95 AÑOS DE MEMORIA *

En unos cuantos cuantos días, mi abuelo Miguel Ángel Cedeño cumplirá 95 años. Casi un siglo de luchas, de partidas, de llegadas, de alegrías, des-amores y desvaríos.  Cuando nació, por allá en 1917, todavía no se había acabado la Primera Guerra Mundial y el país aún vivía las consecuencias de las Guerra de los Mil Días y el partido conservador mantenía su hegemonía  y Neiva apenas era un pueblo al que recién había llegado la energía eléctrica.
El abuelo –descendiente del Bravo Cedeño, veterano de la Guerra delos Mil Días- ha sido testigo de acontecimientos trascendentales tanto a nivel nacional como internacional.  Dentro de ellos podríamos enumerar La Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la Caída del Muro de Berlín con todas sus implicaciones y, por supuesto, testigo también de confrontaciones más recientes.   
A nivel nacional y local, el abuelo vivió la ascensión del partido liberal con  Olaya Herrera y también, vivió profundamente esa triste época de la Violencia política. Él fue uno de los tantos y tantos colombianos desplazados a finales de los años 50 por el terror cuyo color se pintaba en las fachadas de las casas.  Y a partir de ahí Miguel Ángel ha sido testigo de esa violencia endémica que parece enquistarse de manera inexorable en nuestro país.  
Y justo, a causa de esa primera violencia, el abuelo se vio obligado a partir hacia la selva en una época en la que se “premiaba” a las víctimas del horror con tierras baldías del piedemonte amazónico. Así llegó al Caquetá con su numerosa familia para intentar construir - con la ayuda de mujer, sus hijos e hijas-, un futuro  a base de trabajo,  tesón y sacrificio.  
Y como muchas otras personas de distintas partes del país- colonizadoras de la tierra prometida-  el abuelo abrió caminos y claros en el monte, construyó ranchos que luego se convirtieron en casas; sembró arroz, maíz, caña de azúcar; cazó dantas, guaras, borugas; levantó sueños en un medio hostil en donde ni siquiera había noticias de Dios.  Allí y  en las  condiciones más adversas,  experimentó incólume los cambios del mundo y el paso del tiempo.  Y entre faena y faena, entre sueño y sueño, también hacía algo fundamental: leía. 
Y ahora, con 95 años a cuestas y una lucidez envidiable, el abuelo viaja en avión y pregunta por Rajoy y recuerda la epopeya de la colonización del Caquetá y analiza la situación del país.  Y dice que no teme a la muerte pues ella también hace parte de la vida.
¡Por muchos años más, abuelo!

Foto: Marthacé
Mi columna de esta semana en La Nación

lunes, noviembre 07, 2011


CUANDO LA MUERTE ES UNA IMAGEN*

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Abro los diarios digitales colombianos y me encuentro de lleno con una imagen contundente: la de un cadáver con los ojos abiertos, la boca girada hacia el lado izquierdo en una mueca de risa siniestra y el rostro hierático totalmente afeitado. Y a un costado de esta fotografía aparece otra: la de un hombre con gafas  y espesa barba tan negra como su pelo, vestido al estilo militar que en ese justo momento parece hablar con alguien. El fondo de la imagen está diluido pero hay tonos verdes, muchos tonos verdes. Sin duda fue hecha en la selva.
Hace pocos días me sorprendí con una imagen similar. El rostro hinchado y ensangrentado de un cadáver expuesto sin tapujos en las primeras planas de los principales diarios de España y el mundo.  La confirmación exacta de la batalla contra el mal.  El registro fehaciente del triunfo de la bondad universal.
Y entre esas imágenes hay otras que se agolpan en mi cabeza sin conmiseración. De crímenes, atentados, accidentes… Y todas tienen algo en común: se despliegan con descaro para que sean devoradas brutalmente por los ojos de quienes las contemplan.  Y los mirantes, todas y todas, participamos en un acto de necrofagia, alentados por el peso de la morbosidad, el señalamiento, el horror, la condena… Asistimos indemnes al banquete de la muerte ajena. Y podemos condolernos, asustarnos y a veces imaginar la magnitud del desastre, la anchura del terror.  Todo esto sin dejar de comer, de reír e incluso de creer en Dios. 
Pero hay imágenes de imágenes. Las dos que he mencionado anteriormente  tienen un rango superior porque corresponden a seres que en vida pertenecieron al mundo de los “malos”, de los completamente “malos”.  Hombres siniestros sin ningún atisbo de humanidad.  Tiranos, sanguinarios, guerrilleros, seguidores del gran putas.  La crueldad hecha hombre. No importa si alguna vez estuvieron vinculados  así fuese someramente al mundo de los “buenos”. Por alguna extraña razón estos especímenes fueron confinados en  el reino de la maldad por los siglos de los siglos.  
De ahí la importancia de mostrar hasta la saciedad sus rostros vencidos e impasibles que ya no pueden horadar el sistema de seguridad local, nacional y mundial. Cuerpos fracturados expuestos sin miramientos como constancia del triunfo absoluto de la razón, la justicia, el bien.  Cuerpos ateridos de seres malvados merecedores de todos los castigos habidos y por haber pues sus horrendos actos sólo se pueden juzgar con la muerte. Pero no basta acabar con ellos: hay que exponerlos como trofeos y, sobre todo, como advertencia. En este mundo sólo hay cabida para los “buenos”.
Cuando la muerte es una imagen todos nos convertimos en sus cómplices. 
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*Columna de esta semana publicada  en el diario El Líder

domingo, octubre 23, 2011

¿El epílogo de ETA?*

Por Martha Cecilia Cedeño Pérez
ETA (Euskadi Ta Askatasuna) expresión euskera que se podría traducir al castellano como País Vasco y Libertad, acaba de anunciar la dejación de las armas después de 53 años de violencia y más de 800 muertos. En el comunicado afirma entre otras cosas que “estamos ante una oportunidad histórica para dar una solución justa y democrática al secular conflicto político” y  reconoce que “frente a la violencia y la represión, el diálogo y el acuerdo deben caracterizar el nuevo ciclo”.
Dos enunciados  clarificadores en los que subyace la aceptación de la aridez de su lucha para alcanzar esos objetivos independentistas a punta de disparos y bombas.  Acepta sin miramientos el fracaso de sus métodos extremos articulados  para horadar el Statu Quo y las mismas entrañas de la sociedad vasca y española.  Acepta que después de 53 años de terrorismo sólo ha conseguido llenar la vida cotidiana de zozobra y miedo. Y de muchas víctimas. La mayoría inocentes y otras de su mismo círculo. Víctimas propias y ajenas.
Ese reconocimiento se torna explícito al anunciar el cese definitivo de la actividad armada, haciendo un llamado a los gobiernos de España y Francia para abrir espacios de diálogo. Con ello también ETA muestra su  compromiso “claro, firme y definitivo” en la construcción de un proceso de paz real y en la resolución de las consecuencias de ese largo y crudo conflicto.
Esta es la mejor noticia de los últimos tiempos para una sociedad hastiada del terrorismo,  de la zozobra, de la amenaza permanente. Una buena nueva esperada y anhelada durante muchos años pero hasta ahora bastante esquiva. ¿Cuándo podremos los colombianos y colombianas despertarnos con una noticia similar? ¿Cuándo tendremos la certeza de la construcción de caminos alternativos para  poner fin a esa violencia atroz que nos conmina a la muerte, al exilio, a la desesperanza? ¿Cuándo se enterarán los “señores” de la guerra que el terror, la represión, la amenaza, la tortura, el secuestro y todos esos mecanismos perversos del conflicto sólo producen asco y repulsión? Con su barbarie sólo se erige la muerte, todas las muertes.
La cuestión es bastante clara. La única manera para allanar el camino en búsqueda de una resolución al conflicto colombiano es el diálogo, la voluntad de sus distintos actores para sentarse a negociar con todas las cartas puestas sobre la mesa. No hay otra alternativa.  El desangre que la violencia ha ocasionado en el seno de la sociedad colombiana jamás podrá repararse pero sí es factible detenerlo para trazar un futuro sin miedos y sin muertes.
ETA acaba de anunciar el cese de su actividad armada. ¿Cuándo lo harán las bandas terroristas de nuestro país?
*Columna de El Líder de esta semana
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AQUÍ VA EL VÍDEO DEL COMUNICADO DE ETA



domingo, septiembre 25, 2011

Violencia sexual contra las mujeres: un delito execrable*


La violencia sexual  contra las mujeres ha existido en todas las épocas históricas, aunque con diferente consideración. Hasta hace poco era percibida sólo como un agravio a la familia de la víctima en general y no como un crimen contra la mujer y por ello se quedaba en el ámbito de lo privado. En este tipo de agresión la mujer es considerada sólo como un objeto para satisfacer una serie de experiencias, fantasías y odios  del agresor. Es una actividad sexual desviada que busca el control y la opresión de la mujer y con ello la sensación, para el criminal, de estar en un nivel superior, de tener la fuerza con todas sus connotaciones.
La violencia sexual contra las mujeres, repugnante desde todos los puntos de vista,  se convierte en zonas de conflicto en un arma de guerra cotidiana. En un mecanismo para mantener satisfechas a las tropas regulares e irregulares que hacen parte del conflicto colombiano.  Así, por ejemplo, según Medicina legal, entre el año  2007 y el 2009 la Fuerza Pública colombiana fue responsable de 126 casos de violación, mientras la guerrilla, de 32; y los 'paras' y bandas, de 10. Cifra que seguramente no corresponde con la realidad porque muchas mujeres no se atreven a denunciar por miedo, por  ignorancia o porque en nuestro país este tipo de delito está tan “normalizado” que muchas féminas no se consideran agredidas. 
Sea como fuere,  la violencia sexual es una de las principales causas que encabezan el desplazamiento forzado de las mujeres en Colombia, concretamente dos de cada diez desplazadas se han visto obligadas a huir debido a este delito.
Según una encuesta de Oxfam y otras organizaciones no gubernamentales  realizada en 407 municipios, más de 94 mil mujeres fueron víctimas de abuso sexual entre el 2001 y el 2009. Y entre ellas más de 26 mil quedaron embarazadas. Embarazadas a las cuales también se les niega la opción del aborto porque en nuestro conservador y clerical  país aún no está legalizado no obstante la existencia de una práctica que muchas veces lleva a la muerte de las féminas. 
Y todo ello pese a la existencia de Leyes como  la 2257 de 2008 contra la violencia de género en la que se tipifican algunos delitos sexuales contra la mujer  y se reconoce la figura de ésta como víctima del conflicto armado. Pero ello no es suficiente. Es necesaria la adopción de medidas eficaces para enfrentar dicha situación creando canales efectivos de prevención, de denuncia, de acompañamiento y reparación y también, medidas contundentes contra los agresores. Cárcel sin contemplaciones para todos los criminales que vulneran a miles de niñas y mujeres colombianas, víctimas inocentes de una guerra endémica que parece no tener fin.

*Mi columna de hoy domingo en El Líder

miércoles, mayo 04, 2011

La tierra en Colombia: entre la sangre y la esperanza

Por: Martha Cecilia Cedeño Pérez*
Hace algunos días pasaron en la televisión española un informe sobre el problema de la tierra en Colombia. Allí presentaron el testimonio de varias mujeres y hombres víctimas del despojo por parte de los actores de la guerra. Personas humildes y trabajadoras que un día tuvieron que abandonar su parcela, su vida, sus ilusiones por obra y gracia de los grupos de salvajes que asolan nuestros campos y pueblos.
En ese mismo informe se mostraba cómo ya son más de cuatro millones las personas desplazadas y más de cinco millones de hectáreas las usurpadas a los campesinos y campesinas. Cifra que por otra parte difiere de la presentada en el último informe del Programa de Protección de Tierras y Patrimonio de la Población Desplazada (PPTD) publicado en enero de 2011 que habla de más de ocho millones de hectáreas sustraídas  impunemente a la población rural. 
Cuando vi dicho reportaje no pude de dejar de recordar a mi propia familia. A mi padre que a finales de la década de los años 70 tuvo que abandonar su finca de Belén de los Andaquíes por voluntad de un grupo de delincuentes. Así, ante las notas amenazantes, las intimidaciones, las reses muertas y, sobre todo, el miedo por la seguridad de su prole no tuvo otro remedio que vender por cuatro pesos su parcela y emigrar.  Dejar abandonada la tierra en la que  había puesto sus ilusiones, sus esfuerzos, su sudor y su aliento.  Abandonar por siempre ese fragmento de vida que jamás recuperó.
Y es que el problema de la tierra en Colombia viene de lejos. De hecho la mayoría de los  conflictos del siglo XX y XXI tienen su origen en la tenencia de la tierra que no sólo es clave en la productividad de la economía rural sino que históricamente ha sido una gran fuente de poder político y por ello mismo de conflicto social. 
La situación de guerra permanente que ha vivido el país en los últimos 50 años  ha dejado en un profundo estado de vulnerabilidad al campesinado, por no decir, en una crítica situación humanitaria. Pues éste ha sido casi siempre víctima inerme de una guerra atroz en la que entre otras cosas, la élite pretende defender su poder político y económico a costa los derechos fundamentales, económicos, sociales, culturales y ambientales de quienes trabajan y viven la tierra.
Y la solución a esos graves problemas pasa por una reforma agraria de amplio espectro que asegure una repartición justa de la tierra y brinde unas condiciones de vida dignas a toda la población rural.   El programa de  restitución de tierras a las víctimas del despojo es un primer paso en ese sentido; no obstante, si no se acompaña con políticas serias para modificar la estructura de la tenencia de la tierra en nuestro país,  no servirá de nada.
Fotos:
1. Paisaje desde el coche trayecto Pitalito - San Agustín
2 y 3. Heliconias y frutos de café en el Parque Arqueológico de San Agustín 
4. Finca típica de la zona sur del Huila, Parque Arqeológico de San Agustín
(Marthacé, septiembre de 2010) 
*Columna semanal periódico EL Líder, Caquetá, Colombia

martes, febrero 01, 2011

El color de los muertos

La muerte representa el final de un camino que una quisiera siempre natural, es decir, el colofón normal de una vida de luchas, sueños, esfuerzos, alegrías y todo aquello que configura nuestro trasegar por el mundo. En ese sentido la muerte no es ni más ni menos que la culminación de un proceso y el comienzo de otro que ignoramos por completo. Pero una cosa distinta son los muertos. Aquellos cuerpos ateridos y plácidos en su condición de no-ser. Efigies marchitas tan iguales en su condición de objetos sin ánima y sin embargo, algunas veces, tan distintos por las circunstancias de su existencia y la de quienes los lloran.

Colombia es un país en el que morir de viejo, de cansancio, de agobio, es decir, de muerte natural es casi un milagro. Los datos nos muestran las cifras de la sinrazón: miles de hombres, mujeres, niñas y niños víctimas de un conflicto atroz y endémico. Seres inocentes con las vidas rotas, acalladas, abatidas por la iniquidad de unos cuantos bárbaros que se atribuyen el poder de decidir sobre las vidas humanas a través del horror. En ese sentido todos nuestros muertos son iguales o deberían serlo. Y como tal las personas encargadas de velar por la seguridad y bienestar de los ciudadanos y ciudadanas tendrían que tratarlos. Pero no siempre es así a tenor de las noticias y las columnas publicadas en los periódicos del país que consulto por Internet en las que se refleja, en efecto, que aquí los muertos poseen un color más allá de la piel.
En nuestro país los muertos tienen un tono distinto a aquel propio de los difuntos. Se clasifican en categorías pero no en el sentido primigenio como el de nuestros aborígenes prehispánicos que los jerarquizaban en virtud de su papel dentro de la comunidad y su nivel de conocimientos, sino en virtud de la posición social y económica. Así, por ejemplo, un muchacho asesinado en un barrio marginal de Florencia o de Bogotá es un dato más en las cifras de la violencia y en todo caso una situación perdida (en los diarios se dirá que pertenecía a una pandilla urbana o a un grupo guerrillero). No se investigará a fondo el suceso y mucho menos se ofrecerá recompensa para atrapar a los criminales que lo perpetraron. Distinta sería la suerte de este cuerpo horadado (y de miles más) si en lugar de pertenecer a la periferia fuese miembro de la altas esferas de la sociedad. Entonces no se escatimarían esfuerzos para encontrar a los culpables para darles el castigo merecido. En nuestro país el color de los muertos va más allá de la palidez hierática: es una cuestión de poder.
Columna publicada el día 23 de enero en el diario El líder

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...