lunes, noviembre 07, 2011


CUANDO LA MUERTE ES UNA IMAGEN*

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Abro los diarios digitales colombianos y me encuentro de lleno con una imagen contundente: la de un cadáver con los ojos abiertos, la boca girada hacia el lado izquierdo en una mueca de risa siniestra y el rostro hierático totalmente afeitado. Y a un costado de esta fotografía aparece otra: la de un hombre con gafas  y espesa barba tan negra como su pelo, vestido al estilo militar que en ese justo momento parece hablar con alguien. El fondo de la imagen está diluido pero hay tonos verdes, muchos tonos verdes. Sin duda fue hecha en la selva.
Hace pocos días me sorprendí con una imagen similar. El rostro hinchado y ensangrentado de un cadáver expuesto sin tapujos en las primeras planas de los principales diarios de España y el mundo.  La confirmación exacta de la batalla contra el mal.  El registro fehaciente del triunfo de la bondad universal.
Y entre esas imágenes hay otras que se agolpan en mi cabeza sin conmiseración. De crímenes, atentados, accidentes… Y todas tienen algo en común: se despliegan con descaro para que sean devoradas brutalmente por los ojos de quienes las contemplan.  Y los mirantes, todas y todas, participamos en un acto de necrofagia, alentados por el peso de la morbosidad, el señalamiento, el horror, la condena… Asistimos indemnes al banquete de la muerte ajena. Y podemos condolernos, asustarnos y a veces imaginar la magnitud del desastre, la anchura del terror.  Todo esto sin dejar de comer, de reír e incluso de creer en Dios. 
Pero hay imágenes de imágenes. Las dos que he mencionado anteriormente  tienen un rango superior porque corresponden a seres que en vida pertenecieron al mundo de los “malos”, de los completamente “malos”.  Hombres siniestros sin ningún atisbo de humanidad.  Tiranos, sanguinarios, guerrilleros, seguidores del gran putas.  La crueldad hecha hombre. No importa si alguna vez estuvieron vinculados  así fuese someramente al mundo de los “buenos”. Por alguna extraña razón estos especímenes fueron confinados en  el reino de la maldad por los siglos de los siglos.  
De ahí la importancia de mostrar hasta la saciedad sus rostros vencidos e impasibles que ya no pueden horadar el sistema de seguridad local, nacional y mundial. Cuerpos fracturados expuestos sin miramientos como constancia del triunfo absoluto de la razón, la justicia, el bien.  Cuerpos ateridos de seres malvados merecedores de todos los castigos habidos y por haber pues sus horrendos actos sólo se pueden juzgar con la muerte. Pero no basta acabar con ellos: hay que exponerlos como trofeos y, sobre todo, como advertencia. En este mundo sólo hay cabida para los “buenos”.
Cuando la muerte es una imagen todos nos convertimos en sus cómplices. 
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*Columna de esta semana publicada  en el diario El Líder
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