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martes, octubre 30, 2012

95 AÑOS DE MEMORIA *

En unos cuantos cuantos días, mi abuelo Miguel Ángel Cedeño cumplirá 95 años. Casi un siglo de luchas, de partidas, de llegadas, de alegrías, des-amores y desvaríos.  Cuando nació, por allá en 1917, todavía no se había acabado la Primera Guerra Mundial y el país aún vivía las consecuencias de las Guerra de los Mil Días y el partido conservador mantenía su hegemonía  y Neiva apenas era un pueblo al que recién había llegado la energía eléctrica.
El abuelo –descendiente del Bravo Cedeño, veterano de la Guerra delos Mil Días- ha sido testigo de acontecimientos trascendentales tanto a nivel nacional como internacional.  Dentro de ellos podríamos enumerar La Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la Caída del Muro de Berlín con todas sus implicaciones y, por supuesto, testigo también de confrontaciones más recientes.   
A nivel nacional y local, el abuelo vivió la ascensión del partido liberal con  Olaya Herrera y también, vivió profundamente esa triste época de la Violencia política. Él fue uno de los tantos y tantos colombianos desplazados a finales de los años 50 por el terror cuyo color se pintaba en las fachadas de las casas.  Y a partir de ahí Miguel Ángel ha sido testigo de esa violencia endémica que parece enquistarse de manera inexorable en nuestro país.  
Y justo, a causa de esa primera violencia, el abuelo se vio obligado a partir hacia la selva en una época en la que se “premiaba” a las víctimas del horror con tierras baldías del piedemonte amazónico. Así llegó al Caquetá con su numerosa familia para intentar construir - con la ayuda de mujer, sus hijos e hijas-, un futuro  a base de trabajo,  tesón y sacrificio.  
Y como muchas otras personas de distintas partes del país- colonizadoras de la tierra prometida-  el abuelo abrió caminos y claros en el monte, construyó ranchos que luego se convirtieron en casas; sembró arroz, maíz, caña de azúcar; cazó dantas, guaras, borugas; levantó sueños en un medio hostil en donde ni siquiera había noticias de Dios.  Allí y  en las  condiciones más adversas,  experimentó incólume los cambios del mundo y el paso del tiempo.  Y entre faena y faena, entre sueño y sueño, también hacía algo fundamental: leía. 
Y ahora, con 95 años a cuestas y una lucidez envidiable, el abuelo viaja en avión y pregunta por Rajoy y recuerda la epopeya de la colonización del Caquetá y analiza la situación del país.  Y dice que no teme a la muerte pues ella también hace parte de la vida.
¡Por muchos años más, abuelo!

Foto: Marthacé
Mi columna de esta semana en La Nación

domingo, diciembre 05, 2010

Selva adentro*

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Antropóloga

El  departamento del Caquetá es un espacio poblado por gente de aquí y de allá que se vio en la necesidad de irrumpir en una zona inhóspita, plagada de ríos y de animales magníficos pero alejada de la mano de Dios. Ese proceso colonizador empezó, según algunos estudios, en la década de los años treinta justo cuando tiene lugar la guerra contra el Perú y se comienza la explotación del caucho que se constituyó en una importante fuente de riqueza pero también un mal terrible para las numerosas tribus que habitaban estas comarcas.

Pero es a comienzos de la década de los 60 cuando se desarrolla un fuerte proceso inmigratorio debido a las condiciones de precariedad y desesperanza en las que se encontraron miles de familias colombianas, producto de las circunstancias de violencia que asolaron al país a partir de la muerte de Gaitán en 1948. Y sobre todo, a las políticas estatales implantadas a partir de la Ley 135 de 1961, por la que se creó el Comité Nacional Agrario para, entre otras cosas, proveer de tierras a campesinos carentes de ellas, adecuar dichas tierras a la producción y dotarlas de servicios sociales básicos (Pulecio Franco, 2006). Desde esa perspectiva se creó el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (INCORA), impulsor de esas políticas de colonización, selva a dentro.

Y entre las cientos de familias desplazadas hacia esa manigua húmeda y poblada de mosquitos hambrientos, iba la de mi abuelo Miguel Ángel Cedeño. Él, junto a su mujer y sus hijos, partió en busca de esas nuevas tierras con la esperanza de hacer claros en la manigua para asegurar el futuro de su prole. Fueron años de intenso trabajo bajo condiciones infrahumanas, desbrozando montaña, aguantando estoicamente los embates de una naturaleza bravía y haciendo frente a la miseria, a la enfermedad y a la desesperanza que se sentaba junto a él todas las tardes en el corredor de la casa de su finca de Maguaré. El abuelo y mi padre como tantos otros hombres y mujeres saben de esfuerzo, de impotencias, de desesperanzas y soledad, porque la selva si acaso les deparó un trozo de tierra que más tarde, gracias al influjo de nuevas violencias tuvieron que vender al mejor postor o abandonar a su suerte o verlas decaer desde el horizonte de la pobreza. Y en muchos casos, esos hijos e hijas consumieron su juventud en trabajos agotadores sin poder acceder a la educación y por ello mismo sin otras perspectivas vitales que la de repetir la historia de precariedades de sus padres.

Sin embargo, gracias a esos colonos y colonas se erigió un departamento fuerte que planta cara a la adversidad, al abandono, a las vicisitudes. Por ello es hora de recuperar la memoria de estos hombres y mujeres que han hecho del Caquetá una tierra próspera. Su memoria no debe quedar selva adentro.

*Columna semanal publicada el domingo 27 de noviembre en el periódico El Líder, Caquetá, Colombia.
Foto:  Curillo, Caquetá. Tomada de la página http://www.skyscrapercity.com/

sábado, octubre 30, 2010

Para construir espacio público

Os comparto mi columna "Desde Barcelona" que escribo semanalmente para el  periódico El Líder, del Departamento del Caquetá, Colombia.


Para construir espacio público

Resulta inquietante la manera cómo en América Latina y Colombia se concibe el espacio público por parte de quienes dirigen el destino de las ciudades. Salvo contadas excepciones lo ven como un espacio que debe tener ciertas características formales adaptadas sobre todo a las necesidades del tránsito vehicular y, también, como un territorio que debe ser controlado, vigilado y, si hace falta, construido de acuerdo a unos ítems indiscutibles y en los cuales no participa la ciudadanía.
Existe la creencia generalizada que se construye espacio público cuando se pavimenta una calle o cuando se persigue y se saca a los vendedores ambulantes del centro de la ciudad. Y lo mismo se piensa cuando se amplía una acera para permitir más fluidez de los tránsitos peatonales pero se olvida hacer gradas o rampas para poder bajar del andén sin morir en el intento. Dicen los políticos que piensan en el espacio público cuando reforman un parque sin tener en cuenta las necesidades de la gente que lo usa, que lo transita, que lo vive. Y que se interesan por este tópico cuando gastan cantidades impresionantes de dinero en diseñar nuevas estrategias para limpiar este territorio de formas y seres indeseables.
Pero se equivocan. Construir espacio público significa, sobre todo, retomar los presupuestos básicos que lo definen; esto es, concebirlo como una comarca accesible para todas las personas. Un territorio abierto, despojado de obstáculos que impidan que aquellos seres que lo comparten (extraños, conocidos de vista o conocidos) puedan transitar por ellos con libertad y en igualdad de condiciones y en donde sea posible no sólo las derivas, los cruces sino también los encuentros y los azares. Si partimos de esa premisa encontramos que en nuestro contexto no existe un espacio público como tal sino un territorio fragmentado y caótico en el que reinan los vehículos. No existe un espacio pensado para los y las urbanitas pues por una parte, la calles, los pocos parques, los lugares comunes no están acondicionados debidamente para el acceso de todas las personas (mayores, individuos con alguna discapacidad física o motora, mujeres con cochecitos de bebé, etc.). Y por la otra, no existe una voluntad política para construir un espacio público democrático y abierto en el que sea posible también la circulación de ideas, de cuerpos, de pasos, de opiniones, de miradas…
*Doctora en antropología social y cultural.

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...