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miércoles, mayo 04, 2016

PALABRAS DE DESPEDIDA PARA MI ABUELO MIGUEL ÁNGEL

Abuelo - roble, sabio, pájaro-:

Hoy me he vestido de rojo para homenajearte.  Para exaltar tu vida de empeño, de constancia, de lucha. Para recordar cómo saliste indemne de las dificultades cotidianas, de la violencia antigua y nueva, de la pobreza, de la sinrazón, a través del esfuerzo y la desbordada inteligencia. ¡Y sí que eras inteligente, abuelo!  Y no lo digo porque acumularas más conocimientos universales que muchas personas que dicen ser doctoras -aún recuerdo los largos interrogatorios a los que me sometías cuando estudiaba el bachillerato para comprobar mis conocimientos: yo temblaba ante la mínima posibilidad de equivocarme-, sino porque siempre encontrabas una solución creativa a las situaciones más  adversas. Como cuando emprendiste el camino de la incertidumbre junto a tu mujer y tus hijos e hijas para construir un lugar en la selva en donde pudiese habitar la esperanza. Allí, en la espesura de la manigua caqueteña, forjaste en compañía de tu prole un hogar a base de coraje y voluntad, sorteando las inclemencias del tiempo, las enfermedades, las nubes inmensas de mosquitos y las garras del infortunio.
 Y levantaste de la nada una finca a la que pusiste el nombre de Sebastopol muy en consonancia con tus ideas de libertad y con la ilusión que entonces producía la consolidación de la mirada socialista en el mundo.  Sebastopol, aquel nombre de una ciudad de Crimea, se convirtió entonces en la concreción de un sueño. Allí crecieron tus hijos e hijas quienes también se dejaron la piel derribando montaña, sembrando maíz, arroz, yuca, plátano; moliendo caña de azúcar para producir panela. Y allí, en Sebastopol también nací yo: mi primer paraíso perdido.
Pero decía que eras muy inteligente. Y así lo demostraste cuando no tuviste otra opción que operar a tu hijo Héctor de un enorme grano que le había crecido en el cuello: esterilizaste la navaja e hiciste un corte seco hacia afuera, de tal manera que no cortases más de lo indicado y permitiese la salida del mal. O como cuando construiste la primera casa de palma en medio de la selva y elaboraste herramientas y armas y trapiches de madera y encontraste salidas a las vicisitudes de la vida cotidiana. Allí radicaba la esencia de todo: hallar el camino adecuado incluso  en las circunstancias menos afortunadas.
También te gustaba leer.  Aún lo recuerdo: llegabas de hacer la faena diaria del campo y sacabas de debajo del colchón un libro y te ponías en la hamaca a repasarlo.  Uno de esos libros que escondías fue el primero que  leí. Era uno de un escritor contestatario y anticlerical: José María Vargas Vila.  Muy a tono con tus posturas en torno a la religión y a la política.  Y, desde entonces, abuelo, yo he seguido tus pasos. Por ello, cuando una vez dijiste que te sentías orgulloso de mí, experimenté una felicidad absoluta: había pasado con creces la prueba de conocimientos a la que me sometías cuando era una muchacha de secundaria.
Así  fuiste trashumando el sendero de la vida en una actitud estoica y decidida, desempeñando toda suerte de oficios: constructor, armero,  pescador, minero  y campesino por convicción.   Actividades que permitieron  tu subsistencia  y  la de tu familia, al tiempo que recorrías esos territorios exuberantes que llenaste con tu presencia. 
Y ayer llegó la que esperabas. La única cierta, como me dijiste alguna vez. La única verdad.  Ya la presentías en las comisuras de las rodillas y en los sueños de tus días y noches. Te sentías agobiado, cansado de vivir. Y sobre ello hablamos el domingo 3 de abril, la última vez que nos vimos y escuché tu voz.  ¿Qué habrá más allá de la muerte? Me preguntaste. ¡Es imposible saberlo, abuelo!  Respondí  
Ahora tú tienes la respuesta.
Ahora eres energía cósmica que vuelve a su lugar de origen.  Eres luz, ser cuántico que se desplaza hacia una dimensión donde no existe el tiempo ni el espacio, ni la distancia, ni la vejez.   
Buen viaje abuelo, roble, pájaro, sabio…


Neiva, 14 de abril de 2016

jueves, agosto 22, 2013

Abuelo Miguel Ángel recita un poema

Mi abuelo Miguel Ángel pronto cumplirá 96 años y sigue tan lúcido como siempre. ¡Estoy viviendo de más!, dice.  No lo creo, respondo mientras lo miro a los ojos.  Aún brillan con ese fulgor de la inteligencia.   Y veo al abuelo tendido en la hamaca leyendo un libro y trabajando en la molienda de caña de azúcar para hacer panela y  galopando cuesta abajo en su caballo en la finca Sebastopol... ¡Y yo nací en Sebastopol!  Sí, el abuelo sabe de la Revolución Rusa y de muchísimas otras cosas. Y ¡cómo no! ha leído no sólo a Marx  y a Vargas Vila sino a otros filósofos y escritores de la sospecha. Ahora recuerdo que leí El lobo estepario en su finca alguna de esas veces que fuimos allí de vacaciones -yo tendría 14 o 15 años-.  ¡Con eso podemos advertir un poco de su talante! 
 El año pasado me confesó que le hubiese gustado conocer la Madre Patria y luego me preguntó ¿quedan franquistas en España?  Yo le respondí sin dudarlo ¡10 millones, abuelo!  
Cuestiones políticas aparte, ese mismo día recitó un poema que aprendió cuando era niño.  Yo lo grabé con mi modesta cámara de fotos.  Luego recurrí al "sabio" Google para intentar averiguar sobre la procedencia de los versos  y aquí está: es un fragmento del poema "La Luna" de Diego Fallón (1934-1905).  Quien desee leerlo completo puede ir a:
http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/literatura/apoeta/apoeta49.htm



martes, octubre 30, 2012

95 AÑOS DE MEMORIA *

En unos cuantos cuantos días, mi abuelo Miguel Ángel Cedeño cumplirá 95 años. Casi un siglo de luchas, de partidas, de llegadas, de alegrías, des-amores y desvaríos.  Cuando nació, por allá en 1917, todavía no se había acabado la Primera Guerra Mundial y el país aún vivía las consecuencias de las Guerra de los Mil Días y el partido conservador mantenía su hegemonía  y Neiva apenas era un pueblo al que recién había llegado la energía eléctrica.
El abuelo –descendiente del Bravo Cedeño, veterano de la Guerra delos Mil Días- ha sido testigo de acontecimientos trascendentales tanto a nivel nacional como internacional.  Dentro de ellos podríamos enumerar La Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la Caída del Muro de Berlín con todas sus implicaciones y, por supuesto, testigo también de confrontaciones más recientes.   
A nivel nacional y local, el abuelo vivió la ascensión del partido liberal con  Olaya Herrera y también, vivió profundamente esa triste época de la Violencia política. Él fue uno de los tantos y tantos colombianos desplazados a finales de los años 50 por el terror cuyo color se pintaba en las fachadas de las casas.  Y a partir de ahí Miguel Ángel ha sido testigo de esa violencia endémica que parece enquistarse de manera inexorable en nuestro país.  
Y justo, a causa de esa primera violencia, el abuelo se vio obligado a partir hacia la selva en una época en la que se “premiaba” a las víctimas del horror con tierras baldías del piedemonte amazónico. Así llegó al Caquetá con su numerosa familia para intentar construir - con la ayuda de mujer, sus hijos e hijas-, un futuro  a base de trabajo,  tesón y sacrificio.  
Y como muchas otras personas de distintas partes del país- colonizadoras de la tierra prometida-  el abuelo abrió caminos y claros en el monte, construyó ranchos que luego se convirtieron en casas; sembró arroz, maíz, caña de azúcar; cazó dantas, guaras, borugas; levantó sueños en un medio hostil en donde ni siquiera había noticias de Dios.  Allí y  en las  condiciones más adversas,  experimentó incólume los cambios del mundo y el paso del tiempo.  Y entre faena y faena, entre sueño y sueño, también hacía algo fundamental: leía. 
Y ahora, con 95 años a cuestas y una lucidez envidiable, el abuelo viaja en avión y pregunta por Rajoy y recuerda la epopeya de la colonización del Caquetá y analiza la situación del país.  Y dice que no teme a la muerte pues ella también hace parte de la vida.
¡Por muchos años más, abuelo!

Foto: Marthacé
Mi columna de esta semana en La Nación

domingo, noviembre 21, 2010

A mi abuelo Miguel Ángel y sus 93 años

Aún no te he dicho abuelo que me complicaste la vida, de manera indirecta, desde el momento exacto en que te ví guardar esos libros debajo del colchón. Sí, ya  sé que entonces sólo tenía 7 años. Me parece que no sabías que tu nieta leía desde los cuatro. Mi padre jamás te dijo que mientras estábamos en la manigua, internados en la selva como parias expulsados del paraíso, un hombre sabio y valiente me enseñó las primeras letras.  Así que cuando te ví esconder esos libros viejos no tuve otra alternativa que sacarlos de su escondite, leerlos de cabo a rabo así mi mente incontaminada no entendiese casi nada. Y lo hice con un miedo enorme de ser descubierta por tí.  Pero me pudo más la  curiosidad, el deseo inmenso por rastrear esas palabras que tu guardabas al anochecer. Además, abuelo, si venías cansado de la faena del campo y te acostabas en la hamaca a leer un libro era porque allí habían cosas buenas. ¡Era magnífico contemplarte en ese balcón  desde donde se podía ver el horizonte más verde que una pueda imaginar! 
También me la complicaste con tu bendita manía de hacerme pruebas de conocimientos cuando te visitábamos en tus predios o cuando tú decidías darte un respiro y dejar tus campos caqueteños para viajar  hasta nuestra casa. Me encantaba verte, abuelo, pero también te temía. Eras implacable con esas preguntas sobre geografía, literatura o política  que yo intentaba responder bien pero en las que casi siempre erraba. A veces, antes de verte, repasaba las cosas más importantes aprendidas durante el curso escolar para no dejarme vencer por tí. Pero siempre ganabas y me decías que sólo habías hecho hasta quinto de primaria pero que en tu época sí enseñaban y que ahora los muchachos y muchachas salen del colegio sin saber en qué continente queda el río Nilo...  Y tenías razón.  Me pusiste a prueba hasta que terminé el bachillerato, imagino que lo dejaste porque en la última tanda de preguntas que me hiciste acerté casi en todas las respuestas.
Me la complicaste porque desde entonces naufrago cada día en las palabras y en esa inquisidora mirada que busca siempre auscultar la otra cara de la realidad. Creo que hubiese sido mejor no sucumbir a tan temprana edad en todo ese mundo de invenciones, de artilugios, de mentiras y en ese afán constante por aprender cada día cosas nuevas.   ¡Me parece que siempre me estoy preparando para que me hagas más preguntas, abuelo! 
Me gusta  saber que tienes 93 años de lucidez, de experiencia, de historias que me gustaría recuperar. Y confieso sin modestia que también me encanta saber que te sientes orgulloso de esta nieta que gracias a tí ha intentado superar cada día las fronteras de la ignorancia.  ¡Me gusta que me hayas complicado la vida, abuelo!
P.D: Espero verte muy pronto. Viajaré hasta ese pueblito inmerso en la manigua para hablar contigo. Necesito hacerlo para decirte que te quiero y que ya estoy preparada para tus preguntas. Pero también me gustaría pedirte que me cuentes tu historia vital de gestas, de esperanzas, de sueños rotos. Quiero conservar tu memoria, testimonio de una época y sus circunstancias.

Fotos: Viaje al Desierto de la Tatacoa, Neiva, Huila, Colombia, 1999. 
Las dos primeras son imágenes de mi abuelo y en última imagen estamos con él mis hermanas Mariela y Lina María y Melquisec y Juan Carlos.

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...