lunes, julio 05, 2010

El equipaje de la memoria (I)

Mi amiga Amaranta Güell me ha pedido que publique esta narración escrita hace algunos años. No me he podido negar. La presentaré en dos partes porque es un poco larga. A mi me ha gustado y no lo digo motivada por el afecto sino por la emoción que me ha producido su lectura.
Aquí va.



El equipaje de la memoria

A la mama


Nos marchamos con la misma celeridad descomunal con la que habíamos llegado. De repente nos vimos encerrados en una casa calurosa en la que apenas había un patio interior con un gran árbol, el único vestigio de aquel edén amplio y claro en el que pasé los años más ligeros de mi vida. Ahora vivíamos en un pueblo en el que mi labor de exploradora se limitaba a una sola calle desvencijada, justo la de enfrente de casa. En eso consistía mi libertad. Lo supe justo cuando mamá nos advirtió que no podíamos salir solos porque Aquí la vida aquí es muy distinta, hay mucha maldad ahí afuera, nos dijo compungida.
Con nuestro desplazamiento al pueblo papá tuvo que contratar a un hombre para que se encargase de administrar la finca y pese a ello cada ocho días tenía que bajar hasta allí para ver cómo marchaban las cosas. Mamá pasaba mucho miedo pues temía que le pegaran un tiro y lo dejasen abandonado en uno de esos caminos por los que no hacía presencia ni Dios. Al poco tiempo el individuo contratado abandonó su trabajo porque, según él, desde un comienzo recibió cartas con graves amenazas Y yo no voy a arriesgar mi vida por estar cuidando algo que no es mío, dijo altivo. A partir de ahí papá volvió a hacerse cargo de todo lo relacionado con la finca, tema que ya se estaba convirtiendo en verdadero dolor de cabeza especialmente para mamá que vivía en una completa zozobra cada vez que él tenía que desplazarse hasta allí por algún motivo. Pasaron unos cuantos meses antes de venderla por cuatro céntimos; no fue suficiente que estuviese situada en un valle bendecido con las mejores aguas, con prados lozanos para el ganado y prósperos campos de cultivo.
En ese pedazo de tierra abierta todo crecía con furia como si desde abajo atizaran un fuego que envolvía a las plantas para que se desarrollaran de manera desaforada, como poseídas por un afán de ser vistas, acariciadas, tocadas, aprovechadas. Tampoco fue suficiente la casa levantada sobre columnas de madera en una colina imponente desde la que se tenían unas vistas afortunadas. Ciento ochenta grados de horizonte plagado de suaves hondonadas, de bosques prodigiosos, de valles fértiles, de caminos vigilados por las siluetas agrestes de la montaña. Todo, todo, al alcance de los ojos. No fue suficiente la belleza ni la extensión ni la productividad de la tierra de nuestros sueños, todo nuestro patrimonio, para venderla por un precio que atendiese a los elementos mínimos de una justicia universal.
Padre ya era un huido a la fuerza, un ser amenazado que quedaba a la intemperie, una más de las millones de personas que se ven obligadas a dejarlo todo en aras de la sobrevivencia básica. Nos quedamos de la noche a la mañana sin la frescura de los amaneceres, sin el canto del viento entre los árboles, sin los amigos de la escuela, sin las cabañas que hacíamos en los bosques cercanos, sin los charcos de agua y de barro. Abandonamos la libertad absoluta de los días, la apertura inmensa del campo para encerrarnos en una casa sin ventanas, sin espejos en los cuales mirar las madrugadas. Y fue así como lo perdimos todo, dice aún madre con la mirada nostálgica. Pero nuestra vida en el pueblo sólo duró un año porque papá cambió la casa por un hotel en un lugar lejano y frío de los andes; fue como mudarse a otro país, a otro mundo.
Aún recuerdo el viaje y mis primeras lágrimas en aquel quejumbroso camión que nos llevó con todos nuestros trastos a ese lugar gélido entre montañas. Fueron dos días de carreteras polvorientas y de paisajes agrestes, planos, profundos, verdes, nuevos. Dos días de cansancio e incertidumbre, de imaginarnos cómo sería nuestro nuevo hogar, ese lugar que papá había dibujado como un paraíso. Es muy frío y la casa es grandísima, con muchas habitaciones, bueno, es un hotel, y tiene un patio inmenso sembrado de manzanos, melocotoneros y calabazas. Y el colegio queda a dos minutos, y hay una iglesia y montañas muy, muy altas y una cascada y un mercado los domingos, y, y, y… Él sólo veía bellezas en un lugar en el que durante los pocos meses que estuvimos siempre nos sentimos extraños, habitantes pasajeros de una región desconocida en que la gente se vestía con trajes oscuros y con pesadas chaquetas y ruanas. Era demasiado.
Al principio el frío nos mantenía atados a la cama hasta que papá nos despertaba con su voz de trueno con un Ya es hora de levantarse y ello significaba desprendernos de las mantas para sentir el hielo demoledor agujereando hasta el último de los huesos (sólo recuerdo haber sentido un frío semejante treinta años después en Frankfurt). Pero lo más terrible venía cuando teníamos que ducharnos casi a la intemperie con un agua gélida que bajaba directamente de la montaña nevada; es una de las peores experiencias por las que he pasado, una verdadera tortura que comenzaba con los cubos de hielo rodando por la espalda y terminaba en los pies amoratados y casi dormidos. Pero el frío también tenía sus cosas buenas como por ejemplo que podíamos comer frutas y verduras frescas que antes no habíamos probado o la sensación extraña de vestirnos con ropa de abrigo y de ponernos zapatos cerrados con unos calcetines gordísimos algo nuevo para nosotros acostumbrados a andar sin nada en los pies por las veredas y los prados.
De mi paso por aquel pueblo alargado de una sola calle, rodeado de jardines y de montañas imponentes, persisten algunos recuerdos gratos. Uno de ellos es una nívea granizada de finales de enero que dejó el poblado y los alrededores completamente cubiertos de blanco. Fue mágico. Llovían unas gotas enormes y sólidas que poco a poco lo cubrieron los árboles, las macetas, los amplios pasillos de casa. Mis hermanos y yo corríamos sorprendidos por el patio sintiendo las bolas de hielo que nos golpeaban con desesperación; padres nos llamaban al orden pero nosotros desoíamos sus voces y nos lanzábamos bolas de granizo mientras corríamos de aquí para allá entre los manzanos y melocotoneros. Hicimos también castillos, casas, carreteras y un refresco de granizo; queríamos conocer el sabor de esas gotas congeladas de formas irregulares. Las probamos y las olimos intentando hallar aromas que nos remitieran a aquellos mundos conocidos que acabábamos de abandonar pero en nuestra mente de niños esta granizada se antojaba casi un milagro, uno de esos acontecimientos mágicos que solamente suceden una vez en la vida pero que permanecen intactos en los intersticios de la memoria.
Barcelona, mayo de 2008

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