miércoles, julio 08, 2015

Zaragoza, arde


Sabía de los fríos zaragozanos  y su cierzo maldito, pues durante muchos años he estado por estos lares visitando a mi hermana pequeña; pero no había sentido en carne propia la canícula que funde los ánimos, las fuerzas y las neuronas. Hasta esta semana, claro.  Y eso que tengo experiencia con las altas temperaturas en no pocos sentidos, pero sobre todo porque viví durante mucho tiempo en Neiva. Una ciudad colombiana cuyas calles reverberan a las dos de la tarde. Allí es normal que los termómetros marquen 38 grados a las 10 de la mañana y que el calor se te meta en los huesos y te haga perder cualquier atisbo de ligereza y te conmine sin piedad a la modorra y te lleve a buscar el mejor sitio para poder evadir el tirabuzón ardiente cuando no tienes aire acondicionado en casa.  El calor te escupe debajo de la cama, en la hamaca, en el patio, en la esquina del salón y sientes que no puedes evadirlo así te duches mil veces. Es sofocante y agotador e impide que hagas cualquier cosa  con diligencia: te condena sin remedio a la lentitud. Ello explicaría, de alguna manera, el carácter parsimonioso, ligado a la inercia, de buena parte de la población de esta ciudad. 
Pues bien, pensé que ya había vivido todo en este aspecto hasta volver a Zaragoza –después de tres años- y toparme de lleno con una “ola de calor”. En principio no le di mucha importancia pues creí –ingenua- que con mi experiencia vital en el Valle de las tristuras –así le llamaron los conquistadores españoles al lugar donde se sitúa Neiva-, con los recorridos por el desierto de la Tatacoa y  con tantos veranos en Barcelona, ya estaba curada de espantos en este sentido.  ¡El calor no me afectaría en lo más mínimo!
Pero ¡qué equivocada estaba!  El suplicio empezó el mismo día de mi llegada a Zaragoza, una vez bajamos –mi hija y yo-  del AVE una bocanada de aire ardiente cruzó nuestros rostros. ¡Jo, qué calor, mama! Y unas calles antes de llegar a casa, un termómetro callejero marcaba 39 grados.  Y esto no es nada, dijo mi hermana, dicen que la cosa irá a peor en los próximos días.  Vale, vale, respondí incrédula. Y así pasaron cuatro días tatuados por el infierno. De día escondidas en casa hasta que el calor bajaba un poco, entonces aprovechábamos para salir por ahí a comer un helado y tomar la fresca en la Gran Vía; y de noche, nos acostábamos  tarde y abríamos todas las ventanas  para promover corrientes de aire. Y todo ello funcionó a medias hasta el pasado lunes.  Día fatídico. Aproveché la mañana para trabajar –no estoy de vacaciones-, bueno hasta las 10, hora en que el sofoco  hizo cerrar el ordenador y el pensamiento y expulsó la ropa y los sentidos.  Y entonces me pregunté qué putas hacía en este infierno cuando tenía el frío bogotano y la montaña y el cielo encapotado  (no, no quise volver a Bogotá, pero eché de menos su temperatura amable). Y la noche fue peor. Henos a la 1 de la madrugada en la terraza hablando tonterías y mirando la calle, abajo, iluminada con transeúntes solitarios/as desplazándose con lentitud y la luna que absorta empezaba e emerger de los edificios. No refrescó en toda la noche como presagio de un martes ardiente que nos abofeteó sin compasión desde la primera hora.

El periódico de Aragón advertía que se alcanzarían temperaturas extremas y que posiblemente se batiría el record de 2009 (43.1º en el aeropuerto de Zaragoza).  La cosa no pintaba nada bien. ¿Qué haremos? Decidimos ir a la piscina y comer allí, al menos tendríamos el agua a mano para darnos un chapuzón cuando el calor arreciera. Y así lo hicimos. Debajo de un árbol el tiempo transcurría con lentitud mientras seguíamos la noticia de la ola de calor: a las 5  y 30 de la tarde el termómetro marcaba 44.5 grados. ¡Joder! Esto es como abrir un horno. Sientes el aire caliente en el rostro y no puedes respirar y luego te mareas y piensas que vas a desfallecer y que esto es una de las cosas más horribles que has experimentado en la vida. Desde las 2 hasta las 8 de la tarde el tiempo fue un libro malísimo, cerezas heladas, cierzo infernal, chapuzones en el agua infestada de gente sofocada… Y la constancia absoluta de nuestra fragilidad e impotencia. ¡Pobres seres de nervios y piel expuestos a la intemperie!

Y sí: es la última vez que vengo a Zaragoza en verano.

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