jueves, marzo 01, 2007

Presintiendo a Lisboa

Aquellas eran noches de impotencias
que desaparecían al filo de las horas
-Pessoa siempre nos miraba, en silencio,
desde el muro-.
Era fácil ser feliz entonces
y recorrer las calles de vino
con sus sombras mágicas
y sus discursos y sus movimientos.

No era la Lisboa presentida
con sus aromas añejos
Era otra ciudad anudada a un río silencioso
y ligero con nombre de mujer:
Magdalena
Era una promesa oxidada en los bancos
del parque
abiertos al soplo de la tarde
donde a hurtadillas inventábamos el amor.

Aquellas eran noches de canícula
y deseo
¡Cómo quisimos entonces que fuera
Lisboa con su cintura de mar!
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