sábado, febrero 20, 2010

De partidas y abandonos

De partidas y abandonos
(A la mama de ojos garzos)
Por: Martha Cecilia Cedeño Pérez
Partir es un intersticio abierto a destajo para alejar las atmósferas vacías que hacen de la vida una cadena perpetua de medianía, de logros efímeros y amores volcados en contenedores de basura. El viaje hace parte de esa necesidad ontológica que tenemos los seres humanos de trasegar caminos inéditos, de conocer otras maneras de entender la realidad. La partida nos hace vulnerables porque ella se nutre de la materia inefable de lo desconocido. Partir no es otra cosa que ser pasajeros entre dos mundos unidos por la experiencia y el recuerdo, por la realidad y la ilusión, por el hastío y lo posible; es abandonar y ser abandonado por todo aquello que conforma el espacio conocido, el lugar modelado por las circunstancias vitales que hemos construido paso a paso de manera consciente o inconsciente.
Abandonamos un espacio, un lugar, una situación, un modo de vida que se nos queda pequeño o que no nos gusta o que nos hiere o que está de más. Abandonamos sin piedad lo querido en busca de utopías que a veces trascienden la lucha básica por la sobrevivencia. Pensamos que allá, en ese lugar elegido u obligado, existen todas las posibilidades de ganar la batalla a la precariedad, al insulto, a la injusticia, a la muerte, al desamor, a la inercia, a la desesperanza. Y, a la vez, cuando partimos nos convertimos en seres abandonados, en aves peregrinas cuyo vuelo es borrado por el tiempo, por la desgracia de no tener presencia en el mundo primigenio de los afectos, de las transacciones en las que los individuos gestionan la rutina cotidiana y en donde es tan importante la presencia física, ese continuo agitar de los cuerpos con sus formas y palabras que expresan apariencias, modos de estar en el tiempo presente de la vida.
Te vas y dejas de existir. En el mejor de los casos quizá puedas convertirte en un recuerdo que poco a poco se va difuminando hasta perderse completamente en la burbuja de la desmemoria. Si acaso te echarán de menos las personas más allegadas o sólo tus padres que se empeñarán en tejer día a día el hilo de tu regreso. Eres un muerto con la diferencia de que de vez en cuando puedes aparecer como un espectro. Entonces te dirán qué bien estás, se nota que por allá las cosas van estupendamente, qué alegría verte, y nunca mencionarán –aunque lo piensen- que tienes peor cara, o más barriga o más idiotez en la mirada. Y jamás te harán sentir que formas parte de su mundo; al contrario, en ese mirar de reojo y en las palabras no dichas siempre existirá el reproche silencioso por la partida a destiempo, por haber subvertido el orden normal de la vida cotidiana.
Abandonamos pero también nos abandonan sin piedad hasta convertirnos en seres extraños en nuestra propia casa, en desterrados del mundo de los afectos, de las cosas conocidas, de los sabores cálidos de aquel fragmento de mundo que creemos cierto y lejano a la vez. Pero más allá, partir es moverse hacia un espacio desconocido en el que se transgreden los bordes de la cotidianidad, en el que se traspasan los límites de lo cercano. No se parte hacia lo conocido, hacia aquellos espacios demasiado vistos y practicados cuya esencia nos es familiar. No. Se parte hacia un lugar no reconocible en la experiencia diaria en el que, con el tiempo, se irán buscando afinidades, similitudes, corrientes que remitan al punto de origen, al motivo del regreso. Un lugar y muchos lugares que casi siempre se anudan a la nostalgia endémica, al fracaso, a la desazón lacerante de estar navegando entre dos aguas para recordarnos que nos hemos convertido en una especie de parias universales, sin raíces ciertas, sin historias que reflejen la medida de nuestros pasos.
Cuando se parte por voluntad propia se tiene la certeza de la libertad porque implica que no ha habido una coacción previa distinta al deseo de trasegar otros mundos, otros caminos. Entonces la movilidad, el pasaje, es un acto de apertura y transgresión, de rebeldía efímera ante los constreñimientos de la cotidianidad; nos evita ese resquebrajamiento existencial que nos hace sucumbir ante la monotonía de las cosas corrientes que persisten en el tiempo: la inmovilidad, la estadía férrea en un solo lugar que nos condena a repetirnos continuamente, a repasar cada día los mismos senderos, las mismas luces y sombras sobre el tejado; los mismos balcones y calles tristes. La partida es un antídoto contra la vida encerrada en un círculo de arena y el regreso una muerte más en el laberíntico sendero de los sueños
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martes, febrero 16, 2010

Un texto de Marco Tulio Aguilera Garramuño

No puedo esperar a que MT me autorice la publicación de uno de los cuentos del Imperio de las mujeres. Cuentos en lugar de hacer el amor en este blog. Así que comparto con vosotras(os) el magnífico epígrafe "El señor de los sueños" que hace parte del libro antes mencionado. Mientras me atrevo a publicar mis impresiones sobre él, espero que disfrutéis de su lectura.
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El señor de los sueños

No le rinde cuentas a nadie. Es caprichoso. Puede ser complaciente si está de buen humor o malvado por llevarle la contraria a su propio estado de ánimo. A veces es ligeramente razonable y le da por sopesar los actos diurnos de los hombres. Entonces juega a las recompensas y castigos. Puede ser bondadoso –y se inclina a serlo– con los miserables. A un mendigo que duerme cobijado con periódicos, le puede suministrar sábanas de seda china y pieles de armiño. En asuntos de amor prefiere favorecer a los solitarios o a los que tienen a sus amados muy lejos. Reparte noche a noche hombres magníficos a damas pesarosas y mujeres espléndidas a los más extravagantes engendros. No escatima. Al fin y al cabo tiene a su disposición todas las razas, todas las variedades, todos los sexos, todas las texturas de piel, todos los labios, todas las manos gentiles y amorosas. No existe nada que se le niegue. También puede ser un eximio torturador. A veces le basta una sombra para hacer delirar a un soñador, pero en ocasiones recurre a máquinas infernales. Puede hacer que un hombre, con toda frialdad, rebane sus dedos, sus manos, sus muñecas, sus brazos, en delgadísimas tajadas con una cortadora de jamón. A veces, por simple descuido o antojo, reparte sueños equivocados. Convierte a un hombre sano y orgulloso de su virilidad, en una prostituta de lo más vulgar y vulnerable. O transforma a un anciano en una bicicleta nueva que vuela cuesta abajo. También suministra placidez a los que están al borde de] suicidio. A éste le retorna una sonrisa que perdió entre mil rostros anónimos, a aquél un paisaje que extravió en sus peregrinaciones, al de más allá, le devuelve un amor perdido, quizá el único que tuvo en la vida. Visita a todos los durmientes, pero son pocos los que recuerdan su rostro. La verdad es que nadie lo puede recobrar en la existencia vigil. Para lograrlo sería necesario vivir exclusivamente para atisbar los deslices del sueño. De todos modos está ahí, sentado al lado de las camas desde el instante en que las personas cierran los ojos. Entonces les pone sus dedos sutiles sobre los párpados y espera a través de ellos sentir las pupilas ansiosas, dispuestas a contemplar los paisajes de la noche. Es un viejo antojadizo que no obedece a nadie. Se divierte mucho. Pero eso solamente sucede durante la noche, cuando la mayoría duerme. El resto del tiempo lo pasa maquinando las fantasías que ofrecerá a sus protegidos en cuanto les llegue el sueño. El hombre de los sueños es el eterno insomne. No tiene tiempo para dormir. Si durmiera, los hombres carecerían de sueños. Y si los hombres carecieran de sueños, sin duda, habría más catástrofes y crímenes de los que agobian al mundo. Hay quienes piensan que cada persona tiene su propio hombre o mujer de sueños. Algunos osados se atreven a pensar que el hombre de los sueños es la única divinidad auténtica a la que pueden tener acceso los seres humanos.
Tomado de:
Marco Tulio Aguilera Garramuño, El imperio de las mujeres. Cuentos en lugar de hacer el amor. Educación y cultura, México D.F., 2009

miércoles, febrero 10, 2010

Junto al crepúsculo (Videopoema)

video

Este videopoema fue realizado con la ayuda de Isabel Gómez quien, a falta de una cámara de vídeo en condiciones, utilizó la de su móvil. Y el resultado está aquí, sin artificios ni edición. Lo hicimos justo el domingo pasado en uno de los resquicios del Parc de Collserola, debajo de un árbol pleno de sol. Debo decir también que la idea de realizarlo partió de Isa, mi amiga y cómplice en éste y otros territorios.

lunes, febrero 08, 2010

Nota con agradecimiento

El pasado cinco de febrero asistí a la conferencia "Claudio Rodríguez, la época, la poesía y sus poemas" impartida por el profesor Antonio Machín Romero y organizada por la Asociación Cultural El Laberinto de Ariadna que dirige el poeta Felipe Sérvulo. Fue una experiencia magnífica que permitió no sólo aproximarme a la obra de Rodríguez sino también a un grupo de mujeres y hombres del ámbito de las letras que comparten además de las palabras, sus experiencias
creativas, sus miradas.
Gracias, Felipe, por hacerme partícipe de vuestro trabajo y por brindarme la oportunidad de acercarme a un mundo que aquí siempre he visto desde una periferia que, a veces, me reclama entre sus bordes.



Todas las fotos han sido tomadas de La Asociación Cultural El Laberinto de Ariadna.
Foto 1: Antonio Machín
Foto 2: Felipe Sérvulo y Martha C. Cedeño
Foto 3: El conferencista con las/os participantes.

martes, febrero 02, 2010

Otredad

Eres extranjero en tu casa
y sombra en la calle
lejana.
Transeúnte silencioso
con agonías en los párpados.

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De Versos en Claroscuro (2009), inédito