martes, junio 28, 2011

El Monasterio de Piedra

Hace un par de días estoy en Zaragoza con mi hija Luna. Hemos venido a pasar unas jornadas de descanso en casa de mi hermana pequeña, Marielita. Y todo ha ido estupendo excepto una cosa: el calor desaforado que me ha impedido conciliar el sueño y disfrutar de las calles de esta espléndida y tranquila ciudad.  Un calor que se mete en la piel  y los sentidos y que me hace recordar aquella otra canícula tropical a la que siempre llevo conmigo: Neiva.
Así que, para escapar un poco de esos brazos ardientes, el domingo pasado fuimos al Monasterio de Piedra. Un lugar espléndido en medio del secano aragonés. Un prodigio enmarcado en barrancos rojos y grises con cascadas  prodigiosas que brotan de la nada y un lago de cristal en el que se refleja el cielo con sus águilas y sus nubes estivales.  Un respiro pleno de verdores, de aguas y sonidos que nos recuerdan que alguna vez, hace muchísimo tiempo, toda esa zona era más que una extensión de tierra erosionada por la acción bestial del ser humano.  
Aquí van algunas imágenes de esa maravilla hechas por mi cuñado Manuel Benedicto:











Zaragoza, junio de 2011

martes, junio 21, 2011

Solsticio de verano

No fueron necesarias
las palabras
para tenerte en mi boca
abierto y sutil
trémulo como mis manos
recorriéndote.
.
De mi libro inédito Versos en claroscuro, Barcelona, 2008 

domingo, junio 19, 2011

Domingo

A veces el último domingo de la primavera suele tener su hechizo.  Y éste puede palparse en el canto de las golondrinas revoloteando sobre los tejados, en el café que disfruto en soledad en mi balcón mientras intento ver la línea plata de la mar oculta en una neblina gris, en  mi planta de tomates con sus seis pequeños  y prometedores  frutos (cien por cien eco-lógicos) que observo y  riego con mimo...  Y sí, en las palabras inesperadas que encuentro al abrir mi correo.  Versos  brillantes y cálidos,  plenos de memorias, de aromas, de sabores y formas. Versos sabios y prometedores como este último domingo de primavera...

sábado, junio 18, 2011

Bajo las aguas de la belleza*

Aproximarse a este libro es un placer para los sentidos en una doble acepción. Primero porque nos lleva a explorar los resquicios de la palabra concentrada y esencial que recrea el mundo cercano sin retóricas ni artificios innecesarios  y, segundo, porque junto con esa palabra depurada nos vemos irremediablemente imbuidas en unas imágenes de una alta plasticidad que reflejan una  mirada profunda y nueva sobre  elementos recuperados de los terrenos baldíos de la trivialidad.  La fotógrafa  y la poeta tejen sus imágenes de manera sutil e inédita para perfilar una armonía elemental que se deja acariciar sin desasosiegos ni fisuras  a través de cada una de las páginas. Ellas nos demuestran cómo dos  formas creativas  distintas se  complementan y mimetizan para re-crear una realidad próxima pero casi siempre desapercibida.
Y hay un el elemento  vital que atraviesa esos senderos expresivos: el agua en sus distintos matices y connotaciones. Ésta se constituye en el hilo conductor que perfila y enhebra los posibles  niveles  de lectura  o, más bien, es la excusa para ir en búsqueda de la belleza en su más alta  significación. Una belleza que, según Baudelaire,  es un duelo en que el  artista da gritos de terror antes de caer derrotado, pero que en este caso es un acercamiento gozoso  y afortunado a esos objetos que están al borde de nuestros ojos.  
De ese modo es posible dejarnos llevar por un mar sereno con alma de mujer o  por uno embravecido y lunático que sin embargo calma el ánima de los seres exaltados,  por otro que duerme plácido tras una barca cubierta de soledad  que es visitada por tortugas milenarias y por aquel oteado desde los ojos ausentes de Amina.  Podemos también contemplar una gota de agua pendiente del pico de un ave o muchas gotas dormidas bajo las ramas de un árbol otoñal, o la figura caprichosa de miles de ellas resbalando en la mirada sorprendida de una paloma o de una gaviota suspendida en un círculo de ondas.  Agua transparente en los pies de la arena, encajada entre rocas, dormida bajo las fauces de un muelle, temblorosa bajo las velas de un los cuerpos,  gris tras el manto de un paraguas, briosa en los bordes de la vida. 
Este libro nos convida a  navegar en esos espejos de agua en los que la vida se despliega en imágenes y palabras, en luces y sombras, en ausencias y esperanzas.  Y todo ello bajo el influjo de una belleza renovada que las autoras aprehenden a través de su mirada sensible y profunda.
Martha Cecilia Cedeño Pérez
Antropóloga y poeta 

*Prólogo que escribí para el libro Las alas del agua de mis amigas Pilar Osorio y Esther Morán, Barcelona, 2011

domingo, junio 05, 2011

La vida mata

Quiero compartir esta canción que descubrí, maravillada, hace algunos días. De ella, además del título que parece el de un tango, me gusta su poderosa letra y la voz de su intérprete. Diego Vasallo, se llama. Y no, no es de aquellos cantantes superficiales estilo Operación triunfo. Nació en San Sebastián, compone, canta y además  pinta. Como quien dice un artista total. Podéis visitar su página aquí