A veces el último domingo de la primavera suele tener su hechizo. Y éste puede palparse en el canto de las golondrinas revoloteando sobre los tejados, en el café que disfruto en soledad en mi balcón mientras intento ver la línea plata de la mar oculta en una neblina gris, en mi planta de tomates con sus seis pequeños y prometedores frutos (cien por cien eco-lógicos) que observo y riego con mimo... Y sí, en las palabras inesperadas que encuentro al abrir mi correo. Versos brillantes y cálidos, plenos de memorias, de aromas, de sabores y formas. Versos sabios y prometedores como este último domingo de primavera...
Divagaciones sobre la ciudad, sus calles, sus multitudes en perpetuo trance y sus individuos sonámbulos. Relatos sobre cuerpos en movimiento y paisajes efímeros; elogio a la mirada, a la poesía de lo cotidiano, a la vitalidad de los bordes y otros asuntos...
domingo, junio 19, 2011
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