viernes, julio 13, 2012

Recorrido en buseta

A las 15:30 Neiva arde. El sol, inclemente, reverberea en las calles y en las hojas de los árboles. No hay ni un alma en las aceras, ni una gota de aire en los tejados. ¡Mierda! digo, mientras salgo de casa de malhumor. Coja la buseta no. 4 en la calle de arriba, dice mi padre. Camino con el sol en la espalda. Siento que mi cabello aún húmedo -acabo de ducharme por segunda vez en este día-, se empieza a calentar sin consideración. Una moto con dos ocupantes pasa por mi lado y casi me roza. Pienso en todas las palabrotas   ibéricas que ya no puedo borrar de mi cabeza.  Espero cinco minutos en una acera (aquí no hay paradas estipuladas y la gente hace señales a los autobuses y busetas donde le da la gana). Veo la buseta no. 4 pintada de azul. Levanto la mano. Para. Pago 1300 pesos. Ojeo el interior. Sólo lleva tres ocupantes: dos hombres y una mujer. Busco un asiento estratégico en el que el sol no me encuentre. El vehículo parte por calles tantas veces repetidas. Y yo empiezo a observarlas mientras los recuerdos acuden a mi mente. La memoria se ensancha en cada esquina, en cada cada recodo, en cada barrio. Por aquí vive Lucía, pienso. Hogar infantil Santa Isabel y veo a mi hermana Mariela con  cuatro años. Lleva un vestido azul y está aferrada a la verja metálica,  llorando: tata no me deje. La buseta continúa. El sudor empieza a desgajarse por la espalda. ¡Joder!  Estos barrios no cambian. Sector de malandrines, casas repetidas y empobrecidas. Delincuentes. Desheredados. ¡He pasado tantas veces por estos lares!  El puente. El río.  ¿Más limpio? Observo unas garzas blancas y el agua más clara y en las orillas basuras. Arriba de todo, hace 20 años el río hacía un charco precioso: Pozo Azul. Allí nos bañamos muchas veces cuando éramos adolescentes. Pero ahora... Los semáforos tardan una eternidad en cambiar. ¡Y este calor terrible!  Ahora sube hacia un sector que antaño era el lugar de la burguesía neivana. Observo la iglesia  y me veo vestida de novia... Gira.  Pasa por una avenida y muy cerca de ahí recuerdo mi primer lugar de trabajo como  profesora universitaria. Sigue recto y pasa por la antigua Zona Rosa. Amores. Rockola. Cerveza. Bailes. Flores. Comidas. Promesas de felicidades fugaces. Carrera Quinta. Río Las Ceibas. Calles, calles y más calles anodinas, atravesadas por gente modesta de rostros morenos de sol. 
Lugares conocidos y distantes. Magnánimos en el intersticio de la memoria, vulgares ahora que los recorro con este calor de los mil demonios a punto de deshacerme.  Lugares olvidados, recordados, tergiversados. Lugares signados por la inercia, la quietud y la distancia. 
¡Mierda: cómo pasa el tiempo!

miércoles, julio 11, 2012

Escribir...

Llevo muchos días sin escribir una línea. Hace un mes lo atribuía al estrés de mi vida en Barcelona, a la situación de desesperanza que se vive en España, al hecho de realizar un trabajo precario, a la ansiedad que produce los preparativos del viaje... Excusas y más excusas para tapar la realidad. 
Me encuentro seca de palabras. Allá y aquí.
Ya son tres semanas en el trópico en las que he desconectado de tal manera, que no he tenido voluntad ni para actualizar este blog como debería ser.  Ni para sentarme a escribir un verso.  Nada.  Y me siento culpable por ello. 
Por suerte, leo. Y leo mucho porque porque estoy preparando un curso sobre ciudad y literatura que dictaré para una maestría en la ciudad de Ibagué. ¡Es lo único que me salva!  
Así que ahora, en medio de una canícula atroz (en la ciudad de Neiva a mediodía fácilmente se puede alcanzar los 40 grados),  me dedico a leer novelas colombianas. He comenzado por Sin remedio de Antonio Caballero. Y me ha encantado. He redescubierto una obra magnífica, que he podido degustar en la biblioteca del barrio de mis padres  que ¡tiene aire acondicionado!. La siguiente novela es ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo, que leeré en las madrugadas cuando todavía e vaho caliente no se ha adueñado de las ventanas, de los salones, de los patios, de los cuerpos. El momento propicio para dejarme llevar por las palabras.
Cuando pase esta alegría por el calor de la familia primera, por el magnífico encuentro con lo conocido, seguramente volveré a escribir. Espero hacerlo. Mi segunda novela ronda sin cesar las madrugadas.
Mientras tanto sigo con la lectura...

domingo, julio 08, 2012

Texto de Eduard Sanahuja

Reproduzco, totalmente, el texto del poeta Eduard Sanahuja a propósito de la presentación de mi libro Versos en claroscuro, el pasado 4 de junio en Barcelona. 
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Llevo bastantes años en eso de la poesía, muchísimos escribiendo (desde la adolescencia), más de 30 participando en actos públicos, y los últimos 22 promoviendo la poesía en Barcelona desde el Aula de Poesía de Barcelona. Teniendo en cuenta estos antecedentes, es normal que haya participado en la presentación de unos cuantos libros. Recuerdo el primer libro que presenté, La sombra del obituario vista por su propio huésped, de mi querido amigo del alma Javier Carnicer, en Huesca, allá por 1982; también recuerdo el último, en el espacio Cincómonos, Visegrado Hotel, una edición digital de mi también amigo Moisés Galindo. Entre uno y otro, ha habido otras presentaciones en las que he intervenido, siempre de libros escritos por amigos (o amigas, como Goya Gutiérrez, a la que le presenté el libro Hacia lo abierto ahora hará un año, más o menos). En cualquier caso, siempre han sido libros de personas a las que me unía la amistad o, al menos, un largo conocimiento mutuo, como me ocurrió con Miquel-Lluís Muntané, un poeta que escribe en catalán y cuyas obras me permito la libertad de recomendarles –presenté su Tomb de les batalles en 2009.
Todo este preámbulo no tiene otra misión que anunciarles que hoy empiezo aquí una nueva fase en mi faceta de presentador –nada prolija, por otra parte; ¡no vayan a pensar ustedes que soy un presentador profesional!–: la de presentar un libro escrito por una persona a la que apenas conozco. Lamentablemente, no puedo contarles los interesantísimos momentos que Marha Cecilia Cedeño y yo hemos compartido, los viajes que hemos hecho, lo amiguísimos que somos, las lecturas que hemos comentado para nuestro regocijo y que nos han unido; no puedo en modo alguno hacer un panegírico de nuestras afinidades y afectos, como suele ocurrir al inicio de muchos actos como este, por la simple razón de que faltaría a la verdad. Sin embargo, Martha no es una absoluta desconocida para mí. Hace unos ocho o nueve años participó en un taller de poesía que Jordi Virallonga y yo impartimos en la Universidad de Barcelona. Ella era jovencísima y discretísima, calladita y silenciosa, de modo que no tuvimos grandes conversaciones. Después de aquel primer encuentro, estuvimos mucho tiempo sin coincidir, hasta que empezamos a encontrarnos casualmente en actos poéticos, en particular en algunos de los que organizan los amigos del Laberinto de Ariadna, con Felipe Sérvulo al frente. Al final de uno de estos actos, hace un par de meses, Martha se dirigió a mí y me hizo una confidencia sorprendente, que creo que puedo compartir con ustedes sin traicionar a nuestra autora: me dijo que en la época del taller me había mostrado un poemario suyo y que yo le había confesado que no me gustaba. La verdad es que no recuerdo en absoluto nada de esta circunstancia. A continuación me anunció que tenía un libro de poemas que se iba a publicar próximamente en In-verso ediciones de poesía, y que le haría mucha ilusión que yo lo presentara. No lo dudé y le contesté inmediatamente que sí. Ignoro la razón por la que Martha me escogió para participar en este acto, quizás hoy la aclare ella misma, pero estoy seguro de que si acepté sin pensarlo es porque intuí que el poemario de Martha no me decepcionaría, porque de algún modo supe que Martha tiene cosas que decir y sabe cómo decirlas. Ella, con su prudencia habitual, me aconsejó que primero leyera el libro y que después le confirmara mi aceptación. Y así lo hicimos. Al cabo de unos días quedamos en el bar de la Facultad de Historia de la Universidad de Barcelona, a la salida de unas clases de literatura que imparto para estudiantes de los Estados Unidos de América. Martha me entregó un libro impreso, Amores Urbanos, y otro, mecanografiado, titulado Versos en claroscuro. Cuando llegué a casa, en uno de mis clásicos despistes, me puse a leer Amores Urbanos, creyendo que era el libro que tenía que presenta, sin fijarme que había sido publicado en el 2010 en Parnass ediciones. Enseguida encontré cosas que me gustaron, como el poema X:
Maullamos por la nariz
–respira mis latidos–
Asaltamos a gritos la piel
–moja mi lengua–
Hacemos agujeros en el tiempo
–calienta mi ánima–
Cabalgamos los aleros de la noche
–bebe mi espacio de lagos insomnes–
¿No presagias el goce de los gatos?

Luego me doy cuenta de que el libro viene con una presentación de una persona a la que admiro muchísimo, el antropólogo Manuel Delgado Ruíz –Martha también es doctora en Antropología Social– , y un prólogo de mi amigo Josep Antón Soldevila. Pero sigo sin percatarme de la fecha de publicación. Cuando hablo con Martha nuevamente, me lo deja todo clarísimo: el libro que he de presentar es el otro, el mecanografiado. Es un libro que ella escribió con anterioridad a Amores urbanos, pero que, por esos avatares extraños que acontecen en la publicación de libros de poesía, va a ver la luz después, en la editorial In-verso, el sello que también dirige Amàlia Sanchís. Y en eso estamos ahora, con Martha, con Amàlia y con estos hermosos ejemplares de Versos en claroscuro.
Versos en claroscuro lleva también un prólogo, esta vez de César Valencia Solanilla. Como no lo conozco, busco en internet (¡hoy nadie puede esconderse de nada!) y veo que César Valencia Solanilla es doctor en Literatura de la Universidad de La Sorbona y profesor titular y director de la Maestría en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira (ciudad que, allí en Colombia natal de Martha, compite con Medellín en la organización de uno de los mejores festivales de poesía de todo el mundo); es ensayista, crítico y autor de los libros como La identidad cultural en Juan Rulfo (1993)  o La escala invertida. Ensayos sobre literatura y modernidad (1996). Cuando se lee el prólogo, se comprueban dos cosas: que César Valencia es eminentemente inteligente y que Martha sabe elegir muy bien a sus prologuistas. César Valencia caracteriza sabiamente cada una de las seis partes en que está dividido el libro (Presagios, Memoria, Palabras, Espacios, Trazos y Osarios), que en cierran “una reflexión sobre el amor y la esperanza sin atisbos sentimentales”, una indagación “por aspectos fundamentales del hombre moderno, de su encrucijada y fragmentación, en contextos espaciales y temporales identificables”.
Como el análisis del libro está muy bien pergeñado en este prólogo, al cual les remito encarecidamente, yo me voy a centrar en situar la poesía de Martha en relación a su canon estético. Para ello, vamos a considerar que en poesía (en lo que llamamos poesía discursiva; dejaremos ahora de lado la poesía visual) existen dos modelos fundamentales de creación poética.  Se trata de una simplificación extrema, y falaz, como tolas las simplificaciones, pero ilustrativa y didácticamente efectiva si tenemos en cuenta que entre estos dos modelos, entre estos dos polos, existe todo un contínuum de posibilidades de hibridación. En uno de los extremos se situaría lo que yo llamo la “poesía del ser”, el ámbito de Parménides (no el de Zenón, porque Zenón obvia uno de los componentes inexcusables de le poesía: el tiempo). Es la poesía del “nombrar”, del “hacer patente” (no lo digo yo, sino Heidegger a propósito de la poesía de Hölderling). Esta poesía, que apunta más a la palabra, a su poder connotativo, es la poesía de conjuro, de la oración, de la mística, del aforismo filosófico o estético (cito uno de Carlos Edmundo de Ory: “El poder absoluto, luto, luto”). En el otro polo, está la poesía del devenir, la poesía heraclitiana, una poesía que apunta más al discurso narrativo; es la poesía de la épica, de la égloga, de la balada, aunque la épica sea ya una épica sin héroes. Filogenéticamente, la poesía del ser es anterior a la del devenir. Pero hemos de recordar que lo que se impone es la hibridación, porque se puede narrar nombrando, como ocurre, por ejemplo, en un magnífico poema de Jaime Gil de Biedma, en la que el discurso narrativo, a través de la ironía, no es más que un artificio para poder nombrar, de un modo casi notarial, las piedras angulares de sus afectos (me refiero al primer poema de Moralidades, “En el nombre de hoy”).
Pues bien, la poesía de Marta pertenece al ámbito de Parménides, a la poesía del ser, del nombrar. Es una poesía que practica una economía verbal (una austeridad, en términos actuales) que la sitúa en las antípodas de los excesos verbales de cierta poesía latinoamericana. Hay un cierto minimalismo esencialista, y por supuesto una visión fragmentaria del mundo, acorde con la imposibilidad de comprender (y de abarcar) de una forma unitaria y coherente la modernidad, la postmodernidad y, aún más, la transmodernidad (o postpostmodernidad).
Pero ¿qué es lo que nombra Martha? Un simple inventario de los sustantivos y de algunos adjetivos que aparecen en el libro nos da una fotografía fehaciente de su paisaje literario: sombra, soledad, pena, recuerdos, olvido, ausencia, nostalgia, naufragio, extravío, bostezo, tedio, agonía, exilio, hoguera, intruso (sustantivado), crepúsculo, agitación, cementerio, llanto, transeúnte, fantasmas, truhanes; y los adjetivos vetusto, carcomido, oxidado, yermo, ausente, falaz, desvencijado, huérfano… Martha no nombra la plenitud, sino esa transformación de la existencia en la que el tiempo y la memoria  lo deterioran todo, en la que cualquier atisbo de luz se cobra instantáneamente un correlato de sombra; dibuja el aguafuerte de la partida, del exilio, de la pérdida, el no lugar donde el silencio se impone imperceptiblemente: “el silencio es un iceberg cuya cima son los días muertos”, nos dice. 
La poesía de Martha Cecilia Cedeño no se limita, por supuesto, a nombrar. No es solo un conjuro contra el olvido y un testimonio de la existencia desarraigada, con sus atisbos de amor y de esperanza en la figura de Luna, su hija. Martha sabe transitar por el artificio del poema, sabe construirlo y rematarlo con unos finales que demuestran que están cimentados en la piedra de toque de la poesía, que no es otra que la puesta en escena de lo enigmático. Toda la gran poesía, ya sea la del ser como la del narrar, se mueve en el terreno de lo enigmático, desde El cantar de los cantares, pasando por los romances líricos (el del Prisionero o el del Infante Arnaldos, aquel que termina diciendo “Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va”, ese final al que Ramón Menéndez describe como una magnífica muestra del “saber callar a tiempo”) y por san Juan de la Cruz (“…y la caballería / a vista de las aguas / descendía”) hasta llegar la mejor poesía contemporánea. Lo dice Jorge Guillén: “La poesía, en todo su rigor, es un lenguaje construido como un objeto enigmático”[1]. Quizá por ello la poesía es un género en crisis, porque en un contexto social en que se impone el pragmatismo a ultranza, la fagocitación inmediata del placer y la necesidad imperiosa de explicar y entender cabalmente cualquier fenómeno, el poema requiere algo muy escaso en ese entorno: “un receptor que necesariamente debe actuar como un intérprete activo dispuesto a desvelar los posibles sentidos del enigma o, como mínimo, a aceptar de manera positiva el misterio de lo que no es inmediatamente inteligible: un receptor que sepa convivir con el misterio”[2].
Martha sabe abrir las ventanas del enigma, eso que es, en última instancia, la vida y la existencia individual de cada ser; sabe acunarlo y, lo más importante, por eso es poeta, sabe darle forma verbal He ahí una muestra de ello:
EFÍMERA
Alguien se pensó
a sí mismo
y la existencia
fue llanto,
extravío,
noche.

La razón no exime
de la muerte.

Pasemos ahora a gozar de los poemas de Martha Cecilia Cedeño, a saborear su misterio, con la clara conciencia de que en la poesía, como en la filosofía, importan mucho más las preguntas que las respuestas.

Eduard sanahuja Yll
Barcelona, 4 de junio de 2012




[1] Jorge Guillén: Lenguaje y poesía. Ed. Alianza, Madrid, 1972 (2a).
[2] Eduard Sanahuja: “Poesia i societat al principi del segle XXI: l’ensenyament i l’aprenentatge de la poesia a l’educació primària i a l’ESO” a Documents 14, Expressió, cultura i cohesió social.  Generalitat de Catalunya / Consell Escolar de Catalunya. Maig de 2005.