miércoles, marzo 25, 2009

Apunte biográfico sobre poesía y otros asuntos

La primera vez que presenté públicamente mis textos poéticos fue por allá a mediados de 1994. Entonces era una chica recién ingresada en la veintena y con muchas ganas de escribir. De hecho ya había publicado alguna cosa pero en el ámbito de la investigación histórica y una entrevista que realicé a un director de teatro brasileño, cuyo nombre no recuerdo, a finales de la década de los 80 en una de mis visitas al Festival Internacional de Teatro que aún se realiza en la ciudad de Manizales. Pero desde muy joven me gustaba la literatura. Aprendí a leer a los cinco años en plena selva gracias a un profesor comunista que me enseñó las primeras palabras. Después de ese periplo familiar por la selva del caquetá mis padres se instalaron en un valle muy hermoso más cerca de la “civilización”. Allí empecé primero de primaria pero a mitad de curso me pasaron a segundo porque según el profesor era una niña muy inteligente. Luego hice tercero y sucedió lo mismo: me querían ascender a quinto pero mi padre no aceptó porque decía que era todavía muy pequeña (tenía sólo 8 años) y que no me quería forzar, que yo tenía todo el tiempo del mundo para estudiar. Así que ese curso lo hice completo en otra escuela, también en el campo porque mi padre, que siempre ha sido un judío errante (característica que por cierto he heredado), se empeñó en seguir con su periplo regional. Esta vez nos fuimos para otro valle de nombre Bajo Pueblitos cerca de un río transparente y caudaloso. Y como allí no había educación secundaria mi padre me internó sin consultarme en un colegio de monjas. Fue un año horrible. La niña inteligente desapareció; en su lugar había una estudiante mediocre que aprobó el año con un suspenso en manualidades (desde entonces aborrezco todo lo que tenga que ver con tejer, bordar, hilar, coser, actividades consideradas netamente femeninas). Pero no todo fue malo: las tardes libres y los eternos fines de semana los dedicaba a explorar la biblioteca. Así descubrí Ojos de perro azul, Mientras llueve, Los viajes de Gulliver, Marcelino pan y vino, El coronel no tiene quién le escriba, Oliver Twist... y también descubrí la tele y el cine.
Pero decía arriba que desde joven me gusta la literatura. Creo que me equivoco: desde niña. El primer libro que leí fue a los siete años. Y además era un texto de adultos: un libro de José María Vargas Vila (un escritor colombiano proscrito, anticlerical y anarquista que por cierto murió en Barcelona en 1933) que mi abuelo guardaba debajo del colchón y que yo descubrí una tarde cualquiera. No entendí nada, por supuesto, pero algo de aquella experiencia lectora caló muy profundo. Y desde entonces cualquier texto, periódico, revista, etiqueta, prospecto de medicamentos, envoltorio, etc. era presa de mis ojos sorprendidos.
Y así llegué a la poesía algunos años más tarde en una ciudad alejada de la selva. Neiva. Mis primeros versos datan de finales de la secundaria. Después, en la universidad, un profesor de aquellos inolvidables (William Fernando Torres) descubrió uno de mis poemas en la última página de un libro “pásalos en limpio si no quieres que se te conviertan en palabras muertas”. Y a partir de ahí ésta ha sido una actividad silenciosa que siempre me acompaña y que hago por placer, por angustia, por nostalgia, por vivir, por amar, por creer, por exorcizar la muerte apoltronada en la ventana.
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