lunes, septiembre 07, 2009

Tipos de violencia en el ámbito sociocomunitario (I): las agresiones sexuales

Publicaré algunos textos sobre violencia en el ámbito sociocomunitario a petición de algunas personas, entre ellas mi entrañable amiga la psicóloga Isabel Gómez. A través de una serie de artículos se desvelarán tópicos como las agresiones sexuales, el tráfico y la explotación de mujeres y niñas, la mutilación genital femenina, los matrimonios forzados, la violencia derivada de los conflictos armados.
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Las agresiones y el acoso sexual
Por: Betty Puerto y Martha Cecilia Cedeño Pérez
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La Ley 5/2008 define este tipo de agresión como “el uso de la violencia física y sexual ejercida contras las mujeres y las menores de edad que está determinada por el uso premeditado del sexo como un arma para demostrar poder y abusar de él”. Son comportamientos sexuales impuestos contra la voluntad de una persona e incluye todos los comportamientos sexuales sin consenso.

Dentro de las formas de violencia sexual se puede mencionar, entre otras, la violación, el acoso sexual, el asalto sexual, el exhibicionismo, las palabras obscenas, los tocamientos, la proliferación y el uso cada vez mas vinculante especialmente de mujeres, niñas y niños a enlaces en Internet, avisos publicitarios que promueven el abuso sexual y fomentan los estereotipos de desigualdad entre hombres y mujeres. En este texto nos referiremos al las agresiones y abusos sexuales de manera integral, específicamente aquellas que ocurren en el ámbito social comunitario.

La violación aparece como el máximo exponente de la agresividad hecha violencia, no sólo por el grado de fuerza física que puede conllevar y que a veces llega hasta el homicidio, sino por el daño psicológico que supone un atentado contra un componente tan íntimo de la personalidad como es la sexualidad, dando origen a secuelas que perdurarán durante el resto de la vida de la mujer (Lorente Acosta, 1999: 126). La violación ha existido en todas las épocas históricas, aunque con diferente consideración. Hasta hace poco sólo era percibida como un agravio a la familia de la víctima en general y no como un crimen contra la mujer. En este tipo de agresión la mujer no es considerada como tal sino como un objeto para satisfacer una serie de sentimientos o fantasías del agresor. Es una actividad sexual desviada que busca el control y la opresión de la mujer y con ello la sensación, para el agresor, de estar en un nivel superior, de tener la fuerza con todo lo que esto implica.
El acoso sexual, constituye otra forma de violencia sexual, que se expresa en la exigencia de favores de tipo sexual, situación en la que el agresor ostenta una posición de superioridad ya sea en el ámbito de la escuela o el trabajo y en el que la víctima esta sometida bajo amenaza o castigos. Opera como un instrumento de control social representado en violencia psicológica, especialmente en los casos en que las mujeres desempeñan trabajos realizados tradicionalmente por hombres (Baker, 1989) y en el hecho de que las mujeres que denuncian este tipo de comportamiento casi siempre sufren como consecuencia el despido o la presión para dejar el trabajo.

Este tipo de agresión supone una importante discriminación para la mujer; se convierte en un obstáculo en su formación y su integración en el mercado de trabajo. Las mujeres jóvenes, separadas o divorciadas, con trabajos precarios o temporales, suelen ser las más vulnerables a la hora de sufrir este tipo de violencia. Las consecuencias de esta agresión repercuten no sólo en la salud de las féminas sino en su rendimiento laboral y en su equilibrio personal. Además, la mujer que sufre estas agresiones puede verse limitada en sus posibilidades de promoción y de permanencia en el puesto. También puede repercutir en su vida afectiva, tanto si su problema llega a ser conocido por su familia y pareja como si no. Las distintas conceptualizaciones teóricas han definido el acoso como un acto de violencia y la han situado dentro de un marco construido socialmente que se caracteriza por la intersección de sexo y poder, más que por alguno de ellos de forma aislada (Lorente Acosta; 1999, 187).

El acoso sexual atenta contra la dignidad de la persona, produce efectos psicológicos que supone el estar sometida a una situación que se repite a la menor oportunidad. Ello deviene en una tensión y ansiedad constante, que puede llegar desembocar en estrés agudo y de perdida de capacidad de afrontamiento, pues al temor a ser violentada sexualmente se añade la amenaza implícita o explícita de perder el trabajo o de ser sometida a castigos y perdidas, como en los casos en que ocurre en el contexto de la escuela.
Las agresiones sexuales, el acoso, o el abuso constituyen acontecimientos altamente traumáticos que dañan la integridad física y psíquica de la víctima; en la mayoría de las personas provoca miedo profundo y reacciones emocionales intensas de ansiedad, confusión, culpabilidad, miedo, desconfianza, rabia, rechazo del entorno, sensación de que esta perdiendo en control de la vida, depresiones, dificultades para conciliar el sueno, trastornos alimentarios y algunos tipos de adicciones. Lo que constituye un cuadro de estrés agudo como respuesta del suceso violento.
Merece la pena mencionar que, históricamente, el sistema legal ha procedido con parcialidad en contra de la víctima de una agresión sexual, de una violación, puesto que resulta más difícil sentenciar a un violador que a otros criminales (Robin, 1977). Entre otras cosas la víctima debe demostrar que se resistió con todas sus fuerzas y en todo el momento en el transcurso de la violación y que corrió el riesgo de ser herida o que sufrió heridas reales por defenderse de un ataque que la amenazaba de muerte o de daño físico grave (Renfrew, 2005). Y a lo anterior debe añadirse la percepción patriarcal de que es la mujer la que ha provocado ese tipo de experiencia, que es ella per se la causante de lo que la ha ocurrido.
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