jueves, agosto 28, 2008

Agosto

Alguna vez escribí que agosto es un mes tonto. Y, en efecto, lo es. Al menos aquí en esta parte del mundo donde la mayoría de las personas salen o tienen que salir a vacaciones justo en esta época del año. Es tonto porque muchos establecimientos cierran y a veces te ves en dificultades para comprar cualquier cosa básica. Aunque hay que decir que las tiendas de los pakis e hindúes te echan una mano en esos casos puesto que casi nunca cierran sus puertas -al menos en aquellos barrios alejados del centro. Y es tonto porque a la que te encuentras con alguien siempre te preguntará ¿a dónde has ido de vacaciones? Es como si fuese una obligación via-jar-a-al-gu-na-par-te.
Es tonto porque todo se paraliza, bueno, excepto los bares que como bien dice el refrán "hacen su agosto". Así que se torna difícil conseguir un empleo, una tuerca, un grifo, un cerrajero, un lampista...
Pero agosto tiene también cosas positivas. La ciudad se despeja de coches y es posible transitar por sus calles sin muchos tumultos (exceptuando, por supuesto, aquella ciudad postal, atestada siempre de turistas como langostas). Ello permite recorrerla sin prisas redescubriendo sus lugares, sus aromas, sus arrugas. Aquellos resquicios soleados que dibujan una ciudad otra, cercana y nueva, abierta a los tránsitos, a las especulaciones de todo tipo.
Agosto es el mes de la inercia y del intersticio. Un mes que marca un comienzo y un final, o viceversa. Encontrarse con agosto después de un junio y julio en armonía es realmente duro. Entonces se torna en el lapso de la nostalgia y la rutina y no se sabe qué hacer con un sol viejo y oxidado, con las olores de las tapas que se filtran por el balcón y con la sensación de cansancio que parece apoderarse de los días. Faltan pocos días para que mueras, agosto.
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