domingo, abril 04, 2010

Por Empuriabrava y sus connotaciones

¿Qué hacen ustedes aquí? pregunta una mujer entrada en años en un malísimo castellano. Estamos paseando y haciendo fotos, decimos nosotros casi a la vez. ¿Pasa alguna cosa? preguntamos molestos. Esto es un lugar privado y no se puede entrar y yo soy la presidenta de propietarios. Sorpresa. Y ¿usted sabe qué país es éste, señora? Replicamos. Que yo soy la presidenta y no pueden estar aquí. ¿Sabe en que país está usted? Volvemos a inquirir con idéntica respuesta. La mujer nos mira casi con desprecio. Tiene acento alemán y vive en Illa Cartago. Una isla mínima, cubierta de casas bellísimas con mar propio en el patio. ¡No se puede entrar aquí! Gruñe la mujer. No podemos creerlo. Ese recodo de mundo, rodeado de mar y de bellezas heridas por la especulación inmobiliaria, es un lugar prohibido para los demás mortales. Y, en efecto, un letrero en alemán ya nos advertía de ello. Pero no sabemos su idioma, señora. Estamos en Empuriabrava, una ciudad construida en 1967. La marina residencial más grande del mundo con canales artificiales y casas fabulosas con garajes para yates y coches. Una ciudad de ricos, dice una de mis compañeras de viaje. De inmigrantes ricos. Guiris con muchísimos ceros a la derecha que forman guetos de lujo en el que sólo hablan su idioma, escuchan su música, sus emisoras, beben sus licores y se emborrachan en ario. A ellos no se les pide que se integren ni que aprendan ya no el catalán sino el castellano. No lo necesitan. Son ciudadanos de primera categoría con el poder suficiente para amarrar su yate en el patio trasero y tomar el sol en él mientras leen un libro. Berlín. Así se llama uno de los barcos que observé mientras dábamos un paseo por los canales. Y en el Berlín había un hombre sin camisa con la piel enrojecida y los ojos entrecerrados.
Esos extranjeros/as no son inmigrantes. Ni hacen parte de esa horda de desarrapados que quitan puestos de trabajo, ensucian las calles, enamoran a hombres y mujeres nativas. Gente que afea las calles y las casas y los paisajes y que además llega en pateras. Ellos jamás podrán vivir en Empuriabrava ni ir allí de paseo.
Aquí, en esta Venecia mediterránea, todo tiene un precio: el mar, el sol, la tramontana. Y también los amaneceres, las montañas nevadas y el salitre que se adhiere a la piel y a los sentidos. Y las casas, los yates y los coches descapotables. Un precio altísimo para cualquier ciudadano o ciudadana media de este país que sólo puede conformarse, si puede, con mirarla. Aquí va un vídeo que he colgado en Youtube.






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