domingo, abril 11, 2010

España, Baltasar Garzón y la desmemoria

Hace más de diez años que vivo en este país y una de las cosas que aún me sorprenden es el grado de desmemoria que parece afectar a gran parte de la sociedad española. Hay una suerte de amnesia colectiva, un empeño sistemático en olvidar los años de barbarie y de miseria. Es como si con la transición se hubiese borrado de un soplo toda la historia anterior a 1976. Me parece que en este caso se ha llevado aquella máxima de “borrón y cuenta nueva” a sus últimas consecuencias. Dictador muerto: rey puesto. Amnistía para todos los verdugos. Más tierra sobre las fosas de los miles de desaparecidos, asesinados, masacrados. Aquí no ha pasado nada. La memoria histórica yace en una fosa común. La democracia es sólo una mueca.
Y cuando alguien tiene el valor de volver sobre esa memoria triste que aún arrastran muchos españoles y españolas, la falange (me causa repulsa los pasos de Fraga y sus fotos de ayer junto al generalísimo) y otros grupos de ultraderecha, se rasgan las vestiduras y reclaman la cabeza del juez que no es otro que Baltasar Garzón. Lo peor de todo no es que los nostálgicos del franquismo (muchos más de los que se supone) presenten una querella sino que una parte de la justicia le dé cabida. “The real crimes in this case are the disappearances, not Mr. Garzón’s investigation”, dice el New York Times en su editorial del dia 8 de abril.
El caso de prevaricación del que se acusa al Garzón no es otra cosa que la cacería feroz de la derecha española, la desazón que experimenta ante el desvelamiento de la corrupción que la corroe por dentro (el caso Gürtel, por ejemplo). Pero también es el miedo terrible que siente ante el descubrimiento de su propia historia teñida de crímenes atroces. Un genocidio sobre el que es necesario y urgente empezar a investigar como ya se está haciendo en Argentina y Chile. Es inconcebible que los crímenes contra la humanidad en los que se cuenta las desapariciones forzadas de más 114.000 republicanos en la guerra civil (1936 – 1939) y de la dictadura franquista (1939 – 1975), tal como lo señala Le Monde, permanezcan bajo el manto oscuro de la desmemoria. Es como si aquí no hubiese pasado nada grave: cuarenta años de dictadura saben a poco. Se quiere banalizar un período terrible de la historia española. Lo que sin lugar a dudas es profundamente preocupante.
Es inconcebible desde todo los puntos de vista que en este país se pretenda sentar en el banquillo de los acusados a Baltasar Garzón, una de las pocas personas íntegras que se ha tomado en serio el deber histórico de volver sobre la memoria, la necesidad vital de no olvidar las atrocidades de la dictadura; la urgencia de saber en dónde están aquellas víctimas anónimas a los que miles de familias aún lloran. No se puede construir una verdadera democracia sobre los cimientos de la desmemoria, del olvido más perverso.
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