lunes, julio 26, 2010

No den de comer a los pelícanos (poesía)

No den de comer a los pelícanos  es el primer libro de Pilar Osorio Morán, una poeta de altos vuelos y una persona estupenda.  A Pili la conocí a finales del siglo pasado (noviembre de 1999)  cuando yo era una  recién llegada del trópico que empezaba mi andadura por el doctorado de Antropología del Espacio y el Territorio, dirigidido por Manuel Delgado, en la Universidad de Barcelona.
Con ella, además de compartir las clases de doctorado, empezamos a gestar una amistad que  desde entonces ha ido a más. Aún recuerdo aquellas reuniones espléndidas con nuestro grupo de amigas entre las cuales estaba  también Gabriel de la Peña, Pilar Larramona y Helena Casanovas. ¡Cómo olvidar esa pasión por el espacio público y la vida que contiene en las palabras ardientes de Manuel y nuestra reacción ante una temática que para la mayoría era novedosa! ¡Y aquellos encuentros en la terraza de la casa de Pili en los primeros veranos del nuevo siglo con Luna pequeñita pero con muchas ganas de regar las plantas!
Y la vida siguió su curso y luego descubrí que Pili escribía bellos y breves poemas. Palabras esenciales, depuradas de todo aquello que nos distrae y nos encamina por senderos equivocados. Palabras sin ripios ni estridencias. Poesía pura. Canto a las minucias cotidianas, a lo que está a la altura de los ojos y casi nunca vemos; a la profundidad de las superficies en las cuales movemos nuestros pasos. Como en estos poemas que publica en su precioso libro:

Tierra

Los jueves me convierto en isla:
tortugas milenarias me visitan.

....

Nocturno

El sonido de los segundos, en la noche,
acoge el tiempo, que tal vez, vivimos.


Canto que tampoco olvida los carámbanos de dolor cotidiano que cada día nos circundan con sus rostros  a veces repetidos, a veces cercanos y ajenos como esos soles negros plenos de orfandad:

Malaika

Los sábados, los ángeles
son negros,
venden bolsos en asfalto,
recuerdan
cielos infinitos.

....

Horror cotidiano

Era el último día de sol:
El diluvio comenzó
justo despues
de tomarse el café con leche.


Poemas sugerentes que nos dejan con los sentidos atentos para capturar lo que apenas se insinúa en los bordes depurados de las palabras:

Tiempo líquido

Los límites de los días
se deslizan por mi espalda.

...

B1

Rompí aguas en el lecho de hospital:
Parí el hijo de hembra ajena.

Pilar nos regala un libro breve, hecho de fogonazos en los que se cuece la vida con todos sus más y sus menos.  Libro que también se puede conseguir en Internet en la siguiente dirección:

jueves, julio 22, 2010

El perro embarazao

Hace dos mañanas me despetaron los gritos atronadores de una mujer. Eran justo las siete. La fémina protestaba porque alguien había lanzado agua en su terraza desde un piso incierto para callar a uno de sus perros que no paraba de ladrar. ¡Fueron los de arriba! dijo adornando sus palabras con florituras magníficas que nunca en mi vida había escuchado.  Escupía vocablos potentes que hacían referencia a "vergüenzas" íntimas, a suciedades, a una escatología plena; vamos, a un amplio, sonoro y profundo léxico de las entrañas españolas. 
¿Serán c**** estos  h****** , m***** que no dan la cara? ¡Si es un **** o una **** le rompo las costillas con un martillo! C***, g***, m***, me***, hdp... etc. etc. etc.
 
¡Nunca había escuchado tantos tacos por minuto!  Pero lo más hilarante de todo fue cuando la susodicha terminó con una lúcida perorata ¿A quién se le ocurre echarle agua a mi perro embarazao? Si le da un ataque al corazón juro que mato al desgraciao que lo ha hecho. ¡Mira que hacerle esto a un perro embarazao! ¡Serán desalmados estos h...! (Imaginaros todas las groserías posibles). 

Yo no quise asomarme al balcón porque tuve miedo que una de sus afiladas palabras me atravesara el cuello...

domingo, julio 18, 2010

A la mama

Madre de frente pálida
¿Cómo no mirarse en los ojos
donde se anuncia el alba?
Serenos como la mar
grandes cual la distancia.
Ojos de miel
de lluvia
de albahaca.


Hoy miran la tierra buena
las Nubes
y un sendero de nostalgias.
Recuerdan a sus cinco frutos
ayer, risa de niños
hoy, batir de alas;
sólo sus fotos quedan
en las ventanas
de la casa.


Ojos de madre triste
de miel
de lluvia
de albahaca.


(Barcelona, 2000)

lunes, julio 12, 2010

El equipaje de la memoria (II)

Otro pasaje recóndito de nuestra vida en el alto pueblo andino, es la existencia de una extraña maleta de viaje que descubrí debajo de una de las camas de las habitaciones de huéspedes. Era de cuero marrón y estaba atada con dos cuerdas del mismo color. Cuando se lo mencioné a mamá, lo primero que me dijo fue que de ninguna manera se me ocurriera abrirla porque seguramente pertenecía a los antiguos dueños de la casa y que lo consultaría con papá para hacer las pesquisas respectivas. No entendía a qué pesquisas se refería pero desde ese momento toda mi atención se concentró en saber qué cosas habían dentro de ella.

Me obsesionaba la idea de hurgar en los secretos que allí pudiesen estar escondidos a la espera de que alguien, yo, los devolviese a la luz. Sé que mis padres preguntaron a los vecinos sobre la persona propietaria de la maleta y que éstos les dijeron que seguramente pertenecía a una mujer joven que había sido profesora del colegio durante muchos años y que un día, sin despedirse siquiera, se había marchado. Me parece que hasta le dijeron cómo se llamaba. Silvia. Silvia sin apellido. Una mujer solitaria que un día había llegado de no se sabe dónde a dar clases de geografía a los niños y niñas de secundaria. Era muy bonita y tenía un cabello lacio que le llegaba a la cintura, decía la vecina con los ojos entornados como intentando reconstruir un pasado imaginado. Entonces mamá le hablaba de la maleta y ella respondía No creo que vuelva por aquí; esa mujer se marchó hace mucho tiempo. Yo lo escuchaba todo y mientras, cada día, visitaba la habitación de la maleta, justo aquella que quedaba en un recodo de la casa, la más pequeña con una ventana con vistas al patio del melocotonero. Me agachaba con sigilo para mirarla con su vientre abultado lleno de cosas misteriosas.

 La curiosidad que sentía era cada vez mayor. Al principio sólo la miraba pero poco a poco la fui tocando con la idea de halarla de una de sus cuerdas hasta que comprobé que pesaba demasiado. No podía moverla lo suficiente como para sacarla y desplegarla ante mis ojos; por ello un día, sin que mis padres tuviesen la más mínima idea de mis intenciones, le pedí ayuda a mi hermano que aunque era menor que yo había dado muestras de tener mayor fortaleza física. Al principio él se negó a ayudarme por miedo al jefe de la casa. Si papá se entera me pegará, decía. Al final lo convencí después de prometerle que le daría dinero para que se comprara aquellos cómics de Tarzán y Tintín que tanto le gustaban. Con su ayuda pude mover un poco la maleta hasta situarla al mismo nivel del borde de la cama y aunque parecía muy densa habían ciertas hendiduras que delataban que no estaba tan llena como parecía en un comienzo. Abrirla resultó más fácil de lo que pensaba pues las cuerdas tenían un sistema similiar al de los cinturones corrientes.  

No lo hagas Alba, si papá se entera nos castigará y yo diré que tú me obligaste. Con mucha ansiedad desaté las cuerdas y levanté poco a poco la maleta. Sentía un extraño cosquilleo en el cuerpo como si un millón de hormigas lo estuviesen recorriendo. No lo hagas Alba, repetía mi hermano a punto de llorar pero yo lo ignoraba por completo. No me importaba que mis padres me castigaran y que no me dejasen salir durante una semana a jugar en la calle con mis amiguitas. Ahora sólo existía ese bendito artilugio marrón esperándome. Un vaho extraño salió como un suspiro y se asentó en mi cara. Mi hermano, con un gesto extraño de excitación en el rostro, se agachó junto a mí para ver su contenido. Sentía curiosidad y un poco de miedo pues pensaba que allí también podría haber bichos y alimañas horribles. Con suma lentitud acabé de levantar la tapa superior de la maleta para ver su vientre. A primera vista parecía estar llena de papeles y de revistas viejas en las que aparecían reinas de belleza, modelos y actrices de cine. En una de las portadas estaba una jovencísima Brooke Shields vestida con unos vaqueros ajustados con la cremallera abierta casi hasta la frontera del pubis. Volví a meter las revistas que había sacado y ajusté las cuerdas con suavidad antes de deslizar la maleta debajo de la cama con la ayuda de mi hermano.

Solamente habíamos visto revistas y papeles pero no nos habíamos atrevido a hurgar con las manos más allá, a mirar en el fondo. Nos daba miedo encontrar algo raro pero también ser sorprendidos por mamá y peor aún, por papá. Sentía una extraña frustración, una desolación monumental que me quitó las ganas de todo. Sin embargo, al tiempo, tenía la certeza de que debajo de esos papeles viejos había algo más. Sin saberlo a ciencia cierta ahora sentía mucha curiosidad por saber de quién era esa maleta y por qué coleccionaba esas revistas viejas que a mí no me decían nada. Así que al día siguiente, cuando mis padres salieron de casa, nos dimos a la tarea de sacar de nuevo la maleta. La extrajimos completamente de debajo de la cama de modo que pudiésemos tener mayor comodidad para hurgar en su interior. Sacamos las revistas y otros papeles y cuando estábamos a punto de dejarlo todo porque no había nada, encontramos muy al fondo una extraña caja de color rojo. Al principio pensamos que era un joyero pleno de alhajas y cosas por el estilo. En mi imaginación alborotada ya brillaban tesoros espléndidos en forma de anillos, cadenas y diademas adornadas con esmeraldas y diamantes. Al verla mi hermano y yo nos miramos con ojos expectantes. Tomé la caja con delicadeza y me di cuenta de que no tenía ningún tipo de seguro. La abrí con el corazón a punto de escaparse por la boca. Y lo que vimos nos dejó sin aliento: en lugar de joyas brillantes había una pequeña pistola que no sabíamos si era de verdad, un frasquito transparente con un polvo metálico de color gris y la foto en blanco y negro de una mujer con unos profundos ojos oscuros y un pelo increíblemente liso y largo. Muchos años más tarde, cuando era estudiante universitaria y me apasioné por el cine, vi la imagen de Ali MacGraw en un cartel, entonces recordé aquella vieja fotografía: la mujer tenía la misa estampa de la actriz de Love Story.

Un viento frío corrió por mis manos y cerré la caja asustada. Alba, déjalo, yo creo que esa arma es de verdad, si papá se entera nos castigará. Gritó mi hermano con la voz a punto de romperse en una cascada de lágrimas. Cerré la caja de golpe y metí los papeles y revistas sin organizarlas, tal como los agarraba del suelo. Sentí un pánico enorme. Y si esa mujer volvía a buscar su extraño tesoro y se diera cuenta de que alguien había hurgado entre sus cosas. No quería ni imaginarlo, seguro que mi hermano me chivaría y entonces mis padres me echarían la bronca y me dejarían sin poder salir de casa; sólo podría ir al colegio y tendría que pasar el resto de mi vida encerrada en ese hotel de medio pelo, ayudando a mamá como improvisada camarera. Era muy extraño que una profesora tuviese un arma escondida pero y ¿si era de mentiras? A lo mejor era de juguete y la tenía allí para regalársela a alguien a algún familiar, sin embargo, era maciza y pesada... Así que cerramos la maleta como pudimos y la empujamos hasta el fondo y me prometí a mi misma no volver a tocarla. Pasaría por la habitación y no me volvería a fijar en ese extraño personaje marrón que seguro tendría más cosas ocultas. Y si el arma era de verdad ¿Por qué la tendría esa mujer de cabello largo? ¿Habría matado a alguien con ella y por eso se había ido sin despedirse un día cualquiera de noviembre? No lo sabía. De hecho jamás lo supe.

Pasaron varios días sin ceder a la tentación de la dichosa maleta pero sí hablaba de ella. A mamá le dije en una ocasión que sería bueno abrirla para ver qué había dentro, A lo mejor encontramos la dirección de la mujer y le escribimos para que pase a recogerla o para que nos la regale. Pero mamá se oponía tajantemente a semejante violación de la intimidad. Me dijo que no se podían abrir las cosas ajenas así aparecieran debajo de la cama y no tuviesen un dueño conocido, cosa que yo jamás entendí porque si la mujer se había marchado hacía tanto tiempo no iba a volver por unos papeles y una pistola que a lo mejor era de mentiras. Estaba segura que nunca sabríamos de quién era la maleta y de que terminaríamos abriéndola cualquier día con la avenencia de mis padres. Pese a la prohibición y a mi promesa interna de no volver a tocarla, una tarde después de llegar del colegio volví a mis andadas. Como pude la saqué de su escondrijo y empecé a leer algunas de las revistas sin darme cuenta que, a mis espaldas, estaba mi padre observándome con enfado ¿Pero qué diablos haces, Alba? Escuché su voz de trueno y de un salto me quedé de pie como una estatura de yeso. Nada. ¿Cómo qué nada? ¿No te dijimos que no podías tocar esa maleta? Pero si sólo hay papeles y un frasquito con pólvora y una foto de una mujer de cabello largo y una pistola. ¿Qué? Mi padre me miró con sus ojos de fuego y entonces me di cuenta de que la había cagado sin remedio. ¿Una pistola? ¿Pero qué estás diciendo, niña? Entonces mi padre me apartó de un empujón y se agachó mientras halaba la maleta por la cuerdas y la dejaba totalmente al descubierto y empezó a vaciarla tirando papeles por todos los lados hasta dar con la caja roja en donde estaban esas cosas tan raras que yo había mencionado. La abrió con curiosidad y se encontró con la silueta plateada de la pistola. La agarró con cuidado mientras la miraba por todos los lados comprobando no sé qué cosa. Le sacó el tambor con precaución para observar el compartimiento de las balas. No está cargada, dijo aliviado. Luego hubo un silencio que a mí se me antojó eterno. Es una pistola calibre 22 corto, de las que usan las mujeres, espetó con el tono de quien lo sabe todo. Después de mirarla de nuevo por cada uno de sus costados la depositó en la caja y cogió el frasco de vidrio con el contenido gris. Tienes razón, parece pólvora, dijo mientras lo abría y lo olía haciendo un gesto de aprobación. Por último tomó la foto de la mujer y la ojeó por un instante. Parece muy joven. A partir de hoy queda prohibido tocar de nuevo esta maleta, la llevaré a mi habitación mientras decidimos qué hacer con lo que hay dentro, gruñó. ¿Pero en qué estamos? ¿No me habías dicho que no se podía abrir y ahora te la llevas y dejas entrever que se hará alguna cosa con el contenido? Pensé con rabia y desconsuelo. Iré a la estación de policía para que hagan las comprobaciones del arma, dijo grave, mientras cerraba la maleta dejando en el suelo un montón de revistas. Y ¿qué hacemos con esto? Pregunté. Se pueden tirar a la basura. Vaya destino más triste para unas revistas en las que seguro habrían muchas cosas interesantes para leer. Las puse dentro de una bolsa de plástico y las llevé a mi habitación, así podría ojearlas con tranquilidad antes de ponerlas en la papelera. Las leí todas de cabo a rabo, eran publicaciones frívolas sobre mujeres ataviadas con trajes espléndidos que hacían parte de un mundo brillante y lejano. Pero también habían otros textos en los que se contaban historias en apariencia reales sobre hombres valientes que se convertían en héroes de la vida cotidiana. Estos fueron los que más me gustaron y los que conservé durante mucho tiempo pese a las constantes mudanzas a las que nos sometía mi padre sin miramientos.

Al final, la maleta terminó vacía, debajo de uno de los cuartos de alquiler con la cajita roja en donde sólo dejamos el frasquito de pólvora y la foto de la mujer con sus ojos de azabache. Papá entregó la pistola a la policía, aún no entiendo porqué y la historia de la maleta se convirtió en una anécdota más de nuestros desplazamientos de aquí para allá. No sé si la mujer regresó al pueblo. Imagino que no. De lo contrario sólo hubiese encontrado una maleta triste y saqueada esperándola con su imagen en blanco y negro de actriz desvalida. Y al poco tiempo nosotros volvimos a marcharnos con la misma celeridad con la que habíamos llegado…
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Amaranta Güell
Barcelona , mayo de 2008

lunes, julio 05, 2010

El equipaje de la memoria (I)

Mi amiga Amaranta Güell me ha pedido que publique esta narración escrita hace algunos años. No me he podido negar. La presentaré en dos partes porque es un poco larga. A mi me ha gustado y no lo digo motivada por el afecto sino por la emoción que me ha producido su lectura.
Aquí va.



El equipaje de la memoria

A la mama


Nos marchamos con la misma celeridad descomunal con la que habíamos llegado. De repente nos vimos encerrados en una casa calurosa en la que apenas había un patio interior con un gran árbol, el único vestigio de aquel edén amplio y claro en el que pasé los años más ligeros de mi vida. Ahora vivíamos en un pueblo en el que mi labor de exploradora se limitaba a una sola calle desvencijada, justo la de enfrente de casa. En eso consistía mi libertad. Lo supe justo cuando mamá nos advirtió que no podíamos salir solos porque Aquí la vida aquí es muy distinta, hay mucha maldad ahí afuera, nos dijo compungida.
Con nuestro desplazamiento al pueblo papá tuvo que contratar a un hombre para que se encargase de administrar la finca y pese a ello cada ocho días tenía que bajar hasta allí para ver cómo marchaban las cosas. Mamá pasaba mucho miedo pues temía que le pegaran un tiro y lo dejasen abandonado en uno de esos caminos por los que no hacía presencia ni Dios. Al poco tiempo el individuo contratado abandonó su trabajo porque, según él, desde un comienzo recibió cartas con graves amenazas Y yo no voy a arriesgar mi vida por estar cuidando algo que no es mío, dijo altivo. A partir de ahí papá volvió a hacerse cargo de todo lo relacionado con la finca, tema que ya se estaba convirtiendo en verdadero dolor de cabeza especialmente para mamá que vivía en una completa zozobra cada vez que él tenía que desplazarse hasta allí por algún motivo. Pasaron unos cuantos meses antes de venderla por cuatro céntimos; no fue suficiente que estuviese situada en un valle bendecido con las mejores aguas, con prados lozanos para el ganado y prósperos campos de cultivo.
En ese pedazo de tierra abierta todo crecía con furia como si desde abajo atizaran un fuego que envolvía a las plantas para que se desarrollaran de manera desaforada, como poseídas por un afán de ser vistas, acariciadas, tocadas, aprovechadas. Tampoco fue suficiente la casa levantada sobre columnas de madera en una colina imponente desde la que se tenían unas vistas afortunadas. Ciento ochenta grados de horizonte plagado de suaves hondonadas, de bosques prodigiosos, de valles fértiles, de caminos vigilados por las siluetas agrestes de la montaña. Todo, todo, al alcance de los ojos. No fue suficiente la belleza ni la extensión ni la productividad de la tierra de nuestros sueños, todo nuestro patrimonio, para venderla por un precio que atendiese a los elementos mínimos de una justicia universal.
Padre ya era un huido a la fuerza, un ser amenazado que quedaba a la intemperie, una más de las millones de personas que se ven obligadas a dejarlo todo en aras de la sobrevivencia básica. Nos quedamos de la noche a la mañana sin la frescura de los amaneceres, sin el canto del viento entre los árboles, sin los amigos de la escuela, sin las cabañas que hacíamos en los bosques cercanos, sin los charcos de agua y de barro. Abandonamos la libertad absoluta de los días, la apertura inmensa del campo para encerrarnos en una casa sin ventanas, sin espejos en los cuales mirar las madrugadas. Y fue así como lo perdimos todo, dice aún madre con la mirada nostálgica. Pero nuestra vida en el pueblo sólo duró un año porque papá cambió la casa por un hotel en un lugar lejano y frío de los andes; fue como mudarse a otro país, a otro mundo.
Aún recuerdo el viaje y mis primeras lágrimas en aquel quejumbroso camión que nos llevó con todos nuestros trastos a ese lugar gélido entre montañas. Fueron dos días de carreteras polvorientas y de paisajes agrestes, planos, profundos, verdes, nuevos. Dos días de cansancio e incertidumbre, de imaginarnos cómo sería nuestro nuevo hogar, ese lugar que papá había dibujado como un paraíso. Es muy frío y la casa es grandísima, con muchas habitaciones, bueno, es un hotel, y tiene un patio inmenso sembrado de manzanos, melocotoneros y calabazas. Y el colegio queda a dos minutos, y hay una iglesia y montañas muy, muy altas y una cascada y un mercado los domingos, y, y, y… Él sólo veía bellezas en un lugar en el que durante los pocos meses que estuvimos siempre nos sentimos extraños, habitantes pasajeros de una región desconocida en que la gente se vestía con trajes oscuros y con pesadas chaquetas y ruanas. Era demasiado.
Al principio el frío nos mantenía atados a la cama hasta que papá nos despertaba con su voz de trueno con un Ya es hora de levantarse y ello significaba desprendernos de las mantas para sentir el hielo demoledor agujereando hasta el último de los huesos (sólo recuerdo haber sentido un frío semejante treinta años después en Frankfurt). Pero lo más terrible venía cuando teníamos que ducharnos casi a la intemperie con un agua gélida que bajaba directamente de la montaña nevada; es una de las peores experiencias por las que he pasado, una verdadera tortura que comenzaba con los cubos de hielo rodando por la espalda y terminaba en los pies amoratados y casi dormidos. Pero el frío también tenía sus cosas buenas como por ejemplo que podíamos comer frutas y verduras frescas que antes no habíamos probado o la sensación extraña de vestirnos con ropa de abrigo y de ponernos zapatos cerrados con unos calcetines gordísimos algo nuevo para nosotros acostumbrados a andar sin nada en los pies por las veredas y los prados.
De mi paso por aquel pueblo alargado de una sola calle, rodeado de jardines y de montañas imponentes, persisten algunos recuerdos gratos. Uno de ellos es una nívea granizada de finales de enero que dejó el poblado y los alrededores completamente cubiertos de blanco. Fue mágico. Llovían unas gotas enormes y sólidas que poco a poco lo cubrieron los árboles, las macetas, los amplios pasillos de casa. Mis hermanos y yo corríamos sorprendidos por el patio sintiendo las bolas de hielo que nos golpeaban con desesperación; padres nos llamaban al orden pero nosotros desoíamos sus voces y nos lanzábamos bolas de granizo mientras corríamos de aquí para allá entre los manzanos y melocotoneros. Hicimos también castillos, casas, carreteras y un refresco de granizo; queríamos conocer el sabor de esas gotas congeladas de formas irregulares. Las probamos y las olimos intentando hallar aromas que nos remitieran a aquellos mundos conocidos que acabábamos de abandonar pero en nuestra mente de niños esta granizada se antojaba casi un milagro, uno de esos acontecimientos mágicos que solamente suceden una vez en la vida pero que permanecen intactos en los intersticios de la memoria.
Barcelona, mayo de 2008

jueves, julio 01, 2010

Un proyecto literario

Por fin, después de años de escrituras al filo de la madrugada entre inviernos y veranos, hoy he concluído un proyecto literario largamente acariciado. Me parece una buena señal que lo haya finalizado justo un 1 de julio. 
Estoy feliz y cansada. Cansada de despertares tempranos que, sin embargo, me han permitido contemplar  amaneceres espléndidos, mágicos, desde mi ventana.  Cansada de escribir entre colegios, trabajos precarios, oficios repetitivos y minucias cotidianas.
Ahora mi proyecto reposa encima del escritorio. Me mira con los ojos bien abiertos. Lo tendré ahí un tiempo para que sedimente lo necesario antes de perder la vergüenza y compartirlo con la gente que quiero y me quiere.  O con otra gente...
Ahora no sé nada. Sólo experimento algo parecido a la felicidad. He cumplido conmigo misma y con las palabras.  ¡Eso ya es una triunfo!