miércoles, diciembre 21, 2011

LEER PARA VIVIR


Hace mucho tiempo leí en alguna parte que leer es la única manera de viajar para aquellos que no pueden tomar el tren.  Y cuánta verdad encierra estas palabras. Lo comprendí desde que aún siendo una niña, me aficioné a los libros que mi abuelo escondía debajo del colchón. Eran textos no apropiados para una infanta pero que yo fui devorando poco a poco sin entender la mayoría de las cosas que allí se relataban. Mucho tiempo después supe que esos libros eran nada más ni nada menos que de  José María Vargas Vila, un escritor proscrito que murió en Barcelona en la más completa soledad el 25 de mayo de 1933.
Así que comencé a leer  por imitación. Poco tiempo después lo hice por necesidad puesto que, cuando empecé la secundaria, mis padres no tuvieron otra opción que matricularme en el colegio Cervantes de Morelia -entonces era un internado- y los fines de semana que no iba a casa los dedicaba a explorar su precaria biblioteca para poder mitigar la pena de estar lejos de los míos. En ella descubrí textos extraordinarios que   me hicieron viajar por mundos mágicos y que marcaron de una u otra manera mi afición por las palabras.
Cabe resaltar que en todo ese proceso jamás jugó un papel importante la obligatoriedad. Es decir, jamás se me ordenó leer este o aquel libro entre otras cosas porque en casa apenas había cuatro textos.  Pero sí veía leer a mi padre  y a mi abuelo.  Imagino que ese hecho jugó un papel importante tal como lo demuestra un reciente informe publicado en España en el que se afirma que muchos niños y jóvenes leen  poco o nada  y que odian hacerlo sobre todo porque en la escuela y el  colegio los obligan  a leer  textos que no les interesa en lo más mínimo.  Claro, y porque en casa jamás ven  a sus padres  acercarse a un libro, un periódico, una revista.  En ese sentido parece que la imposición y la falta de un ejemplo estimulante hacen que gran parte de la juventud opte por pasar de los libros de manera abierta.
Y todo ello repercute no sólo  en los procesos de aprendizaje sino también  en la manera de aproximarse  a la realidad, pues privarse de las palabras, de la  magia de la  lectura significa dejar de explorar mundos plenos de experiencias, de saberes, de emociones. Significa no poder viajar por aquellos territorios  inéditos que nos permiten experimentar otras maneras de palpar la vida y sus asuntos sin necesidad de comprar un pasaje.
Publicado en El Líder 
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