jueves, enero 14, 2010

En defensa de Mrs. Robinson

Vaya escándalo el que se ha formado alrededor de la señora Robinson y su marido el 'Premier' de Ulster. En todos los periódicos españoles de esta semana se ha retomado la noticia haciendo énfasis en el carácter político sexual del acontecimiento. La forma como se presenta la información en todos ellos es ésta: el Primer Ministro de Irlanda del Norte tuvo que abandonar su cargo de manera temporal, antes de dimitir cornudo y bajo sospecha, a raíz de los devaneos amorosos de su esposa, una diputada norirlandesa de 60 años, que utilizó sus influencias para conseguir favores de empresarios con el fin de montar un café para su amante, un hombre cuarenta años más joven que ella.
¡Es terrible esta señora Robinson! Es una casquivana que arruinó por completo la brillante carrera de su marido, sólo por querer pasárselo bien con un jovencito al que además intentó ayudar. Eso no se permite a una mujer. ¿Lo sabía usted? Su pobre esposo ha tenido que dejarlo todo por su culpa, si, por bajos sus instintos, señora.
Es así como se nos presenta la información sobre el caso Robinson. En la mayoría de artículos publicados al respecto no se condena tanto el hecho de que Iris Robinson haya sido corrupta al utilizar su posición política para conseguir favores (cosa de hombres, por supuesto) sino el que haya sido infiel con un muchachito de veinte años como si fuese la primera vez que ocurre esta práctica dentro de los altos círculos de poder (otra cosa de hombres, por supuesto). Ahora mismo recuerdo un caso típico. Si. Presidente estadounidense que tiene un affaire con su becaria dentro del miamo despacho oval. ¿Ocurrió algo con este señor dentro de esa pacata sociedad norteamericana?
Vamos a ver. Es indudable que cualquier conducta que derive en situaciones que atenten contra unos principios éticos, contra unas formas de proceder transparentes dentro de los marcos sociales, no debe permitirse. Esto está claro. La protagonista de esta historia incurrió en una grave falta ética (cuestión que por demás ocurre cotidianamente en todas las esfera de poder; en España son famosos algunos casos). No tengo ninguna objeción al respecto. Pero hay algo que no me cuadra en todo esto y es la manera como se presenta la información utilizando adjetivos y giros verbales que ponen el acento en un hecho de la esfera personal, condenándolo de antemano, lanzando piedras encendidas contra el tejado de esta mujer.
La señora Robinson, además de hablar mucho (sus declaraciones puritanas no las comparto en absoluto), transgredió las normas mínimas del decoro que se supone debe tener una mujer. A ella no se le reprocha tanto su proceder corrupto como su conducta infiel con una persona mucho más joven que ella. Ahí reposa la transgresión mayor. Esta es la clave del asunto. Aunque no lo reconozcamos aún pesan los estereotipos de género que ponen en la hoguera a todas las mujeres que por una u otra razón nos salimos de los cauces de un “deber ser” tejido con hierro desde tiempos inmemoriales. Ojalá hubiesen más señoras Robinson públicas. A mí me parece estupendo que una señora de cincuenta, sesenta o los años que sea, haga lo que se le venga en gana. Me encanta que se transgredan todas esas ridículas normas sociales que condenan a las mujeres al papel de observadoras pasivas de la vida que transcurre.
Dicen los diarios que ahora Mrs. Robinson está ingresada en una clínica psiquiátrica y si leemos entre líneas nos damos cuenta que lo que se está diciendo allí es “se lo merece”. Mientras su marido, el cornudo, la única víctima de todo este asunto, tuvo que renunciar a su importante cargo. Pobre. Pobre. Pobre.
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Y en consonancia con este asunto, aquí va una deliciosa escena de la película The Graduate (1967) con Anne Bancroft y un jovencísimo Dustin Hoffman

lunes, enero 11, 2010

Orinzon Perdomo o la vuelta a los motivos esenciales

Este texto hace parte del ensayo "Cinco voces masculinas en la poesía huilense del siglo XX", en Luis Ernesto Lasso (editor), Huila: cien años no es nada II. Universidad surcolombiana, Neiva, diciembre de 2009.
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Orinzon Perdomo o la vuelta a los motivos esenciales
Por: PhD.Martha Cecilia Cedeño Pérez
Antropóloga

XXIV

Un mar de sorgo
Despuntando el día
Y lejos del platanal
En su soliloquio
Hecho racimo
Y más allá
La ceiba plantada
En la soledad ribereña
Mirando el gran río.

Un mar de sorgo
Cuajado en el rocío tempranero
Por donde mi madre camina
Y yo troto
En las montañas de abril, de junio
Respirando con plenitud
El mañana insaciable del trópico.

Un mar de sorgo
Que conversa
Quedadamente
Con el lento respirar de mi madre
Como quien le dice al sol:
“hace falta tiempo
Para enterrar la vida
Y olvidar
El fino olor
Del recuerdo
Los nuestros
Lo que nosotros somos
En abril o en junio”.

Un lento respirar
De sólo soledad
Y mar sorgo.


Siguiendo a Poe, se podría decir que cuanto más condensada se presente la expresión, mayor rotundidad podrá alcanzar, más lapidaria será y ese es el caso de algunos de los versos de Orinzon Perdomo. Desde Arquitectura de la esperanza (1979-1986) podemos percibir ese modo de trabajar el lenguaje para eliminar los ripios, las arandelas que a veces no aportan más que divagaciones o retóricas y que se patentiza con mayor vigor en sus últimas obras Aquellas pequeñas cosas (2001) y Canciones y disonancias (2006-2008). Se observa en la mayoría de su poesía ese ajustamiento hacia los motivos esenciales que pueden ir del difícil sueño de la esperanza, la muerte, la soledad, al aleteo de las cosas vulgares, al des-bordamiento de los objetos que nos rodean y que casi siempre permanecen ocultos bajo el velo de la obviedad. Y así a través de sus textos va conjurando la inercia de la palabra, la latente circularidad de los días, para edificar su propio universo poético con otros títulos como Sueños de Agua, 1987-1990; De la Soledad, esa otra muerte (1991); Presencia del Instante y la Memoria (2000).
Sobre la poesía de Orinzon existen algunos análisis interesantes que contribuyen al desvelamiento de su mundo poético. Sobre Arquitectura de la esperanza, por ejemplo, Luis Ernesto Lasso afirma que es un intento por construir, desde una mirada otra, aquella estructura que permita vislumbrar salidas, otear horizontes “sin prisa, rumiando la infamia” para superar “las tardes grises, los sótanos que llevan sueños por entre alcantarillas, anhelando la recuperación de la vida desde el escombro” ; para crucificar la infamia liberando para siempre/ las palabras/al alba. En este poemario están presentes algunos de los motivos que el autor desarrollará en obras posteriores: la realidad que se agujerea constantemente por la presencia omnisciente de la muerte; muerte que también es la soledad, el desamor, la ausencia, la negación, la certeza absoluta de la desesperanza: nos vamos desgastando/como los lomos/ de los pasamanos/ de largas escaleras (…) sintiendo/ a deshoras/ la evidencia/ de la muerte; la mirada inédita a las cosas cotidianas, a los objetos, los cuerpos, los instantes que conforman la vida y la memoria y que están ahí, a la espera de ser nombrados, liberados del espacio de lo vulgar; y esta mirada alcanza su máximo esplendor en Aquellas pequeñas cosas, un magnífico canto depurado en el que la palabra es metáfora nítida cargada de profundos significados. En dicho poemario se vislumbra la mesura de lo cotidiano, el reconocimiento de esos detritus, esas minucias de las que está hecha la vida, como bien lo enunciara Benjamín. Objetos, imágenes, visiones que tienen significado por cuanto nos conforman y se convierten en estructuras a través de las cuales la existencia tiene sentido. Pero también allí queda latente, como lo dilucida Bachelard que “una imagen literaria es un sentido en estado naciente: la palabra – la vieja palabra- viene a recibir allí un significado nuevo. Pero esto no basta: la imagen literaria debe enriquecerse con un onirismo nuevo. Significar otra cosa y hacer soñar de otro modo” .

Las ventanas

Espejos del sol
Fuente de las nubes
Abejas transparentes
Y agua detenida.

Espejuelos de las casas
Para auscultar
La vecindad del día.

Hojas de los edificios,
Brazos que el mundo extiende
Con secreta opulencia.

Rama de la que se sirven
Los pájaros y los hombres
Para ver morir el tiempo.
(Aquellas pequeñas cosas, 20011)
En las obras de Orinzon se puede apreciar su tránsito por diversos espacios poéticos que van de la expresión un tanto intimista de sus primeros versos a esa suerte de renovación poética que se aprecia en Aquellas pequeñas cosas, hasta la prosa poética de Presencias del Instante y la Memoria, donde el “poema busca inscribirse en la tradición literaria mediante la utilización de amplios juegos intertextuales con poetas como Marguerite Yourcenar, Fernando Pessoa, Alejandra Pizarnik, León Felipe o Luis Cernuda, haciendo posible una lectura en abismo”. En su obra más reciente Canciones y disonancias, Orinzon afila su expresión en todos los sentidos: continúa con su manejo certero de un lenguaje depurado, altamente significativo y renueva los motivos esenciales sobre los que construye su mundo poético, en un intento por condensar en la palabra esa realidad contradictoria y hostil que señala soledades, derrotas, otredades y, al tiempo, las sinrazones de la violencia que pervierten los días y llena de incertidumbre la vida cotidiana.
Allí la mirada subjetiva se explaya sobre otras esquinas de la existencia para desglosar a través de una lucha encarnizada con la palabra, los artilugios perversos que se evidencian en su herido territorio, en esta nación de escombros, de sinrazón y oscuridad en la que la realidad es un presente continuo de miserias/ desplazamientos/ muertes/exilios (…) Y en donde el recuerdo Es un viento/Que empuja/Las viejas y raídas/Banderas de la corrupción/Como divisa/Como escudo/Como señal de patriotismo/Y democracia. En ese universo poético, se retoman aquellos motivos fundamentales que permanecen latentes en sus otros poemarios: la muerte, la soledad, el recuerdo (de hecho estas son las tres palabras que más se repiten en el texto: 18, 17 y 15, respectivamente); pero esta vez alcanzan una trascendencia superior: se salen de los marcos de lo subjetivo para adentrarse en territorios ontológicos más universales a través de una palabra bordada en lo esencial que la hace más profunda y lapidaria: La eternidad/suele ser/la más larga forma/del olvido.
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Barcelona, noviembre de 2009

jueves, enero 07, 2010

Reflexión post fiestas

Y se acabaron las fiestas. ¡Qué bien! Confieso que ya estaba un tanto harta de comidas, publicidad, luces, buenos deseos, árboles de navidad... y toda esa parafernalia que nos convierte en títeres de un sistema en el que la felicidad es equivalente al nivel de compra que puedas tener. En esas condiciones la armonía sólo se puede hallar en aquel perfume que te hace más mujer o más hombre, en el licor x que exalta los sentidos como ningún otro, en la joya que confirma tu clase y buen gusto... Es decir, en aquellos objetos que supuestamente aseguran tu presencia en el mundo. Por fortuna hay cosas esenciales que no se compran y que tienen que ver con algo tan sencillo como la amistad, la compañia, el compartir con la gente que quieres y para ello sólo se necesita una sonrisa, un abrazo, una palabra a tiempo. Se acabaron las fiestas y la vida continúa con sus más y sus menos, con sus giros y vaivenes, con todos sus temblores... ¡Bienvenida, cotidianidad elemental!
Foto: Resaca de reyes (Martha C. Cedeño P.)

lunes, enero 04, 2010

Chabuca busca a su padre

Mi amiga Chabuca busca a su padre. Ella es peruana y una de las personas más bellas que conozco. Desde hace muchos años vive en Barcelona, ciudad espléndida en que la conocí una tarde de otoño. Pese a los avatares de la vida mi amiga lucha constantemente por sus derechos, por sus ideales y no pierde su sonrisa franca de niña, ni sus deseos enormes de vivir de otra manera y de encontrar la belleza en las cosas cotidianas. Su historia es de novela como la de aquella extranjera que retrata Ángeles Caso en su relato Contra el viento que ganó el último premio planeta. Chabuca tiene todo el derecho a saber quién es su padre. Y ahora lo busca. Reproduzco el mensaje que ella me envió en el que están los datos fundamentales de su procedencia. Quien sepa alguna cosa, puede escribirme a lunera2107@gmail.com.
Gracias.
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Chabuca Castillo, como así la llamaban, era Piurana. Tuvo a su primera hija a los 28 años. Fue parto prematuro con amenaza de aborto durante todo el embarazo. Se supone que llegó a término, porque la madre, quería al padre y pensaría (esto es un supuesto), que así, lo tendría cerca siempre. Sin embargo, el cuento le salió rana, porque la hija, no se sabe a quién salió, sólo la llamaban la china o la chinita, como primera prole de toda una generación.
La madre, debió haber conocido al padre de su primera hija, sobre los años 1965/6 o 1967 (aproximadamente), siendo éste último el año en que naciera ésta. Él no sabe que existe.
Probablemente provinciano, estudiante universitario (este último dato sin confirmar), seductor, tipo bohemio, tocaba la guitarra, vivió, en la pensión que administraba Chabuca quién vivía con su hermano César (el flaco). Esta pensión, estaba ubicada en el distrito de los Barrios Altos o Santa Beatriz, en la Av. Alejandro Tirado, en la provincia de Lima.
Lo único que se sabe de él, es que estaba viviendo en Brasil, pero no es un dato fidedigno.
No se sabe si la hija de Chabuca, fue fruto de una aventura de un día o una relación que durase algún tiempo. Ningún miembro de la familia de la afectada ha dado dato alguno, excepto una tal, (llamada tía Chanita, ex monja), le confesó entre dientes en medio de una reunión familiar, que no era quién pensaba.
A la afectada, le cedió el apellido paterno, el señor Gómez Briceño, padre de los dos medios hermanos de la afectada.
En la vida de esta persona, el hecho de no tener padre en una sociedad machista y clasista, como lo era la clase limeña media de los años de finales de los ’60 del siglo pasado, dio derecho a muchos y muchas que vejarla, humillarla, maltratarla física y psicológicamente, incluso a que el llamado tío Arturo, la violase por años desde que ella tuvo 6 años hasta los 9, con consentimiento de su madre (mujer frustrada, neurótica, maltratadora, trabajadora pero rencorosa y chantajista). Quienes más cómplices fueron con la madre, para descargar su amargura, fueron, “la negra” llamada Marta, la “mano lisiada”, mujer de Lucho, su hermana, llamada Noemí.
Quienes podrían haberle dicho hija de quién era, están bajo una tumba, mientras el resto de la familia, bajo pacto de silencio (no se sabe del por qué), no revela nada.
Chabuca Castillo, fue una mujer guapa, coqueta, trabajadora, triunfadora, seductora con su sonrisa, pero que sin embargo, no supo ser madre, porque en toda su vida, desde que muriese madre, Abcisia Puccio, sólo fue esclava de su padre César Augusto Castillo Añasco y de su madrastra Liliana Alama, y por ende, de toda la prole, que el padre llegó a tener.
Quién conozca algún dato relevante, ponerse en contacto con el administrador de la web.
Gracias,
Chabuca

miércoles, diciembre 30, 2009

Caracola, un poema de Federico García Lorca

Mi hija Luna recita este bellísimo poema de Federico García Lorca en el video que presento a continuación, elaborado por quien esto escribe para un curso sobre edición digital que acabo de culminar. Me parece una buena manera de despedir este año que ya agota sus últimos pasos.

¡Salud!





Caracola
A Natalia Jiménez

Me han traído una caracola.

Dentro le canta

un mar de mapa.

Mi corazón

se llena de agua

con pececillos

de sombra y plata.

Me han traído una caracola.

sábado, diciembre 26, 2009

El primer muerto. Un cuento de Amaranta Güell

Es rotundo y está echado sobre una mesa inmensa en medio del salón. Tiene el pantalón remangado a la altura de la rodilla y los pies grandes y desnudos aún lucen restos de barro y hojas secas. Parece un roble doblegado a destiempo. Desde abajo sólo puedo verlo de costado: la barriga que semeja una montaña venida a menos, un brazo generoso puesto sobre el pecho y sobre éste un trazo rojo. No tengo valor para ver su cara pero imagino un par de ojos abiertos, blancos y mustios como las margaritas de otoño. También adivino ese rictus permanente de incredulidad en el rostro que tienen todos los difuntos. Me fijo en sus pies, abiertos como dos abanicos en espera de los comensales que vendrán a observar la muerte de cerca. Su cuerpo está tendido sobre la mesa como si alguien lo hubiese dispuesto allí para un banquete final. Siento asco. Un asco pleno y profundo que me produce unas desaforadas ganas de vomitar. Aún no puedo creer que esa mole de carne inerte esté exhibida justo en el lugar en el que Doris y yo hacemos los deberes. En el espacio que ahora ocupa su panza he puesto los cuadernos y el chocolate y el pan. Ahora reposa allí un cuerpo aterido y plácido al que ya no le importa nada. De nuevo observo sus pies, esos enormes pies sucios saludando a la gente que poco a poco llega en silencio con una increíble aureola de pesar que mancha el ambiente con un sopor rancio y trágico. Esas extremidades heridas son todo el cuerpo. Si los tocas nunca más le tendrás miedo a los muertos, dice mi hermano en voz baja mientras camina alrededor de la mesa. Yo le sigo con un espanto voraz que carcome mis palabras y mi respiración. No puedo dejar de pensar en ese hombre que tantas veces he visto, al que he oído hablar con papá de cosas cotidianas. Aquel tío de Doris que se sentaba a la orilla del río para observar los reflejos rojos de la tarde. Escucho a papá decir a otro hombre que el muerto vino ayer a casa a pedir prestadas unas herramientas para hacer algunas reparaciones en los corrales. Era alto y corpulento y tenía una voz recia y cascada por el tiempo. Siempre iba descalzo pese a ser uno de los hombres más ricos de la región, decía que era feliz desplazándose a pata limpia por los caminos cubiertos de barro porque así sabía qué pisaba. Y ahora ese hombre está aquí, sin voz, sin palabras y sin risas. Expuesto a la intemperie de su propia soledad; expuesto a los ojos de de sus conocidos y familiares. No puedo tocarle, me da miedo. Mi hermano insiste en la cantinela de que si toco al menos un dedo de los pies del difunto nunca más en mi vida sentiré este miedo que me paraliza y me convierte en un amasijo de hierbas amargas. Mientras los adultos hablan en voz baja repitiendo una y otra vez las circunstancias de la muerte del hombre, los niños, recelosos, damos vueltas alrededor de la mesa intentando mirar su rostro. Nos parece un gigante dormido con los pies cubiertos de fango. Tan bueno que era, mira que morir en esas condiciones… no se lo merecía. Tócale la pata al muerto, no seas cobarde. Yo creo que tiene los ojos abiertos porque murió en un camino cerca de la montaña y allí no había nadie para que se los cerrara. Tiene los pies todavía calientes, ven, mira, no tengas miedo. El chiquillo de ojos garzos insiste en aquel tocamiento que yo veo como una osadía, como la cumbre de todos los retos. Casi puedo imaginar el hielo de sus dedos ahora morados y su textura dura por el barro tostado que aún se aprecia en ellos. Qué va, no pasa nada si los tocas yo lo he hecho varias veces, mira, mira. Y en efecto, mi hermano extiende su mano con ligereza y toca con la punta de su dedo índice los pies del hombre inmóvil, lo hace con tal rapidez que parece que estuviese rozando un objeto electrizado. Así no se vale, ha de ser más despacio. Pero yo lo hago, en cambio tú… Así estamos un tiempo infinito hasta que vemos a padre despedirse de los dueños de la casa y de los pocos vecinos que aún quedan en este extraño banquete. Antes de salir del comedor, que ya tiene un fuerte olor a resina y heno seco, miro por última vez los pies del muerto y, sin que pueda evitarlo, algo me empuja hacia ellos como una sonámbula. Mis dedos se alejan de mi conciencia. Entonces toco un batracio enorme y gélido cuya textura invade mis manos, mis brazos y mis nervios. Es verdad. Viviano Joven está muerto.
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Amaranta Güell, Madrid, 2008.

jueves, diciembre 24, 2009

El aroma de la Nochebuena


Las fiestas de navidad las asocio indefectiblemente con un aroma que impregna los viejos rincones del recuerdo. El olor embriagador de los higos y la papaya dulce haciéndose a fuego lento con la panela en una hornilla de leña. Un manjar que preparaba mi abuela Rosa y mi madre Lina del Carmen, al que además añadían canela, queso y clavos de olor. Toda una mezcla de sabores y aromas que envolvían la cocina, la casa y todos los días de las fiestas. A esta confluencia de sentidos le llamaban Nochebuena. Y no podía ser de otra manera porque se hacía especialmente para degustar la noche del 24 y todos los días posteriores hasta llegar a la noche vieja. Era toda una orgía de dulce que animaba las ya cálidas noches tropicales.
Pero la Nochebuena era más que una comida: eran palabras, abrazos, compañía, regalos, alegría. Todo aderezado con la magia de la música, con aquellas canciones que hablaban del aire festivo de la navidad "Arbolito de navidad que siempre florece los 24 ¿qué me vas a dar?" y con otras que reflejaban el tiempo que se va de manera inexorable con un dejo nostálgico "Yo no olvido al año viejo porque me ha dejado cosas muy buenas" o con aquel clásico "Faltan cinco pa los doce el año va terminar me voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá". Así, mientras los mayores se divertían con sus cosas (bailando, bebiendo aguardiente o un vino tinto dulzón que los chispeaba) los niños nos dábamos un atracón de dulce y de juegos.
Pasaron los años y en las múltiples casas en que vivimos, en los años de errancia de mi padre, siempre conservamos la tradición del dulce de Nochebuena con sus aromas invadiendo todos los resquicios del ánima. La fiesta, nunca mejor dicho, era de un dulzor que no empalagaba pero que en cambio devolvía aquella noción de sociedad casi tribal: la familia y las personas más allegadas, compartiendo el espacio tiempo con sus connotaciones más profundas.
Y reconozco que cuando mi marido y yo llegamos a Barcelona, justo el último año del siglo XX, lo que más echamos de menos fue el calor de aquellas reuniones familiares enmarcadas por la música, la comida y el dulzor profundo del aroma de la nochebuena.
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¡Os deseo unas estupendas fiestas a todas y todos!

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...