martes, diciembre 13, 2016

La ventana o el vórtice espacio tiempo

Ese domingo desperté a las 5.30 de la madrugada. Me enfadé por ello pues tuve la absoluta convicción de que mi reloj laboral nunca dejaba de funcionar. ¡Era domingo y estaba en México, joder!  Había llegado cuatro días antes para participar en un evento académico sobre ciencia y arte del paisaje  y me hospedaba en un hostal modesto del centro  histórico de Querétaro, una vieja casona acondicionada para viajeras como yo, es decir, para gente sin muchos recursos que busca este tipo de lugares solo para pasar la noche. No obstante, en mi caso, había un motivo más: estaba situado en el casco antiguo de la ciudad, uno de los mejores conservados de todo México y ello permitía desplazarme por sus esquinas para contemplar las hermosas construcciones, las calles adoquinadas y limpias,  las  imponentes iglesias apostadas casi en cada manzana con sus torres arañando el cielo, y la atmósfera clara de un lugar extraordinario cuyo aliento hablaba de otros tiempos, otras vidas, otras maneras de sentir el mundo. 

El hostal, no tenía nada de  particular. Sin embargo, esa primera mañana en que llegué del aeropuerto después de un fantástico vuelo desde Ciudad de México en un avión un tanto destartalado -creí no llegar a mi destino cuando advertí sus hélices desplegadas lo cual me hizo recordar un vuelo Barcelona - Lisboa en un avión de TAP Portugal también propulsado por turbohélices-, me pareció agradable y hasta acogedor aunque su portal no fuese el más estético. Una mujer menuda de mediana edad me recibió con calidez y después de hacer el respectivo registro me dijo que me llevaría a la habitación que ocuparía esas cuatro noches.  En el trayecto hasta allí  subimos unas oscuras y empinadas escaleras  hasta llegar a una estancia adornada con objetos antiguos  y coloridos desde la cual se desplegaba una serie de pasillos y habitaciones de grandes puertas de madera. En uno de sus costados había también una especie de salida de emergencia. Por allí me condujo la mujer para toparnos con unos escalones que bajaban hasta una  terraza en donde había una mesa con un parasol y cuatro sillas de fibra natural y justo detrás, la puerta de la habitación. Advertí que ésta correspondía a una construcción reciente hecha en lo que antes había sido el patio de la casa. Me sentí muy afortunada por tener una habitación con terraza incluida en la que podría leer, desayunar  y tomar el sol, pese a que el interior de la misma fuese de una ascetismo conventual: un cama, una mesita de noche  y un pequeño armario junto a una ventana cubierta por una cortina de motivos marrones un tanto desgastada. Y el baño pequeño y desangelado con el grifo del lavamanos estropeado, situado justo a un costado de la cama. Y sumado a ello había un elemento en la habitación que nunca pude controlar: una bombilla que se encendía halando una cuerda pero al hacerlo también se activaba el ventilador de aspas de madera en el cual estaba empotrada. Yo me sentía muy mal de la garganta  y no sabía cómo desactivar el ventilador para que el aire no me afectara. Así que decidí encender la bombilla del baño, abrir la puerta y cerciorarme de que la cortina de la ventana  estuviese bien cerrada. Pese a ello, siempre tuve la sensación de que alguien podía mirarme, de que alguien me miraba...

Ese domingo era mi último en Querétaro pues a la una de la tarde tomaría un autobús que me llevaría hasta Saltillo (Coahuila). Tenía por delante casi 650 kilómetros. Y aunque había puesto el despertador del móvil a las 7:30 de la mañana,  mi reloj laboral me despertó a las 5.30. Encendí el móvil, revisé los correos electrónicos y las redes sociales, leí algunos diarios, encendí la tele -no había nada interesante- y desayuné con uvas y plátanos que había comprado el primer día. A las 7:30 decidí ducharme. No encendería la bombilla de la habitación para vestirme sino que usaría la del baño, como lo había hecho los días anteriores.  Como siempre experimenté la sensación de alguien podía mirarme, de que alguien me miraba. Así que antes de entrar a la ducha me aproximé a la ventana y me cercioré de que la cortina cubriera todo su vidrio. Y entonces sentí un deseo enorme de observar a través de ella. Descorrí la cortina con sumo cuidado.  Vi las hojas de una planta parecida al bambú que casi tocaban la ventana y justo al frente, detrás de las hojas, una habitación amplia cuya puerta de madera estaba abierta de par en par y dejaba ver un baño con la cortina de la ducha plegada a un lado. Aprecié su suelo de madera, las paredes revestidas con baldosas de color beige y el grifo plateado de la ducha. Todo ello bañado por una espléndida  luz.  Ah, y justo en la barra de la cortina había unas bragas de color granate, totalmente extendidas. 

Todo lo que observé me sorprendió muchísimo. ¿Cómo era posible que un hostal de mierda tuviese una habitación con un baño tan bonito y que a mi me hubiese tocado el peor?  ¿Por qué no lo había preguntado antes? Pude pasar  unos días más confortables allí...  Un momento: en esa habitación también hay una chica. ¿Estará sola, como yo?  ¡Además sus bragas son del mismo color de las mías! ¡Vaya coincidencia!  Espera ¿No estarás viendo el reflejo de tu baño?   Cerré un poco la cortina, miré hacia donde estaba mi baño y tan solo pude ver la puerta de metal blanco, abierta. ¡No era un reflejo, por supuesto!  Así que me dispuse a seguir observando.  Ésta era mi propia ventana indiscreta. Volví a fijarme en la habitación. Se veía tan cálida. Y ese baño tan bonito en donde había unas bragas como las mías.  De repente tuve la impresión de que en cualquier momento la chica podía pasar por delante de la puerta y  se daría cuenta de que yo estaba husmeando. Sentí temor de ser descubierta. Después de un rato - no sé exactamente cuánto- decidí ducharme  y pensé que luego, cuando bajase a desayunar, me fijaría en esa habitación que nunca había visto, que estaba justo al frente de la mía, separada sólo por una planta de bambú y el espacio de la escalera por la que se bajaba hasta el ala central de la casa donde estaba la administración y el restaurante.

Volví de desayunar pero había olvidado echar un vistazo a la habitación observada hacía un rato. Lo recordé justo cuando ya estaba a punto de salir a dar una vuelta por la plaza de Armas. Entonces abrí la puerta, salí a la pequeña terraza y descubrí que al frente de mi ventana sólo había una pared blanca. Una maldita pared blanca sin puertas, sin ventanas, sin nada. ¡No lo podía creer! Así que miré en todas las direcciones a ver si había la posibilidad de que arriba de mi habitación hubiese otra con una ventana que de alguna manera proyectara eso que había visto. Y no había ninguna. Solo paredes desnudas y más allá un cielo azul profundo...

Debo confesar que aún hoy, después de casi tres meses, me pregunto qué pasó esa mañana de un domingo de septiembre en Querétaro, México...

miércoles, noviembre 02, 2016

EL PLEBISCITO: IRAS Y PAZ


Por: Ananías Osorio V.

Docente

Los resultados del plebiscito mostraron que pudo más el cerebro emocional que el racional. El emocional operó en el NO al acumular todo tipo de iras: iras de orden económico, político, militar, social y religioso. Operó en el SI al acumular todo tipo de triunfalismos: Colombia, paraíso terrenal a partir del 3 de octubre. La mezquindad de lado y lado frente a la Paz fue latente. En ese mar de iras,  triunfalismos y mezquindades, el cerebro racional quedó atrapado en los anhelos de paz de millones de ciudadanos  generosos y en  las entrelineas de las 297 páginas del acuerdo.  La emocionalidad no dejó actuar a la inteligencia, hasta el punto que ambos bandos no previeron un plan B, bandos que de paso solo representan  menos de una tercera parte del potencial electoral.
¿Y el resto de la población? ¡Pues una parte, atrapada  en la  angustia asistencial no la dejó pensar ni actuar en ningún sentido, y la otra, le importó un bledo!
Una vez más queda demostrada la necesidad de una educación centrada en la formación de ciudadanía y con altos procesos cognitivos para dejar de ser un país de cafres.

martes, noviembre 01, 2016

EL SI PLEBISCITARIO, UN PLUS DE ESPERANZA

Por: Ananías Osorio Valenzuela
Docente

Según registros históricos, en casi 200 años de vida republicana, las élites no han cesado de generar conflictos por el poder político y económico, uno de los ORÍGENES de la horrible e intermitente  noche que sigue padeciendo e pueblo colombiano.
 El acuerdo de la Habana (2016) busca resolver una de las CONSECUENCIAS del más largo conflicto. Dicho acuerdo lo firman un sector de las elites y un grupo armado de la población afectada por el conflicto entre elites de mediados del siglo XX. Otro sector de las elites le apuestan al NO plebiscitario soportado en  revanchismos ancestrales. Y otro grupo armado de la población al menos manifiesta estar dispuesto a negociar. Igualmente insinúa esa posibilidad las disidencias armadas de anteriores amnistías. Por tanto, el conflicto por el poder continuará. A pesar de los pesares, el SI plebiscitario, es un plus de esperanza imposible de dejar escapar.    
Y el grueso de la población seguirá ahí a la espera de resolver sus angustias asistenciales (pan, techo, salud, educación, seguridad). Seguirá la búsqueda de la EQUIDAD en todos los ámbitos de la vida y su armonía con la naturaleza, en la espera de tiempos en los que reine la plena democracia  para debatir angustias existenciales de cara a la infinitud cósmica, unos, y la gloria celestial, otros.


  

sábado, octubre 22, 2016

MAMÁ ROSITA – Parte II


Rosa, Rosita, Rosa, acunó mi infancia. Acarició mi vida con la fragancia de su mirada reverdecida, con el calor de su sonrisa y sus manos prestas a peinar mis cabellos y mis ilusiones.  Su presencia acompañó también los días de mi adolescencia y mi adultez. Fue testigo de mis primeros amores y mis penas inventadas cuando sólo era una muchacha romántica que leía a destajo para vivir otras historias, para trasegar otros caminos.  ¡Cuando yo  era una bella muchacha feliz!


Mamá Rosita 

Rosa, Rosita, Rosa fue mi cómplice. Mi compañera de viaje cuando iba a por ella hasta la casa de la tía Miriam donde pasaba largas temporadas. En esos trayectos me preguntaba por mis novios y me miraba con sus ojos pillines para sonsacarme información. Alguna vez corrió tras de mí en Paicol ante una inminente necesidad fisiológica. Entonces dije al conductor que ella necesitaba con urgencia un baño. Pero no era para Rosita, era para mí. 

Y cuando Rosa, Rosita, Rosa, estaba en casa, dormíamos en la misma cama. Me gustaba sentir su olor y su respiración. Aunque a veces me enfadaba con ella. Sobre todo cuando empecé a estudiar en la universidad y comencé a llegar tarde a casa. ¡Ella siempre me descubría!  ¿A qué hora llegó Martha anoche? Preguntaba mi madre. Como a las 12, respondía yo.  Eso es mentira, espetaba ella. ¡Llegó cuando ya cantaban los pajaritos!

Yo fui la escribidora de Rosa.  Bajo la excusa de que mi letra era muy bonita - cuestión que era mentira- ella hacía que me sentara a su lado para dictar esas largas cartas que daban cuenta de acontecimientos rutinarios, de preocupaciones, de alegrías, de las minucias de la vida cotidiana. Al principio yo lo hacía con desagrado pero luego, cuando fui más mayor, me parecía un ejercicio muy bonito. Sobre todo porque la tenía cerca de mí. 

Esta actividad que realizaba como mínimo una vez al mes,  empezaba cuando ella me pedía ir a la tienda del barrio a comprar el papel con tenues rayas horizontales azules y un sobre con marcas azules y rojas en sus costados.  
Marthica, ¿cuándo me va a escribir la carta para su tía?  Me preguntaba impaciente. El sábado, mamá Rosita, respondía yo.

-Mamá Rosita ¿Cómo empiezo la carta?
- Usted ya sabe, me respondía un poco molesta.

Y mi labor escritural siempre empezaba de la siguiente manera:

“Mi muy querida y estimada hija: las saludo cariñosamente  deseándole que se encuentre sin novedad que es lo único que mi pobre y triste corazón le puede desear a toda hora y momento que la recuerdo…”.
Esta fórmula se repetía una y otra vez. Al final,  ella se limitaba a decirme aquellas cosas relevantes que debía incluir en la misiva. ¡Y a veces yo  también ponía algunas cosas de mi cosecha!
Este ejercicio se convirtió casi en un ritual que duraba varias horas, pues no era posible equivocarse. Y si ello sucedía debía ir de nuevo a la tienda a comprar papel y un sobre de carta.

Rosa, Rosita, Rosa, tenía los ojos verdes. Era ágil y alegre y aun con 86 años enhebraba las agujas sin necesidad de gafas. Pero un día le diagnosticaron cáncer y poco tiempo después se fue sigilosa y tranquila, con el primer viento de junio.  Los pájaros acompañaron su viaje y el cielo mañanero de la canícula desplegó sus mejores galas.  Desde entonces habita en un espacio tiempo transparente e infinito.


Rosa, Rosita, Rosa, fue la Mama Grande en un cuerpo diminuto; fue el faro que acompañó los días luminosos de mi infancia y los de mis hermanas y hermanos. ¡Fue una mujer moderna que, sin buscarlo, rompió moldes e hizo lo que se le vino en gana! ¡Ella es el espejo en donde me miro para no empeñar mi pensamiento, mi hacer y mi ser!

sábado, agosto 27, 2016

MAMÁ ROSITA – Parte I

Rosa, Rosita, Rosa

Tenía los ojos verdes. Dos farolillos encendidos que hablaban en un roce de párpados.  Eran juguetones y dulces. Brillaban con la sabiduría de una vida hecha desde las márgenes.  Y así fue, en efecto, desde su nacimiento -en  un lluvioso octubre-  ocurrido en los albores del siglo XX,  en una tierra estéril y triste.   
Su madre Sara supo que estaba de parto cuando un torrencial se deslizó por sus piernas e inundó la casa. Entonces como pudo avisó a la partera de esos contornos para que le ayudase en la tarea fundamental y siempre sorprendente de traer un nuevo ser a un mundo para nada claro, sobre todo para Rosa cuyo camino estaría signado por ser una hija “natural”, una “bastarda”. La hija no reconocida de un terrateniente casado y con una prole magnífica que seguramente heredaría su fortuna. 

Rosa. Rosita. Rosa.

Sería siempre la hija de una mujer casquivana que no tuvo ningún remilgo en acostarse con su “patrón” a sabiendas de que tenía una mujer a la que había desposado en medio de una gran pompa y miles de flores encendidas.   La malvada Sara, su madre, jamás sintió el peso inmenso de los deseos de éste, ni sus manos hediondas, ni los acechos descarados en la cocina, ni las persecuciones por las labranzas de cacao cuando ella marchaba a su modesta casa después de un largo día que comenzaba a las 6 de la mañana y terminaba cuando el sol se ocultaba detrás de las crestas azuladas de las montañas. Sara jamás sintió el hormigueo de la violencia, de la desesperanza, de la vulnerabilidad, del hambre corriendo por sus tripas.
En una cultura patriarcal y pastoril, Sara era también una propiedad de su “patrón”. Por ello éste ejercía su “derecho” a seducirla y someterla; en su imaginario ella  era un objeto más que hacía parte de su colección de propiedades.  Sara era una vaca. Una yegua. Un bello animal de carga.
Así que el mundo para Rosa, Rosita, Rosa, fue oscuro desde que abrió los ojos. Creció en medio de las necesidades y con apenas 8 años ya debía hacer los trabajos de la casa y otros supuestamente destinados a los varones: recolectar leña, sembrar y limpiar las cosechas de yerbajos y malezas.
No tuvo esperanza, Rosa. Por ello, al final de la adolescencia repitió la historia de su madre. Una copia perfecta: misma situación aunque otro protagonista, misma relación desigual entre patrón-amo y sirvienta-esclava.  Y de esa situación de dominación que se prolongó por varios años, nacieron dos hijos, que tampoco obtuvieron el apellido del padre; cuestión que a la larga no hizo falta. ¿Para qué llevar a cuestas la  historia de un patán, un malnacido?
Después de un tiempo Rosa, Rosita, Rosa,  se dio cuenta que la vida era otra. Entonces conoció a un arriero de ojos azules que hacía largos  viajes por los Andes colombianos para transportar mercancía. Era propietario de una recua de mulas por tanto poseía una cierta riqueza en una época en que en el país no habían carreteras y el transporte hacia los lugares céntricos debía hacerse a través de viejos caminos reales de la conquista y la colonia y a través del río Magdalena.
Y durante una temporada Rosa fue feliz. Conoció la ternura de las manos y la posibilidad de soñar bajo las estrellas en los cálidos campos de San Juan.  Pero su hombre marchó de nuevo  en un trayecto  de ida y vuelta que tomaba tres meses y nunca regresó. Ella lo esperó paciente durante mucho tiempo hasta que un día le dijeron que se había despeñado por un abismo andino casi una década atrás.  Entonces miró a su hija de 9 años y vio en sus  ojos la transparencia del cielo en abril.

Rosa. Rosita. Rosa

Conoció el amor cuando ya había deshojado 40 calendarios y su esperanza no era más que un racimo de plátanos, un saco de yucas, una huerta elemental.  Y sus hijos. Levantados al filo de la precariedad y la ausencia. Por ello, cuando vio a Abelardo supo que era el inicio de todo. Y así fue, hasta que 30 años después éste murió en la selva, abrazado a su cintura. Desde entonces ella vivió largas temporadas  con su hija menor.  Y pudo ver cómo nacían nietos y nietas en otras condiciones, con padres  y madres solícitas que acunaban esperanzas pese a las vicisitudes cotidianas y las garras terribles de la necesidad.

jueves, junio 23, 2016

Los últimos estertores de la guerra

El pasado miércoles 22 de junio, mientras daba los últimos toques a mi look de proletaria ilustrada,   escuché la noticia más importante de los últimos 60 años: ese día era el último de la guerra en Colombia. Una guerra que ha bañado, literalmente, los campos y las ciudades de muerte.  Una confrontación demencial que ha acabado con la vida de cientos de miles de personas y  ha expulsado a millones de ellas de sus tierras, sus casas, sus  sueños.   

Una "guerra de baja intensidad" -como suelen llamarla algunos- que según el Centro de Memoria Histórica  desde 1958 hasta el 2012 mató a  258.000 personas. Y que ha ocasionado otra serie de situaciones de dolor tal como se puede percibir en las siguientes estadísticas del organismo antes mencionado:

-Entre 1970 y 2010 ocasionó el secuestro de 27.023
-Entre 1981 y 2012  produjo 16.340 casos de muertes selectivas y 23161 víctimas
-Entre 1988 y 2012 ocasionó 716 casos de acciones bélicas con 1344 víctimas, 5138 ataques a bienes civiles, 95 casos de atentados terroristas con 1566 víctimas
-Entre 1985 y 2012 produjo 1982 casos de masacres con un resultado de 11751 víctimas; en ese mismo lapso también se produjeron 25007 desapariciones forzadas, 1754 víctimas de violencia sexual y  4.744.046 víctimas de desplazamientos forzados
-Entre 1988 y 2012, las minas antipersona dejaron un saldo de 2119 muertos y 8070 lesionados y en ese mismo lapso 5156 personas fueron víctimas de reclutamiento ilícito.

Una guerra que mató a mis amigos Rafael, Liliana, Alberto... Que desapareció a  Tarcisio, aquel muchacho de ojos garzos; que llevó  a uno de mis tíos y a muchos de mis compañeros de universidad, manigua arriba; que expulsó a mi padre del campo caqueteño dejando tras sí el río, el maíz y los sueños...

Una guerra que esculpió los días de mis hermanos y míos con el recuerdo de aquella toma guerrillera de Belén de los Andaquíes con sus muertos arrumados en el parque infantil del pueblo con sus piernas y sus risas destrozadas y el olor a pólvora en el ambiente y el miedo en las tripas...

Una guerra que nos escupió a muchas personas fuera de las fronteras para reunirnos en Barcelona, en Madrid, en París, en New York...

Una guerra infame que nunca debió empezar y que hoy puede hilar su derrota pese al empeño e indiferencia de muchos; a la insensibilidad  de una mayoría que ha naturalizado el conflicto; a las armas que han anidado también en las palabras y el corazón...


martes, junio 14, 2016

Otredad

Eres extranjero en tu casa
y sombra en la calle
lejana:
transeúnte silencioso 
con nuevas agonías 
en los párpados.

De Versos en claroscuro ( Barcelona: in-Verso)

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...