jueves, junio 12, 2008

Palabras de despedida

(A mis excompañeras y excompañeros de trabajo)

Dicen que la amistad, como aquellos amores que trascienden las fronteras del tiempo y el espacio, nunca muere. Y dicen también que de todo se aprende y que en las circunstancias vitales más adversas o más modestas o más triviales o más vulgares (por lo comunes y obvias) siempre existe un espacio forjado por aquellos nexos que nos hermana a todos y todas, que nos hace partícipes de una misma condición. Nexos construidos en la convivencia cotidiana y que en algunas ocasiones superan la esfera, el momento, el marco en el que surgen para llegar al reino de los afectos ciertos. Y es que justo cuando las condiciones no son las mejores, cuando se piensa que todo está perdido y que nada vale la pena, cuando desesperas al comprobar que existe una suerte de complot para joderte, (perdonarme esta expresión, sobre todo aquellas personas que me leen allende el Atlántico)... es justo allí, cuando, en efecto, surge lo mejor -y lo peor también- de nosotras y nosotros.
Allí aprendes que además de la precariedad, la injusticia, la desigualdad, el egoísmo, existe también el amor humano del que hablaba tan bella y excépticamente César Vallejo. Un amor que no conoce fronteras, ni clases sociales, ni títulos académicos, ni colores, ni formas, ni acentos, ni procedencias. Un amor básico, medular, libre de prejucios y perjuicios. Un amor que nos conjunta y libera porque volvemos a la esencia, a lo único que nos salva en un mundo cada vez más viciado por lo material, por la apariencia, por lo superfluo. Un amor que nos devuelve la fe, la esperanza en la condición humana.
Gracias por vuestras muestras de afecto, por vuestras sonrisas. Gracias Mabel, Guillermo, Isabel, Mélida, Vilma, Patricia, Yamilet, William, Maite, Esteban, Yesenia... Gracias a todas las personas con las que de alguna u otra manera compartí una etapa de mi vida laboral.
(Como os prometí, cuelgo las fotos del martes) .












Publicar un comentario