miércoles, enero 28, 2009

Vendaval

Sábado 10 de la mañana. Salón de casa. El sofá y un libro: Diario de una buena vecina de Doris Lessing. El rugido del viento quiebra las palabras y hago una pausa para mirar a través de la puerta acristalada. Un cielo azul y Eolo, furioso, gritando entre los edificios, las cornisas, los árboles de la calle, las persianas. Tira cosas en los balcones vecinos. Dobla el firmamento de antenas de los terrados. Desata la ropa de los tendederos: vuelan sábanas, toallas, pantalones, calcetines. Una camiseta roja llega hasta el tejado próximo, aquel donde cada domingo un hombre tiende la ropa mientras habla por el móvil. No había visto nada igual aquí. Cierro el libro, abro la puerta transparente, me asomo al balcón: tengo miedo. Y llega un recuerdo.
Tenía 9 o 10 años. Vivía en una finca con unas vistas estupendas sobre un valle robado a la selva. Una construcción levantada sobre columnas de madera y un balcón mirador con plantas colgadas que caían en cascada encima de la baranda. Eran las seis de la tarde y acabábamos de cenar. Ya estaba oscuro. De repente se desató un aguacero torrencial. Rayos y truenos. Los pequeños nos encerramos en la habitación. El viento abría y cerraba puertas, rugía con violencia entre los árboles, las tejas de barro. Era un monstruo cruel que en cualquier momento nos podría dejar a la intemperie. Me imaginaba aferrada a un árbol en plena oscuridad mientras luchaba por no dejarme llevar por la corriente descontrolada de aire. Lloraba. Llorábamos. De repente ví a la abuela. Se había puesto un trapo blanco en la cabeza y tenía una vela encendida en la mano. "Santa Bárbara bendita", exclamaba. "Hay que quemar ramo bendito para que cese la tempestad", decía. Y sin pensarlo dos veces empezó a quemar las hojas de palma seca que tenía en la otra mano. La imagen era terrible y bella a la vez: la cara aún joven de la abuela iluminada por el fuego recién encendido parecía la de una estatua de cera y sus ojos felinos chispeaban de manera extraña. Y por un instante el trapo que llevaba en la cabeza se transformó en un haz de luz. Pensaba que en cualquier momento la abuela toda sería engullida por éste y se convirtiría en un ser luminoso que acabaría de manera fulminante con la tormenta.
Al cabo de un tiempo infinito volvió el silencio. Supimos que todo había acabado. Pero el miedo aún permanece. Desde entonces sé que somos seres frágiles y vulnerables ante la magnífica y terrible voz de la naturaleza.
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