lunes, julio 20, 2009

Violencia machista

María tiene casi 40 años. Posee una carrera profesional y ha hecho varios cursos de especialización. Es inteligente, culta y es una buena persona. Demasiado buena, diría yo. Un día María se enamoró de un hombre. Él era agradable, caía bien a todo el mundo aunque se notaba un poco descuidado en su apariencia física. Sucio, me dice ella ahora. Y un día María y este tipo X decidieron irse a vivir juntos. Y como no conseguían un piso de alquiler a la medida de sus necesidades decidieron embarcarse en una hipoteca. Y ella dio la totalidad de la entrada (él le dijo entonces que le prestara su parte y que luego se lo devolvía, cosa que no ocurrió, por supuesto). Así que un día María y el tipo X ocuparon su pequeño piso: 35 metros cuadrados a un precio de oro. Ella estaba ilusionaba porque, por fin, tendría algo suyo, su propio espacio; veía cómo por fin podría dirigir su vida, formar una familia, ser alguien.
Pero las cosas no salieron como ella pensaba porque casi al momento de llegar a su espacio, el hombre le dijo que ahora si podía irse, que no la quería, que le daba asco y que era una inmigrante de mierda. Ahí empezó el calvario de María. El hombre X entonces se mostró como lo que era: un maltratador. Primero fueron las palabras. La agresión verbal, la amenaza, el desprecio, la desvaloración, la burla… y luego vinieron los empujones, las bofetadas y la sangre. Sangre. Eso era lo que le faltaba a María aquellas veces en que, destruida física y psicológicamente, iba a la comisaría de Los Mosos a poner la denuncia. “Lo que usted dice puede ser cierto pero esas agresiones no se ven”. Le estaban diciendo a María. “Entonces ¿hace falta que me maten para que me escuchen?”, les decía María desesperada e impotente.

En el mundo muchas mujeres mueren a manos de aquellos a quienes aman o han amado. Maridos, exmaridos, novios, exnovios, amantes, parejas… En España, este año, van más de 30 mujeres asesinadas. Y cada día se producen miles de denuncias. Pero algo falla en esta sociedad enferma. Pese a que por fin, después de muchas luchas de las feministas, desde los órganos políticos y judiciales se han tomado medidas para erradicar este mal que afecta a un porcentaje alto de féminas. A nivel local, por ejemplo, la Ley 5/2008, de 24 de abril, Del derecho de las mujeres a erradicar la violencia machista, define los principios orientadores en las intervenciones de los poderes públicos y establece los criterios de actuación y acciones en todas las fases de la atención a las mujeres que sufren violencia machista: desde la detección de situaciones de riesgo, la atención y la protección hasta la cooperación con otros actores del territorio en las fases de prevención y recuperación. Su objeto fundamental es “la erradicación de la violencia machista y la remoción de las estructuras sociales y de los estereotipos culturales que la perpetúan con el fin de que se reconozcan y se garantice plenamente el derecho inalienable de todas las mujeres a desarrollar una vida propia sin ninguna de las formas y de los ámbitos en que esta violencia se puede manifestar” (Ley 5/2008, 27).

Y hace unos días María me llamó llorando: el individuo asqueroso la había golpeado con un objeto en la barbilla y la había herido. Le había hecho sangre. Ella de inmediato puso la denuncia después de pasar por el hospital. Esta vez, María sí podía demostrar que fue golpeada, que en efecto, era víctima de violencia machista. Tenía sangre. Y aquí, como reconoció el abogado de oficio, hace falta tenerla para demostrar que se es víctima; la violencia psicológica sólo existe en la teoría. Aquel tipo de agresión sutil y no tan sutil que cercena, fragmenta, desvaloriza, anula, amenaza… es sólo una ficción. Por ello, si nos detenemos en las estadísticas e informes nos damos cuenta que la mayoría de mujeres asesinadas por los hombres, habían puesto algún tipo de denuncia, denuncia que en muchos casos no pasó a mayores porque ellas no tenían lesiones físicas apreciables, las lesiones psicológicas no existen, no son fielmente demostrables. De ahí la necesidad de la sangre: la piden los organismos policiales, los judiciales, la sociedad.

La violencia machista se inserta dentro de una sociedad patriarcal en donde prevalecen relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres. En dicho contexto, el patriarcado se concibe como “una estructura de relaciones sociales que se apoya en las diferencias físicas, de edad y de sexo y al mismo tiempo las dota de significado social, lo que quedan deificadas y producen subjetividades” (Izquierdo, 1998: 223). Desde ese punto de vista hablar de las distintas violencias contra la mujer que se ejercen en el ámbito socio-comunitario implica volver la mirada a un conjunto de relaciones sociales signadas por profundas desigualdades en las que se reflejan posiciones de poder de los hombres con respecto a las mujeres. Y ello implica también considerar el círculo de la dependencia y por lo tanto de la indefensión de las mujeres a la hora de romper con la espiral de violencia que se ejerce contra ellas.

Acompañé a María a una comparecencia. Y esta vez se tomó en cuenta su problema. El golpe en la barbilla dejó sangre, hinchazón y dolor. La perita así lo confirmó. La juez entonces dictó una medida cautelar: el hombre no podrá acercarse a María en un radio de mil metros. Pero aún falta el juicio por violencia, que será hoy, para que se confirme la medida de alejamiento. De ser así sería un nuevo comienzo para María. Pero no quiero ni pensar en el caso contrario… Yo, pese a mi indignación, mi rabia, mi impotencia, aún confío en la justicia. Y como mujer me duelen las lágrimas y el dolor de María, Pilar, Montserrat, Lucía.. de todas las mujeres que aquí y en todas partes del mundo son víctimas de una violencia irracional por parte de aquellos seres a quienes un día amaron o aman.

Romper con el silencio, apelar a la intervención estatal, reclamar una mayor sensibilidad de la Justicia, y gritar que el terrorismo doméstico no es más que un extremo de la violencia estructural de género, serviría para evitar que la privatización de la violencia volviera a planear sobre la ciudadanía. No olvidemos que la violencia de género explícitamente rechazada e implícitamente tolerada sigue siendo un mecanismo válido para mantener a las mujeres en una posición de subordinación, erigiendo la diferencia entre hombres y mujeres en eterna desigualdad” (Gil Ruiz, 2007, pág. 230).

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Nota post scriptum: a María le han dado la razón. La orden de alejamiento continúa hasta que a comienzos del año que viene se celebre el juicio definitivo. Mientras tanto ella ha comenzado a respirar tranquila, el horizonte se presenta menos oscuro aunque ahora debe recomponerse, recoger los fragmentos en que quedó convertida su vida, su cuerpo, su ánima.
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