jueves, noviembre 19, 2009

Mi viejo, la selva y yo

Hoy es el aniversario de mi padre y para celebrarlo, he recordado mi primera travesía por la selva cuando apenas tenía cuatro o cinco años. Era la década de los 70…

y mi padre, junto con un pequeño grupo de jóvenes desheradados, se acogió a los planes creados por el gobierno a través del entonces Instituto Colombiano para la Reforma Agraria (INCORA) para formar una empresa comunitaria. Para ello se adentró en un territorio cercano a las riveras del río Caquetá, más allá del caserío de Curillo, un lugar del piedemonte amazónico al que entonces no llegaba ni Dios. Eran 11 familias formadas por hombres, mujeres y niños pequeños que después de 4 días de travesía por ríos y trochas intransitables de barro, llegaron a un claro en medio de la selva abierto previamente por los hombres. Allí habían construido 11 casas exactamente iguales: se alzaban sobre pilares de madera para evadir bichos peligrosos; tenían un salón principal, dos habitaciones y una cocina, sin paredes, casi a la intemperie. La conformación del conjunto era sencillo: dos hileras de casas enfrentadas y separadas por un camino real, una especie de calle en la que se desarrollaba la vida social. Allí los niños jugaban mientras las mujeres se reunían, en sus pocos momentos de ocio, para hablar de los pormenores de una vida marcada por los ojos de la manigua y por una precariedad que parecía tejida con hierro. También era el lugar en el que se realizaban las reuniones generales para discutir asuntos relacionados con la supervivencia o para la repartición de los productos alimenticios. Todo se dividía en partes iguales para las once familias: el producto de la caza, los cultivos y los sacos de harina y de leche en polvo, CARE, que donaba el gobierno estadounidense y que hacía parte del programa Alianza para el Progreso que había implementado el gobierno de Kennedy a comienzos de los 60. No era fácil allí la vida pues a las inclemencias de la selva había que sumarle la falta de centros de salud o de educación cercanos, la carencia de agua potable, de caminos, la presencia de animales peligrosos… Todo era una tenaz lucha cotidiana. Las mujeres se encargaban de la intendencia de la casa y la prole, de mantener la productividad de los hombres. Recuerdo que madre y otras mujeres limpiaban la ropa en un un río de aguas negras (en la selva las aguas de los ríos, aunque son límpias, se ven oscuras) en el que habían hecho unos lavaderos esculpidos en madera. Mientras ella hacían sus oficio rodeadas de selva y ruidos misteriosos los niños y niñas nos bañábamos hasta que la piel nos quedaba arrugada y desteñida.
Allí, en la manigua, había un horizonte extrañamente cercano y verde que estaba poblado por figuras malévolas alucinantes. En una de esas noches en las que el cielo embravecido escupía agua y fuego y el viento parecía arrancar los cimientes de la casa, Eolo me llevó en volandas hasta la copa de un árbol que se balanceaba con furia. Allí pasé la noche agarrada a una rama, sintiendo el horror de estar a la intemperie, muda ante una naturaleza salvaje e inhumana. La negrura de la selva embravecida, las ramas crujientes de los árboles, el silbido ensordecedor del viento entre las hojas, los miles de sonidos opacados por un temporal de terror, aún habitan los profundos resquicios de la memoria. En mis recuerdos todo es bárbaro y alucinante como aquel extraño sonido que procedía de las entrañas de la selva. Es el tigre, decían los hombres. Los niños buscábamos protección en los brazos de las madres mientras los hombres hacían hogueras inmensas en los alrededores del caserío. Con la luz del sol todo era distinto. Los niños y niñas olvidábamos el miedo y nos dedicábamos a nuestra tarea de exploradores y exploradoras. “Que llueva, que llueva, la vieja está en cueva…” cantábamos cuando de repente se desplomaba sin piedad una mata de agua y entonces bajabamos a la calle a mojarnos y a revolcarnos en el barro colorado y pegajoso, mientras las madres nos amenazaban con seres terribles: “si no hacen caso la Madremonte se los llevará para la selva y nunca podrán salir de allí”. Pero también mentaban a la Pata Sola, la Llorona, el Hojarasquín del Monte, el Diablo o Coco, todo una pléyada de seres mitológicos que la modernización ha desterrado sin contemplación.
Siempre tengo la sensación clara y nítida de esa noche inclemente en que dormí en los brazos de la selva, tan nítida como aquella imagen de una mujer sujetando a un pequeño niño de las piernas para que éste escupiese una moneda que se había tragado. Aún tengo la visión exacta de la moneda babosa sobre la tierra y el fragor de la lluvia en mi cuerpo de niña. Pero no todo era malo en la selva. Recuerdo que algunas veces acompañaba a mi madre cuando iba a dejarle el almuerzo a mi padre, casi siempre internado en la selva cortando árboles. Los derribaba con un hacha y luego los aserraba para sacar tablones, unas franjas finas de madera que servían para hacer casas y mesas y camas. Pero a veces no sacaba esos tablones sino trozos más pequeños con los que se techaban las casas. La selva olía a madera cortada. Algunas veces los árboles lloraban y sobre el corte se formaba una costra transparente. Eran lágrimas de árbol petrificadas. Tenían un olor dulce y yo no resistía la tentación de probarlas. Mi padre me hacía columpios con las lianas y yo allí me mecía una y otra vez mientras él comía y mi madre lo esperaba sentada en un tronco con su cara de niña. Una vez me caí del columpio y me fracturé un brazo. Sólo recuerdo el dolor y la cara de un viejo que me dio un tirón fuerte para acomodar el hueso. Tenía cuatro años y en medio de la selva fue casi un milagro que no me quedase el brazo descompuesto. El sobador encajó el hueso a la perfección y lo demás lo hizo la naturaleza.
De la selva recuerdo también aquella travesía de la partida. El rio estaba casi rojo y las ramas de los árboles tocaban el agua. Veníamos mis padres, mis dos hermanitos y yo en una canoa con todos los enseres. Mi padre había dejado definitivamente la empresa comunitaria después de haberse peleado con uno de los integrantes. Por poco llegan a las manos. Todo empezó por un malentendido en la repartición de unos alimentos y porque el hombre en cuestión era un egoísta y quería el poder. Decía que mi padre hacía un reparto desigual y en vez de hablarlo directamente con él, lo decía en voz baja con los otros vecinos. Hasta que papá se enteró. Discutieron y mi padre sacó el machete. El otro supo que iba en serio y desistió. Se arrugó. Pero mi padre tenía claro que no podía seguir allí, así que después de un año de trabajos a destajo tuvo que abandonarlo todo y salir como había llegado: con un saco en el que cabían sus enseres. Y allí íbamos en la canoa que se balanceaba sobre unas aguas tranquilas y extrañas. No sé cuánto tiempo estuvimos río arriba. Sólo recuerdo que llegamos a un lugar donde el río formaba un lago. Era inmenso y allí en un costado había una casa flotante en la que nos quedamos una noche. Yo estaba maravillada: no podía creer que hubiese una casa que no se hundía nunca, así creciera el río. Una casa sobre unos inmensos bidones vacíos que se mecía con la corriente y desde la que se podía ver los peces y las ramas de los árboles y las espumas pasajeras. ¡Una casa mágica!
En mis recuerdos de esa travesía por la selva y el río, padre era mi héroe. Entonces no tenía más de 28 años. Era alto, moreno y muy guapo. Tenía unos dientes preciosos y una sonrisa a juego. Pero además era fuerte, con un carácter indómito y sincero que le hacía adorable (o lo contrario). Un luchador persitente. Un alma libertaria con nobles ideales. Una suerte de judío errante cuyas ideas y compromiso modelaron el ánima de sus hijos e hijas, modelaron mi visión de la vida.


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