domingo, noviembre 29, 2009

Miguel Ángel cumple 92 años

Anoche soñé con el abuelo. Íbamos por un sendero rodeado de plantas pequeñas y de árboles plenos de frutos de distintos tamaños y colores. Yo quería tomar uno pero él me dijo que era mejor no hacerlo porque desconocía sus nombres y podían ser venenosos. Seguimos caminando y de repente se detuvo cerca de un árbol cuyas ramas casi tocaban el suelo. Estaban llenas de pequeñas circunferencias de color amarillo intenso. Estos si son buenos, son caimos. Me dijo mientras tomaba uno y me lo ofrecía. Un rato después lo perdí de vista, entonces descubrí que se había quedado atrás. Volví sobre mis pasos y lo encontré sentado en una piedra enorme masticando hojas de naranjo. Tenía la boca verde. ¿Porqué comes esas hojas, abuelos? Me miró con una sonrisa triste sin atinar a decir nada. Entonces me detuve en su rostro: lo tenía liso, sin un asomo de arrugas o depresiones. Aprecié su mata de pelo de un negro esplendoroso. El abuelo era un viejo joven, mirándome con sus ojos llenos de sabiduría.
El abuelo acaba de cumplir 92 años y la última vez que lo vi fue hace tres veranos. Estaba ingresado en el hospital porque tenía un ataque de amebas. Una disentería atroz que no pudo acabar con sus huesos cosidos con hierro, ni con su lucidez mental, ni con sus enormes ganas de ver los amaneceres. Me susurró que era la última vez que nos veíamos porque sólo era un viejo terco cuyo tiempo se había agotado hacía mucho. Estoy viviendo de más. No supe qué decirle, ni siquiera una de aquellas cosas repetidas y comunes que anuncian palabras casi siempre huecas. Así que me senté junto a él y le miré a los ojos. Creo que los míos estaban nublados como una tarde de octubre cargada de lluvia (soy una llorona compulsiva), y le dije, haciendo un esfuerzo enorme por mantener la voz firme, que siempre le querría y le llevaría muy dentro de mí, en ese rincón inmenso de los amores profundos. ¿Cómo olvidar aquellas madrugadas de la infancia con el olor dulce de la molienda de caña que el abuelo y sus hijos habían levantado con sus manos? O los libros que él leía en las tardes, echado en la hamaca y que luego guardaba con sigilo debajo del colchón sin enterarse de que en las mañanas, mientras salía a hacer la faena del campo, yo me escabullía de los ojos de madre para sacarlos de su escondite. Así pude leer los primeros libros que no eran precisamente para niños y yo sólo tenía 7 años. Al abuelo también le debo los grandes interrogatorios para comprobar el estado de mis conocimientos. ¿En qué año se proclamó la independencia de Estados Unidos? ¿Quién compuso la Marsellesa? ¿Cuántos presidentes ha tenido Colombia? ¿Quién fue José Martí? ¿Qué diferencia hay entre la palabras cocer y coser? ¿Quién escribió Mi delirio sobre el Chimborazo y en qué año? Y así una y mil preguntas más que a veces me cogían desprevenida.
Cuando me despedí sentí una honda tristeza. Dejaba a mi abuelo sentado en la cama de hospital con su figura alta a punto de doblegarse. Yo me iba con la incertidumbre de un próximo encuentro y con la certeza de haber desaprovechado muchas oportunidades para estar cerca suyo, para compartir sus historias y relatos que hablan de gestas y colonizaciones y sueños abiertos a destajo. Sin embargo, espero volver verlo el año que viene. Lo buscaré en las puertas de la selva. Me sentaré con él debajo de un árbol, o en la orilla del río y entonces le haré muchas preguntas, tantas como para que el tiempo se detenga y yo pueda decirle que le quiero mientras escucho que antes, cuando yo aún no había nacido, un hombre, una mujer y sus siete hijos emprendieron el camino de la manigua...
(He escrito esta entrada porque espero que el sueño de anoche no sea una despedida. Espero no recibir nunca una llamada allende los mares diciéndome que el abuelo se ha ido sin darme tiempo a mirarlo de nuevo, a reirme con él y decirle que le quiero. Creo que la parca puede esperar unos años más, así Miguel Ángel tenga 92 años)
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