sábado, noviembre 07, 2009

Diez años en la periferia

Lunes 7 de noviembre de 1999. Hace un sol radiante y a través de la ventanilla del taxi las calles se ven completamente limpias y transparentes. Son comarcas alineadas con una precisión absoluta. Algunos árboles ya casi desnudos se convierten en la prueba irrefutable de que el otoño ya está en su ecuador. Todo parece perfectamente orquestado por un mago espléndido que se ha esmerado en mostrarnos su mejor representación. El marco perfecto para una llegada desde el lejano trópico. En efecto, ahora mismo estoy en la espléndida Barcelona. Una ciudad en la que las murallas sólo las construye quien la mira. Urbe añorada y presentida en los textos acalorados de vino y versos, en las canciones de Serrat y en las palabras de algún encantador infame. Todo parece perfecto y lleno de inciertas promesas en las que aún no hay lugar para la pérdida ni la nostalgia.
Sábado 7 de noviembre de 2009. Han transcurrido diez años. Una década a la que a veces atribuyo el papel de un embaucador venido a menos. Diez años que debieron ser sólo dos, los suficientes para hacer un doctorado, recorrer la vieja España con su historia y sus ojos de matrona añeja. Para visitar aquellos lugares europeos, comarcas comunes en las que se mezcla, la historia, la cultura y el afán mercantilista. Pero ha pasado el tiempo perverso y hoy me he levantado con diez años más. Y peor aún: con la extraña sensación de que los días han pasado sin tregua y apenas he hecho un par de cosas. Podría, sin embargo decir que el balance ha sido positivo en lo personal, como en efecto lo es: una hija estupenda, un compañero cómplice que entiende mis ratos de silencio y lejanía, mis cambios de humor y esta suerte de enfermedad que me hace perder las horas en palabras sin sentido, en textos que me hablan desde la certeza del naufragio. También podría decir que he cumplido con los objetivos previstos: una tesis doctoral cum laude olvidada en un cajón, tres libros inéditos de poesía (empiezo a hacer gestiones para publicarlos ¿Quién se apunta?), un ensayo en ciernes del que ya tengo el título, no sé cuántas historias comenzadas mil veces y mil veces abandonadas, cadáveres aún no nacidos. He viajado por rincones insospechados y olido el aroma de paisajes antiguos y nuevos. He conocido gente de aquí y de allá: elemental, sencilla, genial, coherente, luminosa, intelectual, escéptica, vital… He sentido músicas en las calles y en los libros y en los teatros y en las olas mediterráneas y en la risa diáfana de mi hija… Así que en principio no me podría quejar.
Aunque la distancia sea una puta desquiciada que a veces me consuma; aunque sea una extranjera del sur demasiado formada y preparada para un contexto en el que ser "inmigrante" es un lastre que te convierte en el acto en una incapacitada social, en una ciudadana de segunda; aunque cada vez me guste menos la monarquía y los políticos y los discursos de castañuelas franquistas; aunque estemos hipotecados en un piso con un cachito de mar que a veces nos impide levantar las alas del suelo; aunque cada vez tenga más claro que quiero volver a aquella tierra lejana en donde todos los verdes son posibles y en la que me aguardan un par seres espléndidos a los que el tiempo y la partida han puesto niebla en los ojos y nudos en el corazón; aunque me posea sin remedio la certeza absoluta del desarraigo, la lucidez de quien se siente condenada de antemano por la mano de algún dios perverso.
Llueve en el teclado.
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