lunes, agosto 31, 2009

Un poema de Alfonsina Storni

Triste convoy

¡Esta torpe tortura de vagar sin sosiego!
Tierra seca sin riego,
ojos miopes del Ego,
viento en medio del fuego,
y la muerte: "voy luego..."
... Esta torpe tortura de vagar sin sosiego...

Me cortaron la lengua, me sacaron los ojos,
me podaron las manos, me pusieron abrojos
bajo el pie: no sintiera tanta lúgubre pena,
tanta dura cadena,
tanto diente de hiena,
tanta flor que envenena.

Amo flor: fruto soy.
Amo el agua: soy hielo.
Tierra soy;
amo el cielo.
Ese triste convoy
polvoriento yo soy.

(Alfonsina Storni 1892 -1939).

jueves, agosto 27, 2009

Violencia machista en el ámbito sociocomunitario

A nivel general, las violencias ejercidas contra las mujeres han sido denominadas con distintos términos: sexista, patriarcal, machista, viril o violencia de género, entre otros. En todos los casos la terminología indica que se trata de una realidad social con características diferentes de otras formas de violencia. Este tipo de violencia se ejerce en el marco de las desiguales relaciones de poder entre mujeres y hombres. Es una de las expresiones más graves y devastadoras que destruye vidas e impide el disfrute de los derechos fundamentales, la igualdad de oportunidades y las libertades. (Amorós, 1999; Bunch y Carrillo, 1994; Ferrer y Bosch, 2000; Tinker, 1990).
La violencia machista se concreta en una diversidad de abusos que sufren las mujeres, las niñas y los niños. A partir de aquí se distinguen distintas formas de violencia, física, psicológica, sexual y económica, que tienen lugar en ámbitos concretos, en el marco de unas relaciones afectivas y sexuales, en los ámbitos de la pareja, familiar, laboral y socio-comunitario. Dentro de este último podemos identificar algunos tipos de violencia tales como las agresiones sexuales; tráfico y explotación sexual de mujeres, niñas y niños; la mutilación genital femenina o riesgo de padecerla; los matrimonios forzados y la violencia derivada de los conflictos armados. (Herzberger-Fofana, 2000; Lorente, 1999; Martin E. y Martín M, 2001).
Lo anterior indica reconocer también que la violencia machista se inserta dentro de una sociedad patriarcal en donde prevalecen relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres. En dicho contexto, el patriarcado se concibe como “una estructura de relaciones sociales que se apoya en las diferencias físicas, de edad y de sexo y al mismo tiempo las dota de significado social, lo que quedan deificadas y producen subjetividades” (Izquierdo, 1998: 223). Desde ese punto de vista hablar de las distintas violencias contra la mujer que se ejercen en el ámbito socio-comunitario implica volver la mirada a un conjunto de relaciones sociales signadas por profundas desigualdades en las que se reflejan posiciones de poder de los hombres con respecto a las mujeres. Y ello implica también considerar el círculo de la dependencia y por lo tanto de la indefensión de las mujeres a la hora de romper con la espiral de violencia que se ejerce contra ellas.

Por último, vale la pena resaltar que gracias al papel del movimiento de mujeres y de la teoría feminista se ha pasado de percibir la violencia machista en general como un fenómeno aislado y privado, a considerarla como un grave problema que afecta a gran parte de la otra mitad de la población, con todo lo que ello comporta. Y gracias a esas luchas por la igualdad hoy se puede hablar de un compromiso a todo nivel que se inserta dentro de los Derechos Humanos en general y en las diferentes leyes que se han generado para la protección de las mujeres.

A nivel más local, la Ley 5/2008, de 24 de abril, Del derecho de las mujeres a erradicar la violencia machista, define los principios orientadores en las intervenciones de los poderes públicos y establece los criterios de actuación y acciones en todas las fases de la atención a las mujeres que sufren violencia machista: desde la detección de situaciones de riesgo, la atención y la protección hasta la cooperación con otros actores del territorio en las fases de prevención y recuperación. Su objeto fundamental es “la erradicación de la violencia machista y la remoción de las estructuras sociales y de los estereotipos culturales que la perpetúan con el fin de que se reconozcan y se garantice plenamente el derecho inalienable de todas las mujeres a desarrollar una vida propia sin ninguna de las formas y de los ámbitos en que esta violencia se puede manifestar” (Ley 5/2008, 27).

domingo, agosto 23, 2009

El olor de Cuba

Publicaré en este blog algunos los textos que escribí para Diario del Huila, un periódico regional que a mediados de los 90 dirigía mi querido amigo Delimiro Moreno. Recuerdo que algunos de esos artículos caían muy mal a según que personajillo. Es inolvidable aquella vez en que uno de los Miembros de la Academia Huilense de Historia (de la que aún formo parte y fui la miembro más joven), me dijo que no volviese a escribir bajo el nombre de esa institución porque mis columnas causaban malestar. “Paren a esa mujer”. Había dicho alguno de esos vividores que se dedican a la política. Les jodía sobremanera que una mujer, joven y bella se despachara a gusto sobre muchos temas vedados para una fémina. Estos hombres eran de los que pensaban que las mujeres éramos, en esencia, cabellos largos e ideas cortas.
Hoy, desde la perspectiva del tiempo me parece que sin proponérmelo (entonces no era feminista ni tenía las lecturas que tengo), estaba rompiendo muchos paradigmas, estaba abriendo caminos en una sociedad conservadora y retrógada, asentada sobre la inercia y la corrupción. En medio de hombres maduros y concupiscentes aparecía mi foto espléndida en la sección de opinión. Allí hablaba de cultura, de arte, de política, de lo que se me diera la gana. En aquellos textos, como es lógico, la palabra está cruzada por una juventud exaltada y pasional; por el asombro, el desconcierto, la indignación, la crítica, la esperanza.

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El olor de Cuba

No es exageración el comentario de que en Cuba existe una magia extraña y avasalladora que envuelve y se apodera literalmente de todo el que tiene la fortuna de pisar su tierra, admirar sus paisajes y hablar con su gente llena de ternura y calor humano. Es como si el espíritu de la isla rondara los espacios vitales de quien vieja allí por primera vez, tanto que desde el avión se siente ese mismo halo explícito en las canciones que hablan de guajiros enamorados y de amores eternizados a orillas del mar.
Luego, cuando por fin se llega, la alegría embarga lo poros mientras el aire de La Habana reconforta los ánimos alborotados por la emoción de llegar a la isla del Caimán Barbudo; entonces sólo se piensa en recorrer las calles solitarias y ajenas a la mugre y la suciedad, en visitar museos y en descubrir palmo a palmo el Malecón con su mar embravecido ante el bloqueo de la razón…
La Habana tiene el olor característico del salitre y de lo viejo, no sólo en la parte antigua en donde los edificios y las casas con rasgos modernistas hablan del esplendor de épocas ya idas, sino en la parte nueva en donde los edificios un tanto derruidos hablan de nostalgias y peregrinajes que saltan a la vista en los trapos de colores colgados en sus ventanas como banderas que ondean su dignidad a pesar del viento del norte.
Esa es la Habana: la de los cubanos sentados en el muro del Malecón observando el horizonte que se pierde tras la línea azul del mar; la de La Bodeguita del Medio en que confluye el mundo con sus idiomas y rostros extraños pero rendidos ante el mismo encanto de los mojitos y de los sones, de las firmas que reposan en las paredes o las fotos que muestran a Gabo, a Benedetti, a Cantinflas o a Hemingway en el mismo plano de encantamiento que siente un visitante cualquiera; también es el del Floridita en donde el autor de Por quién doblan las campanas saboreaba un Daiquirí y se embriagaba con el olor de las calles habaneras.
La Habana también es la de los teatros monumentales, la de los carros viejos rescatados al tiempo, la de los cubanos y cubanas inventando mil formas de rebasar la crisis, la de la Feria G., la del Palacio de la Salsa con sus meneos espectaculares, la de Fidel con sus barbas blancas inaugurando encuentros y provocando como siempre, los gritos vehementes de solidaridad y de apoyo; también es la de las muchachas que se toman los lobbys de los hoteles en busca de turistas con los cuales conseguir unos dólares y quizá un pasaporte para emigrar.
La Habana y Cuba son más que ron y puros, mucho más que balseros engrandecidos por los hilos oscuros de la sinrazón o por el bloqueo inhumano que sólo el tiempo se encargará de juzgar como un atentado contra los derechos humanos. En el olor de la Habana se descubre una Cuba que rebasa las dificultades y se planta decidida en la tierra firme de la dignidad.
Martha Cecilia Cedeño Pérez
Neiva, 23 de Febrero de 1995

miércoles, agosto 19, 2009

Impotencias

Algo irrenunciable
padece el hastío de lo cotidiano
el abrazo solitario
la lluvia gris
el papel sobre la mesa
y las palabras –sombras al acecho-
apagadas en el intersticio
de la vigilia.
Algo irrenunciable agita
el leve trazo de los versos
temerosos de romper la noche
y tu voz cruzada de silencios.

martes, agosto 18, 2009

Miradas agresoras

Hablaba hace algunos días con Manuel Delgado acerca la aún problemática relación mujer-espacio público. Comentábamos sobre la manera como las féminas nos vemos expuestas a todo tipo de atenciones indeseadas, a miradas y piropos que casi siempre tienen connotaciones insospechadas. Entonces recordé las veces que me he sentido realmente agredida a causa de algunas de estas acciones. Aquí va un caso:
La mujer acaba de subir al metro y descubre que sólo hay un asiento libre en medio de tres hombres jóvenes. Después de hacer una mirada panorámica para ver si queda algún lugar disponible decide sentarse, no con cierta indisposición, en ese único puesto. Mientras lo hace siente las miradas inquisitivas de los varones. Una vez allí descubre que en los asientos que están enfrente van otros cuatro hombres, tres jóvenes y uno mayor. La mujer lleva el bolso y el ordenador encima de sus piernas y se sopla con un abanico mientras realiza una exploración visual del lugar siguiendo aquellas normas básicas de la copresencia en espacios cerrados, esto es, no fijar la mirada en ningún rostro en particular ni mucho menos mirar directamente a los ojos, evitar en la medida de lo posible el contacto corporal (se comprime sobre sí para no rozar el brazo desnudo del hombre que va a su derecha y la pierna, demasiado abierta, del que va a su izquierda). Estos simples gestos de convivencia, sin embargo, no los siguen los ocupantes de los asientos cercanos. Así que ella empieza a sentir tres pares de ojos clavados en su escote. Seis ojos que sin miramientos la intimidan y la agreden. Y la mujer siente cada vez más rabia e indignación. Pero falta lo peor: el hombre que está sentado enfrente dice algo, en su idioma, al que va a la derecha de la mujer (parecen que son amigos y del mismo país) y la miran mientras sonríen. "Están hablando de mí, serán cabrones estos tíos". Ella los mira con desprecio y altivez pero no les dice nada porque sería dar importancia a un tipo de varón cuya masculinidad no es sino la suma de sus imaginarios atrofiados en los que priman ideas preconcebidas de que las mujeres, todas las mujeres, somo en esencia accesibles y más allá, de que todas las féminas estamos en posición de sumisión e indefensión respecto de los varones.

viernes, agosto 14, 2009

Primeras impresiones sobre Agua clara en el Alto Amazonas

Las coincidencias son mágicas intersecciones de espacio tiempo acción. Eventos que se presentan sin buscarlos y que en algún momento se cruzan, se convierten en uno. Y eso es exactamente lo que me pasó con Agua clara en el alto Amazonas (finalista en el premio de novela Ciudad de Barbastro 2009), original que muy amablemente me envío el escritor Marco Tulio Aguilera Garramuño. Acabé de leerlo el sábado pasado después de viajar por sus páginas a un espacio que no me es del todo desconocido. Los ríos, los colores, los sonidos y aromas de la selva los llevo dentro de mí porque durante un tiempo, cuando era muy pequeñina, viví en la manigua (mi abuelo y mi padre colonizaron las selvas caqueteñas en la década de los 60 y 70, respectivamente). Pues bien. Decía que acababa de leerlo y aún estaba varada en algunas de esas descripciones cuando hablé con mi hermana que vive en Bogotá y me dijo que acaba de llegar del Amazonas en donde había pasado unos días maravillosos. Entonces me habló de la belleza exuberante, del río como un pequeño mar, de los peces inmensos cuyas colas se ven en la superficie; me habló de Puerto Nariño, un poblado ajardinado en completa armonía con el medio natural circundante, en el que no hay ningún tipo de vehículo motorizado, sólo una pequeña ambulancia. Pero también me habló de procesos fuertes de aculturación: de aborígenes con móviles y vestidos a la usanza “occidental”, de mujeres nativas con enfermedades transmitidas por los turistas. Me habló de animales y de árboles gigantescos y de hojas de loto en las que cabe una persona acostada y yo no sabía si mi hermana me estaba contando parte del libro de Marco Tulio o si en verdad había estado allí. Y me pareció mágico encontrar las dos visiones, mezclarlas, hibridizarlas en la feliz coincidencia de un descubrimiento literario y humano.
Con la lectura de ese libro han vuelto a mi memoria jirones de selva, de atmósferas verdes y densas cubiertas de lianas y de árboles gigantescos. Paraíso enigmático en el que habitan espíritus mágicos que poblaron mi mundo infantil (la madre monte, La pata sola, el hojarasquín del monte, el duende, la mapiripana, el pollo malo); vigías y protectores de la manigua, encargados de espantar a los cazadores, los extraños, los forasteros que se atreven a violentarla. Mi padre habla también de sonidos extraños y enigmáticos que surgen y se dispersan en los troncos inmensos de los árboles, en sus hojas de todos los tamaños y colores. Allí es fácil perderse porque todo es igual: el tamaño desquiciado de los árboles y lianas, los murmullos de la vegetación, los caños y riachuelos en los que beben las bestias, los senderos cubiertos de hojas y casi en permanente semipenumbra (las copas de los árboles a veces no dejan pasar los rayos del sol) y es entonces cuando terminas caminando en círculo sin darte cuenta, como le pasó a Arturo Cova.
Me gustó la atmósfera del libro, la manera cómo el narrador - o más bien sus narradores- se adentra en los vericuetos de la manigua para mostrar por un lado la belleza exuberante y por otro los peligros, no tanto los que puede provocar, sino las menazas que se ciernen sobre ella y sus habitantes. Aunque me parece que este libro no es lo mejor que ha escrito Aguilera Garramuño. Hecho en falta, quizá, una historia más redonda. Pero claro, yo no soy una crítica literaria sólo una mujer que disfruta leyendo y que a veces se queda encallada en algunos textos que la tocan definitiva e irremediablemente.
Agua clara en el Alto Amazonas es una novela corta que se lee de un tirón y que puede ser una magnífica forma de descubrir aquel territorio lejano y enigmático del Amazonas. Una excelente manera de aproximarnos a la manigua de belleza devoradora, a la que tan bien describió José Eustasio Rivera, en la Vorágine.
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Fotos: Miradas del Amazonas, por Melquisedec Torres

domingo, agosto 02, 2009

El metro y la locura

Cuando subí al metro y me puse muy cerca de la puerta (no había sitio así que tuve que estar de pié) pude verla. En principio me llamó la atención su collar. Un collar de piel marrón, con unas medialunas elaboradas en algo parecido a la piel de coco, también color marrón, que le llegaba a la altura del pecho. Era realmente bonito el collar. Me detuve en él con disimulo. Ella parecía una mujer “normal”. Mi perspectiva de arriba-abajo me permitía sobre todo ver su cabeza. Llevaba una coleta sujeta con una goma compuesta por figuras de santos o vírgenes y una pulsera a juego. De repente empezó a murmurar algo. Pensaba que hablaba con su vecino de al lado pero no era así. Su voz era recia y cascada. Entonces me fijé en su cara: allí habían zanjas y depresiones profundas, vestigios de una vida trajinada, al límite, pensé (bueno, siempre suelo imaginarme las circunstancias vitales de/los/las demás cuando veo un rostro, una expresión, un gesto de alguien). “Que me dejéis en paz, que no he estado en la cárcel para esto”, decía la mujer con fruición. “¿No me entiendes?, sólo quiero fumar un cigarro… si, allí está él, hijo de puta, que me dejes en paz, escúchame, escúchame”. El tono de su voz subía peligrosamente y los ojos del pasaje se posaron sobre ella. Yo me alejé en un gesto casi instintivo. No quería estar cerca de su locura. Hablaba con los ojos cerrados y temblaba. Sentí una pena inmensa por ella pero también mucha indignación cuando me fijé en el rostro burlón de algunos/as ocupantes del vagón. Está loca, pensaban convencidos/as. Cuando el metro paró en la estación Universitat bajé presurosa mientras miraba por última vez a la mujer doblada sobre sí. El metro y ella seguín su marcha.