domingo, agosto 02, 2009

El metro y la locura

Cuando subí al metro y me puse muy cerca de la puerta (no había sitio así que tuve que estar de pié) pude verla. En principio me llamó la atención su collar. Un collar de piel marrón, con unas medialunas elaboradas en algo parecido a la piel de coco, también color marrón, que le llegaba a la altura del pecho. Era realmente bonito el collar. Me detuve en él con disimulo. Ella parecía una mujer “normal”. Mi perspectiva de arriba-abajo me permitía sobre todo ver su cabeza. Llevaba una coleta sujeta con una goma compuesta por figuras de santos o vírgenes y una pulsera a juego. De repente empezó a murmurar algo. Pensaba que hablaba con su vecino de al lado pero no era así. Su voz era recia y cascada. Entonces me fijé en su cara: allí habían zanjas y depresiones profundas, vestigios de una vida trajinada, al límite, pensé (bueno, siempre suelo imaginarme las circunstancias vitales de/los/las demás cuando veo un rostro, una expresión, un gesto de alguien). “Que me dejéis en paz, que no he estado en la cárcel para esto”, decía la mujer con fruición. “¿No me entiendes?, sólo quiero fumar un cigarro… si, allí está él, hijo de puta, que me dejes en paz, escúchame, escúchame”. El tono de su voz subía peligrosamente y los ojos del pasaje se posaron sobre ella. Yo me alejé en un gesto casi instintivo. No quería estar cerca de su locura. Hablaba con los ojos cerrados y temblaba. Sentí una pena inmensa por ella pero también mucha indignación cuando me fijé en el rostro burlón de algunos/as ocupantes del vagón. Está loca, pensaban convencidos/as. Cuando el metro paró en la estación Universitat bajé presurosa mientras miraba por última vez a la mujer doblada sobre sí. El metro y ella seguín su marcha.
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