viernes, octubre 14, 2011

La lectora

Supongamos que se llama Anna y que después de dejar a su hijo en el colegio toma el metro para ir al trabajo. Supongamos que ella es teleoperadora desde hace un par de años pese a haber hecho hasta tercero de derecho. Supongamos que su horario laboral comienza a las 10 de la mañana. Y supongamos que, a veces, tiene el impulso de escribir. De hecho, ya tiene un cuento publicado en una de esas revistas hechas con más ganas que calidad. 
Ella, Anna, ahora va en un asiento del metro y lee Kafka en la orilla de Murakami, un japonés convertido en ídolo de las letras mundiales. No es para tanto, diría algún escritor versado en el arte de la mentira. Ella va allí, absorta en su lectura sin fijarse en una mujer que vende mecheros a un euro, en una chica con una cuchara en el bolsillo izquierdo de su pantalón, en una pareja adolescente prodigándose besos de latonero, en un jovenzuelo de rastas castañas en cuyos pelos  seguramente habitan muchas especies de piojos (decían que Bob Marley tenía 15 tipos de esta ganadería en el momento de su muerte), en una mujer rotunda cuyas carnes se salen por las comisuras de la ropa, en un hombre de gafas oscuras, en un muchacho de ojos vivarachos pendiente de los descuidos ajenos...   

Ella, absorta en la lectura, olvida las paradas, los anuncios, las miradas. Olvida la realidad de un día cuyo comienzo podría ser éste:

"Buenos días, soy Anna Solè ¿Puedo ayudarle en algo?
"Mire señorita mi Blacberry no funciona desde hace tres días. ¿Podría usted  mirarlo? (Aquí el tono de voz sube) Estoy desesperado no puedo conectar a Internet, no puedo mandar mensajes por Whasap... estoy totalmente incomunicado y no puedo hacer nada.  ¡Esto es increíble! Yo no puedo vivir sin estar conectado. ¡Quiero una solución ya!  (En este momento Anna, desconcertada, respira profundo para no mandar al hombre y su BB a la puta mierda)...

Y cuando al fin regresa a la realidad, se da cuenta de que se ha pasado de estación. Diagonal ha quedado atrás y la única alternativa es apearse en la estación siguiente y hacer el viaje de regreso.
¡Vaya día que me espera! piensa Anna

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