Este vídeo presenta un recorrido muy bien logrado por la historia del arte a través de la mujer. En él se pueden apreciar distintos momentos artísticos fundamentales en que la imagen femenina ha sido protagonista. Está en Youtube y ya tiene más de 8 millones de reproducciones.
Divagaciones sobre la ciudad, sus calles, sus multitudes en perpetuo trance y sus individuos sonámbulos. Relatos sobre cuerpos en movimiento y paisajes efímeros; elogio a la mirada, a la poesía de lo cotidiano, a la vitalidad de los bordes y otros asuntos...
viernes, enero 16, 2009
miércoles, enero 14, 2009
A propósito del centenario de Lévi-Strauss
Desde hace unos días quería escribir un artículo sobre el centenario de Lévi-Strauss, uno de los científicos sociales más importantes del siglo XX (sumándome al torrente de escritos que se han producido sobre el mismo aspecto a lo largo del mundo). Y estaba en ello cuando encontré este texto de Manuel Delgado publicado en El País, que ahora reproduzco porque de manera lúcida registra la trascendencia e implicaciones de este autor.
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Lévi-Strauss y el lugar de la antropología
El gran investigador francés acaba de cumplir 100 años y su forma de mirar el mundo sigue cargada de una fuerte dimensión ética: pensar y dar a pensar el valor de la pluralidad humana, y la necesidad de defenderla
Pocas serán las instancias culturales y académicas de todo el mundo que no estén celebrando de algún modo estos días el centésimo cumpleaños de Claude Lévi-Strauss, sin duda uno de los autores más influyentes del siglo XX. Todas las ciencias sociales, la crítica literaria, el psicoanálisis, la lingüística, la historia, la filosofía..., llevan medio siglo dialogando con él, incluso contra él, sin que ninguna haya podido sortear su ascendente. Sería vano intentar añadir desde estas páginas algo a lo ya dicho por tantos y en tantos sitios. Cientos de libros, artículos, monográficos, exposiciones, programas y ciclos especiales, en decenas de idiomas, lo están haciendo o lo harán mejor que lo que se intentaría aquí. Un rasgo merece, no obstante, ser destacado: el autor de Tristes trópicos y El pensamiento salvaje no es propiamente un pensador o un intelectual, aunque haya sido reconocido como tal. Claude Lévi-Strauss es, sobre todo, un antropólogo.
He ahí un elemento de la personalidad del ahora homenajeado en el que merece la pena detenerse. Lo que Lévi-Strauss nos ha transmitido es un conocimiento que no es sólo resultado de una honda reflexión sobre el vivir juntos humano, sino de los testimonios que una determinada ciencia social ha podido establecer acerca de hombres y mujeres concretas, cuya vida concreta -en tiempos y lugares no menos concretos- otros hombres y mujeres fueron a conocer de cerca. Seres humanos estudiando seres humanos, conociendo y dándose a conocer, recolectando tecnologías y sabidurías ajenas y lejanas, aprendiendo de gentes que siempre sabían más que quienes les estudiaban. Una disciplina -la antropología- que nació y existió para que pudiéramos instalar nuestra sociedad entre todas las demás sociedades y elaborásemos, con el conjunto producido, algo parecido a una cartografía de la condición humana en toda su amplitud.
Pero si Lévi-Strauss ha podido enseñarnos tanto y marcar nuestra época es porque pudo desempeñar su tarea como investigador y como docente en un contexto en el que la ciencia que ejercía merecía un reconocimiento, en una sociedad para la que la antropología era importante y que escuchaba lo que se le decía desde ella. Ése ha sido el caso francés y el de su área de influencia cultural, como lo ha sido el de la mayoría de países anglosajones, con el Reino Unido o los Estados Unidos a la cabeza. Otra cosa es lo que vaya a ser en el futuro -y de ello hablan las protestas estudiantiles "anti Bolonia" de estos días en toda Europa- de aquellas áreas académicas que no se demuestren lo bastante rentables o serviles. Pero, al menos hasta ahora, la antropología ha estado ahí, en esos países y en otros, viendo atendida públicamente su forma de dar con las cosas humanas, mirándolas de cerca y comparándolas entre sí.
Por desgracia, ese no es el caso de la antropología española. Una disciplina que había nacido en el último cuarto del siglo XIX se incorporaba con ánimo crítico al ámbito universitario español a principios de la década de los años 70 del siglo pasado, pero ha permanecido encapsulada en él hasta ahora. A pesar de la proyección internacional de algunos de sus exponentes -Julio Caro Baroja, Carmelo Lisón Tolosana, Claudi Esteva Fabregat-, miles de estudiantes y licenciados en antropología no pueden desarrollar plenamente lo que son o van a ser: antropólogos. Por ello, en un momento en que se abre la perspectiva feliz de un grado de Antropología en algunas universidades españolas, se entiende la preocupación de esas mismas universidades para que la disciplina que enseñan logre trascender su actual acuartelamiento académico. Es en esa dirección que todas ellas trabajan en orden a la creación de un colegio profesional que regule la práctica de una profesión tan necesaria como inexistente, en la medida en que sus miles de licenciados actuales y quienes obtengan la nueva titulación se van a ver obligados a aplicar lo que han aprendido bajo todo tipo de denominaciones profesionales, que, salvo pocas excepciones, podrán ser de cualquier cosa menos la de antropólogos.
Y lo que sorprende es que esa invisibilidad forzada de los antropólogos españoles en tanto que tales contrastes con la pertinencia y hasta con la urgencia de una mirada como la suya para observar y entender cuestiones centrales para los tiempos que corren. La antropología almacena décadas de trabajo en áreas como la de la vivencia de la enfermedad y de la muerte o la de los estilos que adoptan los diferentes grupos de edad -jóvenes, ancianos...-, siempre desde una perspectiva que recoge su variabilidad histórica y cultural. Los antropólogos han advertido hasta qué punto los objetos son fundamentales para entender la cultura que los ha creado y usado, por lo que tienen un papel que jugar en la protección y la divulgación del patrimonio cultural, defendiendo lo que de él se mantenga vivo y custodiando y haciendo accesible su pasado en museos. Su preocupación por la práctica y la concepción del espacio convierte en fundamental la perspectiva que les es propia en temáticas territoriales, tanto rurales como urbanas, en contextos en los que las grandes dinámicas de transformación no suelen tener en cuenta el precio social a pagar. La comprensión del sentido que los seres humanos otorgan al medio que los rodea y a sí mismos dentro de él, hace de los antropólogos interlocutores necesarios en los debates medioambientales y ecológicos.
Una experiencia abundante en el campo del estudio de los mitos y los símbolos rituales le permite al antropólogo detectar qué funciones y a qué demandas satisfacen las prácticas religiosas vigentes en nuestra sociedad, tanto las tradicionales como otras que hasta hace poco podrían habernos resultado exóticas. El mercado y los hábitos de consumo no son ajenos al conocimiento que los antropólogos tienen de la dimensión económica de la vida social y ni siquiera las recién nacidas tecnologías de la comunicación se escapan a la competencia que han demostrado a la hora de estudiar los lenguajes humanos. Tanto la diversificación creciente que conoce la institución familiar como el aumento de los contactos entre formas de ser y de estar derivados de los flujos migratorios o del turismo deberían hacer idónea una visión como la suya, especialmente entrenada para encarar la heterogeneidad. No se olvide que la antropología ha sido estratégica en orden a desautorizar todos los argumentos que han intentado mostrar como "natural" la desigualdad humana y continúa siendo fuente de recursos teóricos contra las nuevas y las viejas formas de racismo, xenofobia y sexismo.
La antropología se antoja ahora más que nunca útil en orden a entender las lógicas y las dinámicas que organizan nuestro presente, reconociendo en él cambios constantes, pero también repeticiones e inercias. Ese es su trabajo: ver de qué están hechas la diversidad y la complejidad sociales y mostrarlas no, como se pretende, en tanto que motivos de alarma, sino al contrario: como la materia primera de que se nutre la capacidad de las sociedades humanas para mejorarse a sí mismas.
Esa es la virtud fundamental de Claude Lévi-Strauss. Mirar como mira un antropólogo, contemplando lo remoto como ordinario y sorprendiéndose ante lo cotidiano, ejerciendo un oficio en el que la competencia y la versatilidad explicativas nunca han ido separadas de una fuerte dimensión ética, preocupada por pensar y dar a pensar el valor de la pluralidad humana y la necesidad de defenderla. Celebrar la vida de Lévi-Strauss es celebrar su vida de antropólogo. Pero se hace el elogio del sabio, sin hacer lo propio con la naturaleza misma de su saber, su fuente y su sentido. Al tiempo que multiplican las alabanzas al maestro, bien estaría que se reconociera el esfuerzo y la singularidad de quienes han decidido seguir su camino.
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He ahí un elemento de la personalidad del ahora homenajeado en el que merece la pena detenerse. Lo que Lévi-Strauss nos ha transmitido es un conocimiento que no es sólo resultado de una honda reflexión sobre el vivir juntos humano, sino de los testimonios que una determinada ciencia social ha podido establecer acerca de hombres y mujeres concretas, cuya vida concreta -en tiempos y lugares no menos concretos- otros hombres y mujeres fueron a conocer de cerca. Seres humanos estudiando seres humanos, conociendo y dándose a conocer, recolectando tecnologías y sabidurías ajenas y lejanas, aprendiendo de gentes que siempre sabían más que quienes les estudiaban. Una disciplina -la antropología- que nació y existió para que pudiéramos instalar nuestra sociedad entre todas las demás sociedades y elaborásemos, con el conjunto producido, algo parecido a una cartografía de la condición humana en toda su amplitud.
Pero si Lévi-Strauss ha podido enseñarnos tanto y marcar nuestra época es porque pudo desempeñar su tarea como investigador y como docente en un contexto en el que la ciencia que ejercía merecía un reconocimiento, en una sociedad para la que la antropología era importante y que escuchaba lo que se le decía desde ella. Ése ha sido el caso francés y el de su área de influencia cultural, como lo ha sido el de la mayoría de países anglosajones, con el Reino Unido o los Estados Unidos a la cabeza. Otra cosa es lo que vaya a ser en el futuro -y de ello hablan las protestas estudiantiles "anti Bolonia" de estos días en toda Europa- de aquellas áreas académicas que no se demuestren lo bastante rentables o serviles. Pero, al menos hasta ahora, la antropología ha estado ahí, en esos países y en otros, viendo atendida públicamente su forma de dar con las cosas humanas, mirándolas de cerca y comparándolas entre sí.
Por desgracia, ese no es el caso de la antropología española. Una disciplina que había nacido en el último cuarto del siglo XIX se incorporaba con ánimo crítico al ámbito universitario español a principios de la década de los años 70 del siglo pasado, pero ha permanecido encapsulada en él hasta ahora. A pesar de la proyección internacional de algunos de sus exponentes -Julio Caro Baroja, Carmelo Lisón Tolosana, Claudi Esteva Fabregat-, miles de estudiantes y licenciados en antropología no pueden desarrollar plenamente lo que son o van a ser: antropólogos. Por ello, en un momento en que se abre la perspectiva feliz de un grado de Antropología en algunas universidades españolas, se entiende la preocupación de esas mismas universidades para que la disciplina que enseñan logre trascender su actual acuartelamiento académico. Es en esa dirección que todas ellas trabajan en orden a la creación de un colegio profesional que regule la práctica de una profesión tan necesaria como inexistente, en la medida en que sus miles de licenciados actuales y quienes obtengan la nueva titulación se van a ver obligados a aplicar lo que han aprendido bajo todo tipo de denominaciones profesionales, que, salvo pocas excepciones, podrán ser de cualquier cosa menos la de antropólogos.
Y lo que sorprende es que esa invisibilidad forzada de los antropólogos españoles en tanto que tales contrastes con la pertinencia y hasta con la urgencia de una mirada como la suya para observar y entender cuestiones centrales para los tiempos que corren. La antropología almacena décadas de trabajo en áreas como la de la vivencia de la enfermedad y de la muerte o la de los estilos que adoptan los diferentes grupos de edad -jóvenes, ancianos...-, siempre desde una perspectiva que recoge su variabilidad histórica y cultural. Los antropólogos han advertido hasta qué punto los objetos son fundamentales para entender la cultura que los ha creado y usado, por lo que tienen un papel que jugar en la protección y la divulgación del patrimonio cultural, defendiendo lo que de él se mantenga vivo y custodiando y haciendo accesible su pasado en museos. Su preocupación por la práctica y la concepción del espacio convierte en fundamental la perspectiva que les es propia en temáticas territoriales, tanto rurales como urbanas, en contextos en los que las grandes dinámicas de transformación no suelen tener en cuenta el precio social a pagar. La comprensión del sentido que los seres humanos otorgan al medio que los rodea y a sí mismos dentro de él, hace de los antropólogos interlocutores necesarios en los debates medioambientales y ecológicos.
Una experiencia abundante en el campo del estudio de los mitos y los símbolos rituales le permite al antropólogo detectar qué funciones y a qué demandas satisfacen las prácticas religiosas vigentes en nuestra sociedad, tanto las tradicionales como otras que hasta hace poco podrían habernos resultado exóticas. El mercado y los hábitos de consumo no son ajenos al conocimiento que los antropólogos tienen de la dimensión económica de la vida social y ni siquiera las recién nacidas tecnologías de la comunicación se escapan a la competencia que han demostrado a la hora de estudiar los lenguajes humanos. Tanto la diversificación creciente que conoce la institución familiar como el aumento de los contactos entre formas de ser y de estar derivados de los flujos migratorios o del turismo deberían hacer idónea una visión como la suya, especialmente entrenada para encarar la heterogeneidad. No se olvide que la antropología ha sido estratégica en orden a desautorizar todos los argumentos que han intentado mostrar como "natural" la desigualdad humana y continúa siendo fuente de recursos teóricos contra las nuevas y las viejas formas de racismo, xenofobia y sexismo.
La antropología se antoja ahora más que nunca útil en orden a entender las lógicas y las dinámicas que organizan nuestro presente, reconociendo en él cambios constantes, pero también repeticiones e inercias. Ese es su trabajo: ver de qué están hechas la diversidad y la complejidad sociales y mostrarlas no, como se pretende, en tanto que motivos de alarma, sino al contrario: como la materia primera de que se nutre la capacidad de las sociedades humanas para mejorarse a sí mismas.
Esa es la virtud fundamental de Claude Lévi-Strauss. Mirar como mira un antropólogo, contemplando lo remoto como ordinario y sorprendiéndose ante lo cotidiano, ejerciendo un oficio en el que la competencia y la versatilidad explicativas nunca han ido separadas de una fuerte dimensión ética, preocupada por pensar y dar a pensar el valor de la pluralidad humana y la necesidad de defenderla. Celebrar la vida de Lévi-Strauss es celebrar su vida de antropólogo. Pero se hace el elogio del sabio, sin hacer lo propio con la naturaleza misma de su saber, su fuente y su sentido. Al tiempo que multiplican las alabanzas al maestro, bien estaría que se reconociera el esfuerzo y la singularidad de quienes han decidido seguir su camino.
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Manuel Delgado es profesor de Antropología en la Universidad de Barcelona y prologuista y traductor de Claude Lévi-Strauss.
domingo, enero 11, 2009
Flores de invierno
Después de unos días de frío y lluvia nada es tan reconfortante como aprovechar el sol que hoy, por fin, ha vuelto a brillar con intensidad. Así que una magnífica opción es salir de casa sin destino fijo, sólo con las ganas de dejarse llevar por el azar y por la calle que promete. Reencontrarse con esos placeres básicos de la contemplación y la deriva. Ora esta calle, ora este parque, ora esta plaza, ora este banco. Recorrer sin aspavientos la ciudad cercana y luminosa y redescubrir esas pequeñas maravillas que se encuentran en aquellos lugares casi anodinos por los que trasegamos cotidianamente. Unas flores espléndidas escondidas, una línea magnífica en aquel puente, un toque especial de aquellos edificios que en otras condiciones parecen fábricas postmodernas, un gato callejero en el parque… y la luz mediterránea que todo lo matiza y lo ilumina. Hoy los sentidos reviven en cada rincón de esta ciudad plena de formas y colores y aromas y movimiento. Domingo de sol que nos regala flores de invierno, que aquí os presento.
sábado, enero 10, 2009
Un poema de León de Greiff
RELATO DE SERGIO STEPANSKY
¡Juego mi vida!
¡Bien poco valía!
¡La llevo perdida
sin remedio!
Erik Fjordsson.
Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos
la llevo perdida…
Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…
La juego contra uno o contra todos,
la juego contra el cero o contra el infinito,
la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,
en una encrucijada, en una barricada, en un motín;
la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,
a todo lo ancho y a todo lo hondo
-en la periferia, en el medio,
y en el sub-fondo…-
Juego mi vida, cambio mi vida,
la llevo perdida
sin remedio.
Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…:
o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:
todo, todo me da lo mismo:
lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo…
Todo, todo me da lo mismo:
todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo
donde se anudan serpentinos mis sesos.
Cambio mi vida por lámparas viejas
o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:
por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:
por los colgajos que se guinda en las orejas
la simiesca mulata,
la terracota nubia;
la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia:
cambio mi vida por una anilla de hojalata
o por la espada de Sigmundo,
o por el mundo
que tenía en los dedos Carlomagno: -para echar a rodar la bola…
Cambio mi vida por la cándida aureola
del idiota o del santo;
la cambio por el collar
que le pintaron al gordo Capeto;
o por la ducha rígida que llovió en la nuca
a Carlos de Inglaterra;
la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca…
o por esa muñeca que llora
como cualquier poeta.
Cambio mi vida al fiado
- por una fábrica de crepúsculos
(con arreboles);
por un gorila de Borneo;
por dos panteras de Sumatra;
por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra-
o por su naricilla que está en algún Museo;
cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas…
¡o por dos huequecillos minúsculos
-en las sienes-
por donde se me fugue, en grises podres,
la hartura, todo el fastidio,
todo el horror que almaceno en mis odres…!
Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida.
León de Greiff (Medellín, Colombia 1895 - Bogotá, 1976)
¡Juego mi vida!
¡Bien poco valía!
¡La llevo perdida
sin remedio!
Erik Fjordsson.
Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos
la llevo perdida…
Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…
La juego contra uno o contra todos,
la juego contra el cero o contra el infinito,
la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,
en una encrucijada, en una barricada, en un motín;
la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,
a todo lo ancho y a todo lo hondo
-en la periferia, en el medio,
y en el sub-fondo…-
Juego mi vida, cambio mi vida,
la llevo perdida
sin remedio.
Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo…:
o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:
todo, todo me da lo mismo:
lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo…
Todo, todo me da lo mismo:
todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo
donde se anudan serpentinos mis sesos.
Cambio mi vida por lámparas viejas
o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:
por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:
por los colgajos que se guinda en las orejas
la simiesca mulata,
la terracota nubia;
la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia:
cambio mi vida por una anilla de hojalata
o por la espada de Sigmundo,
o por el mundo
que tenía en los dedos Carlomagno: -para echar a rodar la bola…
Cambio mi vida por la cándida aureola
del idiota o del santo;
la cambio por el collar
que le pintaron al gordo Capeto;
o por la ducha rígida que llovió en la nuca
a Carlos de Inglaterra;
la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca…
o por esa muñeca que llora
como cualquier poeta.
Cambio mi vida al fiado
- por una fábrica de crepúsculos
(con arreboles);
por un gorila de Borneo;
por dos panteras de Sumatra;
por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra-
o por su naricilla que está en algún Museo;
cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas…
¡o por dos huequecillos minúsculos
-en las sienes-
por donde se me fugue, en grises podres,
la hartura, todo el fastidio,
todo el horror que almaceno en mis odres…!
Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida.
León de Greiff (Medellín, Colombia 1895 - Bogotá, 1976)
jueves, enero 01, 2009
De balances y otras cosas
Es frecuente hacer balances cuando un año se acaba. Se vuelve la mirada, a veces profunda a veces engañosa, sobre las cosas que nos han pasado e intentamos clasificarlas dentro de unos parámetros casi siempre maniqueístas. Lo bueno y lo malo. Es como si quisiéramos hacer una taxonomía radical en la que sólo vemos las acciones, los acontecimientos, las circunstancias vividas en dos colores: blanco y negro. Lo bonito y lo feo. Lo que es digno de recordar y lo que no. ¿Existen momentos intermedios? ¿Existen matices? ¿Existen mezclas, hibridaciones, conjunciones?
Esa mirada en cuadrícula remite también a cierto cuestionamiento que a veces se nos hace: ¿Cómo ves el vaso: medio lleno o medio vacío? Si lo ves de la primera manera eres un optimista y si lo ves de la segunda, eres un pesimista. Confieso que yo siempre tiendo a verlo de la última forma. ¿Cómo ser optimista cuando en los balances generales del mundo sólo hay pérdidas para los de siempre, muerte, destrucción, odio, terror, hambre, injusticia? No obstante me parece que algunas personas dirán convencidas: eso es lo que hay (expresión que abomino porque transpira un aire de conformismo inaceptable) y no se puede hacer nada. ¿Estamos convencidas/os de ello?
Lo anterior no implica que, quienes nos interesamos por ver más allá de nuestras narices, ignoremos las maravillas que dan sentido a la existencia. Milagros cotidianos llenos de matices que nos hacen creer y crecer como personas. Eventos, emergencias, murmullos que simplemente son.
Y por ello en nuestro balance personal deben también apuntarse aquellos rescoldos en los que la vida con sus más y sus menos ha brotado. Si la muerte ha rondado nuestras querencias, si hemos perdido el trabajo, si tenemos otra arruga en el rostro, si no hemos podido viajar como hubiésemos querido, si los días pasan impávidos y tenemos la percepción de que no hemos-hecho-nada, si no podemos abrazar a la gente que amamos, si no llegamos a fin de mes, si nos hemos equivocado, si hemos abandonado nuestros sueños, si creemos que todo nos sale mal y nos llueve barro del cielo, si… Seguro que tenemos personas que nos aman y amamos; que a lo largo del año hemos trenzado lazos; que nos hemos reunidos para celebrar una boda estupenda; que hemos bailado rock, cumbia, salsa, rumba catalana, flamenco; que tenemos unas vistas magníficas desde la ventana y una calle abierta con bancos y un sol a las dos de la tarde. Seguro que hemos probado un plato magnífico y nos hemos sentidos aguzados por Baco mientras bebimos un buen vino o un cava o una copa de aguardiente; Y que hemos escuchado música gloriosa y voces del pasado y nos hemos dejado llevar por nuestra intuición y emoción. Seguro que hemos transgredido reglas y nos hemos llenado de palabras mientras leímos un libro o escribimos un poema o una carta para un amor de juventud o para una amiga o amigo. Seguro que hemos abrazado, reído, llorado, amado, soñado, des-ilusionado, enfadado… Seguro que hemos vivido minuto a minuto: el mejor balance del milagro de existir. Tributo de los dioses.
Un año nuevo pleno de matices, de buenos augurios, de muchos abrazos para todas las personas que leen este blog, aquí y allá...
Esa mirada en cuadrícula remite también a cierto cuestionamiento que a veces se nos hace: ¿Cómo ves el vaso: medio lleno o medio vacío? Si lo ves de la primera manera eres un optimista y si lo ves de la segunda, eres un pesimista. Confieso que yo siempre tiendo a verlo de la última forma. ¿Cómo ser optimista cuando en los balances generales del mundo sólo hay pérdidas para los de siempre, muerte, destrucción, odio, terror, hambre, injusticia? No obstante me parece que algunas personas dirán convencidas: eso es lo que hay (expresión que abomino porque transpira un aire de conformismo inaceptable) y no se puede hacer nada. ¿Estamos convencidas/os de ello?
Lo anterior no implica que, quienes nos interesamos por ver más allá de nuestras narices, ignoremos las maravillas que dan sentido a la existencia. Milagros cotidianos llenos de matices que nos hacen creer y crecer como personas. Eventos, emergencias, murmullos que simplemente son.
Y por ello en nuestro balance personal deben también apuntarse aquellos rescoldos en los que la vida con sus más y sus menos ha brotado. Si la muerte ha rondado nuestras querencias, si hemos perdido el trabajo, si tenemos otra arruga en el rostro, si no hemos podido viajar como hubiésemos querido, si los días pasan impávidos y tenemos la percepción de que no hemos-hecho-nada, si no podemos abrazar a la gente que amamos, si no llegamos a fin de mes, si nos hemos equivocado, si hemos abandonado nuestros sueños, si creemos que todo nos sale mal y nos llueve barro del cielo, si… Seguro que tenemos personas que nos aman y amamos; que a lo largo del año hemos trenzado lazos; que nos hemos reunidos para celebrar una boda estupenda; que hemos bailado rock, cumbia, salsa, rumba catalana, flamenco; que tenemos unas vistas magníficas desde la ventana y una calle abierta con bancos y un sol a las dos de la tarde. Seguro que hemos probado un plato magnífico y nos hemos sentidos aguzados por Baco mientras bebimos un buen vino o un cava o una copa de aguardiente; Y que hemos escuchado música gloriosa y voces del pasado y nos hemos dejado llevar por nuestra intuición y emoción. Seguro que hemos transgredido reglas y nos hemos llenado de palabras mientras leímos un libro o escribimos un poema o una carta para un amor de juventud o para una amiga o amigo. Seguro que hemos abrazado, reído, llorado, amado, soñado, des-ilusionado, enfadado… Seguro que hemos vivido minuto a minuto: el mejor balance del milagro de existir. Tributo de los dioses.
Un año nuevo pleno de matices, de buenos augurios, de muchos abrazos para todas las personas que leen este blog, aquí y allá...
sábado, diciembre 27, 2008
Terror en Gaza
Hoy, justo a la hora de comer, la tele replica su postre de sangre. Mientras los felices de la tierra descansan de los vaivenes de las fiestas (las reuniones, las comidas, las compras...), una orgía de dolor tiñe de rojo un territorio. Y tenía que ser aquel sagrado de las religiones occidentales -vaya paradoja. Allí, la muerte ronda los muros, las casas, las calles. Allí llueven gotas encendidas. Bombas que arrasan los árboles y los sueños. Y no puedo quedarme callada, ni mirar las noticias del horror. Y me enfurezco y me lleno de indignación. No comprendo el odio encarnizado contra un pueblo acorralado, vejado, expulsado sistemáticamente de una tierra que ha ocupado durante más de 2000 años. No comprendo el silencio de los poderosos del mundo que vuelven sus ojos hacia otro lado mientras un pueblo se desangra. Nada justifica el terror, la masacre, la muerte. ¿Hasta cuándo esa guerra ciega que todo lo cercena? Tengo un nudo en la garganta. No puedo comer con sangre. No puedo reir con muertos en la calle.
¡Yo también lloro por tí, Palestina!
miércoles, diciembre 24, 2008
Las navidades del recuerdo
Estos días he vuelto a recordar aquellos diciembres de mi infancia. Mi memoria se llena de imágenes bellísimas, circundadas por la magia de unos días marcados por la espera impaciente del Niño Dios (entonces no existía el horroroso Papa Noel, importado de Estados Unidos hace algunos años), que venía cargado de regalos. Coches para mis hermanos y muñecas para mí (lo típico en nuestra socialización donde se van reafirmando los roles tradicionales de género). Entonces vivíamos en el campo y junto con mi hermano Juan, cuando caía la tarde del día 24, nos echábamos en el prado para contar las estrellas y para imaginar la forma en que el Niño Dios bajaba del cielo con los regalos. Mi padre decía que utilizaba una cuerda muy, muy larga. Y nosotros le creíamos. No teníamos televisión, sólo radio. Una radio roja en donde podíamos escuchar la música de diciembre y que padre encendía a las cuatro y media de la madrugada para escuchar aquellos programas que intercalaban noticias y música. Así que no estábamos contaminados por las idioteces de la caja tonta. Y justo el día 24 nos acostábamos más temprano que de costumbre para que el Niño Dios viniese pronto con los presentes. No podíamos dormir de la ansiedad y constantemente estirábamos el brazo para tocar debajo de la almohada con la esperanza de encontrar algo. Y cuando por fín lo hallábamos, nos despertábamos del todo, felices, para ver los juguetes. Jugábamos hasta que nuestros padres nos decían que debíamos volver a la cama, que mañana habría tiempo para continuar.Y junto con los regalos estaba también un cierto tiempo de transgresión (me parece que en el fondo, esto era lo verdaderamente mágico). El hecho de que estuviese la familia reunida, a veces con algunos amigos cercanos que tenían hijos pequeños, nos permitía escaparnos del control paterno para dedicarnos a los juegos, a escabullirnos de los deberes cotidianos. Así que durante las navidades y las fiestas de fin de año, nos dedicábamos a jugar hasta el cansancio. Hacíamos carreteras, casas para las muñecas pero también explorábamos el bosque cercano en busca de material para nuestras construcciones. Y buscábamos nidos de pájaros. Durante esos días nos acostábamos más tarde que de costumbre y nos dábamos un atracón de comida, sobre todo de dulces y caramelos. Hacíamos poco caso a nuestros padres cada vez que nos mandaban a hacer alguna cosa. Pero también andábamos descalzos por el prado y si llovía nos mojábamos y nos metíamos en el barro. Éramos libres y felices sin el peso de la vigilancia paterna.
Y cuando se acababan las fiestas, volvíamos a empezar un ciclo eterno. - Mamá ¿cuánto falta para que vuelva el Niño Dios? -Un año. -¿Y es mucho tiempo? -No, es muy poco. Pero era mentira, entonces, un año era una eternidad.
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