Divagaciones sobre la ciudad, sus calles, sus multitudes en perpetuo trance y sus individuos sonámbulos. Relatos sobre cuerpos en movimiento y paisajes efímeros; elogio a la mirada, a la poesía de lo cotidiano, a la vitalidad de los bordes y otros asuntos...
martes, enero 10, 2012
sábado, enero 07, 2012
NUBES SOBRE BERLÍN*
Recorrer Berlín era una de las cosas que tenía pendiente desde mis años de estudiante universitaria. O quizá desde tiempo atrás, cuando
era una niña de 11 años y en una maleta olvidada que alguien se dejó en un
hotel que tenía mi padre en Santa Leticia (Cauca)- Moscopán (Huila), encontré
unas revistas de la entonces República Democrática Alemana (RDA). En ellas
había imágenes de una ciudad monumental y limpia, con calles amplias y jardines
florecidos. Me impresionaron esas fotografías en donde todo parecía estar
signado por una belleza y un orden desconocido.
Conservé algunas de esas revistas en las numerosas mudanzas
familiares y me aficioné a las lecciones
de alemán que había en sus páginas finales.
Algunos años después me enteré de lo que estaba detrás de esa
ciudad en apariencia armónica e
igualitaria, modelo social para los desfavorecidos del orbe. Supe del Muro. Esa muralla de la ignominia que fracturó
sin contemplación la vida de una
ciudad y de un país. Una infamia levantada ante los ojos complacientes del
mundo que, casi de un día para otro, separó barrios, familias, modos de vida, caminos. Durante 28 años el Muro de Berlín construido
en 1961 -“Barrera de protección antifascista” para el bloque oriental, “Pared
de la vergüenza” para occidente- se convirtió en un símbolo de la sinrazón, causa de muchas muertes, exilios y
desencuentros. 240 personas murieron y
75.000 fueron encarceladas por intentar cruzar la inmensa barrera durante esas
casi tres décadas de existencia.
Pues bien. Por fin he podido recorrer esa magnífica ciudad.
Descubrir su cielo encapotado sin ángeles, sus calles anegadas de lluvia, sus
lugares plenos de memoria, sus monumentos vestidos de Historia. Y sí: he
apreciado lo que queda del Muro: un trozo de la historia negra de finales del
siglo XX, ahora vestido de colores y figuras pintadas por artistas de más de 20
países. Un fragmento expuesto a los ojos
de propios y extraños como testimonio de una época atroz que de ninguna manera
se puede repetir. Testimonio vivo de todos los muros y las barreras que aún
existen y se levantan en otros contextos y que también deben derrumbarse sin
contemplaciones.
Y no pude evitar emocionarme y sentir, al tiempo, una tristeza profunda al pensar en todo el dolor
que la construcción de esa muralla produjo en tanta gente. Estar allí, palparla, observar su grosor,
situarme justo en ese lugar en el que se puede observar a un lado y al otro, me
hizo comprender la magnitud de la estupidez humana llevada a cabo en nombre de
cualquier cosa, en este caso, en un contexto de tensión ideológica entre dos
formas políticas, dos maneras de comprender la realidad. ¿Cómo fue posible tanta ignominia?
*Columna de esta semana en El Líder
miércoles, diciembre 21, 2011
LEER PARA VIVIR
Hace mucho tiempo leí en alguna parte que leer es la única
manera de viajar para aquellos que no pueden tomar el tren. Y cuánta
verdad encierra estas palabras. Lo comprendí desde que aún siendo una niña, me
aficioné a los libros que mi abuelo escondía debajo del colchón. Eran textos no
apropiados para una infanta pero que yo fui devorando poco a poco sin entender
la mayoría de las cosas que allí se relataban. Mucho tiempo después supe que
esos libros eran nada más ni nada menos que de José María Vargas Vila, un
escritor proscrito que murió en Barcelona en la más completa soledad el 25 de
mayo de 1933.
Así que comencé a leer por
imitación. Poco tiempo después lo hice por necesidad puesto que, cuando empecé
la secundaria, mis padres no tuvieron otra opción que matricularme en el
colegio Cervantes de Morelia -entonces era un internado- y los fines de semana
que no iba a casa los dedicaba a explorar su precaria biblioteca para poder
mitigar la pena de estar lejos de los míos. En ella descubrí textos
extraordinarios que me hicieron viajar por mundos mágicos y que
marcaron de una u otra manera mi afición por las palabras.
Cabe resaltar que en todo ese proceso
jamás jugó un papel importante la obligatoriedad. Es decir, jamás se me ordenó
leer este o aquel libro entre otras cosas porque en casa apenas había cuatro
textos. Pero sí veía leer a mi padre y a mi abuelo. Imagino
que ese hecho jugó un papel importante tal como lo demuestra un reciente
informe publicado en España en el que se afirma que muchos niños y jóvenes leen
poco o nada y que odian hacerlo sobre todo porque en la escuela y el
colegio los obligan a leer textos que no les interesa en lo más
mínimo. Claro, y porque en casa jamás ven a sus padres
acercarse a un libro, un periódico, una revista. En ese sentido parece
que la imposición y la falta de un ejemplo estimulante hacen que gran parte de
la juventud opte por pasar de los libros de manera abierta.
Y todo ello repercute no sólo
en los procesos de aprendizaje sino también en la manera de
aproximarse a la realidad, pues privarse de las palabras, de la
magia de la lectura significa dejar de explorar mundos plenos de
experiencias, de saberes, de emociones. Significa no poder viajar por aquellos
territorios inéditos que nos permiten experimentar otras maneras de
palpar la vida y sus asuntos sin necesidad de comprar un pasaje.
Publicado
en El Líder
lunes, diciembre 19, 2011
MONÓLOGO EN EL METRO
El hombre de contextura más bien delgada, alto y de pelo rojizo entra al vagón y en un rápido display de ojos descubre un puesto vacío justo a mi lado. Lleva unos vaqueros muy ajustados -un marcapaquetes, como dice una amiga mía- y luce un bonito jersey negro cuello de cisne acompañado de una chaqueta del mismo color totalmente abierta. Se sienta rápidamente y saca el móvil. Marca un número. Y...
-Hola, si, soy yo. Te he estado llamando todo el día al móvil. ¿Lo tenías apagado? Tú y la tecnología. No se porque no te compras uno mejor (silencio breve). Bueno, bueno. El caso es que te he estado marcando y tu como si nada. Si, acabo de salir del trabajo, Si, la cena de empresa. Nos lo hemos pasado muy bien. Y tú ¿has podido hacer algo de lo tuyo? (silencio), aja, ya, ya, si... ¿Quieres que nos veamos ahora? Vale, vale, pues nada, yo ya he cenado pero pensé que te apetecería que nos viéramos esta noche. Si, si, ya se que es jueves (silencio)
(Cabe resaltar que el hombre hablaba en un tono de voz muy bajo pero no tanto como para que yo no pudiese enterarme de parte de su vida. Mi oído aguzado me hizo perder la atención en el libro Tu sueño interminable. 24 horas con las Farc de mi amigo Josep Maria Freixes cuya lectura estaba terminando. Así que decidí cerrarlo y sacar el móvil para ir tomando nota de la conversación. Quizá no es correcto pero mi espíritu de voyerista consumada, alentado por mi profesión de antropóloga, siempre me conduce a fijarme en todo lo que me rodea, en los detalles, en los rostros, en todas aquellas minucias que casi siempre pasan desapercibidas)
Bueno, bueno, ya nos veremos otro día. Si, si, ya nos pondremos de acuerdo, claro, si tienes el teléfono disponible. Es que tu... deberías comprarte un Iphone la batería dura muchísimo... tu y la tecnología, a veces me parece que tu y ellas sois incompatibles, no te enteras de nada... ¿La cena? bien, ya sabes, si, estuvimos todos, Rafa, Monste, Javi, Lluis... bueno, todos, ya los conoces. ¿El jefe? si, también ha venido. Me lo pasé muy bien (silencio) Claro son mis compañeros de trabajo y siempre están ahí, además con el montón de años que llevamos juntos; ellos son mis verdaderos amigos. Como te he dicho muchas veces no son sólo mis compañeros de trabajo. Son honestos y la única gente en quien se puede confiar. ¿cómo? si, si, ya te lo he dicho muchas veces...
(Aquí la conversación se torna un tanto reiterativa y me aburre, hasta que de repente, después de una breve pausa)
...es que últimamente estás muy lejano, siempre dices que estás muy cansado y no quieres hacer el amor conmigo. Estás superdistante conmigo. No coges el teléfono y sacas excusas, que si el trabajo, que si mañana tengo que madrugar... No, no lo comprendo. Si es que no quieres estar más conmigo me lo dices y ya está (En este momento mis dedos se mueven veloces sobre el teclado para intentar capturar todas las palabras del hombre) Si, si, es mejor así, me lo dices y así no tengo que estar llamándote todo el día. ¡Y no coges el teléfono! No se lo que pasa contigo, deberías decirme qué sucede porque yo no puedo continuar así (silencio) mañana, no mañana no puedo. Hemos quedado para tomarnos unas copas después de plegar. Pero ¿qué pasa contigo? Deberías ser sincero y decirme: es que ya no quiero continuar con esta historia y los dejamos, si, si lo dejamos y no pasa nada ¡hombre! Otro intento frustrado y ya está... si,si, ahora tengo que bajar. Nos hablamos después.
Las puertas del metro se abren. El hombre baja veloz mientras se guarda su móvil de última generación en el bolsillo del pantalón ¿Cómo puede caberle, ahí? Me pregunto
miércoles, diciembre 14, 2011
Antología "Tardes del Laberinto"
Acaba de ser publicada la Antología poética Tardes del Laberinto de la que, con mucho orgullo, hago parte y que será presentada el próximo 26 de enero de 2012 en Barcelona. Transcribo las palabras de Felipe Sérvulo a propósito de esta edición:
PUBLICADA LA NUEVA ANTOLOGÍA DE NUESTRO COLECTIVO

“TARDES DEL LABERINTO”. Ediciones Parnass, Barcelona, 2011
Un grupo literario es como la vida misma. En él conviven personas de lo más heterogéneo: altas, rubias, morenas, guapas y menos guapas, ilustradas y menos ilustradas y, claro, cuando se publica algo del colectivo, el resultado es un fiel reflejo del mismo. Por supuesto les une su amor por la literatura y todos sus miembros merecen un respeto, ya que todos nos hacen partícipes de sus sentimientos cuando deciden plasmar esas inquietudes en el papel. Algunos publican libros y están ahí ofreciéndonos su pérdida de la inocencia, sus amores, sus sueños, rotos o cumplidos, sus desvelos, sus fantasías, su esperanza en la vida…
Y eso es debido a que un día perciben que los sentimientos, los recuerdos, los atardeceres o el color de unos ojos no se borran, perduran más allá de la mera experiencia o del mero encuentro y se adhieren a su piel como esos tatuajes tan de moda, que deben llevar a donde quieran que vayan.
Somos estas personas variopintas, imperfectas, vulnerables, auténticas… las que formamos el colectivo El Laberinto de Ariadna.
Por nuestra tertulia han pasado los más importantes escritores y también los más sencillos y desconocidos, y todos sin excepción han sido acogidos con admiración. También hemos publicado hasta el momento veintitrés pliegos de poesía y un libro conmemorativo de los primeros diez años de nuestra existencia.
Entendemos la literatura de manera festiva, la disfrutamos y eso lo encontrarás en nuestra segunda antología que ha visto la luz en estos días finales de noviembre, 52 escritores participamos en ella.
martes, diciembre 06, 2011
Ménage à trois
En el metro se puede ver casi cualquier cosa. Allí la vida social infracotidiana se desvela de manera sutil o descarada a través de gestos de convivencia básicos, formas prácticas de ocupar un espacio compartido -a veces casi hasta el paroxismo-, maneras de gestionar la mirada y el cuerpo, etc. En los vagones de metro los seres anónimos son partícipes de una representación precaria y fugaz en la que sin embargo, siempre salen indemnes por una sencilla razón: la mayoría de ellos saben de memoria su papel y aunque improvisen lo hacen de manera tal que la función continúa sin sobresaltos. Bueno, al menos eso es lo que sucede la mayoría de las veces.
Allí en ese espacio minúsculo aliñado de diversas formas corporales, olores de toda laya, conversaciones en todos los tonos, alientos de todos los matices, regurgita ese mundo social que se explaya, allá arriba, en la calle. ¿Acaso podría ser de otra manera?
Es viernes. Tomo el metro en Sagrera. A las 11 de la noche todo parece remitir a un ambiente festivo de copas y bailes y lo que salga. Se baja alguna gente y sube otra: jóvenes con ganas de fiesta, hombres y mujeres con cara de agotamiento y pocas ganas de sonreír y algunas personas mayores de pasos silenciosos. El vagón está medio vacío así que me siento en uno de los puestos libres. Abro un poco la cremallera de mi abrigo, me desato la bufanda -hoy llevo una preciosa que me ha regalado mi hermana Tati- saco El Gatopardo de mi bolso y empiezo a leer justo donde Lampedusa describe el final del Príncipe, empiezo a introducirme con emoción en las palabras y ¡zas! la risa alborotada de una chica me desconcentra. Levanto la mirada y la veo justo en frente de mí. Es muy joven -veinteañera, diría- y va sentada en las piernas de un chico de pelo largo. Ella ríe, él la lleva encerrada en sus brazos. Intento leer pero algo me desvía del texto. Vuelvo a mirar al frente y veo a la pareja, ahora se besan con fruición (oye: tu también lo hacías en los pasillos de la universidad ¿recuerdas?). Y entonces me fijo en la otra persona que comparte la misma sección compuesta por dos asientos: es otro chico de pelo corto y mirada lejana. Tiene cara de ángel, pienso. Un momento: observo que la distancia entre el cuerpo de éste y la pareja no existe. ¡No hay esa separación física ellos! Busco explicaciones: debe ser hermano de alguno de los miembros de la pareja o un muy buen amigo de él. Vamos, un familiar. Alguien de mucha confianza que llevas a tu costado mientras te "morreas" con tu novio o novia y te aguantas las conversaciones insulsas y repetidas de los enamorados. El chico tiene, sin embargo, cara de aburrido.
Vuelvo a la muerte del Príncipe sin éxito. Oye: mira con disimulo. La pareja ahora ha terminado la sesión de besos y parece que se ha quedado sin palabras. "Propera parada: Hospital Clínic". Hago como si estuviese leyendo pero mi visión periférica me advierte de algo. La chica continúa sentada en las piernas de su chico pero éste ya no la abraza, ahora habla con el muchacho acompañante (lo hacen muy quedo y sus caras están demasiado cercanas, demasiados próximas) Oh, oh, aquí pasa algo, me digo. Y entonces me fijo que el brazo derecho del chico que antes besaba a la muchacha ahora estrecha el cuerpo delgado del joven y mientras sonríe le acaricia el rostro con ternura con su mano izquierda. (Nada: debe ser su hermano menor). Oye: mira con disimulo y vuelve al libro. Y entonces, un poco después, sin poder evitarlo, levanto la mirada y observo a los chicos engarzados en un beso intenso y prolongado, mientras la chica observa su reflejo en la ventanilla del metro (aún va en las piernas de uno de ellos).
Intento volver al texto, sin éxito. No puedo ocultar una sensación un tanto extraña. La presentación sin decorados de un comportamiento privado en un espacio público me ha dejado sin palabras. Así que, con disimulo, observo las caras de mis compañeros de viaje. Los que han visto la escena, desvían la mirada, como si hubiesen visto algo muy, muy raro... Y yo pienso en mi madre y en lo que diría: "Dios mío, este mundo está loco".
lunes, noviembre 28, 2011
Las primeras luces
Mi columna de El Líder del domingo pasado, "Las primeras luces", se puede leer aquí:
http://www.ellider.com.co/2011/11/27/las-primeras-luces-por-martha-cecilia-cedeno-perez/
http://www.ellider.com.co/2011/11/27/las-primeras-luces-por-martha-cecilia-cedeno-perez/
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