martes, octubre 04, 2005

Memoria de cuerpos y palabras

Buscando entre anotaciones, hojas sueltas y recuerdos, asomó de repente este texto - que pretende ser un poema- escrito hace poco pero que ya daba por extraviado de manera irremediable. A estas alturas de la noche he perdido la vergüenza así que me atrevo a publicarlo con la amenaza latente de que alguien lo considere como mínimo cursi y por supuesto con toda la razón; aunque, lo confieso, no me importa... Y mientras tanto sigo a la espera de una poesía que mi amiga Gabriela de la Peña prometió enviarme. Espero su voz generosa y dulce que desde la distancia -México- habla de lugares, de imágenes, de experiencias y de hogueras ardiendo. Voz que día tras día se refleja en su blog http://cronicasdemarcopolo.blogspot.com/
Gabi: hacemos arquelogía de los cuerpos y los momentos que son memoria e infinitud. Nadie se va definitivamente pero tampoco nadie se queda...

Des-memoria
(Inédito)

Cómo nombrarte si tu aliento
Inunda la memoria
y claman los poros el olor de tus
caderas.
Hombre de mil aguas
de fuentes naciendo entre las piernas
hombre-tierra
llano
abeja
caracol
árbol del camino antiguo y nuevo
en ti el recuerdo es carne
y letra
y deseos robados a la noche
y fruta de otro río.

Cómo nombrarte si existes
en la gruta del abismo
en esta figura que me alumbra
rostro y tiempo roto.
Soy otra en tu memoria
aquella de la risa encendida
y de los poemas escritos
en la curva inclemente
de tu pecho vencido.

Cómo nombrarte hombre-pájaro
si tu vuelo está en el laberinto
en ese blanco pozo
donde reposa el olvido.


Sublimación*

En la cara oculta de la tarde
El olvido ya no existe
-déjame-
déjame entre tus piernas dormidas
que nacen y mueren en mi memoria.


*Este poema fue finalista en un concurso que ya no recuerdo... Y me enviaron el libro Raó D'Atzar del poeta Jaume Pont a casa. Y me quedan sus versos:

I
Com la memòria viscuda
la humitat del teu centre
Retorno
a les estances de l'aigua.

domingo, octubre 02, 2005

La ciudad y las palabras

L'Hospitalet con eclipse anular de sol (Foto: Martha Cecilia Cedeño Pérez, 3.10.2005, 10:50 horas)
"Rojo crepúsculo que perfora la niebla de la corriente del Golfo. Vibrante garganta de cobre que brama por las calles de dedos ateridos. Atisbadores ojos vidriados de los rascacielos. Salpicaduras de minio sobre férreos muslos de los cinco puentes. Irritantes maullidos de remolcadores coléricos bajo los árboles de humo que vacilan en el puerto". (John Dos Pasos, Manhattan Transfer)
La ciudad no sólo ha sido y continúa siendo tema fundamental de discusiones filosóficas, científicas, políticas, entre otras esferas, sino también tópico lleno de matices y experiencias para los creadores de mundos a través de la palabra: narradores, ensayistas y poetas. Esa ciudad plena de contradicciones y sugerencias, de seres taciturnos y extraños que se mueven al compás de las horas, vive en las aproximaciones diversas que desde la palabra intentan abarcarla más allá de sus edificios y su óxido para re-construirla una y otra vez a través de sus olores, sus ritmos, sus cadencias, sus vicisitudes.

Esas múltiples miradas sobre la ciudad más allá de lo físico señalan la creación de nuevos sentidos que facilitan una aproximación a su naturaleza donde convergen las emociones y la utopía, la conciencia y la reflexión, las percepciones y las imágenes. Y en ese mar de visiones la ciudad se vislumbra de diversas maneras, desde su oscuridad y caos: “la luz es sepultada por cadenas y ruidos/ en impúdico reto de ciencia sin raíces …” (Lorca, Poeta en Nueva York); desde el cúmulo de sensaciones que despierta: “el olfato es una vista extraña. Evoca paisajes sentimentales mediante un dibujar súbito de lo inconsciente…Paso por una calle. No veo nada o, mejor, mirándolo todo, veo como todo el mundo ve…” (F. Pessoa, Libro del desasosiego) o “el aire húmedo del centro estaba lleno de pozos de fragancia (…) todo olía encarnizadamente y también el sol y el cielo eran más duros y acuciados…” (Cortázar, El Perseguidor y otros relatos); y pasa por su carácter sonoro, por su vida de murmullos y ruidos: “mi diván es una barca perdida sobre las ondas; ese silbido súbito, es el viento entre las velas. El aire furioso “claxonea” por todas partes …” (Bacherlard, La Poética del espacio); hasta reflejarnos la ciudad del nómada, habitante fugaz de calles, de plazas, de esquinas: “…cualquier viento lento me ha barrido del suelo, y yerro, como un final de crepúsculo, entre los acontecimientos del paisaje (…)” (Pessoa, Libro del desasosiego) y “sigo, simultáneamente, por la calle, por la tarde y por la lectura soñada, y los caminos son verdaderamente recorridos. Emigro y descanso, como si estuviese al borde de un navío en altamar (…)” (Baudelaire, Pequeños poemas en prosa)… Y así podríamos encontrar miles de ejemplos literarios que dan cuenta de una ciudad re-creada al infinito.

La ciudad vive en la palabra con sus contradicciones, sus historias fugaces y fragmentarias; en ella se tejen los sentidos que los creadores de mundos y de versos explayan en sus líneas para dibujar la efigie de una ciudad que podemos amar y odiar al mismo tiempo, en un movimiento dialéctico e infinito pero siempre abarcador de muchas realidades y sentidos. Ahora bien, ¿Cómo se refleja una ciudad concreta como Barcelona en la Literatura? ¿De qué manera ha sido y es vista por sus narradores y poetas? ¿Qué imágenes hablan sobre su naturaleza abierta, antigua y nueva? ¿Cómo se perfilan sus olores, sus colores, sus recorridos vitales? ¿Cómo la viven, la sienten, la beben, sus transeúntes eternos pasajeros de las calles? ¿Cómo habita en las palabras, con su mar y sus montañas, con su cielo profundo aún en invierno, con sus hombres y sus mujeres?
Martha Cecilia Cedeño Pérez

sábado, octubre 01, 2005

¿Y qué es la Ciudad?

¿Qué ciudad es ésa tras la montaña que se/agrieta, reforma y estalla en el aire violeta…? Pregunta angustiado T.S. Eliot ante el monstruo multiforme que se asoma a sus ojos: una urbe hecha de simultaneidades, de edificaciones y derrumbamientos; un constructo humano cruzado de ambigüedades, de murmullos y gritos, que para la época en que fue escrito el poema que contiene este fragmento –1922- ya había desplegado sus alas para convertir sus trazados en un hervidero acontecimientos inusitados.
Podríamos imaginar lo que pensaría el poeta ahora en los albores del siglo XXI cuando las ciudades se han salido de sus cauces para devenir en megalópolis, en espacios cuyos tentáculos globalizan sus contenidos y perspectivas; ciudades a punto del paroxismo, a punto de sucumbir ante los estallidos que las configuran y al mismo tiempo las acercan a los territorios de lo movedizo, de lo inasible, de lo inabarcable.

Una ciudad concebida e inconcebible al mismo tiempo. Para los griegos es la expresión más perfecta de la organización social donde se realizan las aspiraciones humanas, es decir, el lugar donde es posible la utopía, el desarrollo de todas las dimensiones inherentes a la persona y su vida en sociedad. Esta postura dista de la judeocristiana, por ejemplo, en cuyo seno la ciudad se convierte en fuente de perdición de los valores humanos, en un lugar donde los vicios se reproducen al infinito y por ello deber ser destruida sin remedio: es el síndrome de Sodoma y Gomorra.

El antagonismo de las dos percepciones enunciadas arriba se reflejan también en las contradictorias miradas entorno a la ciudad: lugar de libertades/monstruo acéfalo tiranizador de la vida cotidiana; cuna de la civilidad/lugar de caos e incertidumbre; fuente inagotable de vivencias y recorridos/trazado laberíntico donde se pierde la razón de ser; ciudad global, tentacular, virtual… resultaría agobiante enumerar los contrastes que se podrían establecer con respecto a la ciudad y sus implicaciones. Sin embargo la ciudad está ahí, explayada como un cuerpo impávido cruzado de memorias, de trayectorias y de experiencias; con sus cavilaciones y vibraciones; con sus luces y sus sombras; con su naturaleza abierta e impredecible a la vez.
Qué es ese sonido que surca el aire
murmullo de lamento maternal
quiénes las hordas embozadas que pululan
por llanuras sin fin, tropezando en las grietas,
cercadas sólo por el horizonte
qué ciudad es ésa tras la montaña que se
agrieta, reforma y estalla en el aire violeta
torres que se derrumban
Jerusalén Atenas Alejandría
Viena Londres
irreal.
T.S. Eliot (Tierra Baldía, 1922)

Martha Cecilia Cedeño Pérez. (Foto: Luna con París de fondo, por Juan Carlos Ruiz V.)

Momentos y lugares

Monjuïc

Junto al árbol
una cola de gato
se pierde entre las ramas.
Queda tu palabra
enredada en mi cintura.
Y ya no tengo frío.

Collserola

La ciudad muda
parpadea a la distancia
en el punto exacto donde
tu boca
es un murmullo de hojas
verdes.
Mordemos los labios a la mañana.

Turó de la Rovira

Hay una huella más allá del tiempo
y una ventana que mira a la mar
con su azul ausente
y su ojo cuadrado.
De la ciudad a tus manos
sólo hay cuerpos
en agitación perpetua
y ojos buscándose


Insomnio

La tormenta desvela los cuerpos
que de vez en cuando se encuentran
en cualquier agujero
de la tarde.
Entonces no hay bordes
ni fronteras
sólo superficies tejidas
en una locura
que se sabe efímera.

P.D

No fueron necesarias las palabras
para tenerte en mi boca
abierta y sutil
trémula como mis manos
recorriéndote,

Amaranta.

Poemas y foto (verdes sobre verde) por Martha Cecilia Cedeño Pérez

Amanecer en Barcelona

(Foto: Martha Cecilia Cedeño Pérez)

Quiero empezar este blog con esta fotografía hecha desde el balcón de mi casa, el miércoles 28 de septiembre de 2005 a las 7:36 horas, porque de alguna manera se constituye en una metáfora: empiezo un recorrido alentada por mi amiga Gabriela de la Peña por esta especie de tribuna pública libre y, al tiempo, retomo con disciplina las riendas de la lectura y escritura que mis deberes domésticos me habían hecho dejar de lado. Vuelvo a los libros (de hecho volví hace más de 4 meses), a las cavilaciones, a las divagaciones y me siento más viva que nunca en una existencia casi liminal, bordeada de esquemas que se rompen y de nuevas texturas y agujeros en la cotidianidad... Y así lo percibí cuando, como por una suerte de aparición mágica, me inundó el rojo y oro que se coló por la ventana y me hizo dejar el ordenador para buscar la cámara digital e intentar hacer una fotografía que plasmara, al menos un poco, la maravilla que tenía ante mis ojos y que resplandecía pese a las siluetas de los edificios y a la telaraña de las antenas. Un amanecer espléndido que fue el anuncio de una mañana memorable, infinita y efímera a la vez. Un amanecer que me hizo pensar que en alguna parte de la ciudad otra u otras personas contemplaban maravilladas lo mismo que yo y justo en ese instante fuí feliz.
Martha Cecilia Cedeño Pérez

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...