domingo, octubre 02, 2005

La ciudad y las palabras

L'Hospitalet con eclipse anular de sol (Foto: Martha Cecilia Cedeño Pérez, 3.10.2005, 10:50 horas)
"Rojo crepúsculo que perfora la niebla de la corriente del Golfo. Vibrante garganta de cobre que brama por las calles de dedos ateridos. Atisbadores ojos vidriados de los rascacielos. Salpicaduras de minio sobre férreos muslos de los cinco puentes. Irritantes maullidos de remolcadores coléricos bajo los árboles de humo que vacilan en el puerto". (John Dos Pasos, Manhattan Transfer)
La ciudad no sólo ha sido y continúa siendo tema fundamental de discusiones filosóficas, científicas, políticas, entre otras esferas, sino también tópico lleno de matices y experiencias para los creadores de mundos a través de la palabra: narradores, ensayistas y poetas. Esa ciudad plena de contradicciones y sugerencias, de seres taciturnos y extraños que se mueven al compás de las horas, vive en las aproximaciones diversas que desde la palabra intentan abarcarla más allá de sus edificios y su óxido para re-construirla una y otra vez a través de sus olores, sus ritmos, sus cadencias, sus vicisitudes.

Esas múltiples miradas sobre la ciudad más allá de lo físico señalan la creación de nuevos sentidos que facilitan una aproximación a su naturaleza donde convergen las emociones y la utopía, la conciencia y la reflexión, las percepciones y las imágenes. Y en ese mar de visiones la ciudad se vislumbra de diversas maneras, desde su oscuridad y caos: “la luz es sepultada por cadenas y ruidos/ en impúdico reto de ciencia sin raíces …” (Lorca, Poeta en Nueva York); desde el cúmulo de sensaciones que despierta: “el olfato es una vista extraña. Evoca paisajes sentimentales mediante un dibujar súbito de lo inconsciente…Paso por una calle. No veo nada o, mejor, mirándolo todo, veo como todo el mundo ve…” (F. Pessoa, Libro del desasosiego) o “el aire húmedo del centro estaba lleno de pozos de fragancia (…) todo olía encarnizadamente y también el sol y el cielo eran más duros y acuciados…” (Cortázar, El Perseguidor y otros relatos); y pasa por su carácter sonoro, por su vida de murmullos y ruidos: “mi diván es una barca perdida sobre las ondas; ese silbido súbito, es el viento entre las velas. El aire furioso “claxonea” por todas partes …” (Bacherlard, La Poética del espacio); hasta reflejarnos la ciudad del nómada, habitante fugaz de calles, de plazas, de esquinas: “…cualquier viento lento me ha barrido del suelo, y yerro, como un final de crepúsculo, entre los acontecimientos del paisaje (…)” (Pessoa, Libro del desasosiego) y “sigo, simultáneamente, por la calle, por la tarde y por la lectura soñada, y los caminos son verdaderamente recorridos. Emigro y descanso, como si estuviese al borde de un navío en altamar (…)” (Baudelaire, Pequeños poemas en prosa)… Y así podríamos encontrar miles de ejemplos literarios que dan cuenta de una ciudad re-creada al infinito.

La ciudad vive en la palabra con sus contradicciones, sus historias fugaces y fragmentarias; en ella se tejen los sentidos que los creadores de mundos y de versos explayan en sus líneas para dibujar la efigie de una ciudad que podemos amar y odiar al mismo tiempo, en un movimiento dialéctico e infinito pero siempre abarcador de muchas realidades y sentidos. Ahora bien, ¿Cómo se refleja una ciudad concreta como Barcelona en la Literatura? ¿De qué manera ha sido y es vista por sus narradores y poetas? ¿Qué imágenes hablan sobre su naturaleza abierta, antigua y nueva? ¿Cómo se perfilan sus olores, sus colores, sus recorridos vitales? ¿Cómo la viven, la sienten, la beben, sus transeúntes eternos pasajeros de las calles? ¿Cómo habita en las palabras, con su mar y sus montañas, con su cielo profundo aún en invierno, con sus hombres y sus mujeres?
Martha Cecilia Cedeño Pérez
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