martes, octubre 18, 2005

Crónica de un jueves con lluvia

La lluvia ha hecho una pausa. Desde esta mañana los cristales de la ventana están marcados con pequeñas gotas de agua y ver a través de ella es percibir un cielo roto con burbujas grises. Son las 3:30. Hora de salir de casa pese a que en el temps de TV3 han dicho que seguirá lloviendo toda la tarde. No me importa. O más bien sí. Me gusta andar bajo la lluvia por alguna reminiscencia tardía de mi infancia que luego asocié a la película de G. Kelly, por aquello de pisar los charcos, de saltar sobre ellos para ver las figuras que forma el agua. Y no tengo paraguas porque el que tenía –uno de un color rojo espléndido- lo dejé abandonado en el metro un día cualquiera de febrero. Echo una última mirada al cielo desde el balcón de casa y me parece escuchar al abuelo: “No tardará en llover”. Y siento una efusión repentina.

Poder caminar por las calles de esta ciudad con la lluvia arriba y abajo me parece estupendo. Y justo cuando ya estoy afuera, en la calle, se viene una “mata de agua”, de esas que no dan tiempo de nada y que agarra a muchos por sorpresa: una mujer mayor intenta resguardarse en los aleros inexistentes de los edificios, un hombre moreno corre para cruzar la calle, una pareja de jóvenes muy risueños se protege con un paraguas de colorines, una mujer joven camina de prisa por la acera mientras la lluvia inclemente moja su cabello…
Se me antoja que los coches van más rápido que de costumbre haciendo ese chasquido característico que se produce cuando las ruedas contactan con el pavimento mojado, mientras pulverizan el agua que sale como una fuente efímera por los cuatro costados. Apresuro el paso y cuando llego a la esquina tengo que parar porque el semáforo está en rojo (siempre está en ese color cuando se lleva prisa). Y mientras espero que cambie un hombre de mediana edad que va como yo, sin paraguas, me dice “Esta agua si es buena para la salud, para la piel… eh, morena”. Le miro y le sonrío.

¿Tienes paraguas? “Si, si, que tengo” Me responde un joven oriental en un castellano deficiente. ¿Tienes de los que se pliegan? “Sí, si, si”. Dice solícito al tiempo que se agacha para buscar en una estantería baja. “Qué color”. Éste. Le digo mientras señalo uno a cuadros marrones y beiges. El hombre lo abre y lo enseña para comprobar que no tenga desperfectos. Pero no estoy convencida, así que miro nuevamente en la estantería y descubro uno de tonos verdes y azules oscuros. Mejor éste. El chico me sonríe mientras le paso el paraguas y él lo abre con decisión. Parece bien. “Son 2,50”. Muy bien. A ese precio lo importante es que aguante este chaparrón, pienso, mientras busco la puerta de salida por la que acaba de entrar, corriendo, una mujer joven: “Tiene paraguas”. “Si, si que tengo”, responde el chico. ¿De esos que se doblan? Insiste la chica. “Sí”.

Hay poca gente en la calle. Unas cuantas personas andan muy rápido y no esperan a que cambie el semáforo para cruzar la calle. Yo ahora sólo quiero caminar, sin prisas. Así que empiezo a bajar por la Avenida Isabel la Católica que se ha convertido casi en un torrente. Una mujer va delante de mí. Lleva una faldilla vaquera corta, una camiseta de manga larga y unos zapatos abiertos muy altos. La gotas de lluvia mojan sus piernas pero a ella no parece importarle. Cruza la calle anegada sin inmutarse y sintiendo, seguramente, cómo el agua le empapa los pies. Una furgoneta espera a que pase la mujer; su conductor no deja de mirarla. Un hombre me adelanta mientras su paraguas choca con el mío. Le miro. “Perdona”, me dice. Hago de cuenta que no ha pasado nada. La mujer no ha cruzado la Avenida Electricitat, que ahora está en recontrucción, sino que ha doblado justo una calle antes.
Llego a la esquina y el semáforo está en rojo. Viene un coche muy veloz. Doy unos pasos hacia atrás porque presiento que me salpicará. El conductor se da cuenta de lo que pudo suceder y levanta la mano a modo de disculpas. Cruzo la calle no sin antes sortear los charcos que se antojan pequeños lagos. Llueve con fuerza y todo parece de un solo color. Huele a césped recién cortado y el aire parece más transparente. Y todo suena. Los pasos en el suelo húmedo, las gotas en las hojas de los árboles y en el paraguas…Es otro paisaje: la ciudad domesticada bajo una lluvia que parece acallar los ruidos urbanos y acelerar el movimiento de los transeúntes que huyen despavoridos por las aceras anegadas.

De la estación del metro Can Serra salen algunas personas. Unas abren sus paraguas con prisa antes de subir los últimos escalones que conducen a la calle y otras, las que no tienen paraguas, se protegen con cualquier cosa. Una mujer mayor se ha puesto una bolsa en la cabeza. Una pareja de jóvenes corre tomada de la mano y se cubre con unas carpetas. Un hombre de mediana edad camina despacio sin nada que le resguarde de la lluvia. Y pese a ello parece no tener prisa, como yo.

Cuando llego al centro comercial La Farga la lluvia ha amainado. ¡Qué pena! Observo a varias personas que salen de ese establecimiento con bolsas de compra y con sus paraguas plegados. Parecen contentas o, al menos, satisfechas pues han cumplido con el consumo y como premio ya no llueve ¿Se puede pedir más? Yo todavía no pliego el paraguas porque tengo la ilusión de que nuevamente se desgrane un aguacero memorable. El cielo aún está gris y el abuelo podría decir que no tardará en llover. ¡A ver si antes de llegar a donde voy se rompe el cielo!
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