lunes, octubre 10, 2005

Las vallas de la vergüenza

Martha Cecilia Cedeño Pérez
lunera2107@hotmail.com

Hombres de pasos largos
(inédito)

No hablan los hombres
que dejan su ojos a los peces
allá donde la mar
es tierra que separa
sueño roto
en la noche diáfana.
No hablan sus pasos vencidos
ni sus cuerpos de alba.
Basta una ola
un viento de levante
para silenciar las piernas
y las ganas de habitar
la esperanza.
No hablan los hombres de la playa
su risa es mueca vencida
salpicadura de peces
grito callado en un puerto de
algas.
No hablan los hombres de la playa.
Las caracolas cantan
su noche más larga.

Dos temas ocupan la atención de los distintos medios de comunicación españoles en estos momentos. Uno es el Estatut catalán y el otro, los inmigrantes. El primero ha desatado un huracán de reacciones y opiniones de todos los matices que muestran la fragilidad de esa “unidad nacional” montada sobre una pretendida homogeneidad y sobre una centralidad asfixiante. Resulta contradictorio que en la Constitución se reconozca, efectivamente, que la pluralidad es una de las características del estado español, pero que a la hora de la verdad no se asuma, o lo que es peor, se ignore. ¿A qué se teme? ¿Es tan grave que Catalunya se autodenomine como una nación? ¿Esto qué implica? ¿Gestionar y administrar los propios recursos? ¿Reconocer que vivimos en una sociedad rica en la diversidad, abierta en la diferencia, cohesionada en lo otro, en los otros y las otras?
El otro tema es los inmigrantes. El drama humano de cientos de personas desesperadas que no buscan otra cosa que sobrevivir y que para ello se embarcan en una odisea que algunas veces termina en las vallas de Melilla o en las aguas del mediterráneo o debajo de un camión. Pero el tema de los movimientos de personas de un territorio a otro no es nuevo. Los ha habido desde los albores de la humanidad. Y parece que las maneras de asumirlo tampoco han cambiado mucho: levantar muros y murallas (la Muralla China es prueba de ello), reprimirlos a la fuerza, confinarlos en campos de concentración, esclavizarlos, expulsarlos, etc.
Así que en nuestros días no es raro que ocurra lo mismo: allí están los espaldas mojadas que intentan cruzar la frontera para estar al norte del Río Bravo, los que pasan por el “hueco” y se convierten en eternos ilegales y, por supuesto, en nuestro medio, aquellos que llegan en pateras o que ahora saltan las vallas de la vergüenza, cuya altura se doblará para que desistan de su intento. Y paradójicamente levantar esas vallas y doblar su altura no es criticable porque no se parece a lo que era el muro de Berlín, ni al muro que levanta Israel para que los palestinos desarrapados no hagan volar a sus ciudadanos en pedazos. Y el drama continúa: cientos de personas se dejan la piel y la vida en un intento desaforado por salir de la miseria, de la guerra, del infortunio. Y a ambos lados de la valla la salida de los gobiernos es la misma: la represión, la expulsión o, como se ha visto últimamente, el abandono de estas personas en el desierto como si fueran animales, seres inmundos que no merecen ninguna consideración. Y en el fondo de todo están los intereses económicos y políticos. ¿A quién le importa un grupo de personas que además de pobres son negras? ¿No afean el paisaje de bienestar que se evidencia al norte de Marruecos? ¿Qué hacer con los desarrapados que duermen en la calle y socavan la condición de bonanza de una sociedad “desarrollada”?
El tratamiento que cierta clase política o más bien cierta clase de políticos le ha dado a ambos temas, el Estatut y los inmigrantes, es el mismo: los han convertido, de manera vergonzosa, en un fortín para la intransigencia, la confrontación, la alevosía, la sinrazón. Y mientras tanto se critica, se tergiversa, se echa leña al fuego con el tema catalán y, allá abajo, en el sur, los inmigrantes se mueren en las vallas y se hacinan en centros de acogida esperando que los expulsen o, en el mejor de los casos, que les permitan seguir con su camino de ilegales eternos, parias de una sociedad echa a la medida de los afortunados.
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