miércoles, octubre 12, 2005

La memoria y sus lugares

"Un trazo de Neiva". Foto: Juan Carlos Ruiz Vásquez
Con esta fotografía de la Ciudad de Neiva, la de mis recuerdos y nostalgias, quiero introducir el fragmento de un texto que escribí como mero ejercicio para la asignatura etnografía de los espacios públicos, dentro del marco del programa de doctorado en Antropología Social, Antropología del Espacio y El territorio 1999-2001, de la Universitat de Barcelona.
Palpitaciones y memorias urbanas
Martha Cecilia Cedeño Pérez
De manera general se podría enunciar que la memoria es un acto del intelecto cuyo objeto es el pasado no en el sentido muerto de la historia más academicista sino en uno dinámico y creador. O como la capacidad de conservar y recordar –y olvidar- hechos o acontecimientos y reconocerlos como tal; se relaciona por tanto con la acumulación de experiencia y su posterior uso. Es una fuente magnífica de imágenes sobre sucesos, hechos almacenados y seleccionados de manera consciente o inconsciente que permite descubrir no informaciones inmóviles sobre éstos sino representaciones mentales de los mismos. Por eso cuando se habla de memoria surge la idea del pasado como algo que vuelve para revelarnos sus formas y contradicciones, para unir los límites del presente con las imágenes que rememoran lo que acaba de ocurrir o lo que ha ocurrido ya en el tiempo.

La memoria se constituye en un elemento vital, dinámico que se transforma con las experiencias humanas y sus representaciones. Se nutre de los acontecimientos y vuelve sobre ellos para insertarlos en un espacio-tiempo revivido, reconstruido a través de imágenes que reflejan el modo como esos sucesos son recordados, rememorados en el marco de unas prácticas individuales y colectivas. Desde ese punto de vista se podría afirmar que la memoria “no designa un estado de cosas sino más bien un acontecimiento: el acontecimiento-memoria, cuyos efectos nuclean, atrapan y atan a los individuos”[i] y los acercan, en determinados momentos, mediante el recuerdo y/o el olvido de sucesos o hechos, de experiencias señaladoras de elementos compartidos.

No es que la memoria sea única, ni que los individuos recuerden de igual manera, es que por ser una construcción social, al igual que el espacio y el tiempo, ésta opera de una manera creativa, plurisignificativa, al interior de los grupos insertos dentro de relaciones sociales vitales y dinámicas. Es decir, su esencia no está sólo en el recuerdo sino en las múltiples formas en que se rememora, en el complejísimo campo de los entrecruzamientos, de los dislocamientos, de las rupturas y transformaciones que se dan al interior de la misma.

Si Halbwachs propone que continuidad e identidad sólo son posibles por medio de la memoria, que para ser es necesario recordar y que el recuerdo es una manera de representación colectiva que debe estar enmarcada dentro de ciertos parámetros[ii], tenemos entonces que es a través de ella como podemos reconstruir experiencias y reactualizarlas en un siempre presente con todo lo que ello implica. Además, por estar los individuos inmersos en una sociedad, no hay recuerdos exactamente individuales, sino percepciones que coexisten y derrumban los márgenes del tiempo y el espacio.

No es mi intención discutir a cerca de la actualidad de las apreciaciones de Holbwachs sobre la memoria colectiva, pero sí señalar que sus argumentos apuntan hacia senderos iluminadores a la hora de determinar la naturaleza de un proceso mental netamente humano. Aunque, por supuesto, se deben enmarcar dentro de las condiciones de un mundo contemporáneo urbano en constante movimiento y cambio que difícilmente permite tener certezas, contextos estables, miradas fijas.

Así pues, los anteriores planteamientos nos llevan a pensar que en un mundo urbanizado como el actual no es posible hablar de memoria sino de un cúmulo de memorias insertas dentro de ciudades que transforman sus formas y territorios. Ello también implica ignorar las dicotomía memoria colectiva/memoria individual cuyos límites se desdibujan, se entremezclan en campos de representaciones a veces coincidentes, a veces fragmentarias pero siempre dispersas y dislocadas.

Hoy se habla, entonces, de memorias porque nuestra condición actual “nos pone ante la experiencia de una individualidad fuertemente fragmentada (…) que parece buscar puntos de referencia que nos permitan nuevos espacios de reconocimiento y de identificación” y porque estamos ante experiencias colectivas “totalmente desterritorializadas en sus espacios, en sus comportamientos y en sus registros y que parecen borrar toda posibilidad de pertenencia a un suelo histórico que las arraigue”[iii].

[i]Jairo Montoya, Ciudades y memorias, Universidad de Antioquia, Medellín, 1999
[ii] Ramón Ramos, “Maurice Halbwachs y la memoria colectiva”, Revista de Occidente, 1989.
[iii] Montoya, Ciudades y memorias, p. 11
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