viernes, diciembre 31, 2010

Desde Cijuela, Granada

Hace tres días estamos en Granada. Bueno, en Cijuela, un pueblo pequeñito desde el cual se puede ver la sierra blanca. Aquí estamos con una gente linda que nos ha invitado a compartir estos días de fin de año. Podría enumerar las magníficas cosas con las que he podido reencontrarme. La sensualidad del Albayzín, la belleza indómita y agreste de La Alpujarra, la sencillez de pequeños pueblos como Santa Fe, Fuente Vaqueros, Chauchina, Escoznar...  Y la felicidad de visitar la casa de verano de García Lorca por primera vez. Fue emocionante estar en  su habitación y sentarme en su asiento, frente a aquel escritorio en el que escribió sus mejores obras (el guía se rindió ante mi sonrisa de petición ¿Puedo sentarme aquí? Es que ¿sabes? escribo poesía...) Y ahí estuve unos segundos tocando la madera, imaginando al creador en sus momentos de iluminación y mirando a través de la misma ventana como él hizo tantas veces...
En fin, ahora quiero que se vaya este año de mierda. Y no me pondré bragas rojas, ni comeré las uvas, ni lentejas, ni brindaré con cava. Me tomaré un trago de Whisky, escucharé un viejo vallenato de esos que encojen el alma y luego pondré a Concha Buika y me regocijaré con Camarón. Quién sabe, es posible que con los anfitriones hablemos por enésima vez de la enorme decepción que nos ha producido la "izquierda", de la putada de CNN plus, de las inundaciones de Écija, de las sorpresas de Santos, de la derechización de Europa -España incluida-, de la poesía de César Vallejo, del culebrón de las cuatro... Bueno y también pensaré en mi familia allende los mares y en mis amigos y amigas de Barcelona y otros lares.
Os deseo un nuevo año pleno de ilusión, salud,  proyectos, risas, palabras con este atardecer desde la casa de García Lorca en Granada.



jueves, diciembre 30, 2010

Tiempo de balances*

Cuando llega el fin de año  muchas personas acostumbramos elaborar pequeños ejercicios de arqueo vital o, lo que es lo mismo, balances más o menos objetivos de lo que ha sido nuestra existencia durante esos doce meses anteriores. Así vamos apuntando aquellas cosas –pequeñas o grandes- que nos han alegrado, o no,  la vida.  Aunque a decir verdad algunos seres piensan que la felicidad reposa solamente en la concreción absoluta de esa tríada paradigmática: salud, dinero y amor.  Y cuando no tienen alguna de ellas sienten que todo ha sido en vano, que se ha perdido el tiempo de manera irremediable.

Esos arqueos vitales se convierten en elementos que en sí mismos metaforizan todo un ciclo vital de antes y después, de lo que fue o pudo haber sido en el pasado próximo y de lo que será en uno inmediato.  Los balances sirven para reflexionar sobre las acciones que de un modo u otro nos marcaron, de aquellas dinámicas existenciales que nos procuraron  experiencias de diversos matices. Pero hay algo más profundo en ese hacer cuentas: constituye una suerte de catarsis personal que exorciza el infortunio, la desesperanza, la pérdida. Cuando hacemos balances saldamos cuentas con nuestro propio devenir.  Pero no nos quedamos ahí sino que con base en los puntos que hemos sacado en claro podemos proyectarnos hacia un mañana con la confianza de que todo será mejor. Por eso, en la noche del 31 quemamos esas cosas que nos amargaron la vida y que tan bien  simboliza aquel muñeco de trapos viejos relleno de pólvora que aún se enciende en algunas regiones colombianas.  El fuego no sólo quema trapos ajados: calcina los sinsabores que nos han perturbado la existencia.
Y ese es el poder de los balances: nos permite asumir el pasado para hacer frente a lo que vendrá. Un mañana incierto en el que sin embargo proyectamos nuestros mejores deseos con la fe absoluta de que esta vez sí se conseguirá aquel trabajo soñado,  se encontrará el amor de la vida,  se hará más ejercicio,  se  visitará a la familia más a menudo, se  reirá con más ganas, se sufrirá menos por nimiedades… Propósitos, planes, objetivos que en algunos casos nunca se realizan.  Pero allí radica la magia: en plantearnos unos fines que nos proporcionen nuevos bríos para proseguir  tejiendo los hilos de la vida en medio de crisis, injusticias, violencias, sinrazones y azares. Yo, por lo pronto, ya estoy haciendo el mío aunque temo que el saldo de este año es un poco negativo. Pero no importa: el año que viene será mejor.
*Artículo publicado en El Líder, diario del departamento del Caquetá, Colombia.

lunes, diciembre 27, 2010

Las simples cosas

Desde la noche del 24 arrastro un catarro de miedo. Me parece que es la primera vez que padezco uno de esa magnitud. ¡Horrible!  Por fortuna mañana viajo a Granada con mi familia y eso eleva los ánimos. Soñar con la Alhambra es un motivo suficiente para ponerse bien... Espero escribir algunas cosas allí. Mientras tanto escucho a esta mujer que me encanta: Concha Buika, acompañada de Chucho Valdés y "Las simples cosas" (en Youtube).

viernes, diciembre 24, 2010

Elogio al Caganer*

A mis amigas y amigos catalanes...
Mi primera visión del Caganer fue en un belén (léase pesebre, nacimiento) que había en un conocido centro comercial de la zona alta de Barcelona (Pedralbes). Recuerdo exactamente el momento porque mi compañero y yo acabábamos de llegar a la ciudad y nos sentíamos unos completos extraños, outsiders en unas calles perfectas con sus coches de lujo y sus mujeres con abrigos de visón. En esas circunstancias nos dedicábamos a pasear por los alrededores mientras ojeábamos escaparates y nos torturábamos haciendo la conversión de pesetas a nuestros modestos pesos colombianos (una conversión 12 a 1: por un peso 12 pesetas), teniendo la absoluta certeza de que jamás podríamos comprar alguno de esos abrigos o zapatos que estaban expuestos sin condenarnos a vivir en la mendicidad.


Así que los días previos a esa navidad de cambio de milenio fueron muy prolijos para los ojos. Éramos, en efecto, flâneurs recién llegados dedicados completamente al ejercicio de la observación silenciosa y comentada, a mirar los cuerpos y los rostros de la gente siempre de prisa y ocupada con bolsas de compra. Siempre nos sorprendíamos y acabábamos comentando sobre el ímpetu consumista de nuevos ricos de esa sociedad en la que nos encontrábamos. En realidad sentíamos una profunda decepción por la superficialidad que parecía llenarlo todo, por la falta de calor humano, por la ausencia de ese espíritu navideño al que estábamos acostumbrados.

Por fortuna, mientras realizábamos unas de esos paseos por los alrededores, nos topamos con aquel belén aparentemente similar al que se hacía en nuestro país. “Es muy plano, faltan las montañas”, decía mi compañero. “Sí faltan más animales, más ambientación”, decía yo. Y fue entonces cuando vimos la maravilla: una figura con barretina y traje de pastor que estaba haciendo sus necesidades fisiológicas, es decir, cagando. Y estaba puesta allí, en medio de las imágenes tradicionales y las ovejas. Mira esto ¿no es fantástico?, exclamábamos los dos mientras nos reíamos. Fue un descubrimiento estupendo que nos llevó a realizar toda suerte de interpretaciones sobre el significado de esa figura totalmente humana y real en medio de un paisaje “santificado”. “Este hombre se caga en todo”, dijo mi esposo. “Si, y a la vez lo salva todo”, dije.

En ese entonces no sabíamos que el Caganer está presente desde hace más de cinco siglos en los pesebres de Catalunya, como lo demuestran las representaciones de su figura en algunas esculturas religiosas catalanas. El Caganer también aparece en la obra de Joan Miró, y en belenes de Murcia, Portugal o Nápoles desde tiempo lejanos (allí son conocidos como cagonescagoes y cacote o pastore que che caca).

En Catalunya es inconcebible un pesebre que no tenga la figura delCaganer, ese pastor que abona la tierra devolviéndole lo que ésta le ha dado, y que bien puede tomar la fisonomía de políticos, deportistas, o de príncipes, todos ellos en la misma posición que los iguala con los demás mortales. Gente que caga.

Pero esa figura tradicional también tiene sus detractores: personas que consideran que es una imagen de mal gusto, de irreverencia religiosa… o políticos (de derechas, de izquierdas y de centro) que piensan que va en contravía de la cacareada ordenanza cívica que prohíbe hacer las necesidades en la vía pública y que seguramente se aprobará, pese al inconformismo de la mayoría de la población de Barcelona. Esa era la razón que alegaban para que no se pusiera el Caganer en el pesebre de la plaza de Sant Jaume que depende del ayuntamiento barcelonés. Para evitar la mierda nada mejor que eliminar todo lo que incite a ella, así no cundirá el mal ejemplo y la gente no cagará en la calle. Se elimina por decreto, sin los Mossos, lo escatológico que simboliza el Caganer. Por fortuna primó la razón sobre la estupidez y finalmente, el humilde pastor está allí haciendo las necesidades a la vista de todos, recordando también uno de los rasgos más importantes del carácter catalán: esa tendencia a una escatología que lo subvierte todo, en cuyo fondo está vivo un profundo sentido desmitificador.

Yo confieso públicamente mi admiración por el Caganer. ¡Me encanta! Tanto que, desde el momento de conocerlo, le hemos reservado un lugar destacado en el pesebre que cada año hacemos en casa. Ah, y también lo hemos llevado a otras latitudes. ¡Aún recuerdo la cara de nuestros familiares cuando pusimos uno en aquel Belén que hicimos en casa de mi hermana en el año 2001! Era una sensación extraña por toda la paradoja que implica allí, en Colombia, donde todavía se está lejos de una visión laica de la realidad, y donde se habla de los fluidos, despojos y ciertas partes corporales con eufemismos (por ejemplo no se dice cagar sino “hacer del cuerpo”, “ensuciar”; no se dice culo sino “cola”, “rabo”, “trasero”). Así que poner el Caganer en ese pesebre era literalmente cagarse en todo, en el sentido de que se desmitificaba el paisaje tradicional de la Sagrada Familia. Era también poner un toque de la más elemental humanidad que nos acerca y nos iguala a todos y a todas.

















¡Visca el Caganer!
¡Visca Catalunya!
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miércoles, diciembre 22, 2010

¡Felices compras!*

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Antropóloga
Se aproximan las fiestas de fin de año y con ellas toda la parafernalia de un magno acontecimiento: el baile del consumo.  El jolgorio de la compra alentada por los mecanismos de la publicidad que invade casas, calles, pueblos, ciudades y aquellos rincones donde  llega cualquier medio de comunicación. Y también por las luces que adornan las esquinas y los establecimientos comerciales que nos llaman con su perverso artificio.  De esa manera las personas somos avasalladas sin contemplación por una serie de mensajes que nos recetan remedios contra la infelicidad, los embates de la vejez, la enfermedad, la crisis, el desamor,  la flaccidez, el cansancio, la monotonía… Cada día nos levantamos con unas supuestas necesidades que se deben cubrir  con urgencia. Vivimos en el reino la compra y no importa si vivimos en Neiva, en Barcelona o en Florencia.  No tenemos alternativa: consumir o morir, parece ser el lema de estos nefastos tiempos de globalización.
Se podría pensar que en época de crisis, de desempleo, de tragedias propiciadas por las condiciones precarias en las que vive gran parte de la  población colombiana, ese afán desaforado por adquirir objetos menguaría. Pero no es así. Basta con situarnos frente a la puerta de algún establecimiento comercial de nuestra ciudad para darnos cuenta de la cantidad inusitada de personas que salen con bolsas de compra.  Hombres, mujeres y niños con caras de satisfacción porque a partir de ahora serán más felices. Sus días serán espléndidos pues han adquirido aquellas cosas que tanto necesitaban.  No importa si se tiene o no posibilidades adquisitivas: siempre se puede prestar un poco de dinero, pagar con tarjeta de crédito, sacar de aquí o de allá. Y si, por desgracia, no es posible, las fiestas se convierten en la peor época del año, se pintan con la desdicha  de la miseria. 
Lejos quedan aquellos tiempos en los que a las fiestas de Navidad y Año Nuevo las rondaba ese espíritu de la alegría que instaba a compartir las cosas sencillas: un plato de Nochebuena, un caja de galletas con aquel vino tinto dulzón que hace mucho tiempo no pruebo, unos tamales, un trago de aguardiente que eleva los ánimos, el abrazo de la familia reunida, la música con su “arbolito lindo de navidad” y  el clásico “faltan cinco pa’las doce”. Eran otros tiempos en que se podía ser feliz sin llenar la bolsa de la compra. Entonces se pensaba que lo más importante era tener a las personas queridas a nuestro lado para disfrutar juntas de esos pequeños placeres  que hacen que la vida tenga sentido.  ¡Felices compras!  
*Artículo publicado en el periódico El Lider, Departamento del Caquetá, Colombia, el domingo 19 de diciembre.

martes, diciembre 21, 2010

Para exaltar el ego...

Hoy ya es invierno y el día se comporta como tal: gris, se viste con una lluvia fina que cubre todo con su manto húmedo y frío. Un día de sofá, manta, café calentito y algo para leer.  Una jornada para mirar por la ventana y percibir un paisaje urbano extraño y gélido, más propio de otras latitudes europeas. Y en medio de todo ello, a veces, llegan indicios que exorcizan las nostalgias ávidas, las melancolías que se posan en los balcones.  Como ésta que comparto en esta bitácora con el peligro de convertirme en una exaltadora de mi propio ego: otra reseña más de la presentación de Amores urbanos:
http://www.diariodelhuila.com/noticia/8972
http://www.lanacion.com.co/2010/12/17/social-17-de-diciembre-de-2010/

domingo, diciembre 19, 2010

Europa, la gran devoradora*

Martha Cecilia Cedeño Pérez
Antropóloga

En la mitología griega Europa era una fémina seducida y violada por Zeus quien, valiéndose de su poder para transformarse, se convirtió en un manso toro para lograr sus nefastos objetivos; sólo así pudo llevarla hasta la isla de Creta y engendrar con ella tres hijos. En la actualidad este nombre remite a un continente añejo y contradictorio que durante los últimos años se ha convertido en un gran devorador de recursos propios y ajenos. Pues no sólo está consumiendo el doble de lo que producen sus tierras y sus mares sino que con ello está haciendo que se pierda la biodiversidad con la consecuente degradación del suelo, el agua, los hábitats y el bienestar humano en general.  Así lo demuestra la Agencia Europea del Medioambiente (Aema) en su cuarto informe global sobre la salud ecológica de este continente.
Dicho documento menciona, entre otras cosas, que hay un incremento en la demanda de recursos naturales para alimentar, vestir, alojar y transportar a la población y cómo ello produce una presión descomunal sobre los ecosistemas. Lo anterior se traduce  también en un hecho bárbaro: cada europeo consume un promedio 16 toneladas de materiales y genera 6.000 kilos de basura al año.  Y como para suplir esta voracidad ya no cuenta con recursos propios mira, sin vergüenza,  hacia los ajenos.  Así Europa se ha convertido en un gran importador de productos como cereales, forraje,  maderas, etc., contribuyendo con ello a los graves procesos de desforestación y empobrecimiento de países tropicales como el nuestro. Asimismo importa más de la mitad del pescado que consume, ejerciendo una presión enorme sobre este recurso allende sus fronteras.
Esta voracidad consumista se agrava con el uso de plaguicidas y sustancias químicas que alteran la función endocrina de las personas y de materiales pesados utilizados en plásticos, tejidos, cosméticos, colorantes, envases de alimentos, aparatos electrónicas, etc. que se asocian a malformaciones, problemas de desarrollo neuronal, obesidad, cáncer, entre otras patologías.
La lectura del informe de Aema produce escalofríos pues demuestra la insostenibilidad de un modelo de desarrollo basado en la sobrexplotación de los recursos naturales para dar abasto a un consumo desaforado.  Y a la par con ello, muestra también la falta de de compromiso de quienes gestionan los estados europeos para incrementar políticas serias que promuevan formas de desarrollo más sostenibles y respetuosas con el medio ambiente. En últimas se trata  de acabar con ese Estado de Bienestar perverso y devorador y  crear una nueva conciencia en donde se retome aquella máxima de “menos es más”, en el que todas las personas puedan disfrutar de una calidad de vida en armonía con las posibilidades del entorno.
Por ahora esta Europa es  seducida sin miramientos por el dios del Consumo. ¡Jamás será reina de Creta!
*Columna publicada el domingo 12 de diciembre en el periódico El Líder (su página Web aún sigue en mantenimiento...)
Imagen tomada del blog Encuentos 

Experiencias OVNI  (1) He decidido plasmar en este espacio -que no actualizo hace mucho tiempo- algunas de las experiencias un poco extrañas...